miércoles, 30 de noviembre de 2011

Por qué hay que seguir este blog?

En primer lugar porque no tenéis nada que perder por seguir un blog. Tampoco nada que ganar; me diréis, y efectivamente, tampoco nada que ganar, pero en los tiempos que corren, no perder nada, ya es ganar mucho.

En segundo lugar por una pura cuestión de actitud rebelde.

Hace ya un tiempo que empecé con este blog y con la intención de recordar cosas de la vida de los 70’s. Años en los que muchos de nosotros fuimos niños, y cuando digo muchos... me refiero a muchos. No hay que olvidar que el año 1964 -concretamente el año en el que yo nací-, se trató del año con mayor índice de natalidad de la historia de este país. La época del Baby Boom en la que España entraba en el desarrollismo, en el que nuestros padres se animaron a comprar televisores, neveras y utilitarios (pagando numerosas letras), y como no... a tener hijos. Así pues, está claro que somos un montón.

Empecé el blog porque tenía ganas de mostrar esos años desde el punto de vista de un niño que perteneció a esa época: de enseñar mis juguetes, las chuches que devorábamos con pasión, los programas que vimos en esos recién llegados televisores que pasaron a convertirse en un miembro más de la familia, los anuncios, etc.

También por ganas de escribir sobre algo que nada tuviese que ver con mi trabajo habitual, pero que me permitiese seguir contando historias sin ninguna implicación profesional ni presiones con las fechas de entrega o demás cosas que conlleva eso de dedicarse al mundo editorial. Hacer un blog me ayuda a desconectar del quehacer diario, pero además, me ha servido para conectar con mi quehacer diario cuando me he visto metido en medio de algún bloqueo ocasional de esos con los que nos encontramos las personas que nos dedicamos a contar historias.

Para eso era, es, y seguirá siendo este blog.

Pero todo hubiese podido ser diametralmente distinto a partir del día que recibí un correo electrónico. Me escribió un editor. Un tipo que se interesó en mi blog y que vio un importante potencial comercial con algunas de las historias que cuento a través de este espacio cibernético-cósmico-virtual. Le gustaban mis relatos de cuando era niño. El hombre se había preparado una especie de boceto en el que seleccionó algunas de las entradas y las ordenó por orden cronológico; de modo que le daba un resultado de unas treinta entradas que empezaban en el año 1964 y terminaban en el 1979. Me propuso convertir mi blog en formato libro y comercializarlo a través de su firma editorial, y ni que decir tiene, que la idea –a priori- me pareció estupenda.

Rescribí algunas de las entradas para darles un aspecto “profesional”, entradas reescritas que no aparecen ni aparecerán en este blog, pero que quedan ahí, en mis archivos, y oye... vete tú a saber si algún día hago algo con ellas. Por su parte, el editor me hizo llegar un borrador de contrato bastante aceptable ya que las condiciones eran las normales y esperadas, y en las que se estipulaba una cantidad en concepto de anticipo y un porcentaje en los derechos de autor. Hasta ahí todo bien, a excepción de una pequeña cláusula.

Y es que en esta vida, siempre hay una pequeña cláusula que toca las narices y que supone el inicio de una larga negociación.

El editor me solicitaba –en esa cláusula- que una vez editado el libro, el blog debería desaparecer, finiquitarse... morir. Nos reunimos en torno a un café. Le comenté que esa petición era inaceptable, que yo estaba ofreciendo un contenido gratuito y que me parecía poco coherente hacer pagar por él. Que vale, que quien quisiese el libro tendría que pagarlo, pero que su contenido debía permanecer en el blog ya que en él, además de mis textos, hay un material más valioso aún que consiste en imágenes, fragmentos de programas de televisión, anuncios, músicas, etc, etc, y que son esos contenidos, fundamentalmente y no otros, los que despiertan la nostalgia y nos hacen recordar nuestra infancia llevándonos de nuevo a ella.

Hubo un tiempo que cuando un autor trataba con un editor, lo hacía con alguien a quien le gustaban los libros y sabía de libros. Afortunadamente editores así aún quedan, pero no son pocas las ocasiones en las que un autor, a día de hoy, se reúne con un editor en torno a un café, y el autor se da cuenta de que a ese editor no le gustan los libros y que sólo lee en contadas ocasiones. Se trata de un tipo que tiene un buen montón de masters en económicas en su currículum, un director comercial que ha ido sacando a codazos a los editores de las editoriales, tipos a los que les da igual qué escribes y que en lo único que piensan es en a ver cómo lo venden.

El tipo; al que a partir de ahora dejo de llamar editor y le denomino: director comercial, insistió en la desaparición del blog. Le comenté que el blog no era impedimento alguno para la buena comercialización del libro; al contrario, le expliqué que el blog se trataba de un valioso contenido adicional en el que el lector podía darle sentido audiovisual a los relatos setenteros, pero él, insistía en su desaparición y borrado de la cosa esta cibernético-cósmica-virtual. Le continué argumentándo que cualquier persona que; por ejemplo, quisiese regalar el libro a un amigo, lo que haría sería comprar el libro y no mandarle un enlace al blog por correo electrónico, pero aquel ser... era inflexible.

Nos despedimos hasta más ver, se llevó su borrador de contrato que con mucha probabilidad entregará a otro autor, yo me fui sin mi libro, pero satisfecho; total, si no se hacía ese ya se haría otro; de eso va este negocio. Él pagó el café.

Así que os animo a seguir el blog a través del Facebook porque voy a seguir recordando esos tiempos en los que muchos fuimos niños, porque me ayuda a desconectar y me empuja a seguir escribiendo cuando me encuentro en un bloqueo, y además por la actitud rebelde que debemos adoptar cuando una cuestión que puede ser negociable se convierte en un término inapelable, pero por encima de todo... porque es gratis. Que coño!

Ahí os dejo un pequeño banner, clicarlo, y si tenéis a bien, darle al “Me gusta”.

70's

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Gracias ;-)

lunes, 21 de noviembre de 2011

Hacia la Democracia... para honrar a los muertos.

Tenía escrito esto para publicarlo el sábado durante la jornada de reflexión, pero da la casualidad, de que aunque no crea en la jornada de reflexión; la respeto.

Un 15 de junio de 1977 los ciudadanos españoles acudieron felices a las urnas a ejercer su recién reestablecido derecho al voto. Derecho que algunos de ellos; los más viejos de entre todos, no pudieron ejercer durante 41 años desde lo tiempos de aquella Segunda República finiquitada con una cruenta guerra y con la implantación de una larga dictadura franquista que acabó con ella; con la república, con el derecho al voto, y con todos y cuantos derechos pudo. Así que a lo largo de aquella jornada de “la fiesta de la democracia”, los felices y contentos españolitos; viejos que recobraban su derecho al voto y jóvenes que lo ejercían por primera vez, se embarcaron en esa maravillosa y recobrada aventura de votar en unas Elecciones Generales Legislativas para escoger el que sería su propio gobierno.

En esa ocasión decidieron que su opción sería moderada y el partido de la UCD, liderado por Adolfo Suárez, se hizo con la presidencia del gobierno con un notable resultado que no llegó a la mayoría absoluta a falta de un escaño. Como segunda fuerza política se alzó el PSOE a cargo de Felipe González, y ya más alejados en cuanto a número de diputados, pero consolidándose como tercera y cuarta fuerzas políticas, quedaron el PCE de Santiago Carrillo y la formación AP de Manuel Fraga Iribarne, que aún y habiendo sido ministro de información y turismo durante la dictadura franquista, tuvo allí su sitio y la posibilidad de formar, poco más tarde, al actual PP. Cabe destacar que del resultado de esas elecciones de 1977 y con las Cortes resultantes en esos comicios, se redactó la Constitución que se aprobaría posteriormente en el año 1978.

Ya en esas primeras elecciones los españoles acudieron a votar sin conocer las reglas del juego y sin que nadie se las explicase, pero daba igual, lo importante era ejercer un derecho que habían tenido prohibido y que costó las vidas de muchos que murieron en una guerra, más las vidas de otros muchos que murieron asesinados durante las posteriores persecuciones que se llevaron a cabo con el fin de acallar cualquier voz disidente, y en las que el disparo por la espalda, el abandono de cadáveres en las cunetas o el entierro masivo de cuerpos en fosas comunes, se convirtió en algo frecuente.

Por la memoria de esos muertos, por la honra de miles de héroes anónimos votaron aquellos españoles del 1977, sin saber muy bien cómo funcionaba eso de introducir una papeleta electoral en un sobre y depositarlo en una urna, pero lo hicieron porque tenían unas enormes ganas y una irrefrenable ilusión por cambiar las cosas.

En esta última campaña electoral y en las elecciones que se celebraron ayer con el resultado de un PP vencedor por mayoría absoluta, los abstencionistas hemos tenido que oírnos decir más de una vez, que debemos votar aunque sólo sea por honrar la memoria de esos muertos. Imagino que eso de volver a poner a los muertos encima de la mesa y mostrarlos ante los abstencionistas para magullar nuestras conciencias, se debe a que la fecha escogida para la celebración de la jornada electoral; el 20 N, ya era como una especie de declaración de intenciones. El problema es que algunos abstencionistas lo somos con plena conciencia y convicción, y precisamente, en memoria y reconocimiento de esos muertos -entre otras cosas- es por lo que no votamos.

Nuestros muertos, no dieron sus vidas para conseguir lo que tenemos, no murieron para conseguir sólo el voto, sino la voz y el voto, y en esta democracia nuestra en la que se nos da el voto, se nos está negando la voz. En realidad se trata de una estafa, de una pared tras la que se esconde un importante déficit democrático, y en el que a día de hoy, muchos de esos españoles que siguen votando con la honesta intención de honrar y respetar también a esos muertos, siguen desconociendo las reglas del juego. Un juego en el que los propios responsables políticos hacen más bien poco, o nada, para que esas reglas sean bien conocidas por todos; al contrario, lo que les interesa es que las desconozcamos.

Nuestros abuelos, nuestros muertos, creo que no votarían a día de hoy si pudieran hacerlo. No aceptarían un sistema cuya ley electoral está diseñada para favorecer a las mayorías y que elimina a los partidos minoritarios que son los que pueden cuestionar el sistema. Una ley electoral que aumenta de una manera considerable las posibilidades de bipartidismos. Basta con echarle una ojeada a su artículo 163 para ver cómo funciona la asignación de escaños según el sistema D’Hondt y a lo que hace referencia a las diferentes circunscripciones y a las pocas opciones de conseguir participación por parte de partidos minoritarios.

Un sistema basado única y exclusivamente en “las elecciones”, que constituyen la única vía de participación ciudadana, pero que, en realidad, nos impiden participar como ciudadanos en todo a lo que se refiere a cuestiones de gobierno. Elegimos al poder legislativo a través de las elecciones, pero se trata de un poder que se ve severamente afectado por la actual ley electoral a favor de partidos mayoritarios. El resto de poderes, el ejecutivo y judicial son nombrados por el poder legislativo, pero ahí ya no tenemos capacidad alguna para efectuar cambios ni en la Constitución, ni en las leyes orgánicas, ya que nuestros votos no pueden utilizarse para ello, y en caso de hacerlo resulta que no es vinculante, y no existe por parte del gobierno obligación alguna ni de someter a referéndum nuestras propuestas, ni de aprobarlas, ni tan siquiera de discutirlas en el gobierno. Por no hablar de la jefatura de Estado que resulta ser hereditaria.

Nuestros abuelos no lucharon y murieron por una “dictablanda” en la que la connivencia entre gestores políticos nos tiene absolutamente sometidos. Nuestros abuelos lucharon y murieron para conseguir una Soberanía Popular en la que fuésemos ciudadanos con derecho a voto, pero por encima de todo... para que tuviésemos voz.

Y somos adultos, y responsables, así que tampoco se trata de volvernos libertarios ni de abrazar doctrinas anarquistas. De lo que se trata es de que no queremos que nos representen, de que queremos participar porque conocemos las reglas del juego y no estamos dispuestos a jugar ni una sola partida más con las cartas marcadas.

Mi abuelo, no votaría.