martes, 13 de noviembre de 2012

Y tú? Qué quieres ser de mayor?

Cuando éramos críos, los amigos de nuestros padres, nuestras tías, tíos, demás familiares cercanos o lejanos, o cualquier vecino que nos encontrábamos por la calle, se empeñaban en preguntarnos eso de: “Qué quieres ser cuando seas mayor?”. Poco se imaginaban ellos el panorama de país con el que nos íbamos a encontrar ahora, y mucho menos aún en aquellos tiempos de desarrollismo y de crecimiento económico, pero de haberlo sabido nosotros bien podríamos haber contestado: “No sé que seré de mayor, pero tengo claro que pasados los cuarenta seré un parado de larga duración y sin esperanza de volver a encontrar jamás un nuevo empleo”. Alucinados se hubiesen quedado esos mayores preguntones ante semejante respuesta recibida por parte de un mocoso de tres o cuatro años, pero claro, eran unos tiempos en los que la mayoría de críos querían ser futbolistas o toreros, mientras que las niñas se mostraban algo más realistas con sus vocaciones de peluquera, modistilla o mamá.

Recuerdo que de la mano de mi padre y paseando por las calles del Poble Sec, nos encontramos con un vecino que nos contaba que su hijo era ingeniero de caminos y puentes y que incluso había salido en el No-Do en la inauguración de no sé qué y al lado del mismísimo General Francisco Franco, un viejillo vestido de militar que por aquellos tiempos se dedicaba mucho a eso de aparecer en el No-Do en todo tipo de inauguraciones. “Woow, que fascinante!”, pensé para mis adentros. No tenía idea de a qué se dedicaba alguien que de mayor hubiese decidido ser eso, pero lo rimbombante del título me dejó anonadado. Se le llenaba a uno la boca diciendo que era “ingeniero de caminos y puentes” así que estaba deseando que alguien me preguntase qué quería ser de mayor para espetárselo en plena cara y dejarle con las piernas temblando. Poco tardó el vecino en dirigirse a mí y hacerme la consabida pregunta.





—Y tú? Qué quieres ser cuándo seas mayor? —me preguntó con gran curiosidad.
—Ingeniero de caminos y puentes —le respondí.

El tipo miró a mi padre por encima de la pasta de sus gafas y con una expresión como de pensar: “Vaya, que poco original el niño”. Mi padre miró al infinito como haciendo ver que no tenía nada que ver conmigo. No obstante, el vecino siguió interesado en mi respuesta y quiso saber más.

—Ah, si? Pero... Ya sabes qué es lo que hacen esos señores y a qué se dedican?
—Pues claro —le contesté. A mí me lo iba él a decir, a mí que había querido ser ingeniero de caminos y puentes durante toda la vida —. Pues a hacer caminos y a hacer puentes —respondí impostando absoluta seguridad en mis palabras.
—Oh... mira que bien, pero... Ya sabes tú cómo hacen eso? —siguió interrogándome, el tipo.
—Pues... Cómo cree que lo hacen? Son ingenieros. No? Pues eso, los ingenian —le dije satisfecho y convencido de que ante tanta obviedad aquel vecino dejaría de tocarme las narices.

Y así fue. El hombre siguió charlando con mi padre entre risas y cachondeo hasta que nos despedimos de él y proseguimos nuestro camino. Yo andaba absolutamente pletórico después de mi recién descubierta vocación y ante la convicción de que me esperaba un futuro brillante ingeniando caminos, ingeniando puentes y apareciendo en el No-Do al lado de Franco con su uniforme de militar, sus gafas de sol modelo Ray Ban, sosteniendo unas tijeras con sus manos enfundadas en unos relucientes guantes blancos, cortando una cinta y diciendo: “Y así, de este modo simbólico, doy por inaugurado este camino por el cual transitarán todos aquellos españoles de bien y dispuestos a poner en jaque cualquier tipo de contubernio judeo-masónico y comunista internacional”. Vaya... que grande era eso de ser ingeniero de caminos y puentes. Lo más de lo más.


Mis aspiraciones por esa línea duraron poco. Mi fracaso con el Exin Castillos y con los demás juegos de construcciones me demostraron que lo mío no iba a ser eso. Poco ingenio, pocas ganas y pocos éxitos en tales menesteres me hicieron abandonar la idea de convertirme en ingeniero de caminos y puentes, y a partir de ese momento entré en un período de tiempo en el que no tuve la más remota idea de qué quería ser cuando fuese mayor. Una terrible crisis existencial que terminó a finales de los sesenta gracias a un especial de televisión que emitieron en la madrugada del 21 de julio de 1969 y en el que el presentador, Jesús Hermida, nos relataba, en tiempo real, y paso a paso la llegada del hombre a la luna. Un momento histórico impagable en el que a mis casi cinco años y pegado a ese televisor en blanco y negro, en compañía de mis padres y de mi yaya Lola, todas las incógnitas se despejaron y podía ver mi futuro nítido y con una claridad tan deslumbrante como la de aquella luna llena de aquella mágica noche: de mayor quería ser astronauta, y nada ni nadie podía ya impedirlo.



No fue necesario que transcurriese demasiado tiempo para darme cuenta de que la brillante idea de ser astronauta se había convertido en la aspiración de todos los críos de mi generación. Todos queríamos convertirnos en los nuevos comandantes de la nave Apollo. Las anteriores misiones con los proyectos Mercury o Gemini nos daban absolutamente igual. El Apollo fue el que llegó a la luna, el que costó 25.000 millones de dólares americanos de los años sesenta, el que fue televisado por todo el mundo con una audiencia de 500 millones de espectadores y el que nunca se repitió debido a que poco había que rascar más en el satélite salvo las cuatro rocas que se obtuvieron y que, sin duda, y a juzgar por el coste de todo el proyecto, se convirtieron en las piedras más preciosas del mundo, cuanto menos, las más caras.

Fuimos testigos de cómo, una vez ganada por parte de los Estados Unidos la carrera espacial que mantenía con Rusia en plena guerra fría, los viajes espaciales dejaban de tener importancia. Las sucesivas investigaciones en esa línea no gozaron de la más mínima repercusión mediática y el sueño de la conquista del espacio quedó relegado a argumentos de series de televisión, tebeos de aventuras, novelas de ciencia ficción y poca cosa más. Cierto que hemos podido vivir otros acontecimientos como: la caída de Plutón de su olimpo planetario para convertirse en un simple planeta enano, la llegada de diversos cachivaches que se han paseado por Marte explorando el planeta y mandándonos suculentas imágenes, y también, como no, el salto estratosférico del que este mismo año hemos sido testigos. Pero la verdad, y no es por desmerecer, a mí me da que a diferencia de la llegada del hombre a la luna, eso no fue otra cosa que un gran salto para un hombre (Felix Baumgartner), pero un pequeño paso para la humanidad.


De modo, que ya en los setenta, nuestro sueño de convertirnos en astronautas se fue disipando lentamente y de la mano del decreciente interés que los medios demostraron ante las nuevas misiones espaciales. Nuestras aspiraciones por surcar el espacio, así como las expectativas que de niños depositábamos en nuestro futuro empezaron a tocar con los pies en el suelo y a convertirse en algo más convencional. Nuestros padres nos espoleaban para que nos convirtiésemos en periodistas, abogados, médicos o cualquier cosa que requiriese de la previa obtención de un título universitario. Daba igual si nuestra vocación iba encaminada hacia el lugar que fuese, lo importante para ellos, era si para llegar a él, era necesario un título. Nuestra abuelas, en cambio, tenían muy claro que para ganarnos la vida bien y poder formar una familia en condiciones, solo existían dos posibles profesiones: o ser empleado de banca, o notario. Cuando hablaban con otras abuelas y les comentaban que sus hijos o nietos estaban de empleados en un banco, un come come les entraba por dentro y deseaban, a toda costa, que encontrásemos un modo idéntico de asegurarnos el sustento.



Los más afortunados hicieron felices a padres y abuelas. Consiguieron su título universitario y se dedicaron a desarrollarse como individuos en elevadas profesiones que han contribuido a poner al mundo en el lugar que actualmente ocupa. Bien... no sé yo si hay que agradecerles algo a los universitarios o si por el contrario, deberíamos exigirles algún tipo de indemnización.

Mi caso fue el del típico jovencito que demostraba pocos progresos en su vida estudiantil, y ante la insistente pretensión por parte de mi padre de que me convirtiese en médico, y la constante amenaza por parte de mi abuela, diciéndome que si no estudiaba me convertiría en barrendero, andaba con un mareo constante y trataba a toda costa de evitarles a ambos. Hubo una temporada en la que no me hablaban de otra cosa, y cualquier tema de conversación que se diese en la hora de las comidas o viendo la tele en el sofá de casa terminaban absolutamente igual: “...hijo, estudia para médico y no tendrás problemas”, decía mi padre; a lo que no tardaba en irrumpir mi yaya Lola: “No, no, que se haga notario que ganan una buena cantidad de duros”. Y daba igual cuál hubiese sido el origen de la charla. Probablemente yo le había preguntado a mi madre por la caja en la que guardaba mis Madelman; ella tenía la costumbre de subir todos mis juguetes a lo alto de los armarios para que no molestasen por casa. De modo que yo le preguntaba: “Mamá.... Dónde has guardado los Madelman? Y antes de que ella pudiese responder, ahí estaba la mono-respuesta que daba lugar al mono-tema: “...hijo, estudia para médico y no tendrás problemas”, seguido siempre de alguna coletilla que ayudaba a mi padre a introducir su frase y a que no quedase demasiado fuera de contexto: “así, estudiando para ser médico, seguro que no te vas a aburrir y no echarás de menos a tus muñecos”.


Mamá siempre estuvo ahí en esas charlas, pero nunca se pronunció. Recuerdo que alguna de esas noches en las que entre papá y la yaya me habían puesto la cabeza como unas maracas, mamá entraba en mi habitación para darme un beso de buenas noches y aprovechaba para decirme: “dedícate a hacer cualquier cosa que te haga feliz, lo demás es tontería”, y eso quedaba entre nosotros. El saber que mamá aceptaría mi decisión fuese la que fuese aunque nada tuviese que ver con la de ser médico o notario, era nuestro pequeño secreto.


Así que decidí hacerle caso a mi madre. No eran pocas mis aficiones. A decir verdad me gustaba y me sigue gustando todo, menos el fútbol. De modo que rebuscando entre todas ellas no fue difícil dar con algunas aficiones que me sirviesen como medio de vida.


Siempre les digo a mis hijos que se dediquen a aquello que ellos crean que vaya a hacerles felices. Afortunadamente no se trata de nuestro pequeño secreto debido a que hoy en día, clama al cielo que el futuro de nuestros hijos es tremendamente incierto y no lo van a tener más claro por más títulos universitarios que consigan o por más que se hagan notarios; que por cierto... lo de dedicarse a la banca... mejor lo dejamos a un lado.


Lo que procuro es no preguntarle nunca a ningún jovencito o jovencita: “Y tú? Qué quieres ser de mayor?”. Temo que en su respuesta me acusen del futuro que les hemos dejado lleno de puertas absolutamente cerradas. Me limito a invitarles a que sean felices y a que no le otorguen nunca a nadie el poder para que no puedan llegar a conseguir ese objetivo.

8 comentarios:

Félix dijo...

Chapeau.

fer dijo...

Yo también siempre he querido ser féliz. Lo del trabajo es otra cosa.

José Manuel dijo...

Qué difícil es ser feliz, Sergi; porque la mayoría de las veces tú no eliges lo que quieres ser o hacer, sino que los azares de la vida te sitúan en un sitio u otro. Después, te resignas o te rebelas (o ambas), pero qué complicado es hacer lo que a uno le gusta. En fin, una cosa es el trabajo y otra la vocación. Suerte el que aúna ambas cosas.

Saludos, José Manuel

JuanRa Diablo dijo...

Una reflexión muy sabia, Sergi.
En mi familia también anhelaban los abuelos que alguno de sus nietos se hiciera Notario o médico, profesiones que creo que siempre detesté precisamente por el hecho de que quisieran inculcarme amor a ellas, cuando nunca me atrajeron lo más mínimo.

Muy grande el consejo de tu madre. Ese es el que se debe transmitir a los hijos.

Anónimo dijo...
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Anónimo dijo...
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Anónimo dijo...
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Anónimo dijo...
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