martes, 9 de abril de 2013

120 días


En los 70, cuando empecé con la que hoy es mi profesión, las cosas no eran ni mejores ni peores; a decir verdad eran muy parecidas a la situación que vivimos en la actualidad. Incluso diría que demasiado parecidas. Recuerdo que viví la crisis del 78 sin demasiados trastornos; a fin de cuentas vivía con mis padres, dedicaba la mayor parte del día a fracasar en mis estudios de B.U.P y justo, justo empezaba a moverme por las editoriales para mostrar mi trabajo. Sí recuerdo que en casa, las cosas no fueron demasiado bien durante un tiempo, pero aquella crisis pasó, se trató de una crisis energética que a nosotros nos afectó a nivel de inflación, nos fastidió durante un tiempo, pero no hundió nuestras vidas de una manera notable.

Todo esto viene a cuento porque el pasado viernes me acordé mucho de mis inicios en esos años; en los 70, y aunque creo firmemente que con el paso del tiempo las cosas tienden a mejorar, recordé esos 70 añorando lo fácil que fue para mí empezar con mi oficio –a pesar de la gran falta de experiencia en mi trabajo-, en comparación a lo difícil que es todo ahora pese a tener un currículum más que aceptable.

Lo cierto es que esta entrada tiene poco o nada que ver con los 70. Aquellos que esperen leer una historia setentera se van a llevar un chasco. Se trata más bien de un pequeño berrinche, de una rabieta y del derecho al pataleo. Poca cosa más.

La he escrito esta mañana en mi Facebook y he recibido un montón de muestras de empatía, llamadas telefónicas, comentarios, mensajes privados... Me consta que la situación que voy a describirles, se trata, lamentablemente, de una situación bastante común a día de hoy. Por eso quiero compartirla, porque estoy convencido de que, con todo... saldremos de esta, así que, ánimo!


Me llamaron para encargarme un trabajo; nada fuera de lo común, se trataba de unos textos que saldrían publicados en un medio determinado y para un tipo de audiencia muy concreta. Escribirlos no fue complicado, aún y que no tenía demasiada idea de qué se trataba en un principio, me documenté, presenté unos borradores y me felicitaron por haber acertado en el enfoque. Hasta aquí todo bien.

Redacté los textos correspondientes, realicé algunas correcciones a petición del editor, los entregué y presenté la correspondiente factura.

Ya estaba avisado de que cobraría a 120 días. En ocasiones, aceptar según qué trabajos es algo parecido a hacerte un plan de jubilación. De modo que anoté en mi agenda el día de cobro por aquello de que no sería la primera vez de que si tú te olvidas de reclamar el pago por tus servicios, el cliente se olvida también de que tiene que pagarlos, y es que 120 días... son muchos y pueden llegar a hacerse muy largos.

Mi agenda me avisó hace unos días de que el plazo de vencimiento era inminente, así que consulté mi cuenta bancaria y, Oh sorpresa!... ningún ingreso.

Esperé una semana más; a veces, y si la transferencia a tu cuenta te la realizan desde un banco distinto al tuyo, esos retrasos suelen ser normales, pero en vista de que el ingreso no se llevaba a cabo, finalmente llamé al cliente. De esto hace exactamente cuatro días; es decir, entré en contacto telefónico el pasado viernes.

Alguien de la redacción del medio en cuestión y que pertenece al departamento de contabilidad, me confirmó que tenía en su poder mi factura, pero que por un error del programa que gestionaba esos temas, la factura no entró en fecha. Me aclaró, no obstante, que eso no significaba ningún problema y que la incluía personalmente, sin más tardanza, y que ya todo estaba resuelto. Resuelto? Algo me dijo que estaba “resuelto”, sí, pero. Cómo? Así que en un momento de desconfianza repentina, le pregunté: “Vale, resuelto, pero... tú incluyes mi factura ahora, y eso qué significa? Cobraré inmediatamente, a finales de este mes? (o lo que me temía)... no me irás a decir ahora que se inicia todo el proceso y que tardaré 120 días más en cobrar, verdad?”.

La respuesta fue demoledora –eso sí, me aclaró que “sintiéndolo mucho”-, pero que efectivamente, una vez incluida mi factura en el programa de gestión, el proceso empezaba a partir de la fecha y que los pagos se efectuaban a 120 días a partir de la inclusión de la factura.

Traté de hacerle ver que el error había sido de ellos y que pese al “programa de gestión”, podrían hacer alguna especie de excepción al susodicho y acelerar el proceso. Le recordé que estamos en pleno ejercicio de la declaración de la renta y que deberé tributar por una factura entregada cuatro meses atrás, pero que no cobraré hasta dentro de cuatro meses más, pero nada, el “sintiéndolo mucho” fue el único argumento, el “no puedo hacer nada para alterar el proceso del programa de gestión” la única excusa, y el “no sabes lo mal que me sabe” la única solución.

Solo veía cuatro opciones. A saber:

a).- Hacer ver que no pasaba nada y ponerle fe en creer que todo había sido un error y que no existía detrás de todo esto ningún intento de morosidad malintencionado.
b).- Denunciar.
c).- Decirle que una vez cobrado ese trabajo no me llamasen nunca más para hacerme perder tiempo y dinero.
d).- Desear encontrarme con todos los integrantes del departamento de contabilidad de ese medio en una habitación cerrada y de la que no tuviesen posibilidad alguna de escapar.

Opté por una mezcla entre las opciones a y c; es decir, que acepté la trampa, pero con buena educación y mejores palabras, les mandé a tomar por el culo.

Recordé mis tiempos de negro, hace muchos años, en los que por culpa de una trifulca con un productor, entré a formar parte de una lista negra y durante tres largos años estuve trabajando con un nombre falso y a través de un intermediario que se llevaba el 25% de mis ingresos.

Recordé las largas noches del 91, en plena guerra del Golfo. Aquella también fue una época de jodida crisis, de no pegar ojo por la cantidad de impagados que tuve y la acumulación de facturas por pagar.

Pero recordé también los finales de los años 70 en los que con unos textos malísimos y con unos dibujos pésimos, conseguí, pese a todo, abrirme paso en los que fueron mis inicios en esta profesión/pasión de escribir, dibujar y en tratar de ganarme la vida divirtiéndome con lo que hacía.

Recordé las 55 series de televisión en las que he participado, las series que he producido, los libros que he ilustrado, los que he escrito, y todo y que a veces, esto de ejercer de fabricante de sueños, pueda llegar a convertirse en una pesadilla, no deja de ser, sin duda, el mejor trabajo del mundo.

Seguiré en esto contra todo, porque a fin de cuentas no me ha ido tan mal, porque por algo fui boxeador y aprendí a encajar golpes y a recuperarme con rapidez, porque me lo debo a mí y a mis hijos a los que quiero transmitirles perseverancia, voluntad, esfuerzo y la capacidad sobrehumana de no desfallecer jamás. Pero por encima de todo porque nací tozudo, porque nací el mismo día 7 de agosto del 64 en el que oficialmente estalló la guerra de Vietnam, y aunque sé que esta guerra mía la voy a perder -porque todos morimos- cuanto menos quiero seguir ganando todas las batallas.

A veces puedo ser un poco burro, pero solo de boca. De modo, que espero... que a falta de dinero en mis bolsillos, no empiecen estos a llenarse de piedras.

Total... son 120 días.