viernes, 10 de octubre de 2014

Ahora se les llama escorts, pero mi abuela les llamaba... “mujeres que fuman”

La prostitución siempre ha tenido una doble cara a lo largo de su historia y en cualquier época; es decir... desde siempre, ya que por algo se le llama “la profesión más antigua del mundo”. Por una parte destaca por una de sus caras: la glamurosa y de pedigrí con hermosas mujeres, serviciales, educadas, cultas y con esbeltas figuras, pero por otra, también encontramos su faceta más suburbial y miserable. Y es que de todo ha habido, hay, y habrá.

Hubo un tiempo y un entorno social determinado, en el que la prostitución fue el modo de iniciar a los adolescentes en eso de “la vida”, y no solo en el aspecto sexual. Ni mucho menos! Al parecer, existía (y existe aún, según se mire) cierta tendencia a creer que una vez rota la timidez sexual en manos de una meretriz profesional que supiese bien qué material sensible tenía entre sus manos, el “iniciado” en cuestión, pasaba a convertirse de inmediato en un “hombre” y a afrontar sin el menor temor todos los retos de la vida. Así pues, no era de extrañar que los propios abuelos, e incluso padres de un turbado imberbe, fuesen quienes le iniciasen en una ceremonia, que según el nivel adquisitivo de la familia, podía ser de lo más sofisticada, o en su defecto, de lo más sórdida. Pero en cualquier caso, el joven sacaba su virilidad a pasear y eso se convertía en algo similar a la adquisición de un título universitario con postgrado, doctorado y master, todo en el mismo pack.

En ese sentido podríamos decir que la prostituta cumplía una importante labor social, ya que era la encargada de darle el empujoncito al joven adormilado para hacerle aterrizar en el mundo real. Otra cosa es que realmente todo fuese tan fácil y que bastase un revolcón, previo-pago, para que de golpe, se le quitase a alguien toda la tontería que pudiese llevar encima.

El concepto de “ir de putas” cambió radicalmente en las décadas de los sesenta y de los setenta (en este país, me refiero). La prostitución pasó a ser algo marginal y centrado en aquellos barrios llenos de los llamados por el régimen “vagos y maleantes”. La prueba está en que dudo mucho que a los de nuestra generación, los padres o los abuelos nos llevasen de putas para que una señora en corsé, medias de rejilla y labios de intenso rojo carmín, nos hiciese un favor y nos espabilase. En su lugar había aquello de “la mili”, esa facción seudo-ocioso-militar del ejército español y por la que todo joven (menos los excedentes de cupo) teníamos que pasar  y por la misma razón: “para hacernos hombres”; Oh, no (perdón)... “para servir a la madre patria”. Lo que estaba claro era que o bien te hacía un hombre una puta o lo hacía un militar, y bueno... puestos a escoger... Lo peor de la mili era que se trataba de algo forzoso, y ya aprovechando, tampoco faltó quien se estrenase también yendo de putas. Vamos... que esos volvían a casa convertidos en auténticos “HOMBRES”; así, con mayúsculas, que era el único modo de ser hombre en aquella España de brandy Soberano.

Actualmente el concepto prostitución sigue teniendo sus dos caras; en realidad más de dos. Se trata de un prisma de innumerables lados y en el que podemos encontrar absolutamente de todo. Desde la trata de mujeres y demás formas absolutamente ilegales, hasta la más sofisticada de ellas protagonizada por las llamadas, hoy en día: escorts, y que vienen a ser algo así como las antiguas Geishas del Imperio del sol naciente: educadas, elegantes, cultas y como no... caras.

La diferencia entre una escort y una prostituta al uso, es el hecho de que los servicios de la escort hay que solicitarlos, o bien a través de portales de internet como este de escorts de erosguia, o telefónicamente; de ahí que se las conozca también como “call grils”, y ya bien sea desde su domicilio privado o desde la agencia para la cual preste sus servicios, será a través de este medio por el que se negocien las condiciones hasta cerrar o no el trato; es decir, que solicitar los servicios de una escort viene a ser algo así como pedir una pizza a domicilio, pero por más que nos guste el queso, el tomate, las aceitunas o la mozzarella, seguro que los servicios de la escort son más completos y puede que más gratificantes, y además, no se limitan a la relación estrictamente sexual. De hecho, el término “escort” viene de la palabra anglosajona: acompañante o escolta; es decir que los servicios de estas señoritas se pueden contratar para acudir con ellas a fiestas, viajes de negocios y diversos compromisos sociales que pueden o no terminar con final feliz. De ahí que de algunas de estas señoritas de compañía se solicite que conozca idiomas y que su comportamiento sea discreto a la vez que excelente.

A decir verdad, todas las formas posibles de prostitución han existido desde siempre, ya que aún y cuando no se había inventado el teléfono las chicas de compañía acudían allí donde eran reclamadas por sus clientes a través de sus damas alcahuetas que se encargaban de facilitar los encuentros amorosos.

Siempre recordaré, que en los 70’s, las señoras mayores, las abuelas, y con tal de no nombrar las palabras: prostituta o puta, popularizaron aquello de: “mira, mira... una señora que fuma” ya que se podía contactar con ellas mientras esperaban en las esquinas de las calles o en los portales de las pensiones baratas con un cigarillo entre sus dedos y dando sensuales caladas. Cuando digo "contactar con ellas", me refiero a las putas... no a las abuelas.

Imágenes 1 y 3: Fotografías de la década de los 60's de Joan Colom i Altemir
Imagen 2: Autoría desconocida

miércoles, 8 de octubre de 2014

Del ahorro al derroche, la cuestión era comprarse el coche

A los que fuimos críos en los 70’s, nuestros mayores trataron de educarnos en la cultura del ahorro. Por aquel entonces, el país estaba en una época de cambios que apuntaban... “a mejor”: la muerte del dictador, la transición hacia un nuevo periodo democrático, la creación de una Constitución que daba las mismas posibilidades a todos los españoles, el inicio de una entrada al desarrollismo que haría que a ninguna familia le faltase de nada, etc.

Pintaba todo tan bien y parecía que el futuro iba a ser tan perfecto, que por más que nuestros abuelos o nuestros padres nos insistían en “guardar nuestro dinero” o en “tener nuestros ahorros”, nosotros jamás entendimos que eso fuese necesario o hiciese alguna falta.

De críos, todos tuvimos nuestra hucha. Las empresas jugueteras de aquella década, todas sin excepción, fabricaron centenares de modelos de huchas en diversos formatos, materiales, motivos y colores, todo... con el fin de que el ahorro nos pareciese una actividad atractiva y depositásemos en esos contenedores con rajita, las perrillas que recibíamos por parte de familiares que nos daban “una paguilla” a cambio de nada. Sí, vale... todos teníamos una o más huchas, pero pocos conseguíamos llenarla, y la mayoría de nosotros, tras sacudirla y hacer un cálculo aproximado de cuanto parné podía haber en su interior, nos las ingeniábamos apara abrirla y gastarnos todo el capital en chuches, o en ese Madelman que jamás nos trajeron los reyes.

Para terminar de tirar por tierra nuestras aspiraciones al “arte” del ahorro, y ya un poco más creciditos, e incluso iniciándonos en el mundo laboral, nos dimos cuenta de que ahorrar era absolutamente innecesario. Para qué guardar nuestro dinero? En nuestro entorno inmediato, quien más quien menos, empezaba el mes absolutamente pelado, sin un solo céntimo, pero aún y así vivía su día a día como un auténtico rey. El motivo de tal despreocupación tenía que ver con unas tarjetas de plástico que nacieron a principios del siglo XX, pero que no llegaron a nuestro país hasta la década de los 60’s y que gozaron de extrema popularidad a lo largo de los 80’s hasta principios de este nuevo siglo. Con esas tarjetas de crédito, el ahorro carecía de sentido ya que cuando te gastabas tu nomina, era el banco quien te daba dinero para que siguieses gastando con la única condición de que lo devolvieses al siguiente mes con el cobro de tu nueva nómina; o en su defecto, podías pagar el crédito en cómodos plazos a cambio de un interés elevado que nunca fue un problema para nadie, ya que el dinero, corría a raudales sin parar.

No solo no hemos sido la generación del ahorro desatendiendo a los consejos de nuestros mayores, si no que ahora... se dice de nosotros que hemos gastado por encima de nuestras posibilidades, es decir... que somos (o hemos sido) una generación de derrochadores en potencia que nos hemos gastado dinero que no era nuestro, y los bancos nos ayudaron a ello. El problema es que ahora están rindiendo cuentas con nosotros, cuentas que no habían rendido hasta el inicio de la crisis y de que las cosas empezasen a ir mal.

Evidentemente, no se trata de la mejor forma de hacer que se desarrolle una sociedad ni los individuos que la componen. Debe existir otra forma de hacer banca como la del banco Mediolanummás eficaz, una forma más humana e incluso más personalizada, pero en serio, de verdad. No vale la sonrisa de ese banquero aparentemente amable, que en lugar de advertirnos de los riesgos de una inversión, lo que hace, es que nos “la vende”. Tampoco vale prestarnos dinero cuando no lo necesitamos más que para caprichos y frivolidades. Cuantos de mi generación compraron su casa o su coche sin tener el dinero para ello, o han viajado por todo el mundo gracias al crédito de su tarjeta  al préstamo bancario. Y en cambio, ahora, ese mismo banco se dedica a negarle a las familias la posibilidad de adquirir los bienes más necesarios, o a los empresarios mantenerse para seguir creando puestos de trabajo.

Ya me lo decía mi abuelo: “Ahorra tu dinero, inviértelo, cómprate una jodida casa... o algo. Pero no se lo des a un banquero ya que eso es pedir a gritos que te atraquen”.