lunes, 30 de diciembre de 2013

Feliz año viejo

Confieso que siempre me hubiese gustado encontrar esa llave que abriese una puerta al pasado y poder trasladarme a esos años 70 que fueron el escenario por el cual transitaron mi infancia y mi adolescencia. Lo que sucede, es que el pasado es solo eso... pasado, y a pesar de que este blog pueda parecer la morada de un nostálgico, la verdad es que me encanta vivir el presente y pensar en ese futuro siempre incierto en el que las personas autónomas nos sentimos como pez en el agua. Precisamente por eso, por la incertidumbre. De tener la certeza de que absolutamente todo nos iba a salir bien... Qué gracia tendría?

No obstante, ahora, reconozco que tengo un importante conflicto con todo esto del pasado, del presente y del futuro.

Por desgracia, mi pasado en los años 70 también es el escenario del tortuoso final de una jodida dictadura, de una época convulsa de represión, censura, escasos derechos sociales (por no decir nulos), de una transición política hecha a toda prisa y en la que se trató de contentar a todo el mundo con el resultado final que se obtiene siempre al hacer las cosas con ese fin; con el de contentar a todo el mundo para finalmente, no terminar contentando a nadie. Y este es el resultado.

No nos engañemos, la crisis que está viviendo este país nada tiene que ver con la crisis que se está viviendo en el resto del mundo. Y una cosa es que me gusten los años 70 porque contra todo, me recuerdan a una infancia que, en mi caso, fue feliz. Pero otra cosa es que estemos asistiendo a un constante revival en el que muchas cosas de aquella década (especialmente las malas) son las que actualmente leemos en prensa, vemos en las noticias y padecemos como ciudadanos. Pero si incluso tuvimos un especial Noche Vieja con Raphael! Dónde vamos a parar...

El desarrollismo y la expansión fueron un bluff del que algunos no nos fiamos jamás y quizá por eso nunca le pedimos un céntimo a un banco. Pudimos haber prosperado en nuestras empresas pidiendo créditos, embarcándonos en grandes inversiones y haciendo frente a ambiciosos proyectos, pero –desconfiados que somos (al menos eso nos decían los que se lanzaban a por todas)- preferimos salir adelante con nuestros propios medios y hacerles frente a aquellos proyectos que se ajustasen a nuestras posibilidades reales. Lo mismo nos sucedía con las propiedades. Nos parecía ridículo hipotecarnos por treinta años en unos tiempos en los que trabajando duro se podían ahorrar siete millones de pesetas; y habían pequeños pisos que se podían adquirir por ese valor. Valor que muchos daban como entrada para adquirir viviendas que cuadriplicaban esa cantidad, pero que parecía que, la diferencia, corría a cuenta del banco que gentilmente te ponía el dinero que te faltaba. No. Algunos no nos creímos nada, pero como todos, aquí estamos pagando el pato.

Tampoco nos creímos eso de la ... “democracia”. Se nos pedía que votásemos al alcanzar la mayoría de edad con el argumento de que “ese era nuestro derecho”, solo que decidimos hacer uso del derecho a la abstención porque nos pareció que quitar o poner a unos cada cuatro años, fomentando el bipartidismo y no participando abiertamente de una política directa... no podía ser bueno. Todos hemos aprendido –ahora-, que los políticos no se representan más que a sí mismos y a sus partidos, así que es tontería jugar a un juego en el que tenemos las de perder.

Pese a todo, lo que no nos veíamos venir, por mal que pudiesen llegar a ir las cosas, era este déjà vu cutre, casposo y rancio en el que se está convirtiendo todo esto. Un triste regreso a lo peor de aquella época en el que vemos como perdemos derechos a todo nivel, en el que se constata que la transición se hizo mal, en el que permanecen más vivos que nunca aquellos a los que dábamos por muertos y enterrados, y en el que según todos los pronósticos vamos a permanecer anclados aún durante algunos años.

Por mi parte, y en la medida en la que el tiempo y el trabajo me lo permitan, seguiré tratando de recordar lo bueno de aquellos 70; que lo hubo, pero por desgracia, el día a día hará el resto y nos seguirá recordando lo peor.

Así pues, y a pesar de que este año 2014 será un año por estrenar, les deseo a todos un Feliz Año Viejo, porque a no ser que ocurra “algo”, lo que nos vamos a encontrar... ya me lo sé.

Les dejo con este vídeo que un viejo amigo posteó en su facebook y que se trata del mensaje de Navidad y Año Nuevo que Don Manuel; uno de esos zombis que se resisten a pasar a mejor vida, dedicó a la población.

Y encima... aún están por venir los reyes. 



lunes, 9 de septiembre de 2013

"Algo" discreto donde encerrar un secreto

La Casita Blanca.
A lo largo de la dictadura española, pero concretamente durante los años 70, una pareja formada por un hombre y una mujer, adultos, no podían reservar una habitación de hotel sin la presentación previa de su Libro de Familia. Con esa medida las autoridades competentes de la época, evitaban que se pudiesen dar casos de adulterio (como si eso fuese algo evitable) en los que un señor y una señora, que no fuesen cónyuges, se lanzasen al fornicio y demás placeres que por aquel entonces, a menos que no fuese bajo la aceptación de la Sagrada Iglesia y tras el sacramento del matrimonio, estaban considerados como “pecado”.

En su defecto, la pareja en cuestión, se las tenía que ingeniar buscando estrategias de lo más curioso para desatar sus pasiones secretas. Lo típico era el apartamento del amigo progre: barbudo él, de izquierdas, vestido con sueters de cuello de cisne y que se dedicaba a alguna profesión liberal. Por regla general vivía solo, de modo que alguna que otra noche le tocaba pasearse por las calles de la ciudad con su paquete de Ducados en el bolsillo y compartiendo largas conversaciones con el sereno.


Los que no tenían la suerte del amigo progre recurrían a su vehículo utilitario, se acercaban con él al rompeolas barcelonés o a la montaña de Montjuïc y pasaban el rato empañando los cristales del coche con el vaho procedente de sus gemidos de placer; eso sí... jugándose el tipo ante la posibilidad de ser multados por escándalo público.


Como siempre ha sido y será: “Hecha la ley, hecha la trampa”. En Barcelona, y para aquellos que contaban con “posibles”, existían lugares –que presuntamente eran hoteles-, y en los que sus empleados “olvidaban” el trámite de solicitar libros de familia que pudiesen comprometer a aquellos que iban a ser sus huéspedes durante algunas horas o a lo largo de toda una noche. Uno de esos lugares en los que el sexo se dignificaba y no se penalizaba, fue La Casita Blanca.


Publicidad (posiblemente en prensa)
de La Casita Blanca.
Se trataba de un hotel (Meublé para ser más exactos) que disponía de 43 habitaciones decoradas con madera noble y situado en la calle Bolívar número 2, entre la plaza Lesseps y el puente de Vallcarca. Según una crónica del periodista Lluís Permanyer, la historia del local viene de más de cien años atrás. En sus orígenes fue una marisquería en la que se podían degustar unos deliciosos mejillones a la marinera, pero además, contaba con una planta superior en la que los comensales podían echarse la siesta o disfrutar de otro tipo de placeres, en caso de que tuviesen el cuerpo para fiestas. La marisquería fue derribada en el año 1912 y el solar fue adquirido por una familia catalana que construyó el mencionado meublé, y que al parecer le debió su popular nombre a que en su terrado, y de forma claramente visible y sin disimulo de ningún tipo, se ponían a secar los juegos de cama, de forma que era constante ver como las sábanas blancas compartían sus secretos de alcoba con el sol barcelonés y, ya de paso, se daba a los transeúntes las garantías necesarias de las más delicadas condiciones de higiene. Cabe destacar que junto a los juegos de cama ondeó una bandera catalana que también fue testigo mudo del amor inconfesable de la época.

Los catalanes y catalanas de aquellos años, así como cualquier ciudadano del mundo residente en la ciudad, o que se encontrase en ella de paso, podía reservar una de las habitaciones del conocidísimo “hotel”, y ya bien sea en compañía de sus queridas o de sus queridos, o personándose con señoritas de compañía agarradas del brazo, soltar sin tabúes y sin riesgos sus más ocultos deseos, ya que La Casita Blanca lo guardaba todo en el más absoluto secreto.


Bar Alegría. Carrer Robadors de Barcelona.
Fotografía de Sergi Càmara i Pérez.
Muchos han sido, son, y serán los casos en los que las autoridades, da igual del régimen o del color político que se tiñan, han intentado repetidamente ponerle puertas al campo y cargar contra la prostitución, locales de alterne, así como lugares en los que cualquier tipo de relación sexual se practique dentro de una "normalidad". Sin duda que en no pocas ocasiones con argumentos llenos de razón por lo que respecta a menores, mujeres secuestradas y engañadas por bandas criminales, etc. Pero en otros casos el argumento ha sido el puro hecho de aplicar políticas y medidas puritanas en base a las que preservar el espíritu patrio, que tenía (y si nos descuidamos, tiene) que ser tan blanco e inmaculado como –paradójicamente- las sábanas que colgaban del terrado de La Casita Blanca. En el año 1969 (Vaya... 69!), las Cortes Franquistas ordenaron el cierre inmediato del meublé, y fueron siete años en los que las habitaciones de La Casita Blanca se quedaron vacías y en los que los cabeceros de sus camas dejaron de golpear las paredes. En el 1975, y cuando el caudillísimo Franco ya languidecía y daba sus últimos jadeos -no precisamente de placer-, el hotelito abrió de nuevo sus puertas con muy buena acogida por parte de los barceloneses y de las barcelonesas que pudieron dejar de nuevo sus automóviles en sus plazas de parking y para mayor tranquilidad y gloria de los amigos progres que volvieron a recuperar sus apartamentos y dejaron de pasar noches al raso.

En ese mismo año, 1975, Joan Manuel Serrat dedicó una canción al que fue el meublé más antiguo y famoso de Barcelona y posiblemente de toda España. La canción se titulaba “La Casita Blanca”, tema incluido en su álbum “Para piel de manzana”, grabado por Serrat y editado por Ariola. El título de esta entrada proviene de un fragmento de la letra de ese tema y que les enlazo al final.

Ponerle los cuernos a la parienta durante los partidos era un clásico. Los maridos dejaban a sus esposas en casa con el pretexto de: “me voy a ver el partido” y mientras hacían ver que estaban en el campo de fútbol animando a su equipo, retozaban con sus queridas entre sábanas blancas. No obstante, conocer los resultados de los encuentros era vital, de modo que La Casita Blanca instaló unas pantallas a través de las cuales se podían conocer los resultados finales de los partidos, y de ese modo, cuando los maridos regresaban a casa podían contar que su equipo, en esa tarde noche, había metido tres; y quien sabe... quizá fue ese el verdadero resultado.


La Casita Blanca en 2011.
Fotografía de Christian Gómez.
Finalmente llegó el fatídico año 2011 en el que el “Hay-untamiento” de Barcelona expropió el edificio de La Casita Blanca. Por desgracia no fue para que sus políticos se desahogasen con la placentera práctica del sexo; más bien fue para darle rienda suelta al único placer que conocen y que no es otro que el de especular. Los motivos para la demolición del local fueron “razones urbanísticas”, y así, sin más, La Casita Blanca pasó a ser historia.

En el Poble Sec, en mi barrio, existe aún hoy en día un antiguo y también conocido meublé llamado La França, así que para aquellos que necesiten un lugar en el que pasar momentos con sus parejas (o con las parejas de otros), que sepan que en Barcelona, la tradición de crear lugares de regocijo carnal sigue viva y coleando; nunca mejor dicho, y que también está el no menos conocido La Vie en Rose, por citar otro, y que por lo que yo sé de La Casita Blanca (de oídas, eh... de oídas), el personal de todos estos lugares de placer está altamente profesionalizado, las medidas de higiene cuidadísimas al detalle y la discreción asegurada. En La Casita Blanca el acceso podía hacerse a pie o en coche, y para ambos casos los empleados hacían entrar a sus clientes a través de un complicado sistema de laberintos de modo que nunca pudiesen cruzarse con otros ni ser vistos por nadie. Curioso que en un mundo en el que se está tratando de encontrar los apoyos necesarios para armar una guerra... debamos mantenernos ocultos para practicar el sexo. Reflexionemos.


miércoles, 4 de septiembre de 2013

Segunda entrega de GERY GARABATOS para enero del 2014

Que ya sé que puede parecer que tengo olvidado el blog; y no, para nada. Sí que es cierto que anda un poco abandonado, pero rápidamente me entenderán cuando les cuente el motivo.

Como ya informé hace ahora algo más de un año, en esta entrada, me lancé a la aventura literaria a través de editoriales convencionales que editaban en papel; si... ya saben, con impresión tradicional, empresas de distribución y venta de ejemplares en librerías y demás, ya sé que puede parecer antiguo, y más hoy en día que todo el mundo trata de publicar en digital; tanto autores como editores, pero... para qué nos vamos a engañar, la edición digital es el presente, cierto, pero en España andamos aún muy lejos de conseguir los resultados obtenidos por otros países europeos o en los Estados Unidos y el motivo es lógico teniendo en cuenta que en nuestro mercado, apenas existe diferencia de precio entre un libro impreso o uno editado en sistema digital. Uno de los motivos es el IVA aplicado, otro el tema de derechos de autor con los que las editoriales aún se están haciendo un lío, y como no: la piratería. Y es que aún no existe un modo de control efectivo sobre la descarga de contenidos de la red –o si existe, los editores españoles no lo conocen- y la desconfianza puede más que el valor, cosa lógica teniendo en cuenta los tiempos que corren.

Pues bien, mi aventura no ha salido del todo mal y desde que escribí mi primera novela juvenil en mayo de 2012 hasta ahora, la actividad ha sido bastante notable. Mi editorial, Ediciones B, me ha pedido realizar una segunda entrega con las aventuras de GERY GARABATOS y a eso he estado dedicando estos últimos meses. Ahora ando en temas de revisión con el fin de que en el próximo mes de enero del 2014, el nuevo ejemplar “impreso” esté en la calle.

Ah! Y no olviden que GERY GARABATOS, a pesar de ser una novela impresa, también cuenta con contenidos multimedia e interactivos especialmente elaborados para cada título, así que si quieren echarle un vistazo, no tienen más que clicar el siguiente enlace: Web de GERY GARABATOS, y también pueden seguirlo a través de FACEBOOK.

Espero que les guste y que no olviden comprar un jemplar a sus hijos ;-)

viernes, 31 de mayo de 2013

La biblioteca infantil y doméstica de los 70's

Os muestro una pequeña parte de mi biblioteca personal de cuando era niño; la que aún conservo de aquellos primeros años en los que me dejé llevar por las maravillosas historias que contenían los cuentos, las novelas infantiles y juveniles y también los TBOs y los Comics de los que llegué a tener un buen montón.

Como podéis observar, el libro de Tom Sawyer lo tengo "repe". Resulta que en la biblioteca de mi barrio tenían una edición magnífica, densa y maravillosamente ilustrada, pero fui incapaz de encontrarlo en las librerías por más que me las pateé todas. En su lugar encontré una edición que por aquellos tiempos lanzó al mercado Editorial Bruguera (el de la parte superior de la imagen), pero... nada que ver. La que molaba era la edición que veis en la parte inferior de la foto y que aún conserva en su lomo las pegatinas de la biblioteca, pero que pasó a formar parte de mi propiedad porque un día... la pispé. Me arrebató la incontrolable necesidad de que ese libro tenía que ser mío, así que, podríamos decir que... lo "privaticé".

Todo lo contrario a lo que sucede en la actualidad con los libros de lectura, que en lugar de formar parte de las bibliotecas personales de nuestros hijos, han pasado a ser una posesión de las escuelas con la iniciativa de que sean "reciclados" y pasen de mano en mano sin que pertenezcan a nadie. A eso le llaman "socialización". El problema es que con una iniciativa así por parte de las AMPAS de las escuelas y gobierno -y seguro que con buena intención, pero con nefastos resultados-, las editoriales cada vez venden menos libros, las imprentas y las librerías cierran, y los autores nos vemos obligados a trabajar por amor al arte o a convertir nuestra vocación en una simple afición sin poder, ni tan siquiera, vivir en la austeridad en la que hemos estado viviendo durante muchos años; porque claro... tampoco es que hayamos estado nadando en la abundancia hasta ahora, ni viviendo del cuento por más de ellos que hayamos podido escribir o ilustrar.

Pero el problema va más allá -y eso es lo realmente importante-. No sé si el día de mañana nuestros hijos podrán mostrar una fotografía como esta que os enseño y en la que podamos ver aquellas novelas y libros en general que fueron suyos. El libro será de la escuela y en casa apenas habrán libros. Se creará en nuestros hijos la mentalidad de que los libros no se compran porque "eso es cosa del cole". Se descatalogarán libros a una velocidad fulminante debido a la falta de ventas y los autores dejaremos de escribir y no habrán nuevos autores porque quizá, los que lo somos, aprendimos a base de mirar y remirar, de leer y releer esos libros de nuestra biblioteca personal. Aprendimos de esas historias que nos acompañaron y que seleccionábamos en la librería de nuestro barrio. Sin duda, lo más probable es que yo no sería autor a día de hoy sin la existencia de mi pequeña biblioteca doméstica.

La profesionalización de la literatura pasará a mejor vida si un escritor tiene que serlo a tiempo parcial mientras trata de ganarse la vida poniendo copas en un bar o trabajando en una oficina.

Y vosotros, conserváis aún vuestra biblioteca de cuando erais niños?

martes, 9 de abril de 2013

120 días


En los 70, cuando empecé con la que hoy es mi profesión, las cosas no eran ni mejores ni peores; a decir verdad eran muy parecidas a la situación que vivimos en la actualidad. Incluso diría que demasiado parecidas. Recuerdo que viví la crisis del 78 sin demasiados trastornos; a fin de cuentas vivía con mis padres, dedicaba la mayor parte del día a fracasar en mis estudios de B.U.P y justo, justo empezaba a moverme por las editoriales para mostrar mi trabajo. Sí recuerdo que en casa, las cosas no fueron demasiado bien durante un tiempo, pero aquella crisis pasó, se trató de una crisis energética que a nosotros nos afectó a nivel de inflación, nos fastidió durante un tiempo, pero no hundió nuestras vidas de una manera notable.

Todo esto viene a cuento porque el pasado viernes me acordé mucho de mis inicios en esos años; en los 70, y aunque creo firmemente que con el paso del tiempo las cosas tienden a mejorar, recordé esos 70 añorando lo fácil que fue para mí empezar con mi oficio –a pesar de la gran falta de experiencia en mi trabajo-, en comparación a lo difícil que es todo ahora pese a tener un currículum más que aceptable.

Lo cierto es que esta entrada tiene poco o nada que ver con los 70. Aquellos que esperen leer una historia setentera se van a llevar un chasco. Se trata más bien de un pequeño berrinche, de una rabieta y del derecho al pataleo. Poca cosa más.

La he escrito esta mañana en mi Facebook y he recibido un montón de muestras de empatía, llamadas telefónicas, comentarios, mensajes privados... Me consta que la situación que voy a describirles, se trata, lamentablemente, de una situación bastante común a día de hoy. Por eso quiero compartirla, porque estoy convencido de que, con todo... saldremos de esta, así que, ánimo!


Me llamaron para encargarme un trabajo; nada fuera de lo común, se trataba de unos textos que saldrían publicados en un medio determinado y para un tipo de audiencia muy concreta. Escribirlos no fue complicado, aún y que no tenía demasiada idea de qué se trataba en un principio, me documenté, presenté unos borradores y me felicitaron por haber acertado en el enfoque. Hasta aquí todo bien.

Redacté los textos correspondientes, realicé algunas correcciones a petición del editor, los entregué y presenté la correspondiente factura.

Ya estaba avisado de que cobraría a 120 días. En ocasiones, aceptar según qué trabajos es algo parecido a hacerte un plan de jubilación. De modo que anoté en mi agenda el día de cobro por aquello de que no sería la primera vez de que si tú te olvidas de reclamar el pago por tus servicios, el cliente se olvida también de que tiene que pagarlos, y es que 120 días... son muchos y pueden llegar a hacerse muy largos.

Mi agenda me avisó hace unos días de que el plazo de vencimiento era inminente, así que consulté mi cuenta bancaria y, Oh sorpresa!... ningún ingreso.

Esperé una semana más; a veces, y si la transferencia a tu cuenta te la realizan desde un banco distinto al tuyo, esos retrasos suelen ser normales, pero en vista de que el ingreso no se llevaba a cabo, finalmente llamé al cliente. De esto hace exactamente cuatro días; es decir, entré en contacto telefónico el pasado viernes.

Alguien de la redacción del medio en cuestión y que pertenece al departamento de contabilidad, me confirmó que tenía en su poder mi factura, pero que por un error del programa que gestionaba esos temas, la factura no entró en fecha. Me aclaró, no obstante, que eso no significaba ningún problema y que la incluía personalmente, sin más tardanza, y que ya todo estaba resuelto. Resuelto? Algo me dijo que estaba “resuelto”, sí, pero. Cómo? Así que en un momento de desconfianza repentina, le pregunté: “Vale, resuelto, pero... tú incluyes mi factura ahora, y eso qué significa? Cobraré inmediatamente, a finales de este mes? (o lo que me temía)... no me irás a decir ahora que se inicia todo el proceso y que tardaré 120 días más en cobrar, verdad?”.

La respuesta fue demoledora –eso sí, me aclaró que “sintiéndolo mucho”-, pero que efectivamente, una vez incluida mi factura en el programa de gestión, el proceso empezaba a partir de la fecha y que los pagos se efectuaban a 120 días a partir de la inclusión de la factura.

Traté de hacerle ver que el error había sido de ellos y que pese al “programa de gestión”, podrían hacer alguna especie de excepción al susodicho y acelerar el proceso. Le recordé que estamos en pleno ejercicio de la declaración de la renta y que deberé tributar por una factura entregada cuatro meses atrás, pero que no cobraré hasta dentro de cuatro meses más, pero nada, el “sintiéndolo mucho” fue el único argumento, el “no puedo hacer nada para alterar el proceso del programa de gestión” la única excusa, y el “no sabes lo mal que me sabe” la única solución.

Solo veía cuatro opciones. A saber:

a).- Hacer ver que no pasaba nada y ponerle fe en creer que todo había sido un error y que no existía detrás de todo esto ningún intento de morosidad malintencionado.
b).- Denunciar.
c).- Decirle que una vez cobrado ese trabajo no me llamasen nunca más para hacerme perder tiempo y dinero.
d).- Desear encontrarme con todos los integrantes del departamento de contabilidad de ese medio en una habitación cerrada y de la que no tuviesen posibilidad alguna de escapar.

Opté por una mezcla entre las opciones a y c; es decir, que acepté la trampa, pero con buena educación y mejores palabras, les mandé a tomar por el culo.

Recordé mis tiempos de negro, hace muchos años, en los que por culpa de una trifulca con un productor, entré a formar parte de una lista negra y durante tres largos años estuve trabajando con un nombre falso y a través de un intermediario que se llevaba el 25% de mis ingresos.

Recordé las largas noches del 91, en plena guerra del Golfo. Aquella también fue una época de jodida crisis, de no pegar ojo por la cantidad de impagados que tuve y la acumulación de facturas por pagar.

Pero recordé también los finales de los años 70 en los que con unos textos malísimos y con unos dibujos pésimos, conseguí, pese a todo, abrirme paso en los que fueron mis inicios en esta profesión/pasión de escribir, dibujar y en tratar de ganarme la vida divirtiéndome con lo que hacía.

Recordé las 55 series de televisión en las que he participado, las series que he producido, los libros que he ilustrado, los que he escrito, y todo y que a veces, esto de ejercer de fabricante de sueños, pueda llegar a convertirse en una pesadilla, no deja de ser, sin duda, el mejor trabajo del mundo.

Seguiré en esto contra todo, porque a fin de cuentas no me ha ido tan mal, porque por algo fui boxeador y aprendí a encajar golpes y a recuperarme con rapidez, porque me lo debo a mí y a mis hijos a los que quiero transmitirles perseverancia, voluntad, esfuerzo y la capacidad sobrehumana de no desfallecer jamás. Pero por encima de todo porque nací tozudo, porque nací el mismo día 7 de agosto del 64 en el que oficialmente estalló la guerra de Vietnam, y aunque sé que esta guerra mía la voy a perder -porque todos morimos- cuanto menos quiero seguir ganando todas las batallas.

A veces puedo ser un poco burro, pero solo de boca. De modo, que espero... que a falta de dinero en mis bolsillos, no empiecen estos a llenarse de piedras.

Total... son 120 días.

lunes, 18 de febrero de 2013

El reciclaje y el "Capo di tutti capi"

Los críos que recorríamos de arriba abajo las calles del Poble Sec, que jugábamos en ellas, y en las que perpetrábamos las mil diabluras, jamás supimos qué era eso de recibir la paga semanal. Más allá de la Avinguda del Paral·lel; la frontera que separaba mi barrio del resto del mundo, la cosa era bien distinta. Los niños de otros barrios recibían 15 o 20 pesetas a la semana que les daban sus padres, sus tíos o sus abuelos para que tuviesen para sus gastos, e incluso para que ahorrasen un poco y se pudiesen permitir algún que otro lujo.

Eso no significaba que nosotros jamás llevásemos un céntimo en el bolsillo; al contrario, en muchas ocasiones ya hubiese querido un niño de otro barrio reunir las cantidades de dinero con las que nosotros solíamos hacernos de vez en cuando y con las que nos permitíamos asaltar el kiosko del señor Sánchez y comprarnos todas las chuches del mundo y todas las baratijas de kiosko que se amontonaban en sus estantes.

“La paga”, no obstante, rara vez procedía de nuestros padres. Normalmente era un tío quien nos dejaba caer algún dinerillo, y en función de la cantidad les teníamos catalogados en tres categorías distintas; a saber: el tío roñoso, el tío standart, y el tío generoso.

El tío roñoso era el que te soltaba una pesetilla y te decía: “Toma, para que te compres un chicle” (justamente, ni más ni menos, eso era lo que costaba un chicle a principios de los 70). El tío standart era el que hurgaba en su bolsillo, y o bien en calderilla, o en moneda, te dejaba caer cinco pesetas o un duro y te decía: “Toma, para que te compres chuches”; bueno... la verdad es que con cinco pesetas podías comprarte un chicle, un par de caramelos Palotes de Palín, un puñado de gominolas y alguna que otra regaliz de palo. No estaban mal los tíos standart, la verdad. Pero el súmmum del derroche, de la generosidad y del donaire, venía siempre de parte del tío generoso que realmente se rascaba el bolsillo y depositaba sobre la palma de nuestras manos una moneda de cinco duros; es decir, 25 relucientes pesetas. Eso era un capital! Con esa moneda con la cara de Franco podías comprarte un paracaidista de “Los Halcones del Espacio” que valía 15 pesetas, un tebeo de Mortadelo que costaba 6 rubias y aún te quedaban 4 perras para pillar una buena indigestión de gominolas.

También es cierto que la cantidad de paga que nos daban los tíos venía en base a la frecuencia con la que nos encontrábamos con ellos. Luego, pasados los años y con la perspectiva del tiempo, terminamos dándonos cuenta de que en realidad, el tío roñoso era el que más dinero nos daba, ya que al pobre le veíamos cada día y siempre nos daba la pesetilla para el chicle. Eso, al cabo del mes, hacía una media de 30 pesetillas. Mientras que al que teníamos catalogado como generoso porque nos daba los cinco duros, les veíamos escasamente una vez al mes. Pero bueno... nosotros fuimos niños que supimos ser niños, y lo propio era ser injustos con los tíos “roñosos”, que por el hecho de ser vecinos tenían que toparse a diario con nosotros y contemplar cómo les tirábamos del bolsillo del pantalón para que soltasen la perra rubia.

Pero no eran esos nuestros únicos ingresos. Los críos del Poble Sec lo teníamos todo muy bien organizado. Éramos unos auténticos “gestores de deshechos” que nos repartíamos el barrio por zonas y a cada pequeña banda le pertenecían unas calles o unas manzanas concretas; los andaluces se ocupaban de la zona este hasta casi tocar la plaza de España, los gitanos dominaban la zona de Montjuïc y las barracas, y nosotros, los charnegos, ejercíamos pleno control sobre la parte central y oeste hasta la zona portuaria. Sin duda se trataba de la tajada más grande del pastel y en la que se llevaban a cabo las mayores refriegas entre los clanes que deseaban arrebatarnos algunas calles.

Del mismo modo, cada grupo tenía su especialidad. Los gitanos eran los reyes de la chatarra porque del negocio de deshechos participaban también sus padres, y con sus carros eran capaces de cargar con neveras viejas, cocinas, latas y hierros procedentes de obras y demás material que nosotros escasamente podíamos cargar bajo el brazo o almacenar en el almacén del herbolario, el señor Vallcanera. De modo que ahí no ejercíamos demasiada presión y dejábamos que los gitanos se ocupasen de esos trastos, ya que por el contrario, también les correspondía una menor zona. Entre tanto, charnegos y andaluces nos peleábamos por periódicos viejos, cartones y envases de botellas; “cascos” les llamábamos, y que eran la pieza más preciada después de la chatarra.

Los bares sacaban a la calle las cajas de plástico con los cascos vacíos de las cocacolas, las mirindas o los refrescos de la marca Kas. Al poco rato llegaba el camión de reparto y sustituía las cajas con cascos vacíos por cajas con botellas llenas, pero no fueron pocas las ocasiones en las que el camión de reparto no encontraba las cajas de cascos; a menos, claro está, que no fuesen a buscarlas al almacén del herbolario, cosa que jamás sucedió.

La barraca que servía de almacén a los gitanos, así como el almacén del herbolario ocupado por los charnegos, o la obra en construcción de la zona este que hacía las veces de almacén para los andaluces, eran zonas que debían estar permanentemente vigiladas, ya que los asaltos por parte de los diversos clanes a los bienes ajenos eran más que habituales. Cada cuatro o cinco meses se organizaba una guerra entre “familias” en la que volaban las pedradas y eran frecuentes las luchas cuerpo a cuerpo, hasta que llegaba un punto en que esas guerras podían llegar a más y se imponía una reunión entre los responsables de los distintos clanes para llegar a una negociación a través de la que se buscaba la paz, pero por encima de todo, se intentaba hacer un reparto más o menos justo de deshechos y con el que todos estuviésemos medianamente contentos.

Una vez solucionado eso, impuesta la paz, establecido el reparto, y con nuestras brechas cubiertas de tiritas, mercromina y sulfamida, nos organizábamos dentro de cada clan para repartir los deshechos entre el trapero, a quien le vendíamos los periódicos viejos, los cartones y nos lo pagaba todo al peso, el chatarrero, a quien le colocábamos los trastos viejos y las chapas de botella y nos daba algún dinero según tuviese el día. La verdad era que el chatarrero quizá se trataba de “Il capo di tutti capi” del barrio y le costaba soltar el parné más que a nadie. Por último estaban los dueños de los bares, a quienes, en cantidades discretas (para que no se notase que llevábamos un mes robándoles los cascos), les vendíamos los envases vacíos a cambio de una peseta por pieza.

En cada clan el reparto de beneficios era según Dios nos dio a entender. En nuestro caso, en el clan de los charnegos, los capos nos llevábamos una buena parte. Una parte ligeramente menor percibía el mediador, que era el encargado de ejercer de portavoz en las reuniones posteriores a la guerra entre bandas. Por último estaban los soldados, que percibían una menor parte a pesar de que eran quienes más se jugaban el pellejo en la vigilancia de almacenes y en las guerras, pero bueno... en su día todos empezamos siendo soldados. Sabíamos que la fidelidad a la familia y el esfuerzo nos llevaría tarde o temprano a ser capos, de modo, que aunque quizá injusto, los soldados jamás protestaron por quedarse con simples migajas.

Por desgracia hoy en día todo esto ha dejado de existir. Ya no son los críos de barrio quienes se encargan de la “gestión de deshechos” y quienes se pueden sacar unos euros con sus escaramuzas entre clanes que ya ni existen.

En la actualidad, nos han sorbido el seso con “el cambio climático”, con ese rollo de que nos estamos cargando el planeta, etc, y como consecuencia de todo ello somos nosotros, en nuestras casas, los que nos encargamos de “reciclar”, de repartir la basura en absurdos contenedores dejando sin empleo a traperos, chatarreros, e incluso a empleados de vertederos que en los 70 separaban la materia orgánica de lo demás y que en la actualidad, no forman parte de las cifras de parados, porque sencillamente, esos empleos ya apenas existen.

En cualquier caso, a día de hoy, los auténticos “gestores de deshechos” se han convertido en poderosas instituciones públicas que dejan sin trabajo a gente en un momento en el que se necesita más empleo que nunca, que nos han convencido de que somos el peor animal que habita en el planeta y que es necesario que reciclemos para compensar lo mucho que contaminamos, y ahí... jodidos, pero contentos, y concienciados de que estamos realizando una tarea ecológica y en favor del bien común, reciclamos y reciclamos (gratis, sin percibir por ello un solo euro) para alimentar al “Capo di tutti capi” que ha pasado de ser un chatarrero roñoso, a un tipo con coche oficial que reposa su culo en el sillón de cualquier ayuntamiento.

Los críos de barrio, con nuestros parches de mercromina, fuimos los que inventamos eso del reciclaje, por necesidad y por pura supervivencia. Ahora en cambio, como casi con todo lo demás, el negocio ha ido aparar a manos de auténticos mafiosos.

Ilustración: Sergi Càmara