viernes 13 de noviembre de 2009

Tú Volverás

El año 1975 fue quizá uno de los más representativos de la década de los 70.

Los que por entonces teníamos alrededor de unos 12 años disfrutábamos de un montón de cosas agradables; algunas de ellas se han ido mostrando en muchas de las entradas incluidas en este kiosko-blog, me refiero a las baratijas de kiosko, juguetes, chucherias varias, etc, pero además estábamos a punto de entrar en una dinámica en la que cada diá, en los telediarios de las dos únicas cadenas televisivas, se nos retransmitiría el parte médico sobre el estado de salud del caudillísimo Francisco Franco a cargo del “equipo médico habitual”. El hombre, aunque sobrevivió a lo indecible, estaba ahí dale que te pego echándole un pulso a la vida y firmando con mano temblorosa alguna que otra condena a muerte; eso se le dio fenomenalmente bien a lo largo de lo que fue su vida, y prueba de ello es el hecho de que continuó haciéndolo incluso estando muy cercano a su final. Algunos me sabrán perdonar si incluyo este episodio entre esas cosas agradables de lo que fue nuestra infancia, pero es que en las casas de muchos de nosotros, aunque con cierto miedo, eso se vivió como un acontecimiento digno de la más grande de las celebraciones.

Qué se puede esperar de una generación que se crió en senos familiares en los que se celebraba la enfermedad irreversible de un ser humano? Con el tiempo nos dimos cuenta de que quizá no era tan humano el tipo, entendimos un montón de cosas y comprendimos perfectamente esa alegría manifestada por nuestros padres que habían perdido a muchos de los suyos a manos del dictador. De algún modo, el tiempo hizo justicia; tarde como siempre, pero ya se sabe que en este país la ley siempre ha sido un poco lenta. Hasta la justicia divina lo es!!

Otra de las cosas agradables que sucedió durante ese año fue la participación en el festival de Eurovisión del dúo formado por Sergio y Estíbaliz. La pareja de cantantes se separaron del grupo Mocedades, sacaron sus dos primeros singels: “Búscame” y “Piel”, pero se presentaron al festival con el tema “Tu Volverás” consiguiendo un décimo puesto. Ese año el festival se celebró en Estocolmo, la ganadora de esa edición fue la cantante holandesa Tech In con un tema titulado “Ding-a-Dong” que posiblemente recordará muy poca gente, no así el tema de nuestros artistas que gozó de una aceptación excepcional en España y América Latina convirtiéndose en uno de los más vendidos durante ese año.

A mi padre le daba cierto mal rollo el título: “Está a punto de morirse Franco y ahora salen estos con una canción titulada ‘Tu Volverás’... Malditas las ganas!” exclamaba mientras que en el comedor de casa y frente al televisor les oíamos cantar el día de la gala.

El festival de Eurovisión de ese año tuvo lugar un 7 de abril y aunque no se pudo celebrar la victoria del dúo, nos agradó que el tema se convirtiese en un reconocido éxito. Para la otra celebración hubo que esperar un poco más, no fue hasta el 20 de noviembre de ese mismo año, pero bien es cierto que antes de su final y cada vez que el caudillo aparecía en su balcón y se dirigía a la multitud con sus gafas de sol y el tembleque de sus manos, ya no había miedo, al menos... no tanto.

Que por cierto... Nadie le dijo nunca a Sergio que cantaba fatal?

miércoles 11 de noviembre de 2009

Los Kalkitos

Los Kalkitos fueron una de mis grandes pasiones infantiles. Un invento que la división de papelería de la casa Gillete Española S.A repartió por todos los kioscos y papelerías a finales de los años 70.

Un fondo, un decorado desplegable en formato panorámico y una lámina llena de adhesivos que podías ir colocando aquí y allá del modo en que a cada crío se le antojase e imaginando así su propia historia. El funcionamiento era muy simple: desplegabas el fondo, colocabas la lámina con los adhesivos en el lugar en el que deseabas transferir uno de los personajes, y con el lápiz lo rascabas hasta que pasaba de la lámina al fondo. Había que tener cuidado y rascar bien ya que en no pocas ocasiones algún personaje quedaba desprovisto de alguna de sus extremidades!

Lo genial era tener temas de Kalkitos repetidos para poder añadirlos a tu diorama original y dotarlo de más entidad, pero evidentemente no era cuestión de abigarrar la escena y convertirla en algo incomprensible, así que los que sobraban y que no sabías donde meter... iban a parar a los carpesanos, las libretas, las paredes de la habitación, los cristales de las ventanas, etc, etc.

Los temas eran muy variados y habían para todos los gustos: desde fútbol hasta carreras de Fórmula 1, historias de batallas épicas, guerras medievales, napoleónicas o contemporáneas; sin dejar de lado, claro está, los personajes de las series que veíamos en televisión: El Gato Silvestre, Los Picapiedra, El Oso Yogui, etc, etc. Ni que decir tiene que estos últimos y los dedicados al Oeste... eran mis preferidos: Búfalo Bill, El General Custer, Pancho Villa, La Conquista del Oeste... una infinidad.

Con el paso del tiempo descubrí que la dinámica de los Kalkitos guardaba “cierto parecido” con el modo de hacer dibujos animados en el sistema clásico y tradicional; un decorado y sobre él, una sucesión de personajes en celuloide que eran filmados fotograma a fotograma. Quién sabe... quizá por eso me apasionó ese mundo y lo convertí en mi profesión desde hace ya casi 30 años.

Bien se podría decir que llevo toda mi vida jugando con los Kakitos ;-D

Créditos de las imágenes: Kalkitos "Búfalo Bill". Colección particular.

sábado 7 de noviembre de 2009

"La VOZ" de los anuncios de la tele

Cada año las campañas publicitarias televisivas de anuncios de juguetes empiezan a aparecer masivamente a mediados de octubre, sobretodo durante la programación matinal mientras los niños desayunan en casa antes de ir al cole.

Estás tomándote tu café con leche y las tostadas, con la mente en blanco (a esas horas no hay quien piense en nada... no hay capacidad para ello) y oyes como tus hijos van diciendo: “yo quiero este”, “me lo pido!”, “papá. Me lo traerán los reyes?”... Tu vas asintiendo con la cabeza, con los ojos semicerrados y tratando de entender cómo es posible que ellos tengan esa energía a unas horas de la mañana en las que tú no eres más que una piltrafa humana deseando que a medida que avance el día empieces lentamente a convertirte en persona.

De todos modos, y a pesar de ese estado catatónico matutino en el que los cuerpos están recién levantados de la cama, pero los cerebros permanecen aún dormidos, hay algo –que al menos a mi- no se me escapa. Imagino que será eso que llaman “deformación profesional” ya que por mi trabajo, me dediqué durante bastantes años a la publicidad, asistí a numerosas post-producciones de spots televisivos en los que había colaborado, y entre otras, mi función era la de supervisar las locuciones de los anuncios de la tele; eso que llaman “la voz en off” y que consiste en que una voz (obvio) va narrando y describiendo las virtudes de un producto a medida que las imágenes nos lo van mostrando.

Como digo, lo que a mi no se me escapa, es que “la voz” de la gran mayoría de anuncios de juguetes con los que somos acribillados cada mañana, pertenece al mismo tipo, al mismo locutor, y que no es otro –ni más ni menos- que Constantino Romero; el mismo que en las olimpiadas del 1992 de Barcelona, rogaba a los atletas que se bajasen del escenario en la ceremonia de clausura y ante la posibilidad de que este cediese debido al peso de todos cuantos andaban por ahí encima cantando el “amics per sempre naino, naino, naino-nai”, el mismo que dobla a Clint Eastwood en la versión española y que dice como nadie eso de: “Anda... alégrame el día”, y el mismo que ha presentado numerosos concursos televisivos y que en realidad, está en todas las salsas. Constantino Romero, un albaceteño que llegó un buen día a Barcelona, se quedó, y desde un estudio de grabación es capaz de llegar hasta nosotros a través de las voces de Arnold Schwarzenegger, del malo malísimo Darth Vader o de los colchones Lo Monaco.

Conocí personalmente a Constantino Romero, “Tino” (como le llaman afectuosamente en el ramo) cuando yo tenía 19 años. Por aquel entonces estaba trabajando en un estudio de publicidad colaborando en anuncios de televisión realizados en dibujos animados. Era una época gloriosa en la que se ganaba mucho dinero en ese negocio y en la que cualquiera que andase metido en publicidad podía llegar a cobrar unos sueldos que rondaban las 500.000 pesetas al mes; lo que ahora serían unos 3.000 euracos del ala. Yo tenía la mili pendiente y mi cabeza le daba vueltas a la idea de mantenerme como humorista gráfico, pero pese a ello, la publicidad me atraía, era un mundo en el que se podía aprender mucho y en el que era posible ganar un dinero que no venía mal. Yo tenía el privilegio de estar en un estudio en el que quien más y quien menos ganaba esos 3000 euracos, en el que me hacían trabajar más horas que a un reloj, en el que se me encargaban todo tipo de trabajos a horas intempestivas y en el que se me pagaban... 20.000 pesetas al mes (unos 120 euros...). Vamos, que no era yo que digamos un potentado, ya que por encima de todo mi trabajo consistía en preparar cafés y llevarles los almuerzos a los que en realidad, ganaban esa pasta gansa haciendo trabajos por los que yo hubiese dado un brazo. Eran animadores que daban vida a los personajes de los anuncios, se encargaban de realizar los decorados de las películas, de planificar y de organizar el Cristo que supone sacar adelante una mini producción de 20 segundos; en definitiva, un trabajo apasionante.

Durante algo más de tres largos meses estuvimos trabajando para una campaña de Cheetos compuesta de tres anuncios para varios de los productos: los ricitos, los torciditos y los bolitas. La cantidad de horas mensuales de trabajo de cuantos estábamos allí arrojaba una media de 17 horas diarias por persona, no es broma, trabajábamos día y noche, dormíamos escasamente tres o cuatro horas en una habitación del estudio en la que habían unas mantas y una moviola, mal comíamos, mal cenábamos, mal dormíamos, apenas nos aseábamos, pero todo esfuerzo era poco, los tres anuncios tenían que estar terminados en la fecha prevista o de lo contrario, la agencia podía poner una sanción económica al estudio y alguien podía quedarse sin sus 3000 euros; yo sin mis 120.

El trabajo contrarreloj, el agotamiento de todos y la necesidad de presentarse en el estudio de grabación con material bajo el brazo y completar la última etapa del proceso, hizo que por azar o mala leche, me tocase a mi personarme en el estudio y supervisar la post-producción de los tres anuncios.

—Yo?
—Si tú. Toma este dinero y píllate un taxi cagando leches. Esto tiene que estar listo a mediodía.
—Pero si yo... Ya sabré?
—Tranquilo, mientras el actor haga la locución tu estarás en una cabina con unos cascos puestos. Lo único que tienes que hacer, en cuanto él termine, es mirarle sonriente y levantar tus pulgares como haciéndole saber que lo ha hecho de puta madre.
—Y ... Ya está?... Y si no lo hace bien?
—Si no lo hace bien estamos jodidos! No hay tiempo para cambios ni revisiones, el cliente nos meterá un paquete si no tiene esto sobre su mesa antes de comer, así que tú... levanta esos jodidos pulgares!

Con tres rollos de película en una bolsa del Spar y metido en un taxi, me dirigí hacia el estudio de grabación. Y al llegar... allí estaba el incombustible Constantino Romero.

—Hola hijo. Eres tú el director de todo esto? —La voz de Clint Eastwood se estaba dirigiendo a mi. Temía tener que mentirle, pero... igual desenfundaba su Mágnum 357 y hacía en mi pecho el agujero del tamaño de un puño.
—Seeee... Si —le dije intentando transmitir convicción.
—Pues vamos allá! Esto va a ser divertido! —dijo la voz.

Divertido? Yo andaba más perdido que Trazan en New York.

Los técnicos colocaron uno de los rollos de película en la moviola. Constantino se colocó frente a un atril y se puso los cascos, a mi me encerraron en la cabina de sonido familiarmente conocida como “la pecera” y junto a mi, un técnico manipulaba una mesa llena de botones, lucecitas, interruptores y palancas. Las luces de la sala descendieron su intensidad, un pequeño foco iluminó el atril en el que “Tino” tenía los papeles con el texto de su locución. La moviola comenzó a reproducir las imágenes del spot.

Yo tuve que darle la señal a Tino de cuando él tenía que inmortalizar con su voz aquel momento. Lo hice y... Eh!... lo hice bien. A la primera! Y Tino se arrancó con su portentosa voz y con su desbordante talento.

Cheetos. Los masqueseros, más que buenos, más que divertidos!

Yo estaba pendiente mientras todos: Tino, técnicos y demás asistentes me miraban.

—Ya está? —pregunté.
—Eso tú. Cómo lo has visto? Te parece bien? —me preguntó el técnico.
—Eeehh... Si... No?
—Si? —insistió.

Tino me miraba con las cejas levantadas por encima de sus gafas, su calva brillaba debido a la luz del pequeño foco, el bigote dibujaba una mueca torcida como de estar a la expectativa de mi decisión.

Le miré... le lancé una de mis mejores sonrisas, levanté mis pulgares y a partir de ahí una tensión que había reinado el ambiente durante breves minutos, se convirtió en alivio y en calma total. Era la primera vez en mi vida que yo tenía poder, la primera vez en la que bajo mi responsabilidad estaba el control absoluto de una situación, y animado por mi éxito estaba deseoso de continuar con aquello.

—Bien, perfecto! —dije, mientras que le impostaba cierta seguridad prepotente a mi voz—. Chicos... vamos a por los otros dos spots.
—Los otros dos? —Preguntó Tino.
—Si Tino —le respondí (ya éramos colegas, así que podía tratarle con familiaridad)–. Olvidas que eran tres rollos?

El técnico que me acompañaba en la pecera tapó sutilmente el micrófono de sus cascos con una de sus manos y se dirigió a mi.

—Esto... la locución es la misma para los tres. No es necesario grabar nada más, a menos, claro está, que consideres que este “take” no ha sido bueno —me aclaró.

Todo mi poder se vino abajo. Reaccioné rapidamente, como pude, tratando de enmendar mi error y de devolverme a mí mismo la autoridad que en un “plis” había tirado por tierra.

—Oh claro!... Perfecto Tino, perfecto! Todo ha salido perfecto! —mi sonrisa se quedó paralizada en mi rostro, una gota fría de sudor descendía por mi sien y mis pulgares se mantenían tiesos y petrificados. Creo que Tino pensó que tenía alguna enfermedad en los dedos, ya que desde ese momento hasta que se fue después de cobrar su talón de 150.000 pesetas, estuve levantándole los pulgares cada vez que me cruzaba con él.

150.000 pesetas, novecientos y pico euros por decir, en apenas unos segundos: “Cheetos. Los masqueseros, más que buenos, más que divertidos”. Yo había “dirigido” la locución de un tipo que había cobrado en esa sesión lo que yo tardaría en ganar en unos ocho meses de arduo trabajo.

Ese día aprendí que no porque a uno le pongan una gorra de plato se convierte en general. El poder es algo más sutil que todo eso y no siempre lo poseen aquellos que aparentamente lo ostentan.

Jodeeerr.....

Todo eso sucedió durante mi estancia en el Estudio Andreu de Barcelona. Un estudio especializado en dibujos animados y que fue de los más importantes en España en las décadas de los 70 y de los 80 desarrollando una importantísima tarea en el campo de la publicidad. Anuncios como los del Búlgaro de Cropán, los Phosquitos, los calzados deportivos Paredes, Lois Junior, los primeros Mister Proper, la ranita del Confidest, El Caserio, y un largo etcétera. El que les dejo como muestra se trata del spot de Pilé 43, realizado en Estudio Andreu y rebosante de estética setentera.



Créditos de las imágenes: Consistentes en bocetos realizados en Estudio Andreu para varias capañas publicitarias .-1) No lo recuerdo bien, pero creo que eran personajes para un spot de Cutex .-2) Fotografía de Constantino Romero bajada de Internet .-3) Cheetos, los masqueseros .-4) La ranita del test de embarazo Confidest .-5) El Caserio .-6) Mister Proper.

viernes 6 de noviembre de 2009

Una de piratas

Las tardes de sábado eran realmente especiales porque después de comer, echaban “la película” de la tele, y las mejores tardes de sábado eran aquellas en las que la película... era de piratas.

Errol Flynn o Burt Lancaster con películas como “La hija del corsario verde” o “El temible burlón”. La célebre novela del escocés Robert Louis Stevenson titulada “La isla del tesoro” y llevada al cine en diferentes versiones. “La canción del pirata” de José de Espronceda que nos hacían estudiar en el colegio... todo apuntaba a que los piratas eran grandes aventureros con una reconocida amoralidad y unas dosis importantes de pillería y malas pulgas, pero aventureros al fin.

Todos deseábamos ser piratas y surcar los mares del Caribe a bordo de nuestros galeones cargados de balas de cañón, de barriles de ron y de ratas. Nos fabricábamos nuestras espadas de madera o comprábamos las de plástico que nos vendían en los kioscos, nos anudábamos un pañuelo en la cabeza y provistos de un parche para el ojo y de una bandera pirata, nos lanzábamos a la imaginaria aventura con nuestros amigos y con dos objetivos primordiales: encontrar el tesoro enterrado en una isla, o rescatar a una joven dama inglesa de las garras de un capitán de fragata inglés que se quería casar con ella, a la fuerza. Los piratas eran poco menos que unos pillos muy simpáticos, que aún y a pesar de andar todo el día medio borrachos y de pasar por la quilla a algún que otro europeo no perdían nunca su sentido del humor, sus ganas de juerga y su particular sex appeal.

Algo así debe seguir pensando de los piratas la ministra Carme Chacón cuando ayer, en rueda de prensa y después de que 36 marineros del atunero Alakrana llevan 37 días secuestrados y amenazados de muerte por piratas somalíes, nos decía que los marineros "están bien".

La ministra debe sentirse como la joven dama inglesa deseosa de caer en los brazos de su pirata que aunque sudoroso y algo zafio, despierte su desatada pasión. Al menos eso parecía desprenderse de esas declaraciones al respecto de que ante la humillante situación de secuestro y de amenaza, los pescadores del Alakrana “están bien”. Bien? Por qué?

Quizá porque las fragatas españolas Canarias y Méndez Núñez, así como el avión P-3 Orion andan vigilando la zona y tienen a los piratas bajo los puntos de mira de sus cañones. Quizá porque son muchos (cerca de una docena) los barcos secuestrados en la zona, más los que cayeron en sus manos con anterioridad y los piratas, a día de hoy, aún no han pasado por la quilla a ningún secuestrado. Probablemente porque los piratas, y debido a su fama de bravucones, no hablaron en serio cuando dijeron que iban a matar a tres de los secuestrados españoles y luego a tres más y así hasta el final, a menos que los dos piratas detenidos por las autoridades españolas no fueran puestos en libertad. O quizá simplemente por lo que dijo la ministra, porque los secuestrados... “están bien”. Tan bien como las familias de los mismos que escucharon –vía telefónica- como sus maridos, padres, hijos... les pedían ayuda con la voz ahogada en llanto, mientras que de fondo se escuchaba el sonido de fuego de los Kalashnikov y la explosión de alguna que otra granada. Claro que están bien, están viviendo una cojonuda aventura pirata como la que la ministra soñó con vivir algún día y bajo esa idea que aún conserva de que los piratas son como Burt Lancaster o Errol Flynn.

La Carme me cayó bien desde el principio a pesar de esa mierda de la “discriminación positiva” que no garantiza en absoluto que alguien tenga que valer para el cargo que se le otorga, pero me cayó bien porque formaba parte de esa idea del “talante” que contrastaba con la desmedida y dura actitud de la oposición. Quizá hay veces en las que es necesario dejar de lado el talante y tomar decisiones; decisiones de verdad.

Los que de niños jugábamos a piratas, a estas alturas andamos por los cuarenta y nos hemos dado cuenta de que las pelis, pelis son y de que la realidad supera a la ficción con creces. Espero por el bien de los secuestrados que la ministra haya crecido también y deje de jugar, ya que como decía Serrat: “no hay historia de piratas que tenga un final feliz”. Esperemos que éste, no sea para los 36 pescadores secuestrados, el final de esta historia.

Y como es viernes y toca música... ahí va un tema de piratas de 1981.



Ilustraciónes: Sergi Càmara.

martes 3 de noviembre de 2009

BIMBOVISION y el jodido... 140

No podía sustituir a las interminables programaciones de cine de reestreno con su doble sesión ni a las series de la tele, pero el Bimbovisión era como poder llevar la magia del “cine” en la cartera del cole y nos permitía la posibilidad de cambiar cromos con el resto de los compañeros de clase. No había nadie que no los coleccionase y que no alucinase con el sencillo invento que estaba formado por un visor y una extensa colección de cromos en forma de diapositivas que versaban en torno a diferentes temas: animales salvajes, flores, monumentos, razas caninas, razas y tipos humanos, interpretes famosos, aviones y coches antiguos.

160 filminas, diapositivas o simplemente cromos que aparecían en los pastelitos de la casa Bimbo, los deliciosos Bony, Bucanero y Tigretón que nos pusieron el colesterol y los triglicéridos por las nubes a toda una generación a la que ahora, quieren obligarnos a hacer deporte y a consumir Danacol para bajar nuestros niveles de grasas saturadas en sangre. Con lo que nos costó taponar nuestras arterias! Con lo difícil que fue hincharnos de pastelitos hasta completar la colección! Ahora parece que si no estás bajo mínimos con eso del colesterol no eres nadie, pero... Quién en su sano juicio se negaba a sucumbir ante el placer de devorar uno de esos pastelitos? Quién hubiese completado su colección de diapositivas si hubiese estado obsesionado con la paparrucha esa de estar sano?


La cantinela en el patio o a la salida del cole era siempre la misma: “tengui, tengui, tengui, tengui, tengui... FALTIII!!” y así, intercambiando con los compañeros nuestras diapositivas repes éramos capaces de terminar la colección y conseguir el cromo número 22 de la carpobrotus acinaciformis, una planta rastrera perenne con flores de 8 a 10 centímetros que vive en las arenas y rocas del litoral y originaria de América del Sur. Todos sabíamos que ésa diapo era la número 22, pero ninguno la conocíamos por su nombre... “carpobrotus acinaciformis”... joder! O el número 101, el cromo de José María Iñigo presentador por aquellos tiempos del programa de televisión “Directísimo” y que un sábado por la noche nos trajo a aquel tipo llamado Uri Geller, capaz de doblar cucharas con el simple roce de las yemas de sus dedos, o de arreglarnos -vía ondas cósmicas- todos los relojes de casa. El 56 con las murallas de Ávila, el 60 el de la torre Eiffel, el 97 con los indios Urus, etc, etc...

Poner una diapositiva en la ranura del visor, enfocarlo hacia una luz y mirar a través del objetivo era toda una experiencia. Marcar en la agenda Bimbovisión los cromos que ya teníamos e ir descubriendo que cada vez quedaban menos para tener la colección completa, era una emoción tan indescriptible como la que nos produjo el momento de acercarnos a nuestro colmado con 10 pesetas en la mano y los envoltorios de 3 pastelitos que canjeamos por nuestro fantástico visor, y a ser posible el rojo que era el que figuraba en la caja. Algunos lo tenían en verde o en azul, pero molaban menos; los rojos... los que teníamos el visor rojo éramos los putos amos.

159 de 160... A día de hoy, en mi agenda Bimbovisión sigue faltando por marcar la diapositiva perteneciente al jodido número 140, un maldito avión Lockheed F-80 que jamás llegué a conseguir por más y más sesiones de “tengui, tengui, falti, tengui” que me marqué dentro y fuera de clase con los compañeros, en las calles del barrio con vecinos, en casa de mis tíos con mis primos, pero nada... todo fue inútil, el 140 se me resistió entonces y se me sigue resistiendo ahora, no hay forma humana de encontrarlo. El Vallcanera lo tenía y alguna vez me lo pasaba por delante de las narices, me lo mostraba y en tono guasón me canturreba: “Tengo el 140, ale, ale, ale, y tú nooo”. El Vallcanera era uno de mis mejores amigos, pero durante una buena temporada se estuvo jugando una brecha en la ceja por hacer el chorra de esa manera. Hay cosas... con las que no se juega.

Si alguien tiene el Lockheed F-80 de las narices y no le importa desprenderse de él que me lo haga saber. Se acerca Navidad y no estaría mal volver a creer un poco en la magia de los Reyes Magos.

Se lo voy a tener que pedir a Uri Geller?



Créditos de las imágenes: 1).- Publicidad de BIMBOVISION de una revista infantil de la época. 2 y 3).- Cromos y colección "casi" completa de BIMBOVISION. Colección particuar.

domingo 1 de noviembre de 2009

Ya soy practicante... aunque no creyente

No hace demasiado tiempo que si les pedía a mis amistades y allegados las fotos del último acontecimiento en el que habíamos participado juntos, se organizaba una cena en casa de alguien, nos reuníamos y las contemplábamos en torno a una mesa repleta de exquisitos manjares regados con excelentes caldos (la cosecha de Atlanta siempre fue mi preferido).

Hoy, les pides las fotos a los colegas y te dicen: “Ah, las fotos... las tengo en el Facebook”.

Así que ni cena, ni caldos, ni reunión, ni tertulia, ni hostias.

Esa ha sido una de las razones por las que finalmente, me decidí a abrir una sucursal del kiosko en la jodida red social y poder compartir virtualmente, aquello que antes -a mi juicio- se compartía de un modo más ameno e interesante.

Adaptarse o morir!... es lo que hay ;-)

Sin duda que esto (como todo) también tendrá sus cosas buenas. Imagino que gracias al Facebook me reencontraré con gente con la que se perdió el contacto por aquellas cosas que pasan. Me servirá para encontrar alguna red o comunidad de frikis que compartan mi afición setentera y quien sabe, igual encuentro alguno de los objetos de la época que ando buscando y que no localizo ni en mercadillos ni en subastas.

De todos modos... pasé un buen rato de la tarde de ayer tratando de encontrar la verdadera y genuina utilidad de esto de las redes sociales, y sinceramente... a día de hoy me declaro escéptico con el tema. Quién sabe si el día de mañana el Facebook será mi nirvana, pero por el momento, si alguien asiduo a las redes sociales o simplemente, aquel que tenga una buena teoría al respecto y sepa de qué va todo esto; ruego por favor que la exponga, la comente y nos haga ver la luz a todos aquellos que estamos ciegos por nuestra propia ignorancia y que aún no le encontramos su cosa al invento.

En cualquier caso... el Kiosko está en la red social, por lo que pueda ser ;-)

viernes 30 de octubre de 2009

Es cosa de hombres


Terminaron las vacaciones y tocaba incorporarse a un nuevo curso escolar, así que allí estábamos todos estrenando aula para el que iba a ser nuestro último año de permanencia en aquella escuela y pasar a lo que entonces se llamaba el BUP. Los pupitres revelaban el paso de anteriores alumnos que con las agujas del compás habían dejado sus nombres grabados y reseguidos con la tinta de los bolis Bic. También habían escritas algunas divertidas obscenidades y algún que otro apunte o fórmula matemática que tenía todas las pintas de ser alguna chuleta en vistas a un examen.


Aún no eran las nueve en punto de la mañana, la Señorita Isabel no había llegado todavía y algunos compañeros iban entrando y ocupando los sitios vacíos tratando de ponerse al lado de los que eran sus más afines. Cristina hizo su aparición en clase y pasó a acaparar la atención de cuantos allí estábamos. Durante ese verano entre séptimo de EGB y octavo, después de casi tres meses sin verla, había dado un cambio total. Siempre destacó por su naturalidad, desparpajo y saber estar, pero en esas vacaciones la naturaleza se había esmerado con ella moldeándola a conciencia. Las peculiaridades de la nueva aula ocuparon un segundo plano ante esa Cristina que en Julio se despidió de nosotros siendo una niña y que aparecía, ahora, convertida en una espléndida mujer. Cris, que así era como la llamábamos, era un pedazo de chica de quitarse el sombrero, y al parecer, eso no había afectado en absoluto a su simpatía y a esa manera que tenía tan particular de mostrarse amable con todo el mundo.


Sus amigas y compañeras que habían compartido con ella desde primero de EGB fueron las primeras en saludarla, en lanzarse a sus brazos y en mostrarse encantadísimas de volver a verla. Incluso alguna lágrima se derramó por parte de algunas que se sintieron súper emocionadas por el feliz reencuentro. Los tíos no llorábamos por eso. Nos alegraba reencontrarnos también, y nos dábamos collejas, empujones o lo que fuese necesario, pero... Llorar? Menuda mariconéz.


Con el paso de los días y del normal devenir del nuevo curso, las mismas amigas que se deshicieron en halagos ante lo hermosa que estaba Cristina, no tardaron en empezar a comentar por los rincones que al parecer, ese verano, la Cris... se lo había montado con más de uno en el pueblo de su madre. La Asun -su amiga del alma- llegó a decir que hasta había perdido la virginidad y que lo sabía de buena tinta ya que la propia Cris se lo había contado. Alguno preguntó que qué era eso de la virginidad, y como era de esperar en un cole de barrio, la respuesta no pudo ser más clara:


—Pues que se la han follado. Capullo!

El único pecado que cometió Cristina durante ese verano, lo que realmente sus amigas no le pudieron perdonar jamás, fue que les había tomado la delantera, y que mientras que ellas continuaban luciendo unas piernas escuálidas, unas formas rectas y unos pechos planos, Cristina mareaba con sus curvas incluso al “profe” de geografía del que todas, sin excepción, estaban loquitamente enamoradas.

Tal fue la propaganda a la que toda la clase fue sometida durante ese primer trimestre sobre los excesos que, al parecer, la Cris había cometido en el pueblo, que la falacia fue cobrando un incuestionable aspecto de realidad. La Cris se levantaba para tirar algo a la papelera y a la Asun le faltaba tiempo para llamar la atención de todos cuantos estaban sentados en los pupitres cercanos.

—Mirarla, mirarla como mueve el culo. Hay necesidad de exhibirse tanto? Ha vuelto hecha una puta!

Tanto se repitió que “la Cris va salida, la Cris va salida, la Cris va salida” que le cayó el apodo de “Crisálida”. No hay que decir que el primer golpe que recibió fue cuando se enteró de a cuento de qué se le había puesto ese mote. Recuerdo que rompió a llorar no entendiendo el motivo de semejante escarnio al que hasta ese día, ella había estado completamente ajena. Por fortuna, allí estaba Asun para consolarla y para decirle que no se preocupase y que quienes le decían eso lo hacían simplemente por envidia.

Tres pupitres por detrás se encontraba el Ortega. El pobre ya había sido un aspirante a gusano en quinto de EGB, en sexto se consolidó como tal. En séptimo fue un gusano profesional y en octavo le hubiesen podido llegar a dar un master. Su aspecto de macarra barato lo decía todo de él, y por lo que se ve, junto a sus secuaces había planeado calzarse a la Cris a lo largo de ese último curso en la escuela.


—A esta me la tiro yo por mis cojones.

—No hay huevos tío. Demasiado mujer para ti.

—Seeh, ya, pero... Qué no veis que es una guarra? A esta le entro bien y me la follo fijo.


Cristina, que ya era plenamente consciente de todo y cuanto se decía de ella, fue dejando poco a poco de ser esa chica tan extrovertida, se le agrió algo el carácter y empezó a desconfiar de todos en general. Alguna vez, no obstante, había conseguido hacerla reír con alguna de mis payasadas, y la clase, el patio, o la estancia en la que nos hallásemos, por amplia que fuese, se iluminaba con su amplia sonrisa y el brillo de sus ojos, pero... Asun seguía siendo su confesora, su paño de lágrimas y su hombro amigo sobre el que llorar; luego, le faltaba tiempo para largarles a los demás su maliciosa versión de todo cuanto su amiga le había confiado.


A los oídos de Ortega llegó el rumor de que si la Cris estaba triste, era porque se moría por sus huesos, pero que como él era el más chulo de la clase, lo más probable sería que no quisiese saber absolutamente nada de ella. Desde el día en que Ortega ante sus amigos sentenció cuales eran sus intenciones con respecto a Cris, que ya había dado algunos pasos tanteando el terreno, pero después de conocer esa noticia no le quedó la menor duda de que la chica andaba por él, pero que aún y a pesar de ser un zorrón no se atrevía a lanzarse de lleno.


—Claro —pensaría Ortega—. A lo mejor es que me ve demasiado hombre para ella.


Ortega se dispuso a cumplir con su objetivo convencido de su éxito y no dudando ni por un solo instante de sus posibilidades.


Una tarde, en el patio de la escuela, andábamos cada uno a la nuestra y en los grupitos habituales de siempre; el Vallcanera, el Boliche y yo nos encontrábamos sentados en nuestra esquina comiendo nuestro bocadillo y charlando de nuestras cosas. El resto de chicos jugaban a la pelota y las chicas aunque simpáticas en general, estaban deseando terminar octavo, pasar al instituto y tener la posibilidad de conocer a chicos mayores, nosotros empezábamos a ser poca cosa.


Al poco rato unas voces llamaron la atención de todos. Alguien estaba discutiendo cerca de la puerta de los lavabos y la cosa parecía ir en serio.


—Suéltame idiota! —Cris le gritaba a Ortega que la tenía cogida de uno de sus brazos.

—Pero que coño te pasa tía?

—Que me sueltes te digo! —insistía.


Sin soltarle el brazo Ortega levantó su puño por encima de su cabeza y lo descargó con todas sus fuerzas sobre el rostro de Cristina desarbolándola completamente y tirándola al suelo. Seguidamente se giro y se dirigió a los suyos, tieso y triunfante como si se hubiese tragado el palo de una escoba.


—Será puta la asquerosa esta? No te jode la tía? —iba diciendo con una media sonrisa en su cara mientras se acercaba a un puñado de espectadores satisfechos.


Ortega no consiguió su trofeo, pero aquella acción viril le hizo revalidar ante sus amigos el título de macho alfa.


—Haz algo tío —me dijo el boliche en voz baja y sin dejar de mirar como Cristina lloraba arrodillada en el patio.


Me levanté y me acerqué a ella. No sabía esa vez cómo podría arrancarle una sonrisa. El Ortega me daba absolutamente igual; ni me planteé encararme con él en ningún momento. Cristina estaba ahí y ninguna de sus amigas se acercaba ni a ver qué tal estaba.


—Y tú? Qué quieres tú? —me preguntó clavándome sus ojos llorosos—. Déjame en paz. Quieres?


El timbre anunció el final del patio y de regreso a clase algunas compañeras miraban a Cristina como pensando “Tía... no puedes andar calentando a un tío para luego nada”.


El paso del tiempo determinó que Cristina "crisálida" terminase convirtiéndose definitivamente en mariposa y tomando el control de una vida; su vida. Ortega, el gusano... no pasaría nunca de capullo y terminó ocupando durante una buena temporada una celda de la prisión Modelo de Barcelona por un largo sinfín de asuntos sucios. Pero en aquel momento y ante una compañera llorando en el suelo del patio de la escuela, nada pude hacer. Estaba de más mi actuación o la actuación de cualquiera en una España en la que aporrear a una mujer... tenía premio.



miércoles 28 de octubre de 2009

Del cosmos vinieron, y un buen día... desaparecieron

Me declaro enemigo absoluto de los chicles sin azúcar y con propiedades (que aún no sé de dónde sacan) capaces de limpiarnos los dientes mientras los masticamos. Detesto que hoy en día los anuncios de chicles sean más parecidos a los de pastas dentífricas que a otra cosa, y por encima de todo... odio; ODIO que desapareciese de nuestras vidas el único e inimitable chicle Cosmos.

No dejaba de ser inquietante la idea de meterse en la boca un chicle de color negro, pero su prolongado sabor a regaliz nos transportaba al infinito del infinito. Nadie nos contó nunca de qué estaba hecho ese chicle, cuáles eran sus ingredientes principales ni su cantidad de calorías, azúcares, grasas saturadas, etc. Los jarabes de glucosa y los aromas y colorantes autorizados nos sonaban bien e ignorábamos que eran los E-XXX. Por aquel tiempo los productos no llevaban DNI y era imposible saber poco más que de dónde venían.

El caso de los cosmos era claro; venían de una empresa llamada “Chicles americanos” afincada en Pinto (MadriZ), y tal como llegaron del espacio sideral, un buen día y para desgracia de todos... se fueron. Trágico.

A los adultos de hoy nos han quitado “los chuches”! y tenemos que soportar el ver como nuestros hijos consumen (casi como quien dice) productos de farmacia.

Quiero un Chicle Cosmos, y lo quiero... Ya!

Nota: El señor del video que parece que está tratando de sacar un demonio del interior del cuerpo de ese niño... reconozco que me da cierto miedo. Eso de que se declare tan "amigo de los niños" y de que se lleve tan bien con los curas... además, seguro que nos terminará por dar cualquier cosa, pero no “los chuches”; esos se los quedará para él como irremediablemente hacen todos.

lunes 26 de octubre de 2009

Cagando se aprende

En Barcelona, durante los sesenta y en mi piso de la calle Salvà del Poble Sec, no teníamos un mal lavabo en el que desahogar nuestros cuerpos con una comodidad medio decente. En su lugar había un pequeño cobertizo afuera, en el balcón, y con una letrina compuesta de una tabla de madera con un agujero sobre el que uno podía sentarse y deshacerse de sus “interioridades” para posteriormente perderlas de vista a base de cubos de agua. Acudir a ese cobertizo en invierno significaba terminar con el culo congelado, mientras que en verano, una cantidad de indescriptibles malos olores podían hacerte perder el sentido como no andases ligero en hacer tus necesidades. Los esfuerzos de mi bisabuela Rosario para mantener limpio todo aquello eran indescriptibles, pero las condiciones insalubres siempre terminaban ganando la batalla. Todo eso provocó que “aliviarse” siempre fuese sinónimo de tener que ir con prisas y de que yo estuviese a punto de perderme una de las cosas más maravillosas de la infancia de cualquier niño de aquella época: la lectura y relectura por una y mil veces de los tebeos al tiempo que nuestras cachas reposaban sobre una hermosa, blanca y reluciente taza de váter.

Mucho se ha escrito y se ha dicho al respecto de que los tebeos han sido los que han creado generaciones de lectores; ya saben: “Se empieza por tebeos y se termina leyendo libros”. No voy a quitarle gran parte de verdad a tal afirmación, pero yo... que sé de que hablo... creo que lo que en mayor medida ha contribuido a que existan lectores, han sido sin duda, los cómodos váteres.

Leer en una acogedora sala de estar, sentado o semitumbado sobre un sofá y con una iluminación adecuada, es... contrariamente a lo que se piensa, un modo erróneo de enfrentarse a la lectura. Pregúntense a ustedes mismos cuántas veces no se han encontrado releyendo por segunda vez un párrafo entero, o más de dos o tres páginas debido a que tanta comodidad se les ha llevado el santo al cielo, han perdido el hilo de la lectura y sus mentes se han distraído con los problemas acontecidos durante la jornada.

Eso jamás sucede en un váter ya que allí lo que se produce no es otra cosa que una combinación místico-metafísica provocada por un fenómeno al que podríamos denominar de “expulsión / imbución” en virtud del cual la excreción de algo material y sucio, deja espacio y cabida para algo espiritual, limpio y en un estado puro. Se trata de un proceso filosófico comparable a los fundamentos más profundos del taoísmo encontrados en la representación gráfica del Yin y el Yang como su esencia. Por decirlo de otro modo: sería como si la mierda –porque no tiene otro nombre-, transmigrase hacia un macrocosmos universal para terminar convertida en conocimiento. Un final feliz para nuestros excrementos y una experiencia verdaderamente religiosa.

No se dejen engañar, ir a cagar es ir a enriquecerse y a crecer como persona. Nuestras heces son el abono que dan como fruto nuestro conocimiento y nuestra sabiduría.

Indudablemente uno de los días más felices de mi vida fue aquel en el que mi Yaya Lola y mi padre, se pusieron de acuerdo para hacer obras en casa y llamar a unos albañiles para que construyesen un lavabo. Derribaron el cobertizo del balcón y le restaron algo de espacio a la cocina para crear un pequeño cubículo en el que instalar una pica, un armario tipo romy, un mini plato de ducha y un inodoro. Se termino eso de lavarse las manos y los dientes en la pica de fregar platos, asearse adoptando difíciles posturas en el interior de un balde y desenjabonarse a cubetazos de agua calentada en los fogones de la cocina, pero por encima de todo... se terminó el rollo de poner el culo al aire ante las inclemencias del tiempo y con ello, llegó la posibilidad de leer compulsivamente todo cuanto caía en mis manos gracias a disponer en casa del lugar ideal, único e inmejorable para tal fin: un váter en condiciones y con una taza de la casa Roca, blanca, brillante, con una tapa en color verde claro sobre la que se me dormirían una y otra vez las piernas de los interminables ratos que invertí en esa época en la que justamente estaba aprendiendo a leer.

Poco más tarde, en 1969, llegó una gran novedad a los hogares de los privilegiados del barrio que teníamos un váter en el que pasarnos las horas. Se trataba ni más ni menos que del papel higiénico “El Elefante”, con su celofán de color amarillo y ese elefante rojo diseñado por el gran pintor Manuel Marcos. Limpiarse el culo con semejante invento era como quitarle el barniz a una puerta, pero contribuyó al crecimiento personal ya que a partir de ese momento ya no sólo era leer, yo podía encerrarme en el lavabo y aprovechando la fuerte textura de ese papel... podía escribir e incluso dibujar en él.

Parece mentira que hoy en día, si un cuarto de baño no tiene bañera con jacuzzi, nos parece que ni es cuarto de baño ni es nada. Que blandos nos hemos vuelto!

Seguidamente os paso un enlace a un relato que ya tiene algunos añitos y que gira en torno a una experiencia también mística relacionada con este tema escatológico, pero a la vez tan hermoso como el de la mierda en sí. Lo escribí en una época en la que en mi estudio no se hablaba de nada más... cosas que pasan. Os sugiero no leerlo ni antes ni después de las comidas... estáis avisados, y a continuación, que ustedes la caguen bien pinchando aquí. (Sugerencia del autor: Imprimir el relato y leerlo comodamente, como no... en el excusado).

Créditos de las imágenes: 1).- Papel"El Elefante" de 1969. Colección Particular. 2).- Ilustración: Sergi Càmara.

sábado 24 de octubre de 2009

Los Sugus

Debería tener yo unos seis años cuando mi yaya Lola se hizo testigo de Jehová; siempre he dicho que quería con locura a mi yaya Lola... nunca que fuese perfecta.

Los viernes, debido a que mis padres trabajaban hasta bien entrada la noche, mi yaya Lola me llevaba con ella a las reuniones en el Salón del Reino y allí pasábamos la tarde. Al parecer, yo daba bastante guerra mientras que los siervos discurseaban sus sermones, de modo que mi yaya tuvo la brillante idea de comprarme cada viernes, una bolsita de caramelos Sugus. Era un modo como otro de tenerme entretenido... supongo.

Siempre me fascinaron esos caramelos blanditos, paralelepípedos, perfectamente envueltos con doble papel: uno que contenía la marca y el sabor, así como su color correspondiente, y otro de color blanco que protegía a la viciosa chuche del calor. Lo mejor de lo mejor, lo más de lo más... era desenvolver uno de cada sabor: fresa, naranja, limón, piña, cereza y hacer con ellos una torre para meterla toda entera en el interior de la boca. Sin duda se trataba del súmmum extremo y mi expresión así lo describía: los carrillos hinchados y llenos de caramelos, la sublime explosión de todos los distintos sabores, los ojos en blanco y ligeramente entornados, la babilla resbalando por la comisura de los labios...

Viéndome esa cara, muchos de los allí congregados bien podían llegar a pensar que la palabra de Jehová estaba entrando y calando hondo en mi, pero... nada más lejos de la realidad. Se trataba de la casa chocolatera suiza Suchard la que verdaderamente me estaba haciendo tocar el cielo y convirtiéndome en un fiel adepto de los placeres más extremos.

Los dejaron de fabricar durante un tiempo, pero irremediablemente volvieron... será por algo. Los caminos de Suchard son inescrutables...

Amén.

viernes 23 de octubre de 2009

Marica de terciopelo

Una celda en una cárcel no se trata de un lugar en el que uno deba pasar una temporadita de su vida a pan y agua por si acaso algún día comete un delito. A uno le meten a la sombra después de haber sido imputado como presunto culpable de algo, y después de haber demostrado su culpabilidad en un juicio, pero nunca antes, no sin haber sido previamente detenido, se le hayan leído sus derechos y se le haya juzgado.

No obstante, y pese a esta obviedad, existe en nuestra sociedad un punto extraño, un agujero negro anacrónico que nos condena a todos los ciudadanos a cumplir una pena preventiva, tanto si delinquimos, como si no.

Me explico: Hace poco que muchos regresamos de nuestras vacaciones y decidimos volcar nuestras fotos de viaje a un disco duro, grabarlas en un CD, llevarlas con nosotros en un Pen-Drive, e incluso imprimir algunas con nuestras impresoras. Me refiero a NUESTRAS FOTOS, cada uno las nuestras, las que tomamos con nuestras cámaras y de las que somos autores, pero por las que no percibiremos ningún beneficio recaudado por ninguna entidad gestora de derechos de autor; al contrario... por cada cámara digital que hayamos comprado, CD, Pen-Drive, disco duro, impresora, etc, lo que estaremos haciendo será pagar el canon a la SGAE, y eso, no es más que un castigo preventivo que nos impone dicha entidad, una condena por un delito que no hemos cometido, pero por el que aún y así... pagamos. No vaya a ser que con nuestra cámara se nos ocurra filmar algún fragmento de película en la que salga Pilar Bardem, o que en nuestro pen-drive llevemos música descargada de internet, o que con nuestra impresora nos imprimamos material protegido, o que llenemos nuestro disco duro de películas descargadas de la mula.

Vale, pero... Y si no lo hacemos? Aún somos muchos a los que si nos gusta una película preferimos comprar una copia original que una del top manta, y tampoco somos pocos los que gracias a descargarnos música de forma “ilegal” hemos terminando descubriendo a artistas que nos han encantado y de los cuales hemos comprado sus CD’s originales. Del mismo modo si vamos a hacer un regalo a alguien y optamos por música no se nos ocurre regalar un CD grabado en plan casero con una carátula escaneada, si optamos por un libro no nos presentamos con un ejemplar fotocopiado y grapado, o en el caso de querer regalar una película no mandamos vía e-mail un enlace con un texto que diga: “Mira colega; en el día de tu cumpleaños te mando este link para que te mires tal película del Cine Tube. Regalazo Eh???”. Vamos, que no somos tan cutres.

Ya no voy ni a entrar en el caso de los que realizamos algún tipo de trabajo autoral y por el que la gran mayoría de las veces no percibimos derechos de autor, pero a los que nuestros editores nos piden que las entregas de dichos trabajos las hagamos en CD’s, Pen-Drives, o que las subamos a servidores FTP; por todo eso también pagamos el canon de la SGAE y ahí ya no es sólo que se nos haga pagar por un delito que probablemente no vayamos a cometer jamás, ahí directamente y sin paños calientes lo que la SGAE está haciendo es robarnos nuestros derechos de autor además de hacernos pagar -vía canon de rigor- para dárselos a otros autores que probablemente lo sean mucho menos que nosotros. Cuanto tiempo llevan muchos de los de la SGAE sin dar un palo al agua? Quien ha oído hablar del último disco de Teddy Bautista, entre muchos otros?

Hoy es viernes y toca música, así que os dejo con un tema de Ramoncín del año 1978. El que fue durante 20 años miembro activo de SGAE y se dejó el alma en la lucha a favor del canon digital y en esa supuesta defensa por los derechos de autor, es ahora un indiscutible ídolo de mesas... no, no hay ningún error, he escrito bien: de “mesas”, ídolo de “mesas” ya que lo suyo es sentarse de tertuliano en alguna mesa de algún plató, opinar sobre el tema que sea y eso si... cobrar por todo. Antes cantaba, pero de eso... ya nadie se acuerda.

Nice weekend Friends ;-)



Pdt - Quedan dos cosas pendientes; a saber: contaros cómo pirateábamos música en los setenta, que tiene su tela, y una anécdota personal que tuve con Ramoncín en 1984, en Madrid.

miércoles 21 de octubre de 2009

Los coches de los 70, un mundo paralelo

Hablar de un coche a mediados de los sesenta o principios de los setenta significaba hablar de libertad, de categoría y de prestigio social.

Para la gran mayoría de familias de aquellos tiempos, un coche significaba el fruto de mucho esfuerzo y el tedioso pago de numerosísimas letras seguidas de una dolorosa entrada previa de unas 2.500 o 3.000 pesetas, o bien la posibilidad de que te tocase en suerte uniendo los vales de cartón que aparecían en el detergente AJAX y que te ofrecían la posibilidad de conseguir uno “por la cara”. No conozco a nadie que consiguiese un coche por ese procedimiento, aunque recuerdo que cuando mi yaya Lola llegaba de la compra, vaciábamos el polvo del detergente en una bolsa y nos afanábamos en la búsqueda del codiciado vale de cartón. Siempre aparecía uno, pero casualmente pertenecía a la parte trasera o delantera del vehículo y nunca, jamás de los jamases conseguimos encontrar el vale correspondiente a la parte central que nos permitiese completar el puzzle.

Una mañana de verano de 1968, mi padre me despertó y me pidió que le acompañase a dar una vuelta. Recuerdo que me sorprendió ya que eso solíamos hacerlo los domingos, y aunque no era domingo, tampoco recuerdo que día era. El caso es que mi madre me puso como un pincel y papá y yo salimos a dar un paseo. Entramos en un concesionario SEAT y nos metimos en un coche mientras que un tipo le daba a mi padre todo tipo de explicaciones. Papá le dio media vueltilla a la llave de contacto y salimos del concesionario con un SEAT 850 Especial de color verde botella. Yo miraba hacia atrás tratando de ver si el señor que nos había explicado tantas cosas corría detrás nuestro para recuperar el coche, pero lejos de eso, aquel caballero me saludaba con la mano y con una amplia sonrisa.

—Papá... este coche es nuestro?
—Si cariño. Qué te parece?
—WooOOoow...

A partir de ahí, desde el momento en el que un coche pasaba a formar parte de la familia, todo el universo giraba en torno a él: papá pasaba las noches asomado al balcón y vigilando que nadie le hiciese nada al recién llegado utilitario, la yaya Lola se ponía como loca a coser cojines de ganchillo y mamá se recorría las tiendas en busca de elementos para personalizarlo y hacerlo único y exclusivo.

Recuerdan? Seguidamente enumeraré algunos de los más característicos, pero seguro que la lista se podría ampliar muchísimo:

La correa del mareo: Todos los críos nos mareábamos en el interior de aquellos vehículos que alcanzaban la astronómica velocidad de 125 kilómetros por hora (en bajada) y que tomaban las curvas como si se tratasen de auténticas naves del espacio. Las biodraminas hacían su efecto, pero un día se pusieron de moda unas extrañas correas de goma que se colgaban del parachoques trasero y que supuestamente hacían auténticos milagros. Papá compraba una harto ya de pasarse el viaje diciéndonos “mira a la carretera. Tú mira a la carretera y verás como así no te mareas”, hasta que al final no quedaba más remedio que detener el coche en la cuneta para que potásemos y nos quedásemos a gusto. Por suerte, llegaba un fin de semana en el que salíamos con el coche y como no... con la correa del mareo colocada. Se le atribuían poderes mágicos a ese pedazo de goma diciendo, entre otras cosas, que por el hecho de ir arrastrándose por el asfalto transmitían unas cargas de electricidad estática al interior del vehículo que propiciaban un viaje feliz y placentero. Lo cierto es que pasadas unas cuantas curvas nuestros rostros palidecían y había que parar en una cuneta para vomitar ante la atónita mirada de papá que no daba crédito.

—Pero coño! —exclamaba—. Si llevamos la correa del mareo!!

El perro mueve cabeza: Auténticos engendros de plástico duro o cartón piedra que de un modo realista y con pelo, simulaban ser un perro situado en la parte trasera del vehículo y que con el movimiento del coche realizaban un sinuoso vaivén con sus cabezas. Un portento de gadget fruto de la elucubración de alguna mente enferma y que se comercializó con enorme éxito en aquella época. Yo recuerdo que me ponía de rodillas sobre el asiento trasero del coche, apoyaba mi cabeza entre mis brazos cruzados sobre el respaldo y era capaz de contemplar durante horas a aquel “bicho” como si se tratase de un pez en el interior de una pecera. Todo eso dio lugar a alguna que otra pesadilla y a suplicarles a mis padres que por favor, quitasen a ese monstruo del coche.

Las pegatinas en los cristales: Las familias motorizadas tomaban rumbo a algún merendero situado en plena montaña, comían paella, bebían vino con gaseosa y mirindas, y al terminar el día se les compraba un Chupa Chup a los críos y el dueño del lugar obsequiaba a nuestros padres con una pegatina del merendero para que la enganchase en el interior del cristal del coche. Por una parte implicaba publicidad para el local, por otra parte era como ir por la carretera diciéndoles a los demás dueños de vehículos: “Yo estuve allí”. Distintas pegatinas, pero con idéntica intención te daban si pasabas un domingo en algún parador nacional o lugar turístico, así como si asistías a alguna feria de productos hortícolas o de buscadores de setas. El caso es que las lunas laterales y traseras de los coches quedaban llenas de pegatinas que nos impedían contemplar el paisaje y no nos quedaba otra opción que la de ir leyendo los tebeos de la Pantera Rosa y como consecuencia... pillarnos un buen mareo.

El papá no corras: A veces papá se libraba de mamá, de la abuela y de nosotros y emprendía un viaje en solitario hacia algún lugar. No obstante, allí estaban nuestras fotos para recordarle que le queríamos, que le echábamos de menos y que no corriese demasiado para evitar tener accidentes. Los salpicaderos de la gran mayoría de coches lucían unos rectángulos de madera o aluminio forrados de escai que se sujetaban por medio de un imán y en el que aparecían los caretos de los miembros de la familia sobre la frase “Papá no corras” en letras metálicas. Vamos, una pieza super fashion de la muerte que posiblemente también motivó alguna pesadilla a más de uno.

Las hierbitas secas en el salpicadero: No sé si antes existía el pino aromático que ahora llevan los taxistas colgado del retrovisor y que desprende un “posible” buen olor que mezclado con el pestazo a sudor de tanta gente que entra y sale y de los aromas de los diversos perfumes, se acaba convirtiendo en algo nauseabundo, pero antes, en lugar de esos ambientadores artificiales se utilizaban auténticos remedios naturales.

Mientras papá buscaba caracoles por entre medio de las malas hierbas de la cuneta nosotros pillábamos un palo, y a modo de espada pirata terminábamos con una legión de enemigos imaginarios. Entre tanto, mamá y la yaya se dedicaban a recoger ramitas de romero o de tomillo que acababan colocadas en los armarios de casa y en el salpicadero del coche. A mí siempre me recordó al olor de la botica del pueblo.

Los cojines de ganchillo: Otra suerte de gadget que era una mezcla de horterismo e inutilidad a partes iguales. Se colocaba en la parte trasera del vehículo junto al perro mueve cabeza y servía única y exclusivamente para demostrar que las abuelas se entretenían en casa encantadas en decorar los coches de sus yernos. Los había de todo tipo, pero predominaban los motivos florales con unas pedazo floripondias enormes y los escudos de los equipos de fútbol. Nosotros creíamos que aquello debía tener alguna utilidad específica, así que tras una dura jornada de trajín en el campo, nos metíamos en el coche de camino a casa, nos entraba el sueño y agarrábamos el cojín para echarnos una siesta, pero no...

—Deja el cojín en su sitio! Con lo que has sudado hoy todo el día... Qué quieres? Llenarlo de porquería?

... definitivamente, no servían para nada.

Ah!... en la época se comercializó una pegatina especial para todo aquel conductor que no disponía de un cojín de ganchillo y que decía: “A mí también me están haciendo uno”.

Los colgantes de los retrovisores: Posiblemente se trata de un gadget automovilístico que perdurará por los siglos de los siglos, siguen siendo de uso obligado en el interior de cualquier vehículo que se precie y no han perdido su vigencia y rabiosa actualidad con el paso de los años. Los modelos fueron, son y serán de lo más variado y recorren todos los espectros estéticos. Algunos son discretos, simples elementos de decoración casi subliminal que pueden llegar a pasar desapercibidos. Por el contrario, otros... además de ser horteras y de tamaño XXL, obligan a los conductores a adoptar difíciles posturas con sus cabezas para poder ver la carretera a través de esos colgantes que ocupan prácticamente toda la luna delantera.

El de la foto corresponde al que se utilizó en el SEAT 850 de mi padre del año 1968. Representa la figura del Manelic; personaje central de la obra Terra Baixa del dramaturgo catalán Àngel Guimerà. El pobre está absolutamente descolorido y estropeado por el sol español que nos acompañó a lo largo de tantos y tantos kilómetros recorridos a través de nuestra geografía, pero ahí sigue, a sus 41 años y como si nada. Actualmente forma parte de mi colección de recuerdos setenteros y goza de un lugar privilegiado en una de mis vitrinas.

Total... que la moda de tunear coches parece que sea de ahora, pero al lado de nuestros padres, madres y abuelas, los tuneadores modernos son unos auténticos aficionados ;-)

Créditos de las imágenes: 1).- SEAT 850 de mi padre. En la foto aparecemos mi madre y yo en un desayuno de camino a alguna parte. 2).- Cartel publicitario de los 70 con el infalible SEAT 850. 3, 4, 5, y 6).- Imágenes bajadas de internet y debidamente tuneadas para la ocasión. 7).- El Manelic de mi viejo SEAT 850 que colgó durante años de su retrovisor, así como de los siguientes coches que tuvo mi padre. Colección particular.


martes 20 de octubre de 2009

Las Reglas del Compromiso

En este mes de octubre se cumplen los 130 años del nacimiento de Joe Hill; músico y sindicalista norteamericano que fue condenado y ejecutado tras un controvertido juicio en el que se le acusó de asesinato. Sin duda se trató de un tipo molesto en una época en la que se dedicó a organizar a los trabajadores en sindicatos y utilizó la música como modo de lucha y propagación de reivindicaciones políticas y sociales. A partir de Joe Hill nació la canción protesta que en España tuvo su máxima representación durante las décadas de los sesenta y los setenta.

Lo cierto es que el debate sobre si los artistas –de cualquier especialidad- deben o no comprometerse política o socialmente, ha estado abierto desde que el primer cavernícola pintó en su cueva una escena de caza utilizando la sangre de un venado, carbón vegetal y resina como primigenios materiales pictóricos.

Es indudable que el artista comprometido ha sido en muchas ocasiones la voz de una parte del pueblo que ha necesitado verse representado en determinados momentos políticos en los que las libertades han sido tan nulas como excesivas las injusticias. Por otra parte no pocos artistas en su coherencia de asumir su compromiso hasta el final, se las han visto ante sus verdugos y han sido ejecutados por el único delito de alzar la voz expresando un modo de pensar distinto al impuesto.

Pero como es obvio, todo compromiso tiene unas reglas, y de ahí que hay quien opine que un artista no debe comprometerse con nada más que con su arte y sólo en base a él ganarse al público; más que nada porque los tiempos hacen que las personas evolucionen en sus ideologías y en sus planteamientos, y a veces puede parecer que ciertos compromisos políticos no sean más que una forma de oportunismo para sacar a flote carreras artísticas actuando en pro o en contra de determinados regímenes o de ciertas causas que favorecen que el artista en cuestión se haga notar.

A todo esto... el pasado viernes andaba buscando algún tema de Victor Manuel para realizar una entrada musical. El cantautor asturiano me gustó bastante durante una época en la que las cintas de cassette de muchos artistas “comprometidos” llenaban mi Telefunken; a destacar algunos de la Nova Cançó catalana y en especial Joan Manuel Serrat, vecino de mi querido Poble Sec y al que algún día dedicaré una entrada.

Pues bien, la verdad es que Victor Manuel me tuvo con la mosca detrás de la oreja por el hecho de haberse declarado siempre tan comunista y por incurrir en el mundo del cine español como productor; ante lo cual uno piensa: “Bieeen... por fin alguien le quitará caspa al cine español y tras el reinado de Ozores y Frade se dedicará a hacer cine ‘comprometido’que al menos podrá tener un cierto interés”. Y va el tío y se pone a producir una película en la que la protagonista es Isabel PantojaYo soy esa (1990)” y su subsiguiente secuela; es decir... de lo más casposo que ha parido el cine español y de manos de un “comprometido” que demostró serlo con su bolsillo como bien lo certificó en cierta ocasión cuando se le preguntó (con mala leche y mucho infortunio) que por qué no repartía sus beneficios con los pobres. Su respuesta fue tan estúpida como la pregunta, acuñando la frase histórica de: “Soy comunista, no soy gilipollas”; o en otras palabras: repartir los beneficios con los pobres... es de gilipollas.

Lo peor de todo es que ahondando en la vida del artista para dedicarle mi entrada del pasado viernes, me encontré con un documento antológico; un tema que compuso y que grabó en 1964 titulado “Un gran hombre”, dedicado ni más ni menos que...a Francisco Franco y en honor a la celebración de los primeros XXV años de dictadura.

Me quedé a cuadros. Al parecer el artista negó siempre este hecho en su vida hasta que finalmente, en una entrevista a “La Voz de Galicia” en diciembre del 2007, declaró que dicho episodio en su vida fue algo así como un pecado de juventud.

La verdad es que estuve a punto de mandar al pedo la entrada dedicada a Víctor Manuel; es más, en realidad lo hice y en su lugar le di paso otra cosa, pero tras darle vueltas al tema durante un par de días debo reconocer que Víctor Manuel no deja de ser un icono de la época, y de que su abuelo picador no tiene ninguna culpa de que le haya salido un nieto de un rojo más desteñido que el traje del payaso de Micolor.

viernes 16 de octubre de 2009

Una del Oeste

Mi afición por el lejano Oeste se manifestó en mí cuando yo era un crío con tres años recién cumplidos. Poca influencia ejercieron las películas del Far west, las novelas de Zane Gray o de Marcial Lafuente Estefanía, ya que por aquel entonces, yo no iba al cine, no teníamos tele en casa, ni leía novelas. Imagino que sencillamente, el espíritu errante de algún vaquero perdido en el limbo entró en mí un buen día, me poseyó y me convirtió en un precoz aspirante a forajido.

Cuenta la leyenda, que durante la navidad del 67, mis padres y los de mi vecino Alberto, se pusieron de acuerdo para celebrar juntos el día de reyes. La idea era festejarlo un año en casa de unos y al siguiente en la de otros, y el motivo era por una pura cuestión “de bulto” ya que al parecer ninguna de las dos familias disponía de posibles como para llenar el comedor de regalos para sus respectivos cachorros humanos, de modo que se les ocurrió reunirnos a los dos críos en una cena conjunta en casa de la familia de Alberto ese primer año, pasar la noche juntos, y mientras nosotros dormíamos como benditos, nuestros progenitores dispondrían los escasos juguetes por el comedor para que al día siguiente, al despertar, no se apreciase esa expresión de frustración en nuestras caras al encontrar un simple par de paquetes envueltos; veríamos cuatro, la frustración vendría luego cuando nos tratasen de hacer entender que dos paquetes eran para Alberto y dos para mí.

La casa de Alberto era un entorno extraño. Se trataba de un piso idéntico al mío, pero al revés y con distintos muebles. Mi piso era el 2º 2ª y el suyo el 2º 1ª del mismo inmueble. Mi balcón daba a un patio interior, el suyo a la calle. Yo entraba en mi casa, atravesaba el recibidor, recorría el pasillo y llegaba al comedor para finalmente salir al balcón, y ese recorrido lo hacía dirigiéndome hacia mi izquierda. En casa de Alberto era lo mismo, sólo que había que dirigirse hacia la derecha. Por el camino me encontraba con la cortina que estaba situada en el mismo lugar que la de mi casa, pero que era de un color y un estampado distinto, como el sofá, la mesa, las sillas, etc. De verdad... daba mal rollo. Era como entrar en tu casa y encontrarla habitada por personas que aunque conocidas, habían cambiado las cosas de sitio y de dirección. Sin duda algo extraño que con tres años me costaba procesar y que indudablemente algún psicólogo me sonsacará un día de estos y a partir de lo cual generará una teoría en torno a algún posible trauma.

Llegó la mañana y Alberto y yo nos despertamos, pusimos nuestros pies descalzos en el suelo y fuimos a por nuestros juguetes con esa alegría desbordante y típica ante la incertidumbre de saber si los reyes se habían leído la carta, o si para variar... habían traído lo que les había dado la gana. Alberto salió primero, atravesó la puerta de su habitación y giró hacia su derecha, hacia el comedor; lugar en el que sin duda se hallaban los paquetes. Yo tras él, pero tal y como hubiese sido lo normal en mi casa me dirigí hacia mi izquierda topando con esa cortina situada cerca del recibidor, pero que no era del color de la mía. Fue algo así como un shock; me desperté de golpe, reaccioné, giré sobre mis pies y enfilé a toda velocidad por el interminable pasillo temiendo que al llegar, Alberto ya hubiese abierto todos los paquetes arruinándome cualquier posibilidad de sorpresa.

Los cuatro paquetes estaban allí, y los cuatro adultos expectantes y observando por primera vez en nuestras caras una expresión de niños de la más alta burguesía catalana ante tanto bulto. Cuatro paquetes de morirse! Bien envueltos con papeles de colores y rodeados de un par de tremendas bolsas de chuches. Había hasta de ese carbón de azúcar, que aunque arruinó mi dentadura para los restos, se trató de mi primer vicio manifiesto y uno de los muchos que aún mantengo.

Alberto, que había tomado una ligera ventaja y que era un año mayor que yo, empezó por los dos más grandes. Sus padres le arrebataron uno de los paquetes de sus apresuradas manos y me lo cedieron a mí pese a su cara de pocos amigos. En el suelo sentados, al lado de una estufa de gas butano, Alberto y yo empezamos a deshacer los paquetes; él más pendiente de qué contenían los míos, y yo interesado por saber qué había en los suyos.

Por fin, Alberto extrajo una caja de uno de ellos; se trataba de un traje de futbolista del Real Club Deportivo Español. Su padre, su tía y su abuela eran hinchas indiscutibles del equipo, posteriormente Alberto también lo fue, hasta el punto en que era de esos que cuando el Español perdía un partido le entraban todos los males y era mejor mantenerse a distancia ya que descargaba su furia ante el primero que se cruzase por delante de sus narices. Alberto siempre quiso ser portero del Español desde esa tierna infancia y desde esos cuatro años en los que ya sus ojos se llenaron de felicidad ante aquella caja rectangular y grandota que contenía una camiseta blanquiazul, un pantalón corto, unas rodilleras y unas botas de fútbol.

Reconozco que miré aquel regalo con indiferencia, pero mi paquete, también rectangular y grandote me hizo pensar lo peor. Aún no había sido capaz de desenvolverlo y ya empecé a hacer pucheros temiendo que en su interior me pudiese encontrar con un traje de futbolista. Y encima... con lo que me estaba costando abrirlo. Para qué? Tanto esfuerzo para nada? En primer lugar ya era alérgico al fútbol a los tres años, y si una cosa tenía clara era la de que yo no iba a salir a la calle a jugar con mis amigos vestido de futbolista por más que eso molase en el barrio.

Mi madre me echó un mano con ese papel de regalo y lentamente pude extraer la caja de su interior... Wow! Al parecer los reyes de Oriente conocían los gustos de todos y a mí me trajeron un precioso fuerte del Oeste con su torre de vigía, su bandera, casitas y soldados de plástico. Creo recordar que no era de la casa COMANSI, posiblemente se trataría de alguna marca desconocida, pero el fuerte era chulísimo y de madera de la buena.

Alberto estaba boquiabierto contemplando mi regalo mientras que con ambas manos sujetaba su caja con el equipo del Español. Era tan impresionante mi fuerte que olvidó por completo su segundo paquete. Yo en cambio, empecé a pelear con esos malditos embalajes de papel y cintas de colores para conseguir desentramar el misterio y averiguar que contenía mi segunda caja. Una caja bastante grande y cuadrada que aunque pesaba poco era difícil de manejar.

Oh Señor!... Enseguida que vi los dibujos de la caja, una vez extraída de tan complicado envoltorio, intuí que sus majestades habían metido la pata hasta el fondo. Claro, demasiados niños en el barrio, así que era fácil que esa caja en la que aparecían dibujados unos niños jugando al fútbol y la pelota que había en su interior, perteneciese a otro niño que al igual que a Alberto, le apasionaba ese deporte que yo tanto aborrecía. Alberto se puso en pie de inmediato, su boca seguía abierta y sus ojos tan redondos como mi balón. A contraluz contemplaba su silueta que se interpuso entre el balcón y yo dejando colar esa luz de la mañana que me molestaba en los ojos.

—Qué te parece? Para que puedas jugar con el Alberto al fútbol —me dijo el padre de Alberto con una cara de satisfacción más deslumbrante que la luz que entraba por el balcón.

Miré a mis padres para saber si ellos habían tenido algo que ver con semejante despropósito, pero pude ver en sus caras que eso había sido cosa de los reyes. Malditos capullos! Con el tiempo me enteré de que, dado que se celebraba ese día en común, un poco a lo hippie, los padres de Alberto se ocuparon de uno de mis regalos (la pelota) y los míos de uno de los de Alberto (el equipo de futbolista); vaya... un toma y daca para hacer más amena la festividad y para que eso de compartir tuviese más sentido.

Alberto seguía molestando ahí en pie, cada vez se me acercaba más, invadía mi espacio y todo parecía indicar que quería hacerse con mi pelota. Aún no había desenvuelto su segundo regalo. Su padre, presa de una ilusión desmedida trató de infundirme un amor hacia el fútbol mostrándome el gran valor que tenía mi pelota. La agarró bajo uno de sus brazos, tomó mi mano y me llevó hasta el pasillo. Alberto detrás de mí sin perder ripio. En mitad del estrecho pasillo colocó el balón y lo chutó con suavidad en dirección al recibidor; la cortina lo detuvo en su trayectoria. Se acercó a la pelota y nuevamente la colocó en mitad del pasillo.

—Ahora tú. Dale un chute bien fuerte! —dijo el padre de Alberto.

Le miré a él y miré la pelota. Creo que no entendí nada de qué era todo aquello, así que me giré en dirección a mi fuerte que estaba en el comedor esperando mi regreso. Las manos del padre de Alberto me tomaron por la cintura y me levantaron del suelo. En volandas me llevó al otro extremo en el que se hallaba el balón.

—Ya ves que si quieres ir a buscar el fuerte... no vas a tener más remedio que darle un chute a la pelota —me dijo sin perder ni por un momento esa expresión de felicidad en su rostro. Una expresión típica de alguien que cree haber dado en el clavo—. Alberto... ponte de portero! —añadió.

Ignoro que hacía Alberto colocado allí en mitad del pasillo impidiéndome el acceso al comedor. Tampoco sé que pintaba aquella pelota a escasa distancia de mis pies, ni que intenciones tenía el padre de Alberto a mis espaldas y jaleándome para que realizase no sé que tipo de ceremonia de iniciación ritual. En cualquier caso, yo lo tuve claro; el pasillo era estrecho, pero conseguí colarme entre el espacio que había entre la pelota y la pared para reanudar mi interrumpido viaje al comedor. Quedaba un obstáculo por vencer ya que Alberto permanecía allí obstruyendo el paso, pero todo fue más fácil de lo que en principio se podía prever. Alberto estaba tan alucinado de que alguien se negase a chutar un balón que esa pose que había adoptado de portero infalible ocupando el pasillo, se había convertido en un encogerse de hombros mirando a su padre y dejándome el espacio libre. Así que me dirigí a mi fuerte y lo empecé a montar con la ayuda de mi padre y con una mirada que me lanzó de absoluta complicidad.

—Alberto, aún no has abierto tu segundo regalo —dijo su madre—. Miquel ven a ver que le han traído los reyes a tu hijo! —gritó llamando a su marido que aún permanecía en medio de aquel pasillo y en un lamentable estado catatónico.

Y efectivamente... los reyes se habían equivocado hasta el punto de que se empezó a manifestar en mí un sentimiento claramente republicano.

Alberto lucía en sus manos un precioso envase de cartón y plástico que contenía un plateado y flamante revolver 31 de la casa JOAL. Una pistola metálica con las cachas encarnadas y un blister en el que aparecía ilustrada una cabeza de búfalo, una placa de sheriff y una espuela. El complemento perfecto para el gorro de Cow-boy y el chaleco negro que me pondría cada vez que jugase con mi fuerte y mis soldaditos de marca desconocida, pero eso si... de madera de la buena.

Mientras contemplaba esa pistola de juguete, Alberto no estaba boquiabierto ni tenía los ojos redondos como platos, era evidente que la pelota... mi pelota, le había hecho mucha más ilusión, de modo que me planteé la posibilidad de realizar un trueque. Corrí de nuevo hacia el pasillo en dirección al balón. El rostro de Miquel se iluminó y resplandeció más que ese sol de invierno que cada vez se colaba con más intensidad a través de los cristales del balcón.

—Anda!, Dale!, Chútala fuerte! —gritaba.

Su expresión se tornó en la noche más negra cuando vio que mi intención no fue otra que la de agarrar la pelota con las manos y correr con ella en dirección a Alberto para entregársela, librarme de ella para siempre y sustituirla por el revolver 31 de JOAL.

En un primer momento Alberto no cayó en la cuenta y no se lo pensó dos veces al entregarme la pistola para poder aferrarse a ese balón con ambas manos, tan fuerte que parecía que se trataba de un apéndice más de su propio cuerpo. Lo malo es que tampoco tardó mucho en reaccionar y tratar de recuperar su revolver tomando el balón con un brazo, apretándolo contra su pecho y extendiendo su mano libre solicitando la pistola con una impertinente insistencia. Alberto quería la pelota, pero no estaba dispuesto a deshacerse del revolver aunque tampoco se tratase de algo que le hiciese especial ilusión.

Miré a mi entorno en busca de respuestas y vi a mis padres con una sonrisa dibujada en sus caras, pero en un rictus como de apuro que quería decir: “no es tuya cariñito”. Juani, la madre de Alberto miraba alternativamente a mis padres, a su hijo y a mí sin saber que actitud tomar, y Miquel estaba sumido en un síndrome postraumático ante la visión de que un niño frente a una pelota, no había querido propinarle un chute.

Alberto seguía acercándose a mí, y si nadie lo impedía ese tipo acabaría arrebatándome la pistola y a ver luego quien le arrancaba la pelota que ya estaba prácticamente incrustada en su cuerpo. Lo cierto es que me importaba más bien poco dónde pudiese terminar la dichos pelota, pero el revolver de JOAL ya estaba en mis manos, ya había conseguido incluso sacarlo del blister y mientras daba pasos hacia atrás alejándome de Alberto podía sentir sus cachas encarnadas al tacto de mi mano, su peso debido a su material metálico y ese olor a juguete nuevo que me cautivó.

El balón iba dando botes por el suelo, cada vez con menos ímpetu hasta que finalmente se detuvo frente a la puerta de una habitación. Alberto murmuró algo... estaba completamente tendido en el suelo y con los brazos abiertos, yo me hallaba sobre él con mis rodillas clavadas en su pecho y con la pistola de JOAL apuntando entre medio de sus cejas. Con mi dedo pulgar levanté el martillo con suavidad, el tambor del revolver 31 giró hasta que un “crick” le detuvo en el lugar donde debería hallarse una supuesta bala. Mi dedo índice acarició el gatillo mientras cerraba mi ojo izquierdo tratando de tener buena visión con el derecho a través del punto de mira. Alberto me miraba desconcertado y bizqueando ligeramente ante la presencia metálica y plateada del cañón de la pistola sobre su nariz.

—No des un paso más forastero! —le dije—. De lo contrario, me veré obligado a disparar en tu entrecejo y volarte la tapa de los sesos.

Nadie supo de dónde había sacado yo esa frase que recité al más puro estilo John Wayne, posiblemente la habría escuchado anteriormente en casa de mis tíos que por aquellos tiempos eran los únicos que tenían tele, y sin duda me debió impactar del mismo modo que impactó a Alberto y a todos los allí presentes.

Levantarse el día de reyes para lanzarse sobre los regalos tiene el inconveniente de que no pasas antes por el lavabo para hacer un pis, así que Alberto, aún en el suelo y bizqueando, empezó a orinarse encima empapando el pantalón de su pijama y formando un charquito que se dirigía hacia su bolsa de chuches.

Nuevamente salí en volandas, pero esta vez fue mi padre quien me agarró de la cintura y me llevó hacia un rincón del comedor para soltarme una buena reprimenda. Juani se apresuró a levantar a su hijo del suelo y a recoger la bolsa de chuches antes de que la meada la echase a perder. Mi madre volvía de la cocina con el mocho en las manos y dispuesta a limpiar el estropicio, y Miquel... bueno, Miquel seguía tratando de averiguar el inescrutable misterio del niño que no quiso chutar un balón.

Empezó a armarse una buena: mis padres ordenándome que le devolviese el revolver a Alberto mientras yo les respondía abriendo fuego con la pistola descargada y escondido detrás del sofá a la vez que les alejaba de mí a gritos: “Largo de aquí pieles rojas! Os haré morder el polvo de la llanura!”. Juani regañando a su hijo por haberse meado y gritándole para que saliese de debajo de un armario en el que se hallaba apostado y nuevamente aferrado al balón. Por un momento hubo un disloque tremendo en esa casa; mis padres tratando de rodearme por ambos lados del sofá, yo saltando sobre él “No lograréis atraparme! Moriré con las botas puestas!”. Juani con el palo del mocho intentando sacar a Alberto de debajo del armario y Miquel en un rincón y con la mirada perdida. Vamos... que ni el mismísimo Gary Cooper se las vio tan difíciles en “Solo ante el peligro” como nos las vimos Alberto y yo aquella mañana de reyes.

Por fin Miquel salió de su estado de trauma y puso paz con unas sabias palabras.

—No cabe duda de que los reyes han cometido un error. No creéis familia? —miró al resto de adultos que se detuvieron en su empeño de capturarnos.

—Vamos a ver —prosiguió Miquel—. Estoy convencido de que esa pistola era para esta especie de vaquero que no levanta tres palmos del suelo, pero que está claro que nunca le dará una patada a una pelota. Mientras que la pelota no puede ser para nadie más que para alguien que de mayor será portero del Español. No?
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Todos asintieron y aceptaron el error de los reyes. Alberto y yo empezamos a salir de nuestros escondites y a aproximarnos de nuevo el uno al otro. Él seguía aferrándose a la pelota temeroso de que se la fuese a quitar y yo iba apuntándole con la pistola no fiándome un pelo de que aceptase el cambio.

El resto del día transcurrió estupendamente bien. Una vez recogidos los trastos nos dirigimos todos al 2º 2ª, a ese piso de enfrente, que era el mío, y que no estaba al revés como el de Alberto y en el que su abuela y la mía habían preparado un comida especial que consistía en pollo, una botellita de cava y un roscón de reyes. Comimos todos juntos mientras que Alberto le contaba a su padre no sé qué acerca de un joven que en un futuro próximo sería jugador del Español y que se llamaba Solsona. Yo iba cerrando mi ojo izquierdo para apuntar bien con el derecho y tener bajo el punto de mira de mi pistola a todos cuantos habían en la mesa “Detente Toro Sentado!... he visto caballos tuyos galopando por la pradera!”. “John Dillinger, ya te dije que nunca debiste cruzar el mississippi!”. Mi padre iba soltándome algún que otro capón para hacerme callar, al parecer mis soliloquios de legendario forajido interrumpían la conversación que estaba manteniendo con Miquel y que giraba en torno a un tipo muy malo, que mandaba y que se llamaba Franco. Mi madre y Juani hablaban de colegios, de que las vacaciones de Navidad se terminaban y de que había que comprarnos algo de ropa con no sabían que dinero. Las abuelas, mientras, hablaban de muertos y de enfermedades. El sol que había aparecido por el balcón de la casa de Alberto, empezaba a desaparecer ahora por el mío mientras que las mamás recogían los platos de la mesa y los papás sacaban copas y una botella de coñac.

Recuerdo muchas comidas y cenas en casa de Alberto o en la mía, todos reunidos como siempre y pasándolo bien. Lo que no logro recordar es si volvimos a festejar otro día de reyes juntos.



Créditos de las imágenes: Todas las fotografías mostradas en esta entrada pertenecen a la infancia del legendario forajido conocido como: "El Kioskero del Antifaz". Imágen nº 6.- Pistola de la casa Joal. Colección particular.

Videos pertenecientes a las series de televisión que vimos durante los años 60 y 70: "El hombre del rifle", "Bonanza", "El Virginiano", "Jim West", "El Gran Chaparral".

jueves 15 de octubre de 2009

Clamante Vitaminado, le devuelve la alegría

Ahora que me veo convaleciente de mi tendinitis en el codo, y con mi brazo derecho inmovilizado, me acuerdo de esos domingos de los años 70 en el campo con nuestros padres, tíos y primos. Las mesitas y las sillas de camping, el vino con gaseosa, las tortillas de patatas, los libritos de lomo. Los SEAT 600 y los 850 Especial iban cargados hasta los topes de neveras portátiles, fiambreras de la casa Tupperware, vasos y platos de Duralex en colores verde y ambar, y de críos. Un montón de críos en cada coche en dirección al deseado “día de campo” y sin elevadores, sillitas ni cinturones de seguridad.

Y como no, me acuerdo de que una tendinitis nunca se solucionaba ni con inmovilizaciones ni con infiltraciones. Cualquier mal tenía su cura inmediata con aquellos botiquines setenteros que nuestros padres llevaban en la guantera del coche y que contenían: alcohol, agua oxigenada, mercromina, sulfamidas, vendas, esparadrapo de la marca Imperial, algodón, tiritas y el infalible Calmante Vitaminado.

Cualquier trompazo, arañazo, caída con voltereta incluida, etc, tenía su remedio aplicando unas gotas de alcohol, unos polvos sulfamidas para prevenir infecciones, una venda sujetada por una tirita y un Calmante Vitaminado para evitar el dolor.


Por si eso fuera poco; nosotros regresábamos a casa vendados y llenos de mercromina hasta las orejas, tal y como si hubiésemos mantenido una refriega contra alguna guerrilla revolucionaria, y con nuestro calmante entre pecho y espalda, pero siempre, absolutamente siempre... algún tío se había pasado de vueltas con el vino, la gaseosa o con el brandy Soberano, y alguien de la familia le administraba también el calmante vitaminado de turno.

—A ti qué te duele tío? —preguntábamos.

—A mí?... A mí no me dfuele naaadza —respondía el tío con una sonrisa socarrona y la nariz colorada.

Y es que claro..., ya lo decía el anuncio: “Beba sin temor. Ya todo ha pasado con Calmante Vitaminado”.

Así que ni controles de alcoholemia, ni leches; el tío cargaba de nuevo el coche con un puñado de críos y emprendía el viaje de regreso a la ciudad aunque llevase un pedo del quince. Como mucho, en alguna curva tomada un poco en Zig-Zag, se le acercaba una pareja de la guardia civil, le hacían detener el coche, bajar la ventanilla, y le saludaban con ese: “Güenas tardes... Documentassión”. El tío sacaba los papeles del coche de la guantera, los guardia civiles veían el botiquín, miraban el interior del vehículo -que más bien parecía un parvulario en día de excursión- y ya consideraban que el tío era un señor responsable. Además... si su aliento echaba un poco de pestazo a Brandy Soberano, su categoría aumentaba a la de “macho ibérico”, ya que eso... “era cosa de hombres”. Le despedían con un: “Güen viaje, caballero” y en marcha de nuevo.

Total, que ya estoy harto de reposo, voy a mandar al carajo mi vendaje, mi cabestrillo y voy a pillar una borrachera de tres pares. Luego me tomaré un Calmante Vitaminado y a trabajar que ya va siendo hora.

Me parece a mi que esto de la tendinitis... no es más que otra excusa que se buscan los médicos de hoy en día para evitar que los viejos botiquines de los años 70, les dejen sin curro.


sábado 10 de octubre de 2009

La entrada número 100

Debo confesar que en la génesis de este blog creí que estaría más sólo que la una. Mi intención no era otra que la de colgar fotografías de mis objetos de colección setenteros acompañadas de imágenes que pudiese ir rescatando de aquí o de allá. También tenía previsto añadir algún texto y así, proporcionarme una excusa más para hacer eso que tanto me gusta y que es contar historias. El hilo temático del blog me permitía escribir mis relatos y compartir mis recuerdos dándoles una coherencia argumental en base a un tema que me sirviese como denominador común entre todos ellos: Los setenta.

Más de 11.000 visitas y de 60 seguidores en apenas nueve meses de existencia. Un buen montón de comentarios que se han convertido en grandes aportaciones y a través de los cuales se han compartido anécdotas y recuerdos con los que espero que todos nos hayamos divertido, y que han contribuido a conocernos un poco, aunque la mayoría, no nos conocemos en realidad, pero vaya... ya casi.

Creo que el interés que despiertan los años 70 en la actualidad, surge de la nostalgia de los que a día de hoy ya tenemos cierta edad, y que pese a la infancia exenta de libertades en la que nos tocó vivir, prevalece por encima de todo el hecho de que fuimos niños; etapa que sólo se vive una vez y que sólo puede seguir presente y permanecer ahí gracias al esfuerzo de muchos por no olvidar.

Las fotografías que muestro en esta entrada pertenecen a una mínima parte de mi colección particular. Algunos de los objetos ya han sido presentados en este blog, y en ocasiones asociados a algún relato inspirado en algún recuerdo rescatado de mi memoria. Como se puede apreciar quedan aún muchísimos objetos y un montón de historias que compartir, de modo que si les parece bien y desean acompañarme en este viaje en el tiempo, seguiremos en ello.

Total... sólo llevamos 100!

viernes 9 de octubre de 2009

El lado oscuro del Arco Iris

El arco iris, tan celebrado en los años 60 y 70 por los movimientos hippies, y en la actualidad por los colectivos gay, ha sido siempre un símbolo de algo tan deseado, necesario y en cierto sentido utópico, como la unidad en cualquiera de sus sentidos.

Deseado y necesario porque, lo queramos o no, estamos condenados –felizmente condenados- a vivir en comunidad. Utópico porque a pesar de los siete colores que componen el símbolo, hay quien se obceca en ver sólo uno cayendo en radicalismos y provocando tensiones ante la convicción de que está en poder de la verdad absoluta.

Tratar de ver los siete colores del arco iris, e incluso, mirar más allá de él, es un ejercicio al que deberíamos ir acostumbrándonos, ya que todo aquel que vive bajo el símbolo, pero en un solo color... suele ocultar perversiones muy negras.

Resulta cómoda la tendencia que la sociedad se auto impone y que consiste en dividir las cosas en blancas o negras, izquierdas o derechas, así o asá. Para aquellos que escogen una u otra significa, a mi juicio, una engañosa postura de compromiso, ya que representa que “pertenecen” a un colectivo determinado que reivindica “algo útil para todos”, y tras una mani, una concentración, o una reivindicación, se van a sus casas con las conciencias tranquilas ya que consideran haber formado parte de algo positivo. Luego, los hay que bajo distinta premisa, pero con la misma convicción, reivindican la fórmula diametralmente contraria, pero con idéntico grado de compromiso con su postura que los anteriores.

Ya lo dijo el poeta Joan Salvat Papasseit: “La verdad es un espejo roto en mil pedazos y del que cada uno de nosotros tiene un trocito”.

A aquellos que no adoptan una postura, que no “se comprometen”, que no ejercen de un modo activista o agitador, o que simplemente... contemplan la vida pasar, se les dice eso de que “no se mojan”, y se les dice en un tono abiertamente despectivo. Acaso hay algo malo en querer contemplar al arco iris en toda su plenitud? Tan moralmente reprobable es aquella persona que mira los trocitos del espejo roto y opta por no quedarse con ninguno? Creo que como postura es más compleja y mucho más difícil, ya que lo fácil es formar parte de un grupo gregario al que representar y por el cual se pueda uno sentir representado.

Antes vivíamos en una España en un absoluto blanco y negro dominada por una dictadura y en la que no se nos daba mayor opción.

Ahora vivimos en una España en un relativo color en la que todos tenemos derechos, pero en la que como siempre... unos tienen más derechos que otros.

Dicho esto, “me voy a mojar” y voy a reivindicar algo (que guay... que comprometido me siento).

Hechos:

Tras el encontronazo que tuve anteayer con un ciclista, finalmente he decidido hacerle una vista al Doc. esta mañana, ya que mira tu por donde... me dolía el codo.

El diagnóstico ha sido tendinitis y el resultado la inmovilización de mi brazo derecho; mi herramienta de trabajo. En un primer estado bastará con eso, pero si la inmovilización no surte efecto habrá que pasar a una nueva etapa que implicará infiltraciones y demás historias.


Durante la semana que permaneceré con mi brazo inmóvil no podré trabajar, algo que a un autónomo le supone pasar una semana sin producir, ergo sin ingresos, sin derecho a baja laboral (o tan escasa que es francamente ridícula) y sin nada ni nadie que le cubra o le proteja. Todo ello implica dar explicaciones a los clientes, provocarles retrasos en sus calendarios, y quieras que no... quedar mal con ellos. Los autónomos, por regla general, tenemos la virtud de ser de los pocos colectivos laborales en no caer nunca enfermos, pero cuando nos toca, no sólo no recibimos la más mínima compensación, sino que encima... quedamos como el culo en nuestra labor como proveedores.


La inmovilizción significará también un impedimento a la hora de jugar con mis hijos, de acariciar a mi mujer, de moverme libremente, etc, etc. El ciclista que me arrolló, eso si, continuará moviendo sus rastas al viento, sobre su bici y por la acera, no vaya ser que se desgaste o se estropee ese carril bici que el ayuntamiento les ha puesto para uso exclusivo de sus necesidades.

Dicho lo cual; reivindico:

(Sin que por ello a los ciclistas se les quite su pleno derecho de circular por las calles y se les faciliten todo tipo de instalaciones para su propia seguridad y para la de cuantos les rodean. Es decir: derechos para todos).

Que el ayuntamiento exija a los ciclistas una licencia como las que son de uso obligado para los usuarios de ciclomotores y para los cuales no es (o era) necesario el carné de conducir, pero que cuanto menos, necesitaban de dicha licencia para circular.

Que todas las bicicletas (sobretodo las del "Bicing") lleven algún tipo de matrícula o identificación VISIBLE a través de la cual, un peatón atropellado pueda realizar su denuncia pertinente y ejercitar su derecho a quejarse. A día de hoy, y por regla general, un ciclista es un tipo anónimo que si no se detiene ante un incidente por él provocado y se identifica, no es más que un ser “fantasma” con la absoluta libertad de andar a sus anchas sin importarle lo demás.

Que la guardia urbana, o a quien corresponda, multe a los ciclistas que teniendo un carril bici a una distancia inferior a la longitud de sus pollas, se empecinen en circular por la acera con esa prepotencia con la que el ayuntamiento les ha obsequiado.

Que las bicicletas del servicio "Bicing" puestas por el ayuntamiento, y por extensión, todo tipo de bicicletas, pasen por unas revisiones más constantes y eficaces, de modo que sus frenos, sus luces, dirección y demás, estén en perfecto estado y no supongan un riesgo para el resto de los ciudadanos.

En lo referente a la mención que hice en mi entrada anterior sobre los progres... sabrán perdonar, pero hay tantos de ellos (porque de todo hay) que están tan concienciados, liberales y reivindicativos, que se pasan al otro extremo de los que son tan conservadores y fascistas, y como ya sabemos por aquello de la teoría de la pescadilla que se muerde la cola... los extremos se tocan.

Me soplan por aquí que toda reivindicación debe ir acompañada de su correspondiente lema y / o consigna, no obstante, como que no quiero que esto de reivindicar se convierta en una costumbre en mi, pasaré del lema, no vaya ser que al final me termine hasta gustando.

Por último, como estamos a viernes y no puedo trabajar y tampoco habrá ente público o sindicato que me represente o que vaya a cubrir mis pérdidas, aquí les dejo con una bonita canción que me ha dejado absolutamente relajado siempre y que va muy bien para que todos los colores del arco iris fluyan ante nuestros ojos con absoluta naturalidad.

Se trata de un tema escrito en 1772 por John Newton, que mira tú por donde, pasó de ser un esclavista inglés a convertirse en cristiano y a defender los derechos de los negros. El tema ha sido versionado una y otra vez por los grandes monstruos del Soul y de la Música Gospel, pero la versión que les dejo se trata, como no, de la de los años 70 e interpretada por el único: Elvis Presley.

Y tranquilos; con suerte se tratará de mi última reivindicación en este blog y se seguirá manteniendo el buen tono del que hasta ahora se ha caracterizado, pero joder! Exijo mi derecho también a cabrearme de vez en cuando ;-)

Créditos de las imágenes: 1) Happy Dreams by: Pastel-Kisses. 2) Willadena on Phtobucket. 3) Origen desconocido. Descargada de Internet. 4) Carátula del LP "Hits Greatest Sacred Performances" Elvis.

miércoles 7 de octubre de 2009

Los de las bicis de los cojones

Con esta entrada queda inaugurada una nueva sección en este blog que llevará como etiqueta el título de “Tiempos modernos”. En los diferentes posts que contenga trataré de cagarme un poco en lo que “representa” que nuestra sociedad ha cambiado, o está cambiando para bien con respecto a los años 70. A veces así es, es más, considero que en la gran mayoría de aspectos fundamentales hemos ido a mejor, pero otras veces, y con esa manía que caracteriza al género humano de ser más enemigos de nosotros mismos y de nuestra propia especie que el resto de animales del planeta... es como para cagarse y no tener con qué limpiarse.

Cuando de pequeño andaba con mi bicicleta BH por las calles de Barcelona, algunas de ellas no asfaltadas y muchas de ellas con adoquines del tamaño del Peñón de Gibraltar, y en mis paseos ciclísticos atropellaba a alguna vieja o a quien fuese (que se había dado el caso)... me pegaban una hostia y listos.

Debería haber alguna ley o asociación que premiase a un ciudadano ordinario... por romperle las piernas a algún que otro ciclista.

Soy una de las muchas personas a las que no les gusta molestar; por ejemplo: aunque no me lo prohíban, evito fumar en lugares públicos, e incluso en mi estudio y ante la presencia de una visita, antes de encenderme un cigarro pregunto si no hay inconveniente en ello. No me gusta andar lanzando porquería por los suelos de las calles, así que voy con mis mugres en la mano hasta que encuentro una papelera o un lugar en el que depositar papeles, botellitas, colillas de cigarrillo, o cualquier inutilidad o desperdicio que pueda llevar encima. No me gusta invadir la acera, y cuando voy andando con alguien y charlando amistosamente, siempre ando pendiente de no entorpecer el paso a quien pueda venir tras de mí y que por cualquier circunstancia tenga prisa. No me cuelo nunca en las colas y aguardo pacientemente mi turno, pregunto siempre quien va antes que yo y estoy pendiente de dar la vez cuando alguien quiere saber quién es el último. No conduzco, no me gusta, por no tener, no tengo ni coche ni carné de conducir, así que utilizo el transporte público o sencillamente voy a pie. En un autobús o un metro no me siento nunca, ya que me jode levantarme por ceder el asiento a un anciano, un herido o a una embarazada; solución: me quedo directamente de pie, no me supone ningún problema y así, a lo mejor... crezco un poco, etc.

Tampoco soy de que me molesten las cosas; por ejemplo: no me molesta la gente que fuma ni pienso que el humo de su tabaco me vaya a matar. Tampoco me molestan los paposos borrachos aunque estos no tengan prohibida la entrada en ningún sitio ni beber allí donde les venga en gana; es más... me considero “bebedor pasivo” ya que corro el riesgo de que un tipo al volante con alguna copa de más se me lleve por delante y me deje fiambre o en silla de ruedas, (que bien pensado... Por qué no hay una asociación de “bebedores pasivos”? Acaso un bebedor no es más peligroso que un fumador?). No me encabrono con nadie que en un momento dado tire un papel al suelo; reconozco que si voy de la mano de mis hijos me gusta menos y entonces, educadamente, a quien sea, le pido que lo recoja. No me molesta que las ancianitas que van a pasar el rato al ambulatorio anden por la calle a paso de caracol y además... cogiditas del brazo ocupando toda la acera; antes que soltarles un moco o empujarlas para que me dejen paso, me bajo de la acera y les tomo la delantera sin mayores problemas. No acostumbro a protestar si alguien se cuela en una cola; siempre hay alguien que hace ambas cosas: quien se cuela y quien protesta, así que ya se apañarán entre ellos, como mucho, y si la cosa sube de tono, me pongo de lado de quien protesta y colaboro a que el tipo que le ha puesto “morro” al tema y se ha colado, se vaya al lugar donde le corresponde. Me gusta la humanidad, así que en el transporte público ni me molestan los empujones ni los arrimamientos; es más, hay veces que según quien me arrima... hasta me gusta.

Vaya, que se podría decir que un tipo como yo en una ciudad como Barcelona, no debería tener nunca un conflicto con nadie.

Pues no es así, y todo... por culpa de los putos ciclistas, que encima, como que van de ecologistas, de progres y de que están salvando el mundo, parece que haya que darles las gracias cuando te atropellan con sus bicicletas.

-Huy... perdone señor ciclista... me he dejado atropellar por mi torpeza al no darme cuenta de que usted, sin mirar, tomaba esta curva a toda velocidad por encima de la acera y se me ha llevado por delante, a mí, y a esa pobre niña que aún yace en el suelo con una brecha en la cabeza, pero... no se preocupe señor ciclista, usted a lo suyo que no contamina nada y que está colaborando en eso de crear para todos un futuro sostenible aunque muchos terminemos tullidos.

Y una mierda!

Es la tercera vez que me atropellan los ciclistas entrando o saliendo de mi estudio en una calle con una acera bien ancha y con un carril bici que va desde la falda de la montaña del Tibidabo, hasta la orilla del mar, vamos, un carril que atraviesa toda la jodida ciudad y con doble sentido única y exclusivamente para ciclistas con sus asquerosas bicis. Por qué coño andan por la acera a toda velocidad?.

Como digo, tres veces!, pero innumerables las que han estado a punto de hacerlo llevando a mis hijos de la mano, o yendo sólo... notar el zuuuummm... de su velocidad a escasos centímetros de mi persona y el vientecillo que levantaban sacudiendo mi ropa.

La primera vez un imbecil (en bici) iba a toda leche arrimado a las fachadas de los edificios y me arreó un buen bicicletazo. Discutí brevemente con él, alguien le dijo que se bajase de la acera con la bici, él contesto que con su bici “iba por donde le salía de los cojones”, saqué mi móvil para llamar a la urbana y tuvo la desfachatez de soltarme un manotazo con la intención de tirarme el móvil al suelo. No pude evitarlo (ni quise)... le solté yo a él un soplamocos y le rompí la nariz. El tipo en el suelo, una nube de gente alrededor y un montón de árabes que salieron de un bar y se lo llevaron al interior pidiéndome muy educadamente que me largase y que ya le curaban ellos. Al parecer se trataba de un “sin papeles” y sus compatriotas se tiraron el rollo con él antes de que la cosa pudiese ir a mayores.

La segunda vez fue un “comeflores” en toda regla quien abalanzó su vehículo de dos ruedas sobre mi cuerpo gentil. Tuve la gran fortuna de que el impacto del atropello se lo llevó él al chocar contra la cartera de mi portatil. El tipo rodó por lo suelos dejando impresos sobre el asfalto de la acera sus colgantes con el símbolo de la paz, su carné con número de socio del “green peace” y una impresión fantástica de toda su dentadura. El muy hijoputa aún se levantó del suelo mirándome mal, como si la culpa fuese mía. Me acerqué y le amenacé con romperle la espalda a él, a sus padres, a sus hijos y a los hijos de sus hijos. Imagino que vio que hablaba en serio, así que, como pudo, montó de nuevo en su bici y desapareció del lugar a la velocidad del rayo. Mi portátil bien, afortunadamente no le pasó nada.

Aunque no lo parezca, este es Federico Jimenez
Losantos, o lo que son ahora algunos que en su día

fueron progres.
Y la tercera vez ha sido este mediodía. Voy a girar la esquina y me viene de frente un “cicloimbecil” con una de esa malditas bicicletas del “Bicing” que escampó por toda la ciudad el ayuntamiento de Barcelona para fomentar el uso del instrumento entre la ciudadanía. No niego que no pudiese tener su parte positiva, pero lo malo... es que nada es positivo: las bicicletas tienen unos frenos en mal estado o carecen de ellos al igual que de luces, andan descuajaringadas y están hechas una verdadera pena en su mayoría. Por otra parte, los ciclistas experimentados pasan tres pueblos del “Bicing” ya que salen de casa con sus propias bicis; es decir, que las del “Bicing” suelen ir a parar a manos de ciclistas con escasa o nula habilidad, o de progres para los que está muy “In” y es muy “Cool” eso de desplazarse en bici por la ciudad, “”pus, pus... como mola oyes... que concienciado estoy, y como mola ser tan guay”. Pues como decía, el muy gilipollas me ha venido de frente hasta que se ha estampado contra mi brazo derecho; en pocas palabras... mi instrumento de trabajo como dibujante! Ni se ha parado para preguntarme si estaba bien o mal, ha seguido tranquilamente su camino meneando sus rastas al viento (por encima de la acera, y con un carril bici al lado... y vacio). Me he acordado de toda su familia, en especial de su madre, y como respuesta, sin girarse, me ha levantado un dedito en actitud de decirme: “vete a tomar por el culo”. Juro que si en mis manos alguien hubiese depositado un Bazooka en esos momentos, ciclista, bicicleta y dedito se habrían convertido en pura y absoluta chocarrina.

Creo que por el hecho de ser ciclistas, deben haber pasado a formar parte de eso que tanto se lleva ahora, que es tan “políticamente correcto” y que se ha dado en llamar “discriminación positiva” y que antepone los derechos de un ciudadano que pertenezca a algún tipo de colectivo determinado, a los derechos de un ciudadano ordinario. Iniciativas que se hacen para buscar paridad y no provocar discriminaciones, pero que en algunos casos se salen de madre y claman al cielo por su desvergüenza e injusticia.

Vamos... que los ciclistas son, una de las pocas cosas en este mundo que me toca los cojones.

NOTA: Hala!... ahí tenéis una entrada para que me critiquéis, discrepéis y me pongáis a parir un rato ya que me consta que muchos no estaréis de acuerdo. Sabéis de sobra que no hay moderación alguna en los comentarios, así que sentiros libres para decir la vuestra, así como yo ya he dicho la mía. Entiendo que esta entrada no es en absoluto políticamente correcta, de modo que podéis entrar en ella y machacarme si así lo deseáis. Eso si... dejad las bicicletas fuera o aquí pueden haber más que hostias.

Los Halcones del Espacio

Iván tenía sus cosas. Era un crío como nosotros, jugaba con nosotros, iba al cole con nosotros y le divertían las mismas cosas que a nosotros, pero siempre andaba unos pasitos por detrás y no se le podía considerar un niño “despierto”.

En el Poble Sec y con diez años de edad, ya todos habíamos desarrollado una picaresca típica y propia de supervivientes natos, en cambio, para Iván, la vida era un complejo berenjenal en el que ante cualquier situación siempre salía perdiendo.

—No te metas con Iván y procura que tus amigos tampoco lo hagan —me decía mi madre.
—Por qué no mamá? Iván es tonto.
—Hijo... Iván sólo tiene un problema, pero los tontos sois vosotros.

Yo no podía llegar a entender a mi madre cuando en clase, la propia señorita Isabel era la primera en ensañarse con él.

La señorita Isabel si oía una sola mosca en sus clases de matemáticas, necesitaba obsesivamente que apareciese un culpable. Daba igual que el culpable fuese uno u otro... ella necesitaba uno, y nosotros, conocedores de que a Iván ya no le venía de aquí, siempre le señalábamos como el causante de todos los males. Iván recibía estopa a diestro y siniestro ya que lo que a la señorita Isabel le gustaba más en este mundo era pegar. Lanzaba bofetadas con sus manos cargadas de anillos y sus muñecas repletas de pulseras. Las hostias que recibíamos nos causaban más dolor por el impacto en nuestros rostros de tanta chatarra que por los manotazos en sí. El ceño fruncido, pero a la vez esa cara de satisfacción que ponía la señorita Isabel cuando hostiaba a Iván no casaba con los consejos que trataba de darme mi madre, y para mí, para todos, era más fácil tener a Iván y apuntarle con el dedo cada vez que la profesora de “mates” pedía a gritos la presencia de un tierno infante a quien llenarle la cara de manos.

En el patio jugábamos “a la melé”, la típica melé de los partidos de Rugby; consistía en que uno de la clase se lanzaba sobre otro gritando “A la melé! A la melé!!”. Ante este grito que era algo así como una llamada de la selva o similar, el resto saltábamos los unos sobre los otros formando un amasijo humano y sepultando al pobre de turno que perdía la respiración tratando de zafarse de los diez o quince “compañeros” de clase que le habíamos caído encima. Generalmente -salvo contadas excepciones- el pobre que se hallaba aplastado en el suelo tras dispersarse el amasijo humano... era Iván.

Un día en la calle, vimos a un par de gitanos jugando con un juguete nuevo; se trataba del paracaidista “Halcones del espacio”. El Vallcanera, el niña, el boliche y yo nos quedamos mudos ante ese juguete y contemplando como esos críos lanzaban por el aire a un muñeco que, al caer, desplegaba su paracaídas y descendía lenta y suavemente. De inmediato corrimos hacia el kiosco del señor Sánchez con la esperanza de que esa novedad estuviese presente sobre su mostrador y en unidades suficientes como para satisfacer el capricho de cuatro críos que a empujones y a toda velocidad atravesábamos las calles del barrio.

Allí estaban, en varios colores y metidos en su blister de plástico. El señor Sánchez estaba acostumbrado a que abordásemos su kiosco cual piratas al asalto de un buque inglés, pero aquella tarde creo que temió por su integridad física ya que nuestra escandalosa llegada y aquel empeño en ser los primeros en conseguir uno de esos paracaidistas fue apremiante.

—Un paracaidista señor Sánchez! Deme un paracaidista! —El boliche, pese a que debía desplazar consigo varios kilos de carne más que el resto, se las ingeniaba siempre para llegar el primero a todas partes.
—Otro para mí! —gritaba el niña desde el final de la cola, el último en llegar y con ese aspecto y esa vocecilla que le hacían merecedor de semejante mote (confieso no recordar su verdadero nombre... siempre fue “el niña”... eso le pasaba por guapo).

15 pesetas valía por aquellos tiempos el paracaidista. Eso era un montón de dinero que no reuníamos entre los cuatro en ese momento. El señor Sánchez nos deseó suerte con nuestros padres y con nuestras huchas emplazándonos de nuevo en cuanto tuviésemos el dinero.

Pasados dos o tres días estábamos en el patio de clase una tarde, contando nuestro dinero y observando con un brillo en nuestros ojos que la cantidad que habíamos reunido entre todos, nos daba para comprar cuatro maravillosos halcones del espacio, uno para cada uno, así que ahora sólo quedaba pelearnos por los colores, pero a toda costa, fuese como fuese, el mío tenía que ser amarillo. Me fascinó el día en que frustradamente intentamos hacernos con uno en el kiosco, me impactó ese paracaídas de cuadros morados y blanco, de modo que estaba dispuesto a lo que fuese con tal de que ése fuese el mío.

Timbre que anunciaba el final de las clases y consiguiente carrera hacia el kiosco con el fin de reclutar a uno de esos maravillosos aventureros del aire para nuestra colección de juguetes predilectos. El señor Sánchez nos vio llegar y se apresuró a salir del kiosco con un montón de paracaidistas en sus manos protegiendo su chiringuito del impacto sobre él de nuestros cuerpos, y del posible riesgo de llegar a desmontarlo y convertirlo en un montón de tablas de madera pintadas de color verde.

—Tomad! Tomad!, pero no os acerquéis ni un milímetro más! Que sois como la peste!!!

Hay veces que la vida te lo pone fácil, y eso era algo a lo que los niños de barrio no estábamos acostumbrados, pero el azar, el orden en el que íbamos entregando las 15 pesetas al señor Sánchez a la vez que él iba repartiéndonos blisters con paracaidistas, hizo que sin pedirlo, sólo deseándolo, el kioskero depositase en mis manos al deseado halcón amarillo con el paracaídas a cuadros morados y blancos.

—Ahora no hagáis como el hijo de la Encarna que ha saltado del balcón agarrado al muñeco.

No le hicimos demasiado caso, no reparamos en sus palabras ya que nuestro entusiasmo rebasaba cualquier límite dentro de la normalidad. Tres manzanas calle abajo, esas palabras del señor Sánchez se clavaron en nuestros cuerpos provocándonos un dolor que aún dura al recordar.

Iván hacía tres días que no venía a clase por culpa de unas anginas, pero daba igual. Creo que nadie le echó en falta a excepción, quizá, de la señorita Isabel. La señora Encarna le había comprado a su hijo un halcón del espacio para hacerle más llevadera su convalecencia, y esa tarde, en la que Iván ya se notaba más recuperado, se lanzó al vació desde un cuarto piso tratando de surcar el cielo con el paracaídas de ese muñeco con el que ya jugábamos todos los críos.

Unos montones de serrín en el suelo tapando un charco de sangre y un par de patrullas de la policía fue todo lo que llegamos a ver de lo que pasó en el barrio aquella tarde.

No sabría decir si Iván se ganó sus alas de piloto realizando ese vuelo suicida, pero lo cierto es que nos dio una lección. Estoy seguro de que todos, seguimos echando de menos a alguien a quien nunca tuvimos en cuenta. Y efectivamente, él tenía un problema, pero nosotros... fuimos siempre muy tontos.

Créditos de las imágenes: Fotografías del paracaidista "Halcones del espacio". Colección particular.

martes 6 de octubre de 2009

Papel y plástico. El libro/álbum de recuerdos de Oscar Lombana y de editorial Astiberri (2ª entrega)

Esta mañana me he comprado el libro de Oscar. No le conozco de nada, pero le llamo familiarmente Oscar porque después de recorrer sus recuerdos y comprobar que en gran medida forman parte de los míos, es como si ambos hubiésemos jugado juntos en el patio de colegio, o compartido nuestros juguetes en su habitación o en mi balcón, él desde su casa de Bilbao, y yo desde la mía de Barcelona. Una distancia que los recuerdos minimizan hasta el punto de que te hacen formar parte de algo mágico.

He devorado el libro con pasión –cosa sencilla debido a su elevado contenido visual- y he disfrutado como un enano. Imagino que la diferencia de edad entre ambos; yo algo mayor que Oscar, propiciaría situaciones de esas típicas en las que él se iría llorando hacia su mamá protestando porque yo no le dejaba los juguetes. Algo que no sucedería ahora que sus recuerdos son míos, así que en justa compensación... mis juguetes son suyos.

He rescatado algunas perlas de su libro que me gustaría compartir y que espero que les abran el apetito y corran a su librería más cercana para hacerse con un ejemplar de esta joya:

“Había un gato tuerto lleno de cicatrices cerca de mi casa. Tenía pinta de tener mil años y de haberlo visto todo”.

“Teníamos dos tipos de turrón: el duro y el blando (el de fruta llegó más tarde). Sólo tres salsas: mayonesamusa, ketchup y mostaza (el colmo de la modernez)”.

“Ya no hay muchos niños con postillas en las rodillas porque ahora la zona de columpios tiene el suelo blandito”.

“Para llegar a la jungla de TRAZAN en las pelis de Weissmuller había que subir por un desfiladero vertiginoso y siempre se despeñaba uno de los porteadores, pero nadie le daba mucha importancia. Miraban un poco hacia abajo y ladeaban la cabeza con disgusto como pensando: en ese fardo iba la porcelana”.

“Me gustaba bañarme en la piscina cuando llovía (y nunca entendí porque la gente se marchaba)”.

“Que vuelvan los ordenadores gordos porque encima de las pantallas planas no se pueden poner muñequitos”.

... etc. Cierro esta entrada con una frase que además de buena... es muy buena:

“Y recuerda que todo lo que vemos de las estrellas son sus viejas fotografías”.

sábado 3 de octubre de 2009

Kiss and Say Goodbye

Los viernes pretende ser el día oficial en el que este blog presenta un tema musical de los 70, pero... por alguna extraña razón, siempre termino posteándolo en sábado.

Lo cierto es que la razón no es tan extraña. En realidad es por culpa del conocido síndrome del “Oye, ya que estás...” Se trata de un síndrome que padecen la gran mayoría de editores con los que trabajo y que viene dado por culpa de que ellos... no trabajan los viernes por la tarde. No obstante, y pese a esa virtud y privilegio del que gozan, necesitan invariablemente el trabajo realizado para el lunes, motivo que da lugar a otro conocido síndrome denominado “A ser posible a primera hora”. Es decir, que todo se resume en algo del estilo de lo siguiente:

Oye, ya que estás... a ver si me puedes tener esto listo para el lunes. Ah!... y a ser posible a primera hora”.

De modo que a este bloggero, setentero y rockero, no le quedan más huevos que pisar el acelerador a fondo durante el viernes para poder librar el sábado y aún y así... entregar el jodido lunes a primera hora.

Esta vez, me toca currar también en sábado así que les dejo este tema de “The Manhattans” que lleva por título “Kiss and Say Goodbye”. Música R&B en estado puro. El grupo se formó en New jersey por el año 1962 y el tema corresponde a uno de sus éxitos de 1975.

Ahora disfruten de la música, y como a mí me toca seguir laborando un poco, sólo les digo que... un beso y adiós.

Hasta más ver hermanos ;-)

NOTA: Cagüen tó lo que se menea! Acabo de ver que estos putos del Goear, ahora le meten publicidad a la música. Habrá que buscar otro servidor, o tragarse el anuncio.


martes 29 de septiembre de 2009

El día que le metí mano a la Virgen María

En la parroquia de Santa Madrona, en la calle Tapioles del Poble Sec, hacían sesiones cinematográficas, y como consecuencia de ello, esas eran las pocas ocasiones en las que yo entraba en una iglesia.

Recuerdo con especial agrado el pase de una de esas películas ( a decir verdad, se trata de la única que recuerdo). La peli se titulaba “El anillo de los Nibelungos”, historia de la cual se han realizado innumerables remakes, pero que creo, que la que yo vi era una producción germano-yugoslava de 1966, aunque tampoco puedo estar seguro. El caso es que disfruté como un loco de las aventuras y de los colores estridentes del film, que sin duda, si lo volviese a ver a día de hoy imagino que me horrorizaría. Quién sabe?

Esas visitas “al cine” de la iglesia de Santa Madrona solían ser organizadas por la escuela; por las mañanas el señor Rius, y profesor de religión para más señas, nos introducía en la trama de la película que iríamos a ver esa misma tarde, y por la mañana del día siguiente nos animaba a comentarla en clase.

Uno de los recuerdos que más se conserva en mi memoria de esas sesiones de película, es el hecho de que podíamos asistir a la sala con los bocadillos y las botellas de gaseosa. Ni que decir tiene que medio bocadillo era engullido, mientras que la otra mitad era deshecho en migas que lanzadas como proyectiles se estampaban en las cocorotas de los compañeros de clase que se hallaban sentados en las filas delanteras, así como en la cabeza de alguno de los profesores que en mitad de la película, se levantaba de su asiento y pedía orden del modo más infructuoso que nadie se pueda llegar a imaginar.

El señor Rius, además de tratarse de nuestro profesor de religión, era cura aunque nunca le vimos vestido con su hábito, pero... lo era, tenía toda la pinta. En una de sus introducciones a la película que íbamos a ver esa tarde de otoño de 1971, nos habló de la Virgen María y nos contó que era una joven muy hermosa, limpia de todo pecado y la escogida por Dios para... no recuerdo qué. Imagino que el señor Rius lo dijo, pero a decir verdad no presté mucha atención ya que en las últimas filas de clase -en las que yo me hallaba- se estaba fraguando una guerra de “munis” y era cuestión de ir preparando las gomas de pollo y de ponerse a doblar concienzudamente papelitos para tener un buen arsenal preparado.

Tampoco recuerdo qué película vimos por la tarde ya que había mucho que hacer en esa sala de cine: comerse medio bocadillo y preparar proyectiles con el otro medio, beberse la gaseosa, cambiar cromos con mi compañero de clase José Luís Naval, corretear entre las filas de asientos y lanzarse cuerpo a tierra en cuanto el señor Rius se ponía en pie para solicitar orden. En fin... que no se podía estar en todo.

Lo que recuerdo perfectamente, es que en la cola que formamos para salir ordenadamente del cine, una imagen de madera de la Virgen María y a tamaño natural, se hallaba allí, en pie, flanqueando la puerta que daba a la salida de la iglesia. No recordaba haber visto esa imagen en las otras ocasiones que habíamos asistido a Santa Madrona a ver una película. Posiblemente, la imagen se encontraba de paso, o quizá estuvo allí siempre, pero nunca me fijé. El caso es que con siete años y cursando 3º de EGB, pude percatarme de que realmente, la Virgen María era absolutamente hermosa.

En medio de aquella fila, iba acercándome poco a poco a aquella figura que ya ocupaba todo mi campo de visión; sus ojos miraban en dirección a un absoluto vacío y de ellos brotaban unas diminutas lágrimas en una expresión de tristeza que transmitía una gran ternura.

Recordé una frase que durante la mañana pronunció el Señor Rius en uno de esos momentos en los que yo no le prestaba atención alguna: “La Virgen María no había conocido hombre”. Y me dio por pensar que quizá por eso lloraba. No hubiese sido de extrañar ya que hasta 3º de EGB yo había asistido a colegios en los que los niños éramos separados de las niñas, pero en ese nuevo cole en el que consiguieron matricularme mis padres tras mi expulsión del colegio anterior, estábamos todos juntos, y el hecho de haber conocido a niñas y poder jugar con ellas, me resultó especialmente agradable.

Finalmente y mientras avanzaba la cola, allí estaba ella, escasamente a dos palmos de mí. No conseguí que sus ojos me mirasen por más que trataba de buscarlos con los míos, no había forma de coincidir. En el intento de captar su atención de algún modo, llegué incluso a salirme de la fila, y ya que estaba, decidí darle un rodeo a la imagen para ver cómo diablos llevaba sujeto el alo a la cabeza; algo que había visto en las estampas y en las ilustraciones de los libros de religión, pero que no había sido capaz de entender nunca.

Juro que fue sin querer, pero a pocos centímetros de mi nariz el culo de la Virgen llamó sorprendentemente mi atención. Jamás había reparado en la idea de que la Virgen pudiese tener culo, pero... vaya que si lo tenía! Un hermoso culo, terso y redondo, cubierto por un fino manto que permitía adivinar todas sus turgencias y que me hizo recordar aquella tarde en la que Ana Ochoteco y yo, jugando en el patio, nos metimos en una especie de lío en el que yo andaba tocándole el culo a ella mientras que ambos, entre risas, intuíamos que estábamos pecando y no entendiendo muy bien el por qué.

En una acto puramente cristiano, casto y con la mayor intención de solidaridad de la que fui capaz, posé mis dos manos sobre el culo de la Virgen María esperando arrancar de ella una sonrisa y borrar esa aflicción de su rostro.

Al parecer el señor Rius no lo entendió así. Me sorprendió palpando las posaderas de María, y con una expresión en su rostro más propia de un ser del infierno que del cielo, saltó sobre mí rezando a voz en grito el Ave María. En la fila, las caras de mis compañeros y compañeras de clase eran de estupefacción. Todos me miraban como a un bicho raro, a excepción de Ana Ochoteco, que para variar, se reía recordando viejos tiempos. El señor Rius agarró mi oreja como si se tratase de su paga de fin de mes y me arrastró en dirección a la calle. Apenas pude ver de soslayo el rostro de la Virgen María, pero me di cuenta de que seguía llorando. No supe en aquellos momentos si lloraba porque mi intento no había surtido efecto alguno, o si lo hacía ante aquella escena en la que un ser maligno se retorcía de ira y me arrastraba de la oreja para alejarme del lugar.

Una vez en la calle, el señor Rius me zarandeó cogiéndome de los brazos, tirándome del pelo y del cuello de mi jersey. De su boca salieron todo tipo de insultos de entre los cuales recuerdo uno que me dejó absolutamente impresionado; “hijo de Satanás!” Joder con el cura de incógnito! En un arranque de melodramatismo extremo se arrodilló en el suelo en plena calle, y en actitud de súplica al Todo Poderoso exclamó: “Dios mío! Perdona a este pobre desgraciado que no sabe lo que hace!”. Se levantó nuevamente y continuó con sus zarandeos y con todo lo más rancio que fue capaz de sacar por su boca. Yo ya estaba por echarle mano a la goma de pollo, sacar una “muni” de mi bolsillo y saltarle un ojo, pero afortunadamente una señora (gracias señora) que pasaba por la calle y que, al parecer, estaba informada por alguno de mis compañeros de cuanto allí había sucedido, se acercó al señor Rius y le dijo:

—Oiga! Deje en paz a este crío, que por más que le haya tocado el culo a la Virgen... no ha sido él quien la dejó preñada!

Preñada? Poco tiempo después me enteré de qué significaba eso, pero... No habíamos quedado en que “La Virgen María no había conocido hombre”?

Fíate tú de curas!

lunes 28 de septiembre de 2009

Olimpiadas en los 70 y Madrid 2016

Me gustaría, de corazón, que en la ciudad de Madrid se celebrasen los próximos juegos olímpicos del 2016.

Por otra parte, quiero recordarles a los madrileños, y sobretodo a los más de 100.000 que ayer se reunieron en Cibeles para apoyar la candidatura de su ciudad, que Barcelona, antes de celebrarlas en 1992, había sido candidata en los años 1924, 1936 y 1940, vaya... que tampoco fue fácil, pero que finalmente se consiguió, y que del mismo modo lo conseguirá Madrid, y a ser posible... en este ansiado 2016.

Seguro que para entonces ya habrán dejado de marear a la estatua del oso y el madroño, a la cual, durante la pasada semana vi como la cambiaban de su lugar original para facilitar el acceso del tráfico a la calle del Carmen. También me sorprendió ver como sustituían al viejo Kilómetro Cero de la Puerta del Sol; emblema que da origen a las carreteras radiales españolas. Yo fui uno de los muchos turistas, que en su día, puse mi pie sobre ése Kilómetro Cero y pensé para mí: “Yo he estado aquí”.

También es muy posible que para el 2016, los madrileños hayan encontrado el tesoro que andan buscando por la ciudad y dejen de hacer socavones a diestro y siniestro. Quizá también, con suerte, para entonces Espe ya sea historia, aunque a decir verdad, la veo yo muy incombustible a ella, y lo que aún es peor... con muchas ganas de guerra.

En cualquier caso, y al margen de los muchos intereses políticos que rodean un evento de semejante magnitud, Madrid merece esas olimpiadas, y los madrileños merecen contemplar como su ciudad sufre una transformación para bien. Y lo que es más importante aún, en un (relativo) corto espacio de tiempo ver como grúas y boquetes desaparecen de sus calles; ya que si algo de bueno tiene un acontecimiento tal, es el de observar como finalmente se reactivan y se dinamizan todas esas obras por la vía pública que ahora... parecen eternas.

Personalmente me la repampimfla bastante el tema deportivo en cuestión. En su día no fui un gran entusiasta de que se celebrasen las olimpiadas en mi ciudad, Barcelona. No obstante, debo reconocer que el cambio de imagen que se le dio a la ciudad y su definitiva apertura hacia el mar, fue algo necesario que hoy en día se agradece. Así pues, estoy convencido de que los madrileños que hoy tuercen el morro ante el evidente disloque que suponen unas olimpiadas en cualquier lugar, estarán encantados de la vida al contemplar la innumerable cantidad de deseables cambios.

Volviendo a los 70, cabe recordar que durante ésa década tuvieron lugar dos juegos olímpicos que marcaron la actualidad del momento; más por cuestiones políticas, que por acontecimientos deportivos.

Munich 1972

La XX edición de los juegos olímpicos marcaron a fuego la fecha del 5 de septiembre de 1972. Un grupo terrorista palestino, denominado “Septiembre negro” y compuesto por 8 integrantes, secuestraron a 11 atletas del equipo olímpico israelí. Tras un fallido intento de rescate perpetrado por las autoridades alemanas, se arrojó un balance de 16 muertos (los 11 atletas y 5 de sus secuestradores) y sólo 3 de los terroristas fueron capturados con numerosas consecuencias, que a posteriori, se sucedieron en años sucesivos y en las que se incluyeron bombardeos, asesinatos, atentados, coches bomba, detenciones, etc. Vaya, que no fue para medalla, por decirlo de algún modo.




Como nota positiva cabe destacar la actuación del Atleta Mark Spitz, nadador estadounidense de origen judío que se hizo con 7 medallas de oro en natación, y que rompió las anteriores marcas mundiales con cada uno de sus triunfos. El nadador pasó a la historia de ése fatídico año olímpico llenando álbumes de cromos, programas de televisión y portadas de revistas setenteras.

Los trágicos sucesos de aquel año olímpico en el que tan sólo se suspendieron los juegos y demás eventos durante 24 horas tras los terribles acontecimientos, no lograron enturbiar la merecida victoria del nadador y su capacidad de esfuerzo.






Montreal 1976

24 países africanos se retiraron de las competiciones y se largarón de Canadá con motivo de que Nueva Zelanda no fue excluida de los juegos. Las delegaciones africanas solicitaron dicha exclusión ya que la selección de Rugby Neo Zelandesa había jugado contra la de Sudáfrica, país excluido del Comité Olímpico Internacional por su política racista.

Para más razón de males, Montreal no logró saldar las deudas contraídas durante la inversión en infraestructuras de sus juegos hasta el año 2006. Un puñado de preciosos años que los ciudadanos canadienses han estado “pagando el pato”.




De las olimpiadas de Montreal, siempre nos quedará el recuerdo de la gimnasta rumana Nadia Comaneci, que con sus 14 años consiguió unos rotundos 10 puntos; primeros en la historia olímpica tras una actuación perfecta sobre las barras asimétricas.

Sus méritos deportivos la llevaron a ser considerada una de las más grandes gimnastas del siglo XX. Ahí es nada.

En este orden de cosas, y tras las malas experiencias de las olimpiadas de los 70, cabe recordar nuevamente, y para buena referencia a los madrileños, lo que fueron las olimpiadas de Barcelona 92, consideradas en su día las mejores de la historia, y convirtiendo a mi ciudad en un punto visible y admirado a nivel internacional.

Aunque no puedo ocultar el secreto deseo de que lo hagan un poco peor que los barceloneses (no jodamos... que para algo somos ciudades rivales ;-), les deseo muy sinceramente, la mejor de las suertes a todos los madrileños.

Ánimo en este empeño que esas olimpiadas ya son vuestras (nuestras)... tengo una corazonada ;-)

sábado 26 de septiembre de 2009

Sweet Caroline

Con apenas 5 años esta canción me erizaba el vello. Les pedía a mis padres discos de Neil Diamond mientras que ellos insistían una y otra vez en recordarme que no teníamos tocadiscos y que ya tenía bastante con escucharla por la radio, cosa que afortunadamente... sucedía muy amenudo. Por aquellos tiempos, 1969, año en el cual este tema fue un auténtico Hit, recuerdo que era poner la radio... y sonar el Sweet Caroline.

Tampoco sabía entonces que significaba eso del “touching me, touching you” que decía la canción, pero ya intuía que eso, tenía que molar.

Con 7 años mi tío Montano me regaló un radiocassete de la marca Telefunken y dejé de escuchar el Sweet Caroline a través del transistor a pilas. Con el Telefunken enchufado a la corriente eléctrica y con la cinta de cassete que finalmente conseguí que mis padres me comprasen, tenía el poder y podía escuchar a Neil Diamond y a su Sweet Caroline a todas horas y por todos los rincones de la casa. La discografía del autor / cantante / actor / productor, pasó por mi radiocassete una y otra vez hasta que un día mi madre me explicó que había otra gente que se dedicaba a eso de hacer música. Bueno... a decir verdad yo ya lo sabía, pero es que en esos momentos Neil, era mucho Neil.

Imagino que por el motivo de que Elvis Presley versionó el tema, empecé a interesarme también por él, y como consecuencia, y dadas sus influencias, por la música negra que de algún modo es la que a día de hoy sigue acompañándome a todas horas.

No sé exactamente que pasó. Mi cuerpo sufrió los cambios típicos de la edad preadolescente, mis sentidos estaban ubicados única y exclusivamente en mis hormonas y Neil pasó a un segundo plano. No obstante, ese “touching me, touching you”... empezó a cobrar un importante significado.


martes 22 de septiembre de 2009

Vida y Color

Recorrer el FNAC en busca de alguna película o de algún libro, merece la pena en ocasiones.

Hará un par de semanas compré a precio de saldo (5 €uros), la película VIDA Y COLOR escrita y dirigida por Santiago Tabernero, un riojano especializado en programas y reportajes de contenido cinematográfico para la 2 de TVE, y que en los 90 inicia una buena labor como guionista colaborando en diversos largometrajes. En el 2005 dirige su primer largometraje: VIDA Y COLOR.

No soy gran amante del cine español. Reconozco que me pone nervioso el sonido directo que, a estas alturas, los técnicos aún no han aprendido a manejar, y que no son pocas las películas españolas que deberían ser subtituladas para poder entender fragmentos importantes de los diálogos de los actores. Me pone nervioso también el carente sentido “del espectáculo” que poseen algunos directores de cine español, que no se dan cuenta de que una película es una historia que además de mostrárnosla, ha de apetecer verla. Y por encima de todo, no soporto sentarme en una sala de cine y apreciar a esos directores contemplándose el ombligo en lugar de transmitirnos algo a los que en realidad hemos pagado la entrada.

De modo, que no me extrañó encontrar la ópera prima de Santiago Tabernero a 5 €uros, mientras que otras, realizadas en el mismo año, seguían vendiéndose a 11, 17, e incluso 20 €uracos del ala. Claro, la mayoría de ellas eran norteamericanas, y a decir verdad, grandes películas para las que no pasa el tiempo.

Entre mi colección de objetos setenteros el álbum de cromos VIDA Y COLOR ocupa un lugar importante. Se editó en España en el año 1965 por “Álbumes Españoles S.A, Barcelona” en una primera edición de la cual tengo un ejemplar completo y en un estado impecable. Sus ilustraciones me atrajeron de pequeño y me siguen atrapando hoy en día, y a pesar de que la técnica de la ilustración la conozco un poco, -aunque sólo sea por obligación profesional- esos cromos fueron, son, y seguirán siendo una maravilla por los siglos de los siglos.

Enamorado del álbum de cromos en cuestión, pero habiendo dejado pasar, en su día el estreno de la película en las salas comerciales, no pude por menos que adquirirla, total... 5 €uros que en un momento dado siempre se pueden recuperar, en parte, cambiándola por otro DVD en el mercado de San Antonio. Así que me dirigí hacia la caja con la peli, con el dinero y con muy poca confianza depositada en ella, todo y que, en su época, las críticas que leí la ponían bastante bien, pero claro; si no te puedes fiar de un director de cine español... ve a fiarte de un critico!


Esa misma noche, mi mujer, mi hijo y yo, vimos la película, y puedo decir que hubiese pagado por ella los 11, 15 o 17 euros que costaban las demás. Cuando uno tiene la posibilidad de disfrutar de una buena historia, y encima bien contada, el momento no tiene precio.

Cierto que adolece de esa terrible lacra del sonido directo en algunos momentos (afortunadamente con el DVD puedes rebobinar y enterarte bien de qué han dicho los actores en un momento dado), pero lo fundamental es el buen hacer de su autor a través de toda la trama. Lo bien contada que está y la gran labor de los actores que intervienen en ella, y que parece ser, se nota, que eran conscientes de que estaban trabajando al servicio de lo que sería una buena película.

VIDA Y COLOR gira en torno a Fede, el personaje principal de la obra y que está a punto de dejar atrás sus miedos preadolescentes, a la vez que de un modo paralelo, la España en la que vive está emergiendo lentamente de los años de dictadura que han marcado su historia. Todo ello narrado a través de una simbología acertada que empuja la trama, la hace avanzar y engancha al espectador a través de las vivencias del protagonista y de los propios recuerdos.

Uno de los muchos símbolos que aparecen en la película es el álbum de cromos que da título al film VIDA Y COLOR y que sirve de hilo argumental y se entrelaza con alguno de los demás símbolos utilizados como por ejemplo “el esqueleto”, e incluso con la propia inquietud de Fede en dar con el único cromo que le falta para completar su colección; el del cráneo frontal de la sección de anatomía humana, y del cual sólo existen 10 en todo el mundo.

En definitiva, una película que nos transporta a la España de mediados de los 70’s, una historia limpia, sin trampas, un director al servicio de su obra, como debe ser y no a la inversa, y una recomendación: hay que verla!