sábado, 17 de diciembre de 2011

Antes de que se pasen... Felices Fiestas!!

Me habría gustado disponer del tiempo necesario para hacer una entrada dedicada a las fiestas navideñas. Incluso tenía pensada una elaborada historia para esta ocasión. Pero el problema es que ando apretadísimo de compromisos laborales y fechas de entrega; que sí mi profesión estuviese pensada para la especie humana, tanta presión sería denunciable, pero como representa que me dedico a lo que me gusta, pues a correr toca, no vaya a ser que no pueda cumplir con mis compromisos y se destruya el mundo y con él, toda la humanidad. Hay que joderse; yo quería trabajar en esto de escribir y dibujar precisamente porque no me gustan ni el trabajo, ni las obligaciones ni las responsabilidades. “No te gustan?” me preguntó una voz de entremedio de unas nubes en las que los rayos del sol se habían ensartado como lanzas. “Pues toma trabajo, obligación, responsabilidad... y jódete!”, concluyó.

Así que me he limitado a buscar por internet algunas imágenes representativas de estos días; eso si... imágenes correspondientes a las navidades de 1970, que he pensado que son las que le quedan mejor a este blog.

De modo que la elaborada historia que no he podido elaborar, pues quién sabe; quizá para el próximo año. Total... en este pequeño espacio cibernético-cósmico-virtual... no pasa el tiempo.

Me sumerjo de nuevo en mi tarea para terminar de escribir algo, de lo que ya informaré en su debido tiempo, pero no sin antes desear a todo espíritu setentero y demás hierbas que transiten por este rincón, una Feliz Navidad y un próspero 1970.

Que los Reyes Magos se tiren el rollo, que la crisis os sea leve, que Papá Noel sea un cachas (para las chicas), o una exuberante y recauchutada rubia tetuda (para los chicos) y que si no tiene a bien dejar nada a los pies del árbol de Navidad, cuanto menos se marque un striptease al calor de la chimenea de vuestros hogares, os levante la moral, y todo lo que sea necesario levantar para que, a pesar del paro y de los políticos que tenemos, seáis lo más felices posible... e incluso más.

Felices Fiestas!!!

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Por qué hay que seguir este blog?

En primer lugar porque no tenéis nada que perder por seguir un blog. Tampoco nada que ganar; me diréis, y efectivamente, tampoco nada que ganar, pero en los tiempos que corren, no perder nada, ya es ganar mucho.

En segundo lugar por una pura cuestión de actitud rebelde.

Hace ya un tiempo que empecé con este blog y con la intención de recordar cosas de la vida de los 70’s. Años en los que muchos de nosotros fuimos niños, y cuando digo muchos... me refiero a muchos. No hay que olvidar que el año 1964 -concretamente el año en el que yo nací-, se trató del año con mayor índice de natalidad de la historia de este país. La época del Baby Boom en la que España entraba en el desarrollismo, en el que nuestros padres se animaron a comprar televisores, neveras y utilitarios (pagando numerosas letras), y como no... a tener hijos. Así pues, está claro que somos un montón.

Empecé el blog porque tenía ganas de mostrar esos años desde el punto de vista de un niño que perteneció a esa época: de enseñar mis juguetes, las chuches que devorábamos con pasión, los programas que vimos en esos recién llegados televisores que pasaron a convertirse en un miembro más de la familia, los anuncios, etc.

También por ganas de escribir sobre algo que nada tuviese que ver con mi trabajo habitual, pero que me permitiese seguir contando historias sin ninguna implicación profesional ni presiones con las fechas de entrega o demás cosas que conlleva eso de dedicarse al mundo editorial. Hacer un blog me ayuda a desconectar del quehacer diario, pero además, me ha servido para conectar con mi quehacer diario cuando me he visto metido en medio de algún bloqueo ocasional de esos con los que nos encontramos las personas que nos dedicamos a contar historias.

Para eso era, es, y seguirá siendo este blog.

Pero todo hubiese podido ser diametralmente distinto a partir del día que recibí un correo electrónico. Me escribió un editor. Un tipo que se interesó en mi blog y que vio un importante potencial comercial con algunas de las historias que cuento a través de este espacio cibernético-cósmico-virtual. Le gustaban mis relatos de cuando era niño. El hombre se había preparado una especie de boceto en el que seleccionó algunas de las entradas y las ordenó por orden cronológico; de modo que le daba un resultado de unas treinta entradas que empezaban en el año 1964 y terminaban en el 1979. Me propuso convertir mi blog en formato libro y comercializarlo a través de su firma editorial, y ni que decir tiene, que la idea –a priori- me pareció estupenda.

Rescribí algunas de las entradas para darles un aspecto “profesional”, entradas reescritas que no aparecen ni aparecerán en este blog, pero que quedan ahí, en mis archivos, y oye... vete tú a saber si algún día hago algo con ellas. Por su parte, el editor me hizo llegar un borrador de contrato bastante aceptable ya que las condiciones eran las normales y esperadas, y en las que se estipulaba una cantidad en concepto de anticipo y un porcentaje en los derechos de autor. Hasta ahí todo bien, a excepción de una pequeña cláusula.

Y es que en esta vida, siempre hay una pequeña cláusula que toca las narices y que supone el inicio de una larga negociación.

El editor me solicitaba –en esa cláusula- que una vez editado el libro, el blog debería desaparecer, finiquitarse... morir. Nos reunimos en torno a un café. Le comenté que esa petición era inaceptable, que yo estaba ofreciendo un contenido gratuito y que me parecía poco coherente hacer pagar por él. Que vale, que quien quisiese el libro tendría que pagarlo, pero que su contenido debía permanecer en el blog ya que en él, además de mis textos, hay un material más valioso aún que consiste en imágenes, fragmentos de programas de televisión, anuncios, músicas, etc, etc, y que son esos contenidos, fundamentalmente y no otros, los que despiertan la nostalgia y nos hacen recordar nuestra infancia llevándonos de nuevo a ella.

Hubo un tiempo que cuando un autor trataba con un editor, lo hacía con alguien a quien le gustaban los libros y sabía de libros. Afortunadamente editores así aún quedan, pero no son pocas las ocasiones en las que un autor, a día de hoy, se reúne con un editor en torno a un café, y el autor se da cuenta de que a ese editor no le gustan los libros y que sólo lee en contadas ocasiones. Se trata de un tipo que tiene un buen montón de masters en económicas en su currículum, un director comercial que ha ido sacando a codazos a los editores de las editoriales, tipos a los que les da igual qué escribes y que en lo único que piensan es en a ver cómo lo venden.

El tipo; al que a partir de ahora dejo de llamar editor y le denomino: director comercial, insistió en la desaparición del blog. Le comenté que el blog no era impedimento alguno para la buena comercialización del libro; al contrario, le expliqué que el blog se trataba de un valioso contenido adicional en el que el lector podía darle sentido audiovisual a los relatos setenteros, pero él, insistía en su desaparición y borrado de la cosa esta cibernético-cósmica-virtual. Le continué argumentándo que cualquier persona que; por ejemplo, quisiese regalar el libro a un amigo, lo que haría sería comprar el libro y no mandarle un enlace al blog por correo electrónico, pero aquel ser... era inflexible.

Nos despedimos hasta más ver, se llevó su borrador de contrato que con mucha probabilidad entregará a otro autor, yo me fui sin mi libro, pero satisfecho; total, si no se hacía ese ya se haría otro; de eso va este negocio. Él pagó el café.

Así que os animo a seguir el blog a través del Facebook porque voy a seguir recordando esos tiempos en los que muchos fuimos niños, porque me ayuda a desconectar y me empuja a seguir escribiendo cuando me encuentro en un bloqueo, y además por la actitud rebelde que debemos adoptar cuando una cuestión que puede ser negociable se convierte en un término inapelable, pero por encima de todo... porque es gratis. Que coño!

Ahí os dejo un pequeño banner, clicarlo, y si tenéis a bien, darle al “Me gusta”.

70's

También podéis seguirlo desde el mismo blog o suscribiéndoos a él para recibir las novedades a través de vuestro correo electrónico (slide lateral derecho).

Gracias ;-)

lunes, 21 de noviembre de 2011

Hacia la Democracia... para honrar a los muertos.

Tenía escrito esto para publicarlo el sábado durante la jornada de reflexión, pero da la casualidad, de que aunque no crea en la jornada de reflexión; la respeto.

Un 15 de junio de 1977 los ciudadanos españoles acudieron felices a las urnas a ejercer su recién reestablecido derecho al voto. Derecho que algunos de ellos; los más viejos de entre todos, no pudieron ejercer durante 41 años desde lo tiempos de aquella Segunda República finiquitada con una cruenta guerra y con la implantación de una larga dictadura franquista que acabó con ella; con la república, con el derecho al voto, y con todos y cuantos derechos pudo. Así que a lo largo de aquella jornada de “la fiesta de la democracia”, los felices y contentos españolitos; viejos que recobraban su derecho al voto y jóvenes que lo ejercían por primera vez, se embarcaron en esa maravillosa y recobrada aventura de votar en unas Elecciones Generales Legislativas para escoger el que sería su propio gobierno.

En esa ocasión decidieron que su opción sería moderada y el partido de la UCD, liderado por Adolfo Suárez, se hizo con la presidencia del gobierno con un notable resultado que no llegó a la mayoría absoluta a falta de un escaño. Como segunda fuerza política se alzó el PSOE a cargo de Felipe González, y ya más alejados en cuanto a número de diputados, pero consolidándose como tercera y cuarta fuerzas políticas, quedaron el PCE de Santiago Carrillo y la formación AP de Manuel Fraga Iribarne, que aún y habiendo sido ministro de información y turismo durante la dictadura franquista, tuvo allí su sitio y la posibilidad de formar, poco más tarde, al actual PP. Cabe destacar que del resultado de esas elecciones de 1977 y con las Cortes resultantes en esos comicios, se redactó la Constitución que se aprobaría posteriormente en el año 1978.

Ya en esas primeras elecciones los españoles acudieron a votar sin conocer las reglas del juego y sin que nadie se las explicase, pero daba igual, lo importante era ejercer un derecho que habían tenido prohibido y que costó las vidas de muchos que murieron en una guerra, más las vidas de otros muchos que murieron asesinados durante las posteriores persecuciones que se llevaron a cabo con el fin de acallar cualquier voz disidente, y en las que el disparo por la espalda, el abandono de cadáveres en las cunetas o el entierro masivo de cuerpos en fosas comunes, se convirtió en algo frecuente.

Por la memoria de esos muertos, por la honra de miles de héroes anónimos votaron aquellos españoles del 1977, sin saber muy bien cómo funcionaba eso de introducir una papeleta electoral en un sobre y depositarlo en una urna, pero lo hicieron porque tenían unas enormes ganas y una irrefrenable ilusión por cambiar las cosas.

En esta última campaña electoral y en las elecciones que se celebraron ayer con el resultado de un PP vencedor por mayoría absoluta, los abstencionistas hemos tenido que oírnos decir más de una vez, que debemos votar aunque sólo sea por honrar la memoria de esos muertos. Imagino que eso de volver a poner a los muertos encima de la mesa y mostrarlos ante los abstencionistas para magullar nuestras conciencias, se debe a que la fecha escogida para la celebración de la jornada electoral; el 20 N, ya era como una especie de declaración de intenciones. El problema es que algunos abstencionistas lo somos con plena conciencia y convicción, y precisamente, en memoria y reconocimiento de esos muertos -entre otras cosas- es por lo que no votamos.

Nuestros muertos, no dieron sus vidas para conseguir lo que tenemos, no murieron para conseguir sólo el voto, sino la voz y el voto, y en esta democracia nuestra en la que se nos da el voto, se nos está negando la voz. En realidad se trata de una estafa, de una pared tras la que se esconde un importante déficit democrático, y en el que a día de hoy, muchos de esos españoles que siguen votando con la honesta intención de honrar y respetar también a esos muertos, siguen desconociendo las reglas del juego. Un juego en el que los propios responsables políticos hacen más bien poco, o nada, para que esas reglas sean bien conocidas por todos; al contrario, lo que les interesa es que las desconozcamos.

Nuestros abuelos, nuestros muertos, creo que no votarían a día de hoy si pudieran hacerlo. No aceptarían un sistema cuya ley electoral está diseñada para favorecer a las mayorías y que elimina a los partidos minoritarios que son los que pueden cuestionar el sistema. Una ley electoral que aumenta de una manera considerable las posibilidades de bipartidismos. Basta con echarle una ojeada a su artículo 163 para ver cómo funciona la asignación de escaños según el sistema D’Hondt y a lo que hace referencia a las diferentes circunscripciones y a las pocas opciones de conseguir participación por parte de partidos minoritarios.

Un sistema basado única y exclusivamente en “las elecciones”, que constituyen la única vía de participación ciudadana, pero que, en realidad, nos impiden participar como ciudadanos en todo a lo que se refiere a cuestiones de gobierno. Elegimos al poder legislativo a través de las elecciones, pero se trata de un poder que se ve severamente afectado por la actual ley electoral a favor de partidos mayoritarios. El resto de poderes, el ejecutivo y judicial son nombrados por el poder legislativo, pero ahí ya no tenemos capacidad alguna para efectuar cambios ni en la Constitución, ni en las leyes orgánicas, ya que nuestros votos no pueden utilizarse para ello, y en caso de hacerlo resulta que no es vinculante, y no existe por parte del gobierno obligación alguna ni de someter a referéndum nuestras propuestas, ni de aprobarlas, ni tan siquiera de discutirlas en el gobierno. Por no hablar de la jefatura de Estado que resulta ser hereditaria.

Nuestros abuelos no lucharon y murieron por una “dictablanda” en la que la connivencia entre gestores políticos nos tiene absolutamente sometidos. Nuestros abuelos lucharon y murieron para conseguir una Soberanía Popular en la que fuésemos ciudadanos con derecho a voto, pero por encima de todo... para que tuviésemos voz.

Y somos adultos, y responsables, así que tampoco se trata de volvernos libertarios ni de abrazar doctrinas anarquistas. De lo que se trata es de que no queremos que nos representen, de que queremos participar porque conocemos las reglas del juego y no estamos dispuestos a jugar ni una sola partida más con las cartas marcadas.

Mi abuelo, no votaría.

jueves, 20 de octubre de 2011

Gran Jefe Comansi

Tú estar equivocado, Melena al Viento. Tú deber saber que dificultad no sólo ser peligro, sino que también ser oportunidad.

Y lo sé, Gran Jefe Comansi, pero... estoy acojonado.

Acojonado? Qué ser acojonado?

Oh! Perdona Gran jefe. Acojonado quiere decir que simplemente... tengo miedo.

Tú buscar en ti a gran guerrero. Tú siempre ser gran guerrero. Por qué estar... acojonado ahora?

Verás. El momento es muy complicado, hay pocas oportunidades, y precisamente ahora ha aparecido una de las más importantes de mi vida. Temo no saber aprovecharla, no ser merecedor de ella... y estropearlo todo.

Tu temor venir por tu atención. Tú no prestar tanta atención y tú no tener temor. Dejar fluir como agua de río.

Dejar fluir, dejar fluir... como si fuese tan sencillo.

Gran Jefe Comansi dio una profunda calada a la pipa, entornó los ojos, bizqueó, y desde allí, desde la cima de la montaña del elefante, contempló el valle, alzó su vista hacia el estrellado cielo y miró la luna. Los veloces destellos de la pequeña hoguera que nos prestaba su calor recorrían su agrietado rostro y dejaban ver, en la oscuridad de la noche, los vivos colores de las pinturas de guerra que cincelaban sus mejillas. La tez del Gran Jefe me recordaba a una piel de búfalo curtida al sol durante lustros. De sus comisuras y de los agujeros de su nariz salía lentamente el humo del peyote, que al mezclarse con el de la hoguera, dibujaba en el cielo curiosas figuras que bien hubiesen podido ser las siluetas de sus ancestros deseando comunicarse con él.

Tú no deber quejarte como si ser niña abandonada. Tú deber recordar que terreno rocoso no necesitar de plegaria, sino de puntiagudo tomahawk.

También lo sé, pero es mucha la presión y no me siento con fuerzas ahora. No estoy en mi mejor momento Gran Jefe, eso es todo.

El aullido de un lobo a lo lejos precedió al ademán con el que el Gran Jefe me ofrecía la pipa sosteniéndola con sus brazos extendidos, las piernas cruzadas y la espalda erguida. La tomé, la acerqué a mi boca y con tímidas aspiraciones la hice humear un poco. Tosí sujetando mi garganta entre mis dedos y se la devolví. El Gran Jefe la depositó con delicadeza sobre unas piedras, colocó las manos sobre sus rodillas y fijó su mirada en mi.

Tener que enfrentar con espíritus que perturbar tu mente, Melena al Viento. Tu miedo ser imaginado. Todos poder vencer a enemigo empleando mucho esfuerzo, pero vencer a enemigo inventado requerir de esfuerzo extra.

Estoy algo perdido Gran Jefe. Qué puedo hacer?

Tener miedo ser virtud del valiente. Sólo el cobarde dejarse dominar por él. Así que si querer ser fuerte como bisonte, tú no comer bisonte, tú comer lo que come él.

... No sé por donde empezar...

Empezar por combatir contra ti mismo, y esa ser la más dura de las guerras, pero la mejor de las victorias.

El Gran Jefe Comansi se puso en pie, alzó los brazos e inició una milenaria danza dando vueltas alrededor de la hoguera y entonando una vieja plegaria.

“No te detengas en mi tumba a llorar no estoy allí.
Soy ahora una de las brisas que soplan.
Soy el brillo del diamante en la nieve.
Soy la luz del sol en el grano maduro y soy la suave lluvia del otoño.
Cuándo te despierte en la mañana una ráfaga de aire.
Soy yo.

Soy yo la gentil brisa que se levanta en círculos con el vuelo reposado de los pájaros.
Soy una de las tenues estrellas que brillan en la noche.
No te detengas en mi tumba a llorar. No estoy allí. No he muerto”.

Créditos Imagen: Gran Jefe de Comansi. Colección particular.

jueves, 6 de octubre de 2011

Mi querida Srta. Pepis.

Mi vecina Maria Dolors era una auténtica genio con eso del Tricomarc. Resultaba alucinante verle tejer aquellos vestiditos, bufandas y ponchos para sus muñecas. Combinaba los colores a la perfección y tan pronto hacía rayas, como cuadros, como delicadas cenefas en los bordes de toda aquella ropita de juguete. Maria Dolors presumía de sus muñecas y de cómo las llevaba vestidas.

Yo me sentaba a su lado sin decir nada, ni palabra. Contemplaba el modo en como se manejaba con el ganchillo, las agujas de tejer y aquellos extraños bastidores de distintos colores y tamaños que habían en el interior de su caja del Tricomarc de la Srta. Pepis.

Toma, prueba —me decía a la vez que me daba el ganchillo y un ovillo de lana.

Yo? Quita, quita! Te has vuelto loca? —le respondía.

Eso de tejer era de niñas, y cualquier amigo mío que me viese haciendo bufanditas para muñecas, no hubiese dudado un solo instante en contarlo por todo el barrio y en convertirme en el marica más grande del mundo mundial.

Así no. La lana por encima del dedo, y ahora... una vuelta —me enseñaba ella que jamás perdió la paciencia conmigo a pesar de que fui muy mal alumno.

Otro día Maria Dolors se presentaba en mi casa para jugar conmigo. Yo le abría la puerta y allí estaba ella, con el uniforme del colegio de las monjas, pintada como un cuadro, con sombra azul sobre los párpados, carmín rojo en los labios y unos coloretes rosados que le daban el aspecto de haberse bebido media botella de tintorro.

Jugamos? —me preguntaba.

Vale. A qué?

Yo no había reparado en que bajo el brazo traía su juego de maquillaje de la Srta. Pepis. Una enorme caja que a mi me daba cierto miedo ya que en ella había una cara en forma de máscara que servía para probar todos los potingues que incluía el set.

Pues a qué va a ser? Nos vamos a tu habitación, y yo te pinto.

A mi? Quita, quita! Te has vuelto loca?

Y así Maria Dolors probaba qué tono de base de maquillaje le iba mejor a mi piel, y resaltaba mis labios con ese rojo carmín que sabía a rayos.

Por qué no pintas esa cara que va en la caja? —le preguntaba.

Esa cara es un timo. La pintura no coge bien. Es imposible pintarla.

Y a tu hermana? Por qué no pintas a tu hermana?

Mi hermana es un chicazo y pasa de esto. No quiere saber nada de maquillajes ni de cosas de esas —y añadía—. Ahora estate quieto que te voy a pintar los ojos.

Alguna vez había ido yo a jugar a casa de Maria Dolors. Nos sentábamos en la alfombra que había en su habitación a los pies de su cama y leíamos tebeos hasta que se cansaba, se levantaba y se ponía a escribir en su mesita.

Se puede saber qué escribes? —le preguntaba.

pues una carta —me respondía.

Una carta? A quién?

A la Srta. Pepis —contestaba ella dejando de escribir por un instante y lanzándome un contrariado ademán con el que me indicaba que la estaba desconcentrando.

Pero... La Srta. Pepis existe?

Pues claro que existe! —respondía Maria Dolors dejando el lápiz en su plumier, obligándome a levantarme de la alfombra y acercándome a su mesita.

Mira. Lo ves? En las cajas de sus juguetes hay estas cartas para que le escribamos y le hagamos consultas.

Oh, vaya! Y qué le escribes?

Maria Dolors se hacía la interesante, apretaba sus labios, ladeaba su cabeza, encogía sus hombros y con cierto aire de suficiencia me respondía:

Nada... cosas de chicas. Toma. Quieres escribirle una carta?

Yo? Quita, quita! Te has vuelto loca?

Recuerdo que un mediodía, al regresar mi padre del trabajo y recoger la correspondencia del buzón de la escalera, subió a casa y me dijo que había una carta para mí. Su cara fue un auténtico poema.

Toma, tienes una carta del consultorio de... la Srta. Pepis.

Acto seguido hizo carraspear su garganta, miró a mi madre con desconcierto y ambos se encerraron en la cocina. Yo abrí mi carta alucinado. Era cierto... la Srta. Pepis... existía!

Querido Sergi;

Es muy normal que tu vecina Maria Dolors no quiera jugar contigo ni con cochecitos, ni con los Madelman, ni a guerras con tus soldaditos de Monta-Plex. Ten en cuenta que es una niña y que sus juegos, así como su modo de ver la vida son distintos a los tuyos.

De todos modos, y a pesar de que te quejas de ese tiempo de juego que compartes con ella, me alegra saber que accedes a tejer con su Tricomarc, a dejarte maquillar con su juego de maquillaje, e incluso a escribirme cartas. Quizá no se trate de los juegos más adecuados para un niño, pero dice mucho de lo buen amigo que eres, y estoy segura de que Maria Dolors, cualquier día de estos, jugará contigo a cosas que te gusten más.

Me he alegrado mucho de recibir tu carta y espero haberte sido útil en tu consulta.

Quedo a tu entera disposición para cuanto desees. Recibe un cordial saludo:

La Srta. Pepis”.

Pasó mucho tiempo hasta que volví a ver a Maria Dolors. La vida tiene estas cosas. Recuerdo que fue una noche en la que yo estaba haciendo cola para entrar a un teatro de Barcelona. Ella paseaba por la calle con un niño en un cochecito y acomapañada de una amiga. Nos miramos, nos reconocimos y rapidamente nos dimos un cálido abrazo. En el breve tiempo que pudimos conversar antes de que yo tuviese que sacar mis entradas en taquilla, me comentó que el niño del cochecito era su sobrino, es decir; el hijo de esa hermana que según ella, era un chicazo. Su acompañante, Carmen se llamaba, era su novia con la que vivía felizmente desde hacía tres años. Recordamos juntos aquellas tardes de juegos en su casa o en la mía. Me confesó que yo fui el primer y único chico con el que jugó a médicos; evidentemente con el maletín de enfermería de la Srta. Pepis y del modo más inocente del mundo. Finalmente nos despedimos para no volver a reencontrarnos jamás. Ya saben... la vida tiene estas cosas.

Me alegró mucho ver a Maria Dolors. Me gustó verla bien, y me dio que pensar en lo afortunados que somos.

Crecimos en una España de libertades reprimidas, de colegios de monjas, de uniformes, de clases de labores del hogar, de juguetes de la Srta. Pepis... pero a pesar de todo, Maria Dolors fue capaz de hacerle frente a la vida tomando sus decisiones del modo más natural.


Créditos Imágenes: 1) Logo de juguetes de la Srta. Pepis. 2 y 3) Tricomarc de la Srta. Pepis. Colección particular.

martes, 4 de octubre de 2011

El boli BIC


Los abrumadoramente baratos bolígrafos de la marca Bic, o más popularmente llamados “boli Bic”, nos convirtieron en unos auténticos ninjas preadolescentes.

De las películas de Bruce Lee, así como de otras de artes marciales en general que se pusieron muy de moda por la década setentera; películas llamadas “de chupilais”, aprendimos que un ninja era un ser entrenado para la guerra y que él sólo se bastaba para sobrevivir ante cualquier adversidad, así como para eliminar a todo tipo de enemigos, siendo capaz de improvisar un arma mortífera con cualquier objeto que cayese en sus manos. Habitualmente los ninjas iban provistos de ciertos elementos letales del estilo de: una katana, estrellas ninja, luchacos, etc. Toda esa parafernalia nos mostraba a esos guerreros ninja como a unos auténticos aficionados a nuestro lado. Un escolar con bata a rayas y zapatos Gorila no necesitaba ninguna de esas armas para convertirse en un verdadero samurai, ya que en aquellas aulas que olían a goma Milan de nata y a Filvit champú, ser poseedor de un boli Bic era como tener todo el poder en nuestras manos.

Qué contar de un boli inventado en Clichy, una pequeña localidad al norte de París por Marcel Bich y por allá el año 1945 recién terminada la Segunda Guerra Mundial. Cómo olvidar sus múltiples utilidades como por ejemplo, la de convertirle en una funcional chuleta tallando delicadamente su cuerpo hexagonal de plástico “que no rueda en la superficie de la mesa” con la aguja de un compás para recordar/copiar aquellos temas duros de aprender. O bien los recreos en los que nuestro boli Bic era transformado en una cerbatana con la que lanzábamos pelotitas de papel mojado con saliva o granos de arroz. Para ello bastaba con sacar la mina, ambos capuchones y el simple boli pasaba a ser una potente arma de asalto. También fue el mejor elemento antiestrés cuando, en los exámenes, lo devorábamos propinándole pequeños bocados y lo esculpíamos compulsivamente con nuestros dientes.

Ya en la adolescencia, utilizábamos el boli Bic para rebobinar las cintas sin necesidad de gastar las pilas de nuestros magnetófonos, e incluso pudimos leer a través de algún medio que algunos servicios de espionaje lo habían utilizado para colocar en su capuchón un negativo y fotografiar documentos secretos de esos que son capaces de poner en jaque al gobierno de un país. O que incluso, algún médico lo lleva en el bolsillo de su bata blanca para practicar traqueotomías de urgencia.

Una joya que... Ah! Se me olvidaba!... Servía también para escribir.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Del pantalón corto, a los Blue Jeans

No era necesario tener incrustado un tripi en el hipotálamo de forma perenne -como en el caso de Ágata Ruiz de la Prada-, para pasarse el día flipando un mundo en colores de gigantescos rombos, corazones o floripondios. No pedíamos tanto. Bastaba con un poco de caridad cristiana de esa que tanto nos enseñaban con aquello del Domund. Bastaba con tener una pizca de compasión por aquellos niños y niñas de los 60’s y de principios de los 70’s a quienes la moda infantil... nos marcó de por vida.

Tampoco pedíamos un derroche de creatividad. Creo, que con un poco de sentido común hubiésemos tenido de sobras. Porque, vamos a ver; por más frío que hiciese en los inviernos de aquellos años en blanco y negro, no era de recibo enfundar a un niño en un verdugo de lana del que únicamente nos asomaban, y a duras penas, los ojos, la nariz y cuatro pelos del flequillo. Los pobres niños que llevaban gafas parecían buzos en descompresión con los cristales entelados por culpa de su propia respiración, y lo que no iban a hacer los pobres, encima... era dejar de respirar, así que iban dándose topetazos contra los semáforos y las farolas que encontraban camino de la escuela. Los colores de los verdugos se limitaban al marrón oscuro, negro o azul marino, que ni tan sólo eran atractivos ni vistosos, así que parecíamos pequeños terroristas cargados con dinamita en nuestra cartera escolar.

Estaban también los jerséis de cuello de cisne, en los mismos colores que los verdugos, pero además en: blanco, rojo, granate y en un horripilante azul cielo. Generalmente, y por aquella manía materna de que “teníamos frío”, los jerséis de cuello de cisne nos los ponían debajo de un suéter de lana estampado en rombos y con el cuello de pico. Lo peor de todo, era que esos suéters nos los tejían las abuelas en esas largas tardes de seriales radiofónicos, y claro... Quién le decía a la yaya que no nos gustaba ese suéter y que no nos lo íbamos a poner? Las yayas todo lo hacían con amor aunque, a veces, se tratase de cosas verdaderamente horribles.

Para ganarle la batalla al frío nuestras madres nos hacían llevar, además, una trenca de tres cuartos (a veces con capucha incluida), y cuyos botones eran una especie de pequeños cuernos de madera. Jamás entendí el por qué de que los botones tuviesen forma de cuerno, pero era así. En aquellos tiempos todo era “así”... bastante inexplicable. Tanto, que no contentas aún con nuestra indumentaria, nos enrollaban una bufanda al cuello y nos encasquetaban unos guantes. El frío lo tenía difícil, a no ser, claro está... por un pequeño detalle:

Consistía en una especie de ley no escrita en la que era, casi obligado, que los niños llevásemos pantalón corto. Madres y abuelas estaban convencidas de que nosotros no sentíamos frío en las piernas, de modo que esa parte de nuestra anatomía, a pesar de las previsiones tomadas con el resto de nuestro cuerpo, quedaba ahí, al aire, sometida a la intemperie y a las inclemencias del tiempo. Curiosamente, en verano, cuando nos llevaban al campo, nos ponían pantalones largos de pana marrón para que no nos pinchásemos con las ortigas, pero en los días de cada día, incluso en invierno, el pantalón corto era de necesidad vital.

Qué te pasa cielo? preguntaban las madres cuando nos llevaban al colegio.

Que tengo frío respondíamos.

Frío?! Pero si llevas el verdugo, la bufanda el cuello de cisne, el suéter y la trenca!!! se extrañaban ellas sin entender que al tener frío en las piernas, lo sentíamos en todo nuestro cuerpo.

Ya, lo sé, mamá, pero... tengo frío insistíamos nosotros.


Pues hala hijo!... no se hable más –y con un gesto maternal... nos colocaban la capucha de la trenca por encima del verdugo de lana.

Los modelos de pantalón corto tampoco eran propios de ninguna “Fashion Week”. Se limitaban a un modelo que era muy, muy corto, liso o con cuadritos, o a otro modelo ligeramente más largo (por encima de las rodillas), de una especie de tergal y que generalmente no tenía ningún tipo de estampado. Se había llegado a ver a niños con el suéter de cuello de pico estampado en rombos y con los pantaloncitos muy cortos con el estampado de cuadros, que más que ir al cole, parecía que tenían audición para presentarse a un casting en el Circo Ringling.

Pero lo mío con los pantalones cortos ya era para alucinar. Les contaré que de pequeño tuve el complejo de tener las piernas extremamente delgadas. Detestaba mostrar unas piernas que eran poco más que unas escuálidas canillas con unas rodillas que sobresalían y que parecía que querían llegar a los sitios antes que yo. “Rodillas de guerrero” les llamaba, por esa similitud que guardaban con el complemento metálico y puntiagudo que los caballeros medievales llevaban en sus armaduras para proteger sus rótulas de los ataques enemigos. Pues pese a eso, aún y con mis canillas escuálidas y mis rodillas de guerrero, tenía que llevar pantalón corto y andar por ahí ofendiendo las sensibilidades de todos cuantos me mirasen las piernas.

Se decía (cosas de madres y abuelas) que había que llevar pantalón corto hasta una vez hecha la primera comunión. Yo creo que todo fue un invento de la iglesia para que, aún que sólo fuese por eso, deseásemos hacerla. Y vaya que si lo deseábamos! A quién no le gustaba recibir una hostia? Pero por encima de todo, y más que por quitarnos de encima el pecado original, o recibir en nuestro ser al cuerpo de Cristo, deseábamos hacer la primera comunión para, por fin! De una vez por todas, librarnos para siempre de nuestro pantalón corto.

También había quien mantenía a sus hijos en pantalón corto hasta terminada la E.G.B y a punto de comenzar el bachillerato. Eso era con los 14 años cumplidos, así que la humillación de esos pobres críos debería de ser para echarse a llorar. Quizá mis padres me hubiesen hecho llevar pantalón corto hasta ese punto, pero afortunadamente, salí rebelde y juré sobre mi libro de catecismo escolar, que después de la comunión, el pantalón corto sería historia.

Así que la primera comunión se convertía para muchos en una auténtica “puesta de largo”. No fue mi caso. Algunos hacían la comunión vestidos de marinero y llevaban su flamante pantalón largo en color blanco. Otros, la hicimos con el uniforme de la escuela que consistía en: camisa, corbata, americana con el escudo del colegio cosido en la pechera, y ... pantalón corto.

Mis rodillas de guerrero y yo nos acercamos al altar (ellas llegaron antes que yo) para recibir la sagrada forma. El cura me santiguó con ella y la introdujo en mi boca (la sagrada forma... se entiende), me fui otra vez hacia el banco de la iglesia en ordenada fila con mis compañeros, y todos nos sentamos a rezar y a esperar que la hostia bendita se diluyese en nuestra boca. Se suponía que el día de la primera comunión era un día emocionante, y a decir verdad; para mi lo fue, ya que en casa me estaban esperando unos maravillosos Blue Jeans que serían estrenados al día siguiente sin más demora.

La primera sensación con mis pantalones vaqueros puestos no fue muy buena. Los tejanos no me quedaban como a James Dean o al detective Starski de la serie de TV, o como a los “Jets” o los “Sharks” de la película West Side Story. No se ceñían a mi piel ni marcaban mis formas, al contrario; me quedaban un poco como los que se llevan de moda ahora, sólo que en esa época... no estaba de moda llevar los pantalones al estilo “cagao” y con las perneras anchas. Vamos, que en mis tejanos cabíamos un amigo mío y yo, y ese no era el plan.

Qué se podía esperar de un niño con vaqueros, pero con canillas escuálidas y rodillas de guerrero?.

Un día descubrí que mis pantalones tejanos me quedaban bien los jueves. Resulta que en la escuela a la que yo iba por esas fechas, los jueves era el día que a primera hora de la mañana hacíamos gimnasia. Con el fin de que no nos demorásemos mucho en el vestuario y de que la clase se iniciase lo antes posible, nos obligaban a salir de casa con el chándal puesto, pero para que tampoco se nos viese paseándonos con ropa de deporte por la calle (no estaba demasiado bien visto entonces), había que camuflarlo debajo de la ropa de calle. Es decir; que en verano era un auténtico morirse de calor por eso de llevar el pantalón del chándal debajo del vaquero y la chaqueta puesta. Pero en invierno... el verdugo, la camiseta de deporte, la chaqueta del chándal, la trenca, la bufanda, el pantalón del chándal, el vaquero la bufanda y los guantes. A veces pienso que si los niños de esa generación aguantamos eso, estamos preparados para aguantarlo todo.

A pesar de lo engorroso de la situación, los jueves me quedaban los vaqueros que ni pintados. El “relleno” del chándal por debajo suplía la falta de carnes y me convertía en un auténtico chico Blue Jeans. Pocos días pasaron hasta recibir una bronca monumental por parte de mi madre, que al buscar el pantalón de mi chándal para ponerlo a lavar, y no dar con él, ni en lunes, ni martes, ni miércoles... finalmente descubrió el pastel.

Con chándal y sin él, llevé esos vaqueros hasta que se cayeron a pedazos, e incluso cuando se empezaron a agujerear de la parte de las rodillas por jugar a las canicas o al churro, mi abuela me cosió unas rodilleras de escai que tapaban el agujero y dejaban los pantalones como nuevos. Así que aún y hechos polvo, los seguí llevando. Cualquier cosa antes que protestar por esos vaqueros que no me gustaban, y menos aún después de la guerra que había dado para que me los comprasen.

Afortunadamente llegó la adolescencia. Mamá y la yaya se dieron cuenta de lo resistentes y sufridos que eran unos pantalones como esos, hasta el punto de que ya toda la familia llevábamos vaqueros como si se tratase de la cosa más normal. El problema era que durante la adolescencia, los cambios a los que se vio sometido mi cuerpo fueron alarmantes. Una mañana me despertaba y tenía los brazos más largos de lo normal. Otra mañana la nariz se había convertido en una patata llena de granos. Las piernas crecían de una manera anárquica sin pedir permiso ni guardar relación o proporción alguna con el resto del cuerpo, y así... no había quien se pudiese comprar unos vaqueros decentes, o cuanto menos, quien fuese capaz de mantenerse quieto dentro de ellos. La yaya estaba harta de subir dobladillos para tener que volver a bajarlos a los pocos días. Esas piernas que ya no eran tan delgadas y esas rodillas que ya no eran de guerrero, empezaban a sentirse apretadas dentro del pantalón, y eso molaba. Vaya que si molaba! Lo más de lo más era comprar unos vaqueros que ya de nuevos, pareciese que nos venían pequeños. Cuando tenía que aguantar la respiración y meter barriga para poder abrocharlos y salía del probador como envuelto en un mar de sudor, significaba, invariablemente, que esos vaqueros eran los buenos y los que había que comprar.


Pero hijo... te van muy prietos. Quieres decir? preguntaba mamá que esperaba pacientemente fuera del probador a que me probase un par de docenas de marcas y modelos distintos.

Si mama. Quiero estos! respondía con seguridad.

Pues hala hijo!... no se hable más. Ya eres mayor así que haz lo que quieras.

Y sí! Ya era mayor. Rondaban los años 1978, 1979, y con 14 y 15 años, estaba llevando mi transición personal de la adolescencia a la juventud, de un modo paralelo a la transición que estaba llevando el país de la dictadura a la democracia. Todo empezaba a dejar de ser en blanco y negro y daba paso al color, al azul de los Blue jeans y a los anuncios de pantalones tejanos que se podían ver por televisión y que empezaban a mostrarnos a chicas con ropa ceñida en un mundo diferente y absolutamente nuevo. Un mundo en color... aunque costase respirar dentro de los vaqueros.


Créditos imágenes: 1) Ilustración de Sergi Càmara. 2, 3, 4) Fotografías de infancia del Kioskero del Antifaz. 5) Cartel publicitario de pantalones tejanos Lois años 70's.

Vídeos: 1) Anuncio de tejanos Lois, modelo juvenil. Año 1967. 2) Selección de anuncios de vaqueros setenteros: Levis (Principios años 70's), Jeans Cimarrón (1978), Grin's (1978), Lois (1979), Marlboro Jeans (1979).

martes, 20 de septiembre de 2011

Los Chiripitiflauticos

Buenos días, su señoría.

Mantantirulirulan.

Así era como el personaje de Valentina saludaba a todos cuantos encontraba en el programa estrella de las tardes infantiles: Los Chiripitiflauticos (1966-1973).

Hubieron otros antes; se me ocurre, por ejemplo, el de Herta Frankel y su perrita Marilin, en los programas: “Fiesta del lunes” (1963-1964), o “Día de fiesta” (1966). Personalmente no los recuerdo; sí a Herta y a sus marionetas ya que posteriormente apareció también en el programa “La Cometa Blanca”, pero no a los programas anteriores debido a que era muy pequeño, y aún no tenía tele en casa.

Así que para mí, el primer gran programa infantil que se coló en el salón de mi casa a través de mi televisor, fue el de Los Chiripitiflauticos, y con él, todos los personajes que lo integraban, con sus aventuras y sus canciones.

En un principio Los Chiripitiflauticos no era más que un espacio dentro del programa Antena Infantil y cuya presentadora fue la inolvidable María Luisa Seco, pero la repercusión que los personajes tuvieron entre los niños, fue tan grande que no tardaron en tener su espacio propio. De modo que Valentina (Maria del Carmen Goñi), Locomotoro (Paquito Cano), El Capitan Tan (Félix Casas), El Tío Aquiles (Miguel Armario) y Los Hermanos Malasombra (Luis González Páramo, Carlos Meneghini), pasaron, en 1970, a convertirse en los protagonistas absolutos de la programación infantil de las tardes, y que mientras permanecíamos sentados en la alfombra de casa y con nuestro pan con chocolate, nos acompañaron durante cuatro años más, llenando - sobretodo para los que nacimos en 1964- toda nuestra etapa infantil.

Era una España en la que aún no habían televisores en las casas de muchas familias. Es necesario recordar que una tele costaba unas 25.000 pesetas (unos 300 Euros) y que el salario mínimo era de 120 pesetas (vamos... que no llegaba ni a un Euro). De manera que para ver aquellos primeros episodios de Los Chiripitiflauticos que empezaron a emitirse en 1966, había que ser un poco niño de papá, o tener un tío que fabricase aparatos de radio, transistores y televisores; y esa suerte fue la que tuve yo, e imagino que esa primera tele que entró en mi casa en ese año1966, le saldría a mi padre por un precio más bien simbólico.

Los Chiripitiflauticos eran unos personajes que viajaban en el tiempo y el espacio, que tan pronto se encontraban en el Oeste como en países exóticos desde donde nos hacían vivir sus apasionantes aventuras, nos cantaban canciones que llegamos a aprendernos de memoria, y nos transmitían optimismo y esperanza a la vez que, todo el programa en general, estimulaba nuestra imaginación. Que me da a mí que si a día de hoy repitiesen los guiones, tramas y canciones de Los Chiripitiflauticos, no solo sería un programa de una vigencia absoluta, sino que tampoco me extrañaría nada que los nuevos protagonistas, repitiesen la enorme popularidad de la que gozaron por aquel entonces los actores y actrices que interpretaron a los originales. Que conste que no estoy dando ideas, que por otra parte, cada vez que me hacen algún “Remake” de alguno de mis mitos infantiles... me lo suelen destrozar. Así que mejor lo dejamos como está aunque nuestro hijos se pierdan un gran programa infantil. Ahí estamos los padres para recuperar, en la medida de lo posible, retazos de nuestra memoria (con la inestimable colaboración de Internet y Youtube... claro está).

Por otra parte, creo que sería difícil recuperar el material de Los Chiripitiflauticos, ya que corre la leyenda urbana de que una antigua directora de Televisión Española, se encargó de destruir todas las copias de los archivos. El motivo de tal arrebato de enajenación mental es una absoluta incógnita, así como también lo es el saber si el rumor es verdadero o falso, pero lo cierto es que no es fácil encontrar material del que fue el programa estrella de los niños setenteros.

Otra mala noticia fue la de aquella tarde en la que, como todas las demás tardes, tomábamos al asalto la alfombra del salón con nuestro chusco de pan y las cuatro tabletas de chocolate “La Campana de Elgorriaga”. Cruzábamos nuestras piernas para encontrar la mejor pose hasta que, absortos ante la pantalla de la tele, se nos pasaba por alto la posibilidad de que se nos pudiesen quedar dormidas, y para cuando queríamos reaccionar, ya era demasiado tarde. Esa sensación de que miles de agujas se clavasen en nuestros muslos y pantorrillas, es algo que, personalmente, siempre he asociado también con Los Chiripitiflauticos. El caso es que esa tarde... Locomotoro, uno de los personajes preferidos por todos, ya no estaba entre el elenco estelar. En su lugar estaban: un payaso llamado Poquito, el dueño de un circo llamado Don Mandolio, así como Filetto Capónico (un tipo vestido de romano) acompañado de un león de peluche al que llamaba Leocadio Augustus Tremebundus, y para llenar el espacio que dejó Locomotoro, y por si semejante grupo de nuevos personajes, no fuese ya suficiente, se unía a todos ellos un niño negro al que llamaban Barullo.

La muerte de Chanquete de Verano Azul fue, años más tarde, una auténtica caricatura si la comparamos con la tragedia que supuso la desaparición de Locomotoro. Vale que yo, era quizá más del Capitán Tan, pero aún y así, Locomotoro era imprescindible, y no fuimos pocos los que tardamos en acostumbrarnos a los nuevos personajes y a que empezasen a caernos medio bien.

Días más tarde, y ante el revuelo que se formó ante la inminente desaparición de Locomotoro, se filtró la noticia (presuntamente desde Televisión Española), de que Paquito Cano, el actor que daba vida a nuestro héroe al que se “le movían los mofletes” cuando reía, había muerto en accidente de tráfico a bordo de su SEAT 850. La conmoción fue brutal. Los niños que veíamos ese primer programa infantil y que sentíamos (literalmente) la presencia de esos personajes formando parte del salón de nuestras casas como unos integrantes más de nuestras familias, lloramos la muerte de Locomotoro como si se hubiese tratado de la de un tío o algo así. Bien hubiesen hecho los de televisión española engañándonos. Contándonos; por ejemplo, que Locomotoro había sido enviado a un viaje por el espacio sideral y que las recién estrenadas antenas de nuestros primitivos televisores no captaban la señal. Que tardarían unos meses en establecer contacto con él, pero que para cuando lo hiciesen, nuestro personaje nos contaría sus aventuras con los marcianos. Qué sé yo! Una mentira piadosa en lugar de esa cruda y aparente realidad.

El caso es que con el tiempo, descubrimos que efectivamente, Televisión Española nos había engañado, pero que lejos de lo que hubiese sido una mentira piadosa, nos contaron una bola cruel y espeluznante. Al parecer el actor no era muy amante de la fama y de la popularidad extrema, así que decidió abandonar el programa para dedicarse al negocio inmobiliario. Hoy en día, cuando un actor de serie de televisión se cansa de su personaje, o le hacen una oferta para un trabajo que considera mejor, rescinde su contrato con la productora de turno y los guionistas se ponen manos a la obra para “eliminar” a ese personaje de un modo más o menos épico, pero sin necesidad de contarle al espectador que el actor “fulano de tal” ha muerto. Y menos a unos televidentes críos!!! La televisión de Franco, después de todo, era eso... de Franco, y al igual que en la vida real, todo lo solucionaban cargándose a alguien.

Afortunadamente, a Locomotoro se le vio posteriormente en programas como: “Hablando se entiende la gente” (1991), “Qué pasó con...” (1994), o en “Cine de barrio” (1999). Eran la prueba evidente de que Locomotoro seguía vivo y entre nosotros, pero... el daño irreversible a los niños de toda una generación... ya estaba hecho. Así hemos salido de descreídos.

Otra historia, pero esta vez de verdad de la buena, es la del personaje de Valentina. La actriz Maria del Carmen Goñi trabajaba en la radio como actriz de reparto. En aquellos tiempos las novelas eran radiadas y madres y abuelas, mientras hacían ganchillo, planchaban pantalones o lavaban platos, pasaban las tardes pegadas al aparato escuchando los folletines radiofónicos. Pues bien, Valentina era una de esas actrices de la radio a la que un día descubrió Oscar Benegas, creador, guionista y director de Los Chiripitiflauticos. Le propuso a la actriz trabajar en un programa de televisión, y ella, tan resuelta como el personaje que encarnaba en el programa, no se lo pensó dos veces y allá que te vas. De camino a su primera grabación y en dirección a los Estudios del Paseo de la Habana, pasó por delante de un tenderete de mercadillo en la Casa de Campo en el que vendían gafas de sol. Imagino que algo de ansiedad se apoderó de ella y pensó que plantarse delante de una cámara no era lo mismo que hacerlo delante de un micrófono. Decidió comprar una de esas gafas, quitarle los cristales oscuros, pintar unos rombos rojos con esmalte de uñas en la enorme montura blanca, y ya de paso, pedirle permiso al director, Oscar Benegas, para interpretar a su personaje con esas gafas puestas, y así, sentirse más protegida. El director aceptó, y por casualidad y sin querer la cosa, Maria del Carmen Goñi, dotó a su personaje de la muestra más representativa de su personalidad, esas enormes gafas que le daban el aire necesario al personaje que interpretaba: una joven resuelta, pero algo repelente, lo que vendría a ser un equivalente a Lisa Simpson de “Los Simpson”, pero en setentero. Que por cierto... “de tal palo, tal astilla”, como dato les dejo que la actriz que dobla a Lisa Simpson en su versión española, es la hija de Maria del Carmen Goñi. Coincidencia de carácter de personajes y casualidades de la vida.

El resto de los personajes de la serie han seguido con sus vidas y con bastante éxito personal la mayoría de ellos, aunque no de una forma pública, pero por ejemplo: El Capitán Tan, tras la finalización del programa, trabajó como director del departamento de duplicación de un estudio de doblaje propiedad de Maria del Carmen Goñi y de su marido. Permanecieron trabajando juntos allí hasta que se jubilaron, y hoy en día siguen manteniendo contacto. El Tío Aquiles siguió en su carrera de actor interpretando a numerosos secundarios hasta el año 1975 en el que falleció su esposa, la también actriz Rosa Sabatini. El payaso Poquito (Nicolás Romero) es productor ejecutivo y guionista de numerosas series de televisión. Luis González Páramo, uno de los Hermanos Malasombra, se ha dedicado de lleno a la interpretación y dirección de doblaje, y en la actualidad, es un auténtico y activo participante de internet y de las redes sociales.

Así, entre mentiras y verdades, entre tragedias y alegrías, Los Chiripitiflauticos iban llenando nuestras tardes de merienda, nuestras vidas, y aportándonos momentos, que aunque lejanos y borrosos en nuestra memoria, son verdaderamente inolvidables e incluso me atrevería a decir que inigualables.

En el año 1974, en plena grabación de una de las aventuras de Los Chiripitiflauticos, alguien de la dirección de Televisión Española comunicó a los actores y al resto del equipo, que ese era el último programa. Que se cerraba el telón, y que en pleno éxito, en la cumbre de la cumbre del mundo mundial, Los Chiripitiflauticos tenían que desaparecer para dar paso a Los Payasos de la Tele.

Vale... también me gustaron Gabi, Fofó, Miliki y Milikito, pero que quieren que les diga, aunque yo aún seguía siendo un niño, después de lo que supusieron para mí Los Chiripitiflauticos... no estaba yo para circos.

Debo confesarles que la elaboración de esta entrada ha sido una de las que más me ha movido por dentro. Buscando la documentación necesaria para su creación he descubierto tantas cosas, que ha sido imposible evitar ataques de nostalgia y de cierta visión borrosa provocada por enrojecimiento de ojos. Dirán que son mariconadas mías, no les digo que no. Todos los recuerdos evocan emociones, ya bien sean visuales, aromáticos, táctiles, gustativos... y en esta búsqueda de material para Los Chiripitiflauticos, me he topado con todos ellos, pero lo que por encima de todo me ha supuesto un reencuentro brutal con mi infancia, han sido los recuerdos auditivos tras encontrar viejas canciones interpretadas por algunos de los personajes y que seguidamente les enlazo. Ya de paso. Les ruego que si disponen de alguna canción más (llegaron a grabar muchísimas), las enlacen en los comentarios y podamos reconstruir más aún, nuestro recuerdo.






jueves, 15 de septiembre de 2011

Libritos de la colección MINI-INFANCIA


Imagino que muchos recordarán la serie de pequeños, pero densos libritos, que lanzó Editorial Bruguera a finales de los 60’s. El título genérico era: “Colección Mini-Infancia” y en ella se dieron cita numerosos personajes de las series de dibujos animados de la tele, así como de demás cuentos clásicos, dispuestos a alegrarnos el día y a poner sus aventuras en nuestras manos de un modo original, pero sencillo a la vez.

Sencillo porque se trataba de pequeños libros, que aunque albergaban más de 250 páginas, abultaban poco y cabían en un formato reducido de apenas 7x5 centímetros; vamos, a la medida de la palma de la mano. Original porque además del contenido típico y que era lógico esperar de un libro infantil: texto e ilustraciones, contenía también una divertida animación del personaje que los pequeños lectores podíamos ver pasando rápidamente las páginas y fijando nuestra atención en la parte superior derecha del libro.

Curioso que a día de hoy, los editores anden locos buscando productos multimedia, interactivos, digitales, etc, etc... cuando resulta, que ya por aquellos años 60’s, la tecnología “digital” nos estaba ofreciendo un producto “multimedia”. “Digital” porque para pasar las páginas del libro a gran velocidad y poder ver la animación, era necesario asir fuertemente el lomo del librito con la mano izquierda y contemplar como las páginas iban deslizándose ante nuestros ojos, utilizando para ello la tecnología que nos proporcionaba la yema del dedo gordo de nuestra mano derecha. “Multimedia” porque en ese pequeño libro de dimensiones reducidas, tenía cabida información escrita, gráfica y animada; algo que parece imposible realizar a día de hoy, a menos que un editor aguerrido no lleve a cabo una gran inversión para que la obra de sus autores pueda ser compatible con el formato impreso así como con el IPad, IPhone, IPod Touch y demás cachivaches tecnológicos que, en realidad, para lo único que han servido, es para que creadores y productores de contenidos se hayan olvidado de esa máxima fundamental en el mundo de los creativos que dice que: “menos es más”.

Una mente lúcida, y para nada sometida a las frenéticas presiones de un mercado cambiante y en constante evolución, pudo pensar (hace poco más de 40 años) en la idea de añadir dibujitos animados en los cuentos, pero... Cómo? Era una época en la que no existían los CD Room, ni Internet, ni tan siquiera el video. Lo único que había por entonces eran las cintas de casete y los discos de vinilo, pero estos únicamente grababan y reproducían sonido. Imagino que a algún iluminado que tenga su mente apostando día a día por la tecnología, esa precariedad de entonces le hubiese hecho desistir del intento de ofrecer un producto en forma de libro, pero que fuese un poco más allá del libro propiamente dicho. No obstante, quizá debido a esa precariedad de la época, a nuestro personaje de mente lúcida se le ocurrió, que la única forma de incluir contenido “vivo” y en movimiento, en un libro, era haciéndolo en las propias páginas del libro, y así, adquiriendo las correspondientes licencias de edición a los respectivos dueños de los personajes que aparecieron en la colección, creó unos libritos con unos textos estupendamente bien redactados, con unas ilustraciones muy bien ejecutadas y con esa pequeña novedad que consistía en una animación puramente accesoria, pero que le daba al libro un valiosísimo contenido adicional en el que podíamos ver a algunos de los personajes de los cuentos en movimiento, vivos ante nuestros ojos gracias a una mínima habilidad en nuestras manos a la hora de pasar las páginas de aquel “Ipad” de papel impreso.

No sé si la colección Mini-Infancia de Bruguera hubiese gozado del éxito que tuvo sin ese pequeño contenido adicional de las animaciones, pero lo que está claro es que a día de hoy, cuando recuerdo esa colección entre amigos que compartimos generación y que los tuvimos de pequeños, todos decimos eso de: “Si! Es verdad! Los libritos que tenían dibujos animados!”. Imagino que ese pequeño “Gadget” tuvo su impacto, y de ahí que persistan esos libros en nuestra memoria y que nos traigan tantos recuerdos.

Bruguera lanzó el primer título en marzo de 1968. El primer personaje en incorporarse a una larga lista de “famosos” fue el popular Bugs Bunny, con un libro titulado “Las travesuras de Bugs Bunny” y que perteneció a la serie nº1 de la colección. Cada serie contenía cuatro títulos distintos, y la colección, a lo largo de sus años de vida (1968 – 1973 en su primera edición), nos ofreció 48 series con un total de 192 libritos que se podían comprar de forma individual al precio de 7,50 pesetas unidad, o a 30 pesetas la serie.

Otros personajes que “se movieron” y nos contaron sus aventuras a través de los libritos de Mini-Infancia, al margen de los personajes de las historietas de Editorial Bruguera, fueron: Tom y Jerry, Piolin y Silvestre, el Pájaro Loco, Speedy Gonzalez, el Gallo Claudio, el Coyote y el Correcaminos, Porky, etc, etc. En definitiva, la gran mayoría de personajes de series de animación de Hanna Barbera, Disney, Warner y demás fábricas de sueños que nos mantenían pegados ante las pantallas de nuestros televisores y sin encontrar nunca la hora de ponernos a hacer las tareas escolares.

Cabe decir que previo a este exitoso producto, Bruguera realizo una edición anterior (sobre 1966). En esa ocasión la idea y los títulos eran los mismos, solo que el formato era algo mayor y quizá por eso tuvo una menor aceptación. El título genérico para esa primera tentativa fue “Tele Infancia”.

Así que ya saben; cuando lean su próximo libro ilustrado a través de su soporte digital pertinente, y alucinen con la maravilla tecnológica que supone eso de poder estar leyendo un libro y contemplar alguna de sus ilustraciones en movimiento, no olviden que ya en los 60’s, esa virguería fue posible y a unos 4’5 céntimos de Euro la unidad.

Mini-Infancia (Bruguera)

Créditos imágenes: 1) Portada del libro número 1 de la colección Mini-Infancia, titulado "Las Travesuras de Bugs Bunny" (1968). Colección particular. 2, 3, 4)Libros de mi colección particular. 5) Fragmento de la animación del libro titulado "Los Problemas de Pedro" (1970) correspondiente al número 87 de la colección.