jueves, 9 de julio de 2009

Ojo al dardo

Al Eloy le faltaba un ojo, el derecho. Su ojo marrón había sido sustituido por uno de cristal que si mantenía quieta la mirada apenas se distinguía del bueno, del de verdad. Lo que sucedía es que cuando miraba aquí o allá, el ojo de cristal perdía ligeramente el rumbo y evidenciaba que tenía algo raro o que se encontraba allí, un poco... como de visita, pero que en ningún caso esa cuenca era, ni de coña, su espacio natural.

Eloy perdió ese ojo a los trece años en una pelea con los chicos del barrio chino. Cuentan las vecinas que desde un balcón alguien le arreó una perdigonada con una carabina de aire comprimido, le estalló el globo ocular dentro de la cabeza, y adiós ojo.

A todas luces eso de que te falte un ojo no hace ninguna gracia, pero... no sé porque extraña razón todos envidiábamos a Eloy. Era evidente que poder presumir de haber perdido un ojo en una batalla con los chicos del barrio chino, es algo de lo que se puede andar fanfarroneando toda una vida, y Eloy hacía un más que inmejorable uso de “su tara” y de su historia para lograr así el respeto de todos los que le conocían.

Eloy ligaba como pocos. A veces, nos encontrábamos un pequeño grupito de amigos sentados en el escalón de una portería y comiendo golosinas del kiosco del Sr. Sánchez cuando se nos cruzaban algunas de esas chicas del barrio. Las muy condenadas crecían como las malas hierbas, cuatro días antes habían estado jugando con nosotros a canicas, pero te levantabas una mañana y zas!, se habían convertido en hembras de las de verdad. Les habían crecido unas impresionantes tetas y sus culos nos desafiaban con un insultante vaivén en el que claramente nos decían “Aún no chicos... aún os quedan mocos por limpiar antes de magrear uno como este”. Esos culos se alejaban de nosotros mientras permanecíamos allí sentados, sin perderlos de vista hasta que desaparecían en el horizonte o doblaban alguna esquina. Allí estábamos inmóviles y salivando, o por el dulce de las chuches o por los libidinosos pensamientos que acelerados recorrían nuestras mentes. Siempre nos hacíamos comentarios uno a otro.

—Eh!... Has visto a la Mercé? Está como un queso.
—Joder que si la he visto... no podía dejar de mirar.
—Yo me “la hacía” sin pensármelo dos veces.

Y siempre, invariablemente siempre... se rompía el encanto.

—Tarde... creo que es novia del Eloy. Mi hermano les vio metiéndose la lengua hasta la traquea.
—También? Todas son novias del Eloy! Eso de tener una tara mola...
—Estás seguro? “Jimmy el dos pistolas” no se come una rosca.

Y todos nos echábamos a reír. “Jimmy el dos pistolas” era un tipo de mediana edad, se llamaba Jaume y había sido trabajador en la Philips, pero no sabemos en que mierda de máquina perdió los dos brazos, justo por encima de los codos. Cuentan las vecinas que había hecho más horas extraordinarias de las que un cuerpo podía soportar, finalmente se quedó dormido mientras manipulaba la máquina, una manga de su mono de trabajo se enganchó en un engranaje y para cuando sus compañeros pudieron reaccionar, unos amasijos de carne colgaban de sus hombros, y adiós brazos.

Nuestra única tara por aquel entonces era nuestra edad; unos malditos once años que no servían absolutamente para nada. Demasiado críos para andar pensando en culos, demasiado mayores para comer golosinas, y por encima de todo, demasiado estúpidos para dejar de hacer ninguna de ambas cosas. Echábamos mano a nuestros bolsillos a ver qué podíamos comprar más, ya que a falta de un buen par de tetas, las gominolas del Sr. Sánchez estaban para chuparse los dedos, así que tomamos de nuevo el kiosco al asalto para llenarnos el estómago de porquería y luego... a pelear con las madres por dejarnos las insulsas lentejas de la cena.

—Hostias! Qué es eso? —todos teníamos nuestros ojos puestos en las golosinas, pero el Boliche tenía ojos para todo.
—Son dardos —dijo el Sr. Sánchez —. Me los han traído esta mañana.

Y allí estaban, unos dardos de plástico, la cosa más simple del mundo compuesta de un cuerpo, un cabezal y en su interior un clavo de ferretería, pero nos parecieron magníficos.

—Y para qué sirven Sr. Sánchez? —preguntó Alberto.
—Pues para lo que sirven los dardos. Puedes clavarlos en una diana, en una puerta... —El Sr. Sánchez siempre tenía respuestas.
—Y qué valen? —pregunté.
—Un dardo tres pesetas, dos un duro.

Inmediatamente hicimos cuentas y podíamos comprarnos uno para cada uno y aún sobraba algo para gominolas.

Nuestras tardes con los dardos kiosqueros fueron divertidas, al principio buscábamos alguna tabla vieja, pintábamos en ella una diana con tiza y hacíamos puntería. Luego, aburridos de la normalidad, empezamos a lanzar los dardos sobre cualquier superficie para comprobar si se clavaban o no, pero finalmente... las guerras de dardos se convirtieron en lo normal. Correteábamos por las calles formando dos equipos, fuimos comprándonos más y más dardos hasta poseer un auténtico arsenal. Había que andar listo a la hora de esquivar, no llegaban a clavarse en los brazos o en las piernas, pero el pinchazo dolía una barbaridad.

Nuestras madres se echaban las manos a la cabeza cuando nos veían desnudos por casa.

—Hijo!... Qué son esos pinchazos?
—Qué sé yo mamá?... serán las chinches
—Chinches? Oye desgraciado! que en esta casa somos pobres, pero tu madre es muy limpia!

Inevitablemente terminaron descubriendo que el motivo de los pinchazos eran los dardos. Nuestras madres salían a tender a los balcones, mantenían sus charlas con las vecinas de al lado y de enfrente, y nos veían a nosotros enfrascados en nuestras batallas.

—Queréis dejar de jugar con esas mierdas? Os vais a sacar un ojo!!

Hey!... un ojo!... A todas luces eso de que te falte un ojo no hace ninguna gracia, pero... no sé porque extraña razón todos pensamos que sin un ojo, quizá existía la posibilidad de ver más de cerca... uno de esos culos.

Dardos kiosqueros de los años 60 y 70. Colección particular.

14 comentarios:

peibol dijo...

¡Qué compleja es la psicología femenina! De todas formas ya se sabe; las chicas tontean con el chico malo, en este caso el vándalo que había perdido un ojo en una valiente pelea, pero acaban con el bueno. Tiempo al tiempo... ;)

Valentín VN dijo...

Yo jugaba con los dardos de petardo, esos que tenían una punta en la que se podía poner un "balín" y que sonaban al chocar con algo. Creo que eran los de la foto, pero sin tunear.
Menuda historia la del muchacho con el ojo de cristal.

MT dijo...

Magnifica historia, por otra parte como siempre. Y es que disfrutamos mucho con tus historias, en las que en muchas ocasiones y aunque nos separen 1000 Km. me veo reflejado.

Un saludo de Manolo.

Rocío dijo...

Al Eloy triunfaba con las niñas porque era el malote del barrio, no por el ojo de cristal :-)

Me acuerdo de esos dardos, había algunos por casa cuando era pequeña, supongo que de mis hermanos mayores.

Lo de las guerras de dardos es genial... Pero qué burritos éramos de enanos, y qué bien nos lo pasábamos, aunque llegáramos a casa con mil heridas de guerra.

Genial entrada. Buen día!

Ana Márquez dijo...

Extasiada... Toda mi infancia aquí, extendida, con las alas abiertas, a sólo un clic de distancia.

Gracias, muchas gracias por este blog.

María José dijo...

Oye MT, eso de pensar en culos ytetas ajenas... vamos que yo no me entere que ni lo recuerdas vamos!!!!!!!!!!!!!!!! el kiosquero está contando su historia y tu no te sumes a esos pervertidos recuerdos de niñatos con incipientes bigotillos y granos en la frente!!!!!
Kioskero!! no le veo la gracia a morrearse con un tuerto la verdad!! pero hay gusto pa tó ( por suerte)

saludos a los dos

abril en paris dijo...

Tremenda historia y te diré que me produce un poco desasosiego..
Me explico;
un sobrino mio recibió precisamente un golpe de dardo en un ojo y le perdió..con 8 o 9 años.
Recuerdo el sufrimiento de mi hermana
y su angustia pero tambien que el crio reaccionó como solo los niños
pueden.. asumiendo la pérdida con un pragmatismo ejemplar para los adultos:
" No llores mamá que tengo otro.."
Hoy en dia es un joven feliz, con éxito en su trabajo y por supuesto con las chicas !!
Siempre consigues con tus historias
remover algo de nuestras vidas.
¡ Gracias !

Un abrazo.

El kioskero del antifaz dijo...

Hola a todos ;-) y gracias por los comentarios.

Quiero aclarar a Valentín que efectivamente los dardos con petardo eran otros. Creo recordar que en lugar del cabezal redondeado y con el clavo, llevaban un cabezal plano en el que insertabas el mismo tipo de fulminante que llevaban las pistolas de pertardos. Joer... aún no entiendo como nos permitían jugar con esas cosas. Con lo tiquismiquis que estamos ahora!!!

Peibol y Rocío. Efectivamente el Eloy tenía de su parte su lado oscuro y eso jugaba a su favor, pero lo creáis o no... ese "ojo" ayudaba, ayudaba ;-)

Ana Márquez, un gusto tenerte por aquí. Tengo pendientes unas visitas a tu blog, a ver cuando ando algo bien de tiempo, que ultimamente...

Y para MT y María José. Aiiiisssss... si además de envejecer, pasar más horas trabajando que haciendo otra cosa, pagar impuestos a hacienda y ver como nuestras "ganancias" disminuyen y se quedan en nada... nos tenemos que ir olvidando de los culos y de las tetas... Qué nos queda? Verdad MT? ;-)

El kioskero del antifaz dijo...

Abril. Oops!... hemos coincidido comentando ;-) Es de lamentar lo de tu sobrinito, pero realmente las cosas así hay que asumirlas tal cual son. Además... la respuesta del crío dice mucho en su favor :" No llores mamá que tengo otro.." esa debe ser la actitud.
Un beso.

Akela-J.P. dijo...

Jajajaja… la de marcos de puertas donde dejé las marcas de esos dardos…. Lo malo que la mayoría fueron en casa. Una vez con un trozo de madera que pusimos en el suelo recuerdo que a un compañero le clavaron este dardo en la pierna, es que algunos eran malísimos en puntería…. Pero no pasó nada, antes éramos unos héroes sin temor al peligro.

Gracias amigo, yo también tengo dos dardos como esos. Un abrazo:

Ah! Si los dardos con pequeños pistones se les llamaban “Bonba ” metías el pistón de pólvora en la punta del dardo y luego lo enroscabas a un pequeño cabezal al tirarlo contra el suelo explotaba.

JuanRa Diablo dijo...

Uff, es que veo esos dardos volando con fuerza y se me encogen las carnes. Pues no tenías tú peligro, macho. Tú y tu pandilla.

Muy buen relato, kioskero. El subtítulo ya se lo pongo yo:
... y ojo al culo. :)

Perros de presa dijo...

Me tienes flipado con el blog

Miner Montell Hagmann dijo...

Hola,

Primero, darte la enhorabuena por este blog. A mi me ha transportado a los años de mi infancia.
Precisamente he llegado a él en busca de un juguete que, súbitamente, a invadido mi memoria: el Yutin Boting. O así recuerdo su nombre. Podría ser Yuttin, Yuting o Yutting y Botin, Bottin o Botting, etc.
No se si aparece también en tus recuerdos. Se trataba de una especie de pelota de goma resistente que atravesaba un aro que hacía de plataforma. Los niños nos colocábamos sobre el aro, ciñendo la parte superior de la pelota con nuestros piés para así rebotar con su parte inferior.
Creo que el color de la pelota era naranja y el del aro azul (o viceversa). El caso es que mis recuerdos sobre ese juguete son vagos porque se pinchó la pelota y porque su existencia en el mercado fue bastante efímera. Me imagino que el motivo de su corta vida fue su peligrosidad (por eso comento en esta entrada). Las caídas eran frecuentes y no debía ser nada bueno para las rodillas, pero no tengo constancia fehaciente de su prohibición.
He rastreado internet en busca de alguna referencia, foto o información pero no he encontrado nada. Es como si nunca hubiera existido... ¡horror!
Me preguntaba si podrías encontrarlo entre tus fuentes. Me ayudarías a realizar un grato viajecito.
De nuevo felicidades.
Un saludo.

Miner Montell Hagmann dijo...

Uf, ya está. Lo encontré. No es exactamente el mismo pero... ¡aún está a la venta!
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¡Saludos!