miércoles, 7 de octubre de 2009

Los Halcones del Espacio

Iván tenía sus cosas. Era un crío como nosotros, jugaba con nosotros, iba al cole con nosotros y le divertían las mismas cosas que a nosotros, pero siempre andaba unos pasitos por detrás y no se le podía considerar un niño “despierto”.

En el Poble Sec y con diez años de edad, ya todos habíamos desarrollado una picaresca típica y propia de supervivientes natos, en cambio, para Iván, la vida era un complejo berenjenal en el que ante cualquier situación siempre salía perdiendo.

—No te metas con Iván y procura que tus amigos tampoco lo hagan —me decía mi madre.
—Por qué no mamá? Iván es tonto.
—Hijo... Iván sólo tiene un problema, pero los tontos sois vosotros.

Yo no podía llegar a entender a mi madre cuando en clase, la propia señorita Isabel era la primera en ensañarse con él.

La señorita Isabel si oía una sola mosca en sus clases de matemáticas, necesitaba obsesivamente que apareciese un culpable. Daba igual que el culpable fuese uno u otro... ella necesitaba uno, y nosotros, conocedores de que a Iván ya no le venía de aquí, siempre le señalábamos como el causante de todos los males. Iván recibía estopa a diestro y siniestro ya que lo que a la señorita Isabel le gustaba más en este mundo era pegar. Lanzaba bofetadas con sus manos cargadas de anillos y sus muñecas repletas de pulseras. Las hostias que recibíamos nos causaban más dolor por el impacto en nuestros rostros de tanta chatarra que por los manotazos en sí. El ceño fruncido, pero a la vez esa cara de satisfacción que ponía la señorita Isabel cuando hostiaba a Iván no casaba con los consejos que trataba de darme mi madre, y para mí, para todos, era más fácil tener a Iván y apuntarle con el dedo cada vez que la profesora de “mates” pedía a gritos la presencia de un tierno infante a quien llenarle la cara de manos.

En el patio jugábamos “a la melé”, la típica melé de los partidos de Rugby; consistía en que uno de la clase se lanzaba sobre otro gritando “A la melé! A la melé!!”. Ante este grito que era algo así como una llamada de la selva o similar, el resto saltábamos los unos sobre los otros formando un amasijo humano y sepultando al pobre de turno que perdía la respiración tratando de zafarse de los diez o quince “compañeros” de clase que le habíamos caído encima. Generalmente -salvo contadas excepciones- el pobre que se hallaba aplastado en el suelo tras dispersarse el amasijo humano... era Iván.

Un día en la calle, vimos a un par de gitanos jugando con un juguete nuevo; se trataba del paracaidista “Halcones del espacio”. El Vallcanera, el niña, el boliche y yo nos quedamos mudos ante ese juguete y contemplando como esos críos lanzaban por el aire a un muñeco que, al caer, desplegaba su paracaídas y descendía lenta y suavemente. De inmediato corrimos hacia el kiosco del señor Sánchez con la esperanza de que esa novedad estuviese presente sobre su mostrador y en unidades suficientes como para satisfacer el capricho de cuatro críos que a empujones y a toda velocidad atravesábamos las calles del barrio.

Allí estaban, en varios colores y metidos en su blister de plástico. El señor Sánchez estaba acostumbrado a que abordásemos su kiosco cual piratas al asalto de un buque inglés, pero aquella tarde creo que temió por su integridad física ya que nuestra escandalosa llegada y aquel empeño en ser los primeros en conseguir uno de esos paracaidistas fue apremiante.

—Un paracaidista señor Sánchez! Deme un paracaidista! —El boliche, pese a que debía desplazar consigo varios kilos de carne más que el resto, se las ingeniaba siempre para llegar el primero a todas partes.
—Otro para mí! —gritaba el niña desde el final de la cola, el último en llegar y con ese aspecto y esa vocecilla que le hacían merecedor de semejante mote (confieso no recordar su verdadero nombre... siempre fue “el niña”... eso le pasaba por guapo).

15 pesetas valía por aquellos tiempos el paracaidista. Eso era un montón de dinero que no reuníamos entre los cuatro en ese momento. El señor Sánchez nos deseó suerte con nuestros padres y con nuestras huchas emplazándonos de nuevo en cuanto tuviésemos el dinero.

Pasados dos o tres días estábamos en el patio de clase una tarde, contando nuestro dinero y observando con un brillo en nuestros ojos que la cantidad que habíamos reunido entre todos, nos daba para comprar cuatro maravillosos halcones del espacio, uno para cada uno, así que ahora sólo quedaba pelearnos por los colores, pero a toda costa, fuese como fuese, el mío tenía que ser amarillo. Me fascinó el día en que frustradamente intentamos hacernos con uno en el kiosco, me impactó ese paracaídas de cuadros morados y blanco, de modo que estaba dispuesto a lo que fuese con tal de que ése fuese el mío.

Timbre que anunciaba el final de las clases y consiguiente carrera hacia el kiosco con el fin de reclutar a uno de esos maravillosos aventureros del aire para nuestra colección de juguetes predilectos. El señor Sánchez nos vio llegar y se apresuró a salir del kiosco con un montón de paracaidistas en sus manos protegiendo su chiringuito del impacto sobre él de nuestros cuerpos, y del posible riesgo de llegar a desmontarlo y convertirlo en un montón de tablas de madera pintadas de color verde.

—Tomad! Tomad!, pero no os acerquéis ni un milímetro más! Que sois como la peste!!!

Hay veces que la vida te lo pone fácil, y eso era algo a lo que los niños de barrio no estábamos acostumbrados, pero el azar, el orden en el que íbamos entregando las 15 pesetas al señor Sánchez a la vez que él iba repartiéndonos blisters con paracaidistas, hizo que sin pedirlo, sólo deseándolo, el kioskero depositase en mis manos al deseado halcón amarillo con el paracaídas a cuadros morados y blancos.

—Ahora no hagáis como el hijo de la Encarna que ha saltado del balcón agarrado al muñeco.

No le hicimos demasiado caso, no reparamos en sus palabras ya que nuestro entusiasmo rebasaba cualquier límite dentro de la normalidad. Tres manzanas calle abajo, esas palabras del señor Sánchez se clavaron en nuestros cuerpos provocándonos un dolor que aún dura al recordar.

Iván hacía tres días que no venía a clase por culpa de unas anginas, pero daba igual. Creo que nadie le echó en falta a excepción, quizá, de la señorita Isabel. La señora Encarna le había comprado a su hijo un halcón del espacio para hacerle más llevadera su convalecencia, y esa tarde, en la que Iván ya se notaba más recuperado, se lanzó al vació desde un cuarto piso tratando de surcar el cielo con el paracaídas de ese muñeco con el que ya jugábamos todos los críos.

Unos montones de serrín en el suelo tapando un charco de sangre y un par de patrullas de la policía fue todo lo que llegamos a ver de lo que pasó en el barrio aquella tarde.

No sabría decir si Iván se ganó sus alas de piloto realizando ese vuelo suicida, pero lo cierto es que nos dio una lección. Estoy seguro de que todos, seguimos echando de menos a alguien a quien nunca tuvimos en cuenta. Y efectivamente, él tenía un problema, pero nosotros... fuimos siempre muy tontos.

Créditos de las imágenes: Fotografías del paracaidista "Halcones del espacio". Colección particular.

9 comentarios:

MT dijo...

Hola Sergi:

Como siempre!!! magnifico relato, y como casi siempre, nos ha tocado en la vena nostalgica y sentimental. Nostalgica por el paracaidista, que ¡¡Vaya si triunfó!! aún lo recuerdo. Y sentimental por Iván, creo que todos hemos conocido a algún Ivan, y algunos lo hemos tenido incluso de amigo.

Saludos de Manolo

María José dijo...

Y tú ¿ porque no te decides a escribir un libro con todas esas aventuras ? seguro que tendrás éxito y estaría bien bonito con tus propias ilustraciones!!
Lo que me ha impresionado es que con los años que tienes ( pocos ) una maestra pegara bofetadas, me parece mucho más antiguo ¿ no?

saludos

El kioskero del antifaz dijo...

Hola Manolo, hola María José; gracias por los comentarios y por leer estos desvaríos ;-)

En lo referente al libro... Algunos editores creen que venden libros, cuando en realidad, la esencia de su negocio está en los contenidos, en la información. Aún y así, ellos siguen empeñados en creer que venden libros, cuando estos, en realidad... no son nada más que el soporte de ese contenido. Quien vende libros, que yo sepa, es el librero ;-)

De algún modo yo ya estoy escribiendo mi libro, sólo que el soporte, en lugar de ser un libro impreso... es un blog. Quien sabe si algún día dejará de ser un contenido virtual para convertirse en un contenido tangible...

Así que en la medida de lo posible, seguir disfrutando de él, al igual que disfruto yo con los vuestros.

En definitiva se trata de eso, de información y de contenidos que nos vamos intercambiando unos a otros, da igual el soporte ;-)

Besos.

Rocío dijo...

Ay! Sergi... que se me ha encogido un poco el corazón leyéndote... Y qué razón tenía tu madre "Él tenía un problema. Los demás somos los tontos"...

Un abrazo

peibol dijo...

Siempre hay "un Iván" en clase; en nuestro caso Moisés. Descargamos nuestras inseguridades y nos engrandecemos avasallando a un caído, que quizás en otras condiciones no lo habría sido. Yo nunca fui uno de esos cabrones, pero es cierto que, aunque no quisiera, se me dibujaba una sonrisa al ver como Moisés trataba de defenderse ante la profesora, cuando todas las manos le acusaban. Él no se tiró por el balcón, pero al igual que hiciera otro de los marginados, huyo del colegio en cuanto tuvo ocasión.

Los niños pueden ser unos hijos de puta, aunque afortunadamente suelen cambiar con el tiempo.

Muy buen relato. Un saludo

abril en paris dijo...

Da mucho que pensar ésta historia
Sergi..Arañando en los recuerdos
creo que todos hemos conocido a un Iván, si no terminó en tragedia casi
casi..
Lo peor no son los niños con esa crueldad que caracteriza alguna época
en particular de " supervivencia "
sino esa maestra que no debiera estar
enseñando o mal " educando " a otras
generaciones, aunque ¡ vete a saber que tipo de " complejos "
tendria semejante persona !
Muy buen relato Sergi !
Un abrazo.

Ana Márquez dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Ana Márquez dijo...

Y allí está él desde entonces, con su paracaídas de plástico, navegando entre las Pléyades, camino de Orión, feliz "como un niño flotando, como un niño en la dicha" (V. Aleixandre).

Me has emocionado. Un beso

JuanRa Diablo dijo...

Casi se me escapa esta historia del pobre Iván, tan dura y tan triste y, como siempre, tan bien contada.
Intuía que habría un final desagradable pero no lo imaginaba tan trágico.
Con ese colofón de viñeta dedicada te ha quedado una de las entradas que más me ha gustado.