miércoles, 25 de febrero de 2009

La pelota de NIVEA


En verano nuestros padres cogían los coches y nos llevaban a la playa. Seguramente como a la gran mayoría de los que fuimos críos durante finales de los 60 y principios de los 70. No me cabe duda de que íbamos todos, de lo contrario... Quién me explica las interminables horas de caravanas? Filas interminables de SEAT 600, 333, 850 Especial, 124, 127, algún que otro Chrysler GS, Citroens, etc, etc. Todos en sus colores verde botella, azul, verde sin más, amarillo, blanco... Caravanas en las que se recalentaba la tortilla de patatas, el pan se convertía en goma, la Coca-Cola, la Fanta y las Mirindas, por más que se tuviese la precaución de meterlas en las neveras portátiles llenas de hielo, terminaban semiflotando en un montón de agua finalmente... caliente.

Mis padres quedaban cerca del Hospital Clínico de Barcelona con un par de matrimonios más y su respectiva prole; en total íbamos unos cinco críos y seis adultos. Una vez allí los pequeños nos repartíamos entre los tres coches.

—Yo quiero ir en el coche con el Alberto!

—Que no!... que hoy le toca al Miguel Ángel, el domingo pasado ya fuiste tú!. Hoy vas con el Alex!

—Jooooooo! Con el Alex no quiero que es pequeñoooo! BUUUAAAAAA!

No sé cómo, pero finalmente los mayores se las componían para repartirnos como les daba la gana y, ala!... Carretera y manta! Enfilábamos vía hacia la playa.

Los padres sufrían especialmente las horas interminables de camino, total para ir a Mataró o a Calella, a escasos kilómetros de Barcelona. Nosotros ni nos enterábamos abducidos por las historias que en el interior de esos coches/microondas vivíamos con nuestros Madelman mientras que por la radio se retransmitían los preparativos del partido de fútbol Barça – Español que tendría lugar unas horas más tarde.

Una vez en la playa, es decir; conseguido el objetivo, éramos untados de NIVEA hasta las cejas y nos volvíamos tan escurridizos como los mismísimos peces que habitaban en el fondo del Mediterráneo y que se ponían las botas contemplando los bikinis de las turistas suecas. Algo similar a lo que hacían nuestros padres. O a caso... Alguien había pensado que tantas horas de caravana no tenían, de un modo u otro, su recompensa final?

Nuestros objetivos playeros por aquel entonces eran dos, y ninguno tenía que ver con las suecas, eso vino más tarde. Como digo, nuestro objetivo era doble: por un lado correr de inmediato al agua, zambullirnos y pasar allí un montón de horas hasta arrugarnos como uvas pasas. Por otra parte... conseguir una de esas pelotas gigantes de NIVEA que soltaban desde el helicóptero que sobrevolaba la orilla. Quién no soñó con atrapar una de esas pelotas?, pero es más... Quién consiguió atrapar alguna? Yo estaba harto de intentarlo todos los domingos. Invariablemente siempre había quien la cogía, pero siempre, siempre, se trataba de un niño que no era yo!

Yo veía como el afortunado de turno se dirigía hacia la zona de toallas que indicaba, que ésa porción de arena, era “casi” propiedad privada de sus padres, y enseñaba la pelota, el trofeo que yo siempre desee y nunca conseguí. Maldito crío! Maldito sueco!, para más joder... casi siempre era guiri y su hermana mayor estaba como un queso!! El muy niñato, colorado como una gamba ya que sus padres, sobre su piel extremamente blanca, ni tan siquiera le ponían NIVEA! Por no ser, no eran ni consumidores asiduos del producto en cuestión, pero se llevaban la jodida pelota! Suerte tenían que por la televisión nos emitían una campaña para enseñarnos a tratar bien al turista que si no...

Sin ningún género de dudas que ésa situación ocasionó en mi un trauma infantil, y a las pruebas me remito:

Con el paso del tiempo me casé (no con una sueca. Jamás lo hubiese hecho con la hermana de un maldito robapelotas). Me casé con una chica que de niña iba también a la playa con sus padres que a su vez, eran de los que se tragaban interminables caravanas. Con el paso de los años ella me confesó que tampoco consiguió jamás una de esas pelotas. Al poco tiempo de nuestro matrimonio, llegó ése día en el que ella te dice:

—Cariño. Estoy embarazada. Estamos esperando un bebé.

Miles de años de historia de la humanidad, pero cuando a los hombres nos dicen eso, siempre se nos queda cara de tontos.

Vivimos con entusiasmo y entrega ese embarazo, hasta que un día, aproximadamente entre el séptimo y el octavo mes, mi trauma infantil por la nunca conseguida pelota de NIVEA... se hizo patente y se manifestó de una forma irremediable.

Mi mujer salía del baño luciendo su espléndida barriga. Yo contemplaba extasiado su magnífica orondez y le propuse que se tumbase sobre la cama. Salí de la habitación para regresar escasos minutos después. Absolutamente extrañada, mi esposa contempló como le pintaba la tripa de color azul con témpera soluble al agua y con blanco, rotulaba cuidadosamente las letras mágicas... NIVEA.

Por fin!. Desee siempre ésa pelota de NIVEA, y finalmente la hice mía. La poseí!

4 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Brutal! he recordado todas las cosas de las que hablas en el post, es cierto que las caravanas eran interminables para luego no encontrar un centimero de arena libre en la playa. Pero me he tronchado de risa con el final de la historia :D

Jaume

Mujer imperfecta dijo...

Daría lo que fuera para conseguir una pelota igual.

peibol dijo...

:) Se me ha quedado una sonrisa de oreja a oreja con el final

Yo si tuve balón de nivea, pero de los pequeños, de los que regalaban en todos lados; no sabía que las tiraran desde los helicópteros :o

Anónimo dijo...

Si,si, estos son recuerdos que no se olvidan, para mi muy llenos de emocion que tiempos de chaval vividos, nos ilusionaba poder cojer esa fantastica pelota azul Nivea y el olor a crema Nivea tan caracteristico, hoy todavia me recuerda esos veranos.