martes, 29 de diciembre de 2009

Cerbatana Jívaro

Uno de los regalos estrella en la noche de reyes de 1971 fue la Cerbatana Jívaro fabricada por IBER Sport S.A.

Poner en manos de un niño de siete años juguetes de esos que disparaban ventosas, flechas, bolas de plástico o tapones de corcho, siempre supuso un riesgo; especialmente si el niño, no se conformaba con las típicas dianas o demás objetos sobre los que se pudiese hacer puntería ya que se mostraban inertes, inmóviles y absolutamente estáticos. Yo ya había desarrollado una habilidad especial sobre esos blancos, así que mi afán de superación me impulsaba a disparar sobre nuevos objetivos que presentasen mayor dificultad y los “blancos móviles” terminaron siendo mis preferidos.

Antón vivía en el balcón de mi casa. Su jaulita colgaba de la pared gracias a una alcayata que la mantenía suspendida en el aire. Me gustaba ver como llenaba sus carrillos de pipas sin sal y como se las comía sujetándolas con sus dos patitas delanteras mientras que con sus dientes, las pelaba con gran maestría. Antón fue el segundo hámster que yo tuve. Nicolás, el primero, disfrutaba contemplándome jugar con mi plastilina. Miraba atentamente como esa masa cobraba curiosas formas entre mis manos y de vez en cuando me observaba con sus ojos muy abiertos como diciendo: “vaya tío, que cosas mas chulas haces”, o al menos... eso me parecía. Lo cierto era que Nicolás y yo echamos juntos muchas horas en el balcón de casa, yo con mi plastilina o mis lápices de colores y él desde el interior de su jaulita en el suelo y muy entretenido como único y exclusivo espectador de mis juegos. Como la plastilina le encantaba, decidí darle un trozo para que probase a modelar alguna cosa que se le pudiese pasar por la cabeza, pero Nicolás resultó ser mucho menos creativo de lo previsto y se limitó a partir la bolita en dos mitades y a atesorarla en sus carrillos. No le dí mayor importancia, pensé que ya que era ahí donde guardaba las pipas para cuando tenía hambre, del mismo modo sacaría la plastilina cuando le apeteciese jugar, pero al día siguiente, Nicolás amaneció tieso como un palo y con una concluyente mueca en su expresión.


Antón nunca demostró ser mas listo, de modo que jamás le presté mi plastilina para jugar. Me limitaba a agarrarlo del pellejo de su nuca con mis dedos índice y pulgar y a contemplar como con cara de velocidad movía sus patitas a toda prisa.

Una tarde le saqué de su jaula y le deposité en el suelo del balcón. Antón miraba a su alrededor a la vez que con un gracioso movimiento de sus bigotes olisqueaba por entre medio de las baldosas. Echó a correr como un loco cuando un proyectil disparado por mi pistola kiosquera de plástico se estampó contra su mullidito culo. En su carrera apresurada sus patas traseras resbalaban y le hacían derrapar cada vez que trataba de cambiar de dirección. El pobre Antón se chocaba contra el cubo de las pinzas de tender la ropa, contra el fregadero y contra todo cuanto se hallaba a su paso, eso sí... demostró tener una gran habilidad en esquivar los proyectiles de corcho que le disparaba con mi pistola, ya que logré acertarle en muy pocas ocasiones, pero desafortunadamente... esa fue la ultima vez que mi hámster y yo pudimos compartir ese divertido juego. Antes de sacarle de su jaula extremé las precauciones con el fin de que Antón no tuviese escapatoria posible. Quién me iba a decir a mí que el cuerpo de un roedor pudiese convertirse en extraplano y caber por el agujero del desagüe!? Lo malo para Antón fue que al otro extremo del agujero le esperaba una caída libre de dos pisos más un principal, así que... temiéndome lo peor, no me atreví a mirar abajo.


A la vez que mis hámsters me abandonaban uno tras otro y que mis padres se negaban a comprarme ninguno más, mi afición a disparar sobre blancos móviles iba en constante aumento, pero el alcance de mis proyectiles era tan mínimo que resultaba imposible disparar sobre las palomas de la fachada de enfrente o sobre los gatos que se paseaban por patios y tejados. De modo que, aún y a sabiendas de que quizá papá y mamá me regañarían por ello... no me quedó otro remedio que disparar sobre el único objetivo en movimiento que pasaba las largas tardes del sábado conmigo en casa: la abuela.

Mi yaya Lola era el objetivo ideal; siempre andaba deprisa, de una habitación a otra de la casa, haciendo camas, entrando y saliendo del balcón, tendiendo ropa, atravesando el comedor como un rayo en dirección a la cocina y vigilando la cena de los fogones; vaya... todo un reto practicar mi puntería sobre sus zapatillas. Esas zapatillas de paño en color marrón con las que más de una vez me había perseguido pasillo arriba, pasillo abajo tratando de darme con una de ellas y que ante la imposibilidad de atraparme, me la lanzaba desde la otra punta del piso hasta darme con ella en el cogote.


Cargado con mis pistolas lanzadoras de bolas y proyectiles, y con mi arco y mis flechas, me apostaba bajo la mesa del comedor y esperaba a que mi yaya Lola atravesase la estancia para descargar sobre ella todo mi arsenal. Mantenía mi respiración y no perdía detalle de sus rápidos movimientos, hasta que finalmente, como un experto francotirador, apretaba el gatillo y contemplaba como la pequeña flecha salía disparada en dirección a su objetivo.

A un primer aviso de que no lo hiciese más, le siguieron unos cuantos gritos, luego una persecución por el pasillo en la que mi abuela blandía en su mano la zapatilla marrón, pero finalmente y tras algunas tardes de sábado, llegó el definitivo chivatazo a mis padres y el consiguiente castigo: mis progenitores me requisaron todo el arsenal bélico dejándome única y exclusivamente las pistolillas de petardos; ruido podía hacer el que me diese la gana, pero... nada de dispararle a la yaya.

En las Navidades de ese fatídico 1971 en el que fui desarmado por órdenes expresas de papá y mamá, les pedí a los reyes la ya famosa Cerbatana Jívaro anunciada en televisión, pero ni que decir tiene que la orden de inminente alto el fuego llegó a oídos de sus majestades de Oriente y se hicieron los locos ante mi petición y me quedé sin mi preciada cerbatana. Lo que pasaron por alto fue que a Juan Pérez, mi compañero de pupitre de 2º de E.G.B. sí se la trajeron, y eso, y habérmela traído a mí... era poco más o menos lo mismo.

No fueron muchas las tardes de sábado que pude ir a jugar a casa de Juan Pérez con su cerbatana Jívaro. Sus padres, amablemente, pidieron a los míos que no fuese más por su casa durante una temporada. Y es que Juan Pérez, no tenía hámster, ni perro, ni gato, pero... tenía abuela.

Créditos de las imágenes: 1-3-4) Cerbatana Jívaro del año 1971. Colección particular. 2) Autor desconocido. Descargada de internet.

5 comentarios:

Loli dijo...

uy, y mi mensaje?? se ha volado? )-:

JuanRa Diablo dijo...

Y de ahí nació la famosa frase: "estás más en peligro que la abuela del Kioskero" :D

Qué poca paciencia la de algunos eh? Si sólo apuntabas a las zapatillas, ni siquiera disparabas a la cara donde seguro que hubieras tocado las narices mucho más...

Feliz entrada de año, aspirante a francotirador!

Loli dijo...

Vaya Sergi, se ha volado mi mensaje. Intentaré repetirlo.

Yo también tenía cerbatanas pero eran caseras, me las hacía con un bolígrafo Bic, quitándoles la mina y quedándome sólo con el plástico transparente, lanzando bolitas de papel ensalibadas.

Tu pequeño problema con los hamsters lo tenía yo con los gatos, era una relación de odio mutuo, aunque nunca me cargué ninguno, en la lista negra de los gatos está mi nombre en cabeza, jeje.

Que tengas un muy feliz año nuevo y besitos. Loli

abril en paris dijo...

Enternecedor tú y los hámsters..!
Es monisimo el que nos has enseñado en éste post tan de tu indiscutible estilo narrativo. ¡ Ah las abuelas que sufridas..! pero ¿ quién no ha tenido una abuela blanco de nuestras
trastadas ?..
Feliz salida y entrada de año Sergi !
Un abrazo.

Ana Márquez dijo...

A mí me gustaba más tirar bolitas de papel con el bic de cristal que "escrbía normal" :-D
Genial como siempre, niño.


I wish you that in 2010 you’ll live sweetly and lovely moments.
Happy new year, with the time in your arms :-)

A million of kiss

Ana Márquez