sábado, 16 de enero de 2010

Trastos viejos

Antonio era un hombre de izquierdas en un tiempo en el que ser de izquierdas tenía un sentido; cuanto menos, el sentido de plantarle cara a un gobierno autoritario respaldado por la extrema derecha, el ejército y la iglesia. Se trataba de un hombre sencillo que trabajaba en una fábrica y que daba la cara por el resto de sus compañeros de trabajo, aunque ellos, nunca dieron la cara por él, ni cuando le despidieron por conflictivo y por defender unos derechos que por aquel tiempo parecían ser inconcebibles.

Mi padre iba una vez por semana al bar de la esquina entre las calles Salvà y Magallanes, allí compraba su paquete de Rex y charlaba con Antonio, que tras quedarse sin empleo, pasaba largas horas semitumbado en la barra y con bastantes copas de más. Nunca fueron amigos del alma, pero hasta que comenzó su declive personal, había sido un buen vecino, y mi padre, sentía cierto afecto por él.

Antonio le contaba cómo le había dejado su mujer y le había arrebatado a sus hijos tras perder su casa, que literalmente... se la había bebido.

—Santi... tómate un vino conmigo —le decía Antonio a mi padre.

No Antonio, sabes que no bebo.

Bueno... pues invítame a un trago —insistía Antonio.


Lo siento, pero no voy a contribuir en eso que andas metido de convertir tu hígado en paté le respondía mi padre una y mil veces cada vez que Antonio intentaba financiarse una de sus borracheras.

Yo estuve presente en una de esas ocasiones en las que muy respetuosamente, mi padre trataba de librarse de él, y quizá precisamente por eso, porque yo estaba allí, Antonio puso todo su empeño y echó toda la carne en el asador tratando de tocar alguna fibra sensible.

Santi... mira a tu hijo, está contigo. Tú eres un hombre feliz que lo tiene todo en la vida, pero... Y yo? Qué hay de mi? A caso no sabes los problemas que yo tengo? Anda, por tu hijo... invítame a un vino.

Mi padre siempre fue, y sigue siendo, un hombre de pocas palabras. Le encanta discutir con personas a las que quiere y con las que se siente a gusto, pero por regla general prefiere observar y guardarse sus opiniones. Aquella tarde-noche en la que mi padre, conmigo de la mano, entró en el bar a por su paquete de Rex y se sintió abordado una vez más por Antonio... ya no pudo callar.

Tus problemas? Todos tenemos problemas le dijo.

Ah si? —Antonio ofendido y con un tono claramente agresivo replicó—. Te ha dejado a ti tu mujer? Has perdido tu empleo? Y tu casa? A caso has perdido tu casa? Sabes el tiempo que hace que no veo a mis hijos porque la zorra de mi mujer hace lo imposible para que no pueda verlos? Crees saber mucho de problemas verdad? Yo puedo hablarte de lo que es eso, así que si no vas a invitarme a un trago... no me vengas diciendo que todos tenemos problemas!!

Mi padre respiró hondo mientras abría su paquete de Rex, le pidió una tónica al señor Fernando, el camarero, y sin perder la calma se encendió un cigarro.

Mira... tienes 36 años, eres un tipo joven que ha perdido su trabajo, su mujer y su casa, pero eso no han sido más que circunstancias provocadas por el que realmente es tú único problema, y es que bebes.

Recuerdo que a mis 8 años me impactó el modo en el que Antonio, un tipo alto y fuerte, con una poblada barba, miraba atentamente a mi padre con los ojos vidriosos y me dejaba ver qué era eso de estar al límite. Imagino que por aquel entonces quizá no tuve mucha conciencia de ello, pero seguro que por mi cabeza pasó algún pensamiento en torno de que a nadie por quien yo pudiese sentir afecto, me gustaría verle así.

Antonio intentó hablar, pero mi padre le interrumpió.

Verás... aún tienes salud para encontrar un buen trabajo, y con tu aspecto no debería resultarte difícil conocer a una buena mujer o recuperar a la tuya; todo depende de lo que te cuides a partir de ahora y de que te cures de una vez. En cuanto a tus hijos... has sido tú quien les has dejado a ellos ya que en lugar de tratar de recuperarlos, te pasas el día metido aquí consumiendo alcohol. Desengáñate... queda muy bien llorar por todas y cuantas cosas desagradables te han sucedido en la vida, pero te repito que tu único problema es que bebes, te lo bebes todo.


Mi padre recordó que Antonio tenía un viejo almacén dos manzanas más abajo de la que fue su casa, un almacén lleno de trastos viejos que habían pertenecido a su abuelo, un viejo anticuario que tenía una pequeña tienda en el casco antiguo de Barcelona.

Por cierto... —le preguntó mi padre—. Aún tienes ese almacén?

Si, lo tengo. Allí es donde vivo ahora. Duermo sobre un colchón rodeado de todos los trastos y de la mierda que mi abuelo y mi padre habían metido allí.

Mierda? La mierda es en la que estás metido ahora. Yo de ti trataría de restaurar algunos de esos trastos, ponerlos a la venta y recuperar tu vida. No sé... por algo se empieza.

Mi padre le pagó el tabaco y la tónica al señor Fernando, dio las buenas noches, me tomó de la mano y juntos salimos del bar. Durante el corto trayecto hasta casa mi padre me dijo algo que no entendí muy bien: "Hijo, no dejes nunca de quererte por encima de todas las cosas. Es el único modo de conseguir que las circunstancias no terminen convirtiéndose en problemas". Le vi tan ofuscado en esos momentos que tampoco le pregunté más, simplemente... traté de recordar sus palabras.

En los meses sucesivos Antonio dejó de frecuentar el bar del señor Fernando, a lo sumo se acercaba alguna mañana y se tomaba un cortado con leche bien caliente. Se afeitó la barba y empezó a cuidar su aspecto. Al parecer, vendió gran cantidad de trastos a algunos anticuarios del barrio gótico y adecentó el local. Seguía viviendo en una pequeña habitación que había en él, pero el resto lo convirtió en una ferretería. Juan, otro vecino del barrio, se convirtió en su socio y juntos, lograron sacar adelante un negocio bastante próspero.

Una tarde saliendo de la escuela vi a Antonio en la plaza del surtidor del Poble Sec, estaba allí jugando con sus hijos.


Poco tiempo después volví con mi padre al bar del señor Fernando acompañándole a por su paquete de Rex. Antonio y su socio estaban allí tomándose, curiosamente... una tónica. Mi padre les saludó y Juan respondió efusivamente a su saludo, no obstante, Antonio, apenas esbozó un buenas noches a la vez que hundía su cabeza en el cuello de su chaqueta. No entendí ese gesto.

Por qué no te ha saludado Antonio? —le pregunté a la salida del bar.

Es muy complicado hijo, pero a veces... la dignidad de según que personas, tiene esas cosas.

Tampoco entendí qué quiso decir con eso, ni si mucho o poco tuvieron que ver las palabras que mi padre tuvo con Antonio para conducirle hasta su recuperación, pero recuerdo que a partir de ese día, el Guerrero del Antifaz, el Capitán Trueno, y Superman dejaron de ser mis héroes preferidos. En esa España en la que, en ocasiones, resultaba difícil incluso el salir a la calle, y más aún si uno miraba en contra del gobierno, mi padre lo hacía a diario por complicado que fuese y para que no nos faltase de nada en casa. Eso era mucho más de lo que eran capaces de hacer los admirados héroes de papel.

Antonio, quizá avergonzado por lo que sucedió en aquella ocasión, trató de esquivar a mi padre cada vez que se lo cruzaba, en cambio para mí, esas y muchas otras cosas son las que siempre me han hecho sentirme muy cerca de él; a pesar de nuestras numerosas diferencias.


Papá... Ya te he dicho que te quiero... Verdad?

Para recuperar las viejas tradiciones anteriores a este paréntesis navideño-vacacional, les dejo un tema setentero interpretado por Josep Guardiola y que tiene mucho que ver con el esfuerzo, el sacrificio, y la dignidad.


Créditos de las imágenes: 1, 4) Álbum personal del Kioskero del Antifaz: Mi padre y yo. 2,5) Bajadas de Internet. Autor desconocido. 3) Fotocommunity. Acreditada como: Jro1952

5 comentarios:

Ana Márquez dijo...

Conmovedora historia, como siempre, Sergi. Un abrazo helado, por el frío, no por el ánimo con que te lo doy :-)

coonchi dijo...

sergi como siempre, sabias reflexiones sobre la vida misma...
eso mismo q te dijo tu padre lo aplico en mi persona desde hace unos años,lo de quererme a mi mismo,y la vida sigue igual pero yo la veo mejor...todo alrededor esta bien si tu lo estas...

gracias por tus post ,sencillamente me encantan

besitos conchi

JuanRa Diablo dijo...

Me quedo con esa sabia premisa de tu padre: "no dejes nunca de quererte por encima de todas las cosas", algo que en teoría debería ser fácil pero que por desgracia no lo es y de ahí que algunos acaben dominados por sus vicios y problemas y abocados a una vida de la que no consiguen levantar cabeza.

Me ha gustado mucho el relato, Kioskero, y genial elección de las fotos que lo acompañan.

abril en paris dijo...

Nuestros padres " esos héroes anónimos" que queremos tanto..
Un historia tan humana como enternecedora. :-)

Un abrazo Sergi

peibol dijo...

Creo que ya te he comentado que aunque te visite menos a menudo, no dejo de leerte; y cuando lo hago me pego un buen empacho de entradas para ponerme al día. Me ha ENCANTADO la entrada. Chapeau!