martes, 21 de abril de 2009

Aceitunas "La Española". Una aceituna como ninguna.


Los sábados por las mañanas acompañaba a mi abuela a hacer la compra; mis padres trabajaban los sábados, así que iba con ella y de ése modo no me quedaba sólo en casa, tenía apenas cuatro años.

Pasábamos por el puesto de frutas y verduras, por la pescadería, por la carnicería... recorríamos el mercado de parte a parte y mi abuela iba pidiendo tanda en los diferentes puestecillos, esperaba su turno mientras hablaba con alguna vecina hasta que le tocaba pedir y hacer su compra.

Siempre me gustó ir con ella a comprar. De vez en cuando pedía una bolsa extra en alguna tienda, metía en ella una lechuga o alguna cosa que pesase poco y me la daba para que la llevase yo.

—Anda... ayuda a la yaya —Me decía.

Y yo me sentía el niño más útil del mundo pudiendo colaborar y “repartiendo” el peso de la compra con ella.

Todo iba bien hasta que llegábamos al puesto de olivas. Me alucinaba mucho ver tantas variedades diferentes de esas cosas en todas las tonalidades posibles de verde, amontonadas en tarros de cristal o en bandejas de plástico y semiflotando en pringoso aceite. Ignoro que obsesión extraña tendrán los vendedores de olivas, pero siempre... absolutamente siempre que un crío se acerca a su puesto, ellos se arman con una cuchara enorme de plástico llena de agujeros en su base, la sumergen en uno de esos recipientes, extraen un par o tres de olivas, e invariablemente dicen:

—Toma bonito. Unas olivitas?

No hay vendedor de olivas sobre la faz de la tierra que no repita ése ritual ante la presencia de un niño. A qué disfunción cognitiva, o trastorno de la personalidad obedecerá semejante conducta?

Lo más sorprendente para mí, era ver que al resto de niños eso les parecía normal y como impulsados por algún resorte o mecanismo del cual yo carecía, se ponían de puntillas, alargaban el brazo, metían la mano en el interior del cucharón y devoraban con apasionado afán esas bolitas con hueso e independientemente de que fuesen verdes, negras, rotas, relucientes, etc.



A mí habían especialmente dos cosas en el mundo que me daban un asco sobrehumano: la primera era la de caminar delante de alguien y oír como a mis espaldas... ése alguien, cargaba su gaznate con un potente moco, lo llevaba hasta su boca con un carraspeo más o menos intenso de su garganta y lo escupía “supuestamente” sobre el asfalto; siempre me dio la sensación de que el salivazo en cuestión había ido a parar a mi espalda, o que al llegar a casa me lo encontraría aferrado al talón de mi zapato, palpitante y casi, casi... hasta mirándome. La segunda cosa -que si cabe... me daba más asco aún-... eran las olivas.

—No gracias, no le de olivas que no le gustan —decía mi abuela cuando veía que el hombre cargaba con su cucharón en ademán de introducirlo en uno de los recipientes.

—Que si mujer! Cómo no le van a gustar las olivas? Te gustan verdad? —Ellos insistían siempre presos de esa disfunción de la cual eran víctimas y sin ser capaces de pensar que podía existir en el mundo un niño, aunque sólo fuese uno, al que no le gustasen.

—No gracias... no me gustan —respondía yo tímidamente.

Y eso... era lo peor que le podías decir a un vendedor de olivas. Sus sonrisas de comerciantes amables y su expresión de “voy a tirarme el rollo con el nene” se tornaban en un rictus de desaprobación. Me repasaban con la mirada como si estuviesen delante de un niño marciano o de alguna clase de ser escapado de un circo y agarrado de la mano de una anciana.

—Oh vaya!... Pues ya es raro... a todos los niños les encantan —remataban con esa frase e inmediatamente pasaban de mí y se centraban en mi abuela —Qué desea la señora?

Me mataba eso de que “a todos los niños les encantan”... Y una mierda! Yo era un niño, y sí a mí no me gustaban, eso significaba que NO les gustaban a todos. O es que acaso mi opinión no contaba? No formaba parte de ésa curiosa estadística, aunque sólo fuese por tratarme de la excepción que confirmase la regla?

Durante un tiempo los vendedores de olivas y los tipos que escupían por la calle fueron mis peores enemigos. De haber tenido poder con mis apenas cuatro años de edad, hubiese desterrado a esos individuos; a unos y a otros. Les hubiese embarcado a todos rumbo a una isla desierta sin posibilidad de retorno y mientras que unos se pasarían el resto de sus vidas sumergiendo sus cucharones en los recipientes de olivas, los otros irían escupiéndoles y haciendo puntería sobre sus calvas.


Un domingo venían mis tíos a comer y en casa se preparó un aperitivo previo a los platos principales. Yo andaba jugando por mi habitación y mi padre me llamó desde el comedor.

—Cariño, ven!

Salí de mi cuarto con mi gorro de vaquero y haciendo ver que galopaba sobre un caballo negro mientras que con la boca iba simulando el golpear de los cascos contra el arenoso suelo de Texas “cotocloc, cotocloc, cotocloc...” Al llegar donde se hallaba mi padre mi corcel frenó y exhaló un potente relincho “IIIiiiiIIIIIiiiiii.... BBBRRRrrrrrrrrr...”

—Abre la boca y cierra los ojos —Me solicitó mi padre.

—Un Sugus... —Pensé yo. Le hice caso, cerré los ojos con todas mis fuerzas y abrí la boca tanto como pude.

De inmediato noté como algo viscoso, pequeño y ovoide se me resbalaba torpemente entre la lengua y el paladar, pero... no era posible; mi padre conocía perfectamente mi aversión hacia esas cosas llamadas aceitunas y sí bien me quería, nunca hubiese sido capaz de meterme una en la boca y asaltarme así, a traición. De inmediato la hubiese escupido, pero eso iba diametralmente en contra de mis principios. Odiaba a la gente que escupía! No habíamos quedado en eso?

La mordí y un mundo de sensaciones me inundó por dentro, me elevó espiritualmente, me hizo tocar el cielo e incluso creo que desde entonces, me convirtió en mejor persona. Las olivas; más concretamente las aceitunas “La española” pasaron a ser lo más grande de este mundo y el mejor invento después de la mercromina que lo curaba todo.


—Para de comer olivas que no vas a dejar sitio para la carne —Me dijo mi tío durante la comida.

Fue curioso experimentar el hecho de que algo pueda no gustarte cuando lo que sucede en realidad es que no lo has probado nunca, pero lo más revelador de todo fue empezar a considerarme un niño normal, llegar al puesto de olivas agarrado de la mano de mi abuela y dejar de ser un esperpento circense o un marciano. Ponerme de puntillas, alargar el brazo, meter la mano en el cucharón y devorar con pasión esas dos o tres aceitunas que el vendedor de olivas me daba con esa expresión de “vamos a tirarnos el rollo con el nene” para posteriormente añadir:

—Es que no falla... a todos los niños les encantan.

Y sí!... Por fin formar parte de ésa estadística, ser uno más y sentirme plenamente identificado con el resto de los niños del mundo que con tres o cuatro años y con sus cortos cuellos hundidos en sus bufandas, se zampaban con ése afán y con los carrillos hinchados las deliciosas olivas: verdes, negras, rotas, relucientes... daba igual, el caso es que las aceitunas y los vendedores de olivas fueron inmediatamente indultados gracias a mi imaginario poder. Les rescaté de la isla desierta con un trasatlántico de lujo lleno de mujeres semidesnudas, combinados de deliciosas frutas tropicales, música hawaiana y les traje de regreso a sus puestos en los mercados para que siguiesen haciendo felices a todos los niños. Allí se quedaron, y siguen estando, los lanzadores de salivazos a los que además... dejé sin olivas.



No está de más hacer una visita por el museo virtual de "Aceitunas la española". Una interesante visita desde los años 40 hasta la actualidad, y además muy divertida ;-)

Imágenes de esta entrada de procedencia desconocida (extraidas de internet).

NOTA: A día 25-7-2009. Esta historia pasa a formar parte del V certamen "Escribe tu hitoria" , iniciativa perteneciente al blog: "El Mosquitero". Ánimo y suerte a todos lo participantes ;-)

20 comentarios:

Mujer imperfecta dijo...

No hay nada mejor que un platito de olivas y una cerveza bien fría.

Loli dijo...

jijiji, qué bueno, parece como si el niño de 4 años no hubiera crecido aún, no lo tuvieras escondido en algún bolsillo y te fuera chivando todo desde esos ojos inocentes. Pues ya ves, en casa tengo un niño marciano, que escupe las aceitunas sin pensárselo. Ése es Jesús, al otro lado del ring tengo a Anna que si fuese por ella, no comería otra cosa. A mí las rellenas de pimiento no me gustan, y si puede ser, evito todas las demás. Una manía que tengo es "robar" una cuando abro una lata, luego ya no las pruebo, lo mismo me pasa con las salchicas, cuando tengo que cortarlas en rodajas, no puedo evitar pillar un trocito, pero realmente no me gustan.
Besitos. Loli

carlota. dijo...

oír como a mis espaldas... ése alguien, cargaba su gaznate con un potente moco, lo llevaba hasta su boca con un carraspeo más o menos intenso de su garganta y lo escupía “supuestamente” sobre el asfalto; siempre me dio la sensación de que el salivazo en cuestión había ido a parar a mi espalda, o que al llegar a casa me lo encontraría aferrado al talón de mi zapato, palpitante y casi, casi... hasta mirándome.

Por favorrrr Kiosquerooooooooooo jajajjaajaj que ascoooo.

Un beso.

JuanRa Diablo dijo...

Así que no hay redención para los escupidores, no? Haces muy bien pero haz el favor de llevarlos a TODOS a esa isla pues los sigo viendo por la calle.

Cuántas cosas seguiremos pensando que no nos gustan o que no van con nosotros y simplemente es que no se ha dado el momento de probarlas realmente.

En el caso de las olivas no me disgustan pero es algo de lo que puedo prescindir. Eso sí, las rellenas de anchoa me encantan.

Muy bien presentada la página de las aceitunas. Sólo echo en falta que el personajillo aconseje no escupirlas al suelo.
Un saludo, kioskero!

Helena dijo...

MMMMMMMmnnnn me encantan y fíjate que las rellenas de anchoas son las que menos, me gustan las machadas, las" violadas" como llamamos en mi tierra a las que llevan un pepinillo, jaja, me gustan con hueso, sin hueso y negras... y me encantan los domingos cd voy al mercadillo y me llevo un a buena provisión de aceitunas para degustar en casita con una cerveza! Pura vida!

José María Soriano dijo...

increibles todos tus posts. Me retrotraen a unos años ya pasados cargados de nostalgia que se agradece alimentar. Gracias por haber encontrado tu blog.

Núria dijo...

Qué regreso al pasado más bueno...lo del "sipi" ( yo de peke le denominaba así ) cómo ya te han dicho un poco asqueroso...pero es la pura verdad...a mí me da mucho asco, pero más aún, si voy detrás del sujeto que escupe en cuestión...Uy y si yo te contara la cantidad de cosa k no me gustan...Eso sí, en el pueblo me encantaba acompañar a mi abuela a la compra para subirle el carro por que allí vivían en una cuesta con bastante pendiente...ponían un mercadillo además en sábado en la plaza que era todo un show...Muy bonito el relato...me ha encantao! Saludets.

Tarántula dijo...

Lo de los mocos fue espeluznante. Buena reseña. Me encanta como manejaste el post. Seguiré viniendo.

El kioskero del antifaz dijo...

Bueno, vale, lo admito... el tema "mocos" ha estado un poco escatológico, pero.... Verdad que da asco? No es cierto que esa gente que escupe es odiosa?

Pues bien, sí os ha transmitido el mismo asco que me produce a mí, creo que vamos bien.

Qué hago ahora? Les llevo algo de comida a los desterrados lanzadores de salivazos de mi isla?... O... Les dejamos que se coman los mocos??? :-D

Abrazos a todos

Valentín VN dijo...

Al ver el título de la entrada, he ido casi instintivamente al final de la misma para ver el video. ¡Qué gozada! Ya no se suele emplear tanto la animación publicitaria como antes.

Akela-J.P. dijo...

Y pensar que a mi las aceitunas empezaron a gustarme en la mili… :)

Antonio E. Zafra dijo...

Que arte tienes para escribir jejeje. Tus dos relatos ya están presentes en el CETH.

Las olivas siempre fueron algo que suscitaba una repulsión en mi cuerpo exagerada, hasta que como tú, me comí las rellenas de anchoa jajajaja

Eso si, yo solo como Rellenas y Sevillanas, las negras son incomibles para mi. Bueno esas y las chafás, que no se como se llaman en realidad, pero que son esas que hay reventadas y de sabor tan amargo.

Un saludo amigo y bienvenido al CETH V

Mar dijo...

Muy bueno!!!

Cuantos recuerdos!!! tu forma de relatarlo hace que saboreee hasta las aceitunas jajaja.

Mucha suerte en el certamen.

Besitosssssss

el marido de la portera dijo...

En primer lugar, enhorabuena por tu blog, me alegro que te hayas animado a participar en el Certamen de "El Mosquitero" porque gracias a él he conocido este sitio tan entrañable.

Muchísima suerte con tus dos relatos. A mí, particularmente, me ha gustado más éste que el de la educación sexual.

Saludos.

el marido de la portera dijo...

Ah, otra cosa, desde la tierra primera productora de aceite de oliva y aceitunas os rectifico que lo que coméis son ACEITUNAS, no olivas que es el árbol.

Siento ser tan pedante, pero es un error muy extendido.

Saludos.

cristal00k dijo...

Jajaja, esta es genial! yo descubrí las aceitunas mucho más tarde, en mi primer embarazo me entró como una pasión inexplicable por ellas, cuando jamás me habían gustado. Y hasta hoy.
Mucha suerte de nuevo para el Concurso amigo.

gala dijo...

Cuando estuve en Pekin, senti un asco horrible,para los chinos es muy habitual,creo que se reconoce una escala social, con este comportamiento.
Fuera este comentario cochino, hay tanta variedad como gustos, estan de muerte acompañando una cervecita fresquita.
LLego de CETH, te deseo suerte

lirio dijo...

No me puedo creer que haya gente que no le gusten las olivas, cuando vas al mercadillo y te paras en un puesto, no sabes de cual comprar, acompañan cualquier tipo de bebida.
Suerte en el CETH

Space Online Game dijo...

como mola enuncio, jejeje

Angelica dijo...

Sin dudas me gusta la combinación descripta mas arriba, con una cerveza bien fría. Recuerdo que en los Hostels San Rafael solia pedir esta combinación antes de salir por las noches