miércoles, 7 de noviembre de 2012
La ranita mecánica de Geyper
A Becky le asustaban las ranas, pero a pesar de ello, las princesas de los cuentos, era a ranas a quienes debían besar para encontrar así a su Príncipe Azul. Siempre me pareció mejor el papel que interpretaban las princesas besando a ranas que el que les tocaba interpretar a príncipes como el de la Blancanieves o la Bella Durmiente a los que no les quedaba otra que tener que besar a princesas... en principio muertas.
La rana se convirtió también en protagonista de nuestros juegos; un ejemplo es la pequeña ranita a cuerda que fabricó la casa Geyper a finales de los 60 y que ilustra esta entrada.
Aunque también jugábamos con ranas de verdad. Recuerdo las excursiones al campo con padres y amigos, así como esas escapadas a las charcas o a los ríos para capturar renacuajos, o cabezudos. Los metíamos en tarros de cristal con un poco de agua, y luego en casa, los pasábamos a un cómodo balde y observábamos poco a poco su curiosísima metamorfosis. Esos renacuajos que vivían única y exclusivamente en el agua, con el tiempo perdían su cola, desarrollaban sus patas y salían del agua convertidos en ranas adultas. Una versión a cámara rápida de lo que para muchos significa el origen de la vida en la tierra y la aparición de los primeros mamíferos terrestres. Ahí es nada el espectáculo que se desarrollaba ante nuestros ojos! Entre la metamorfosis de las ranas y la de los gusanos de seda nos dimos una panzada de ver cómo evolucionaban diversos seres que convivían con nosotros en nuestras casas. No es de extrañar que a los de nuestra generación, los Pokemon nos parezcan una verdadera estafa.
Luego llegaba el instituto, y a esas pequeñas ranas que nos sirvieron de entretenimiento en nuestra infancia las extraíamos de tarros de cristal (como a nuestros renacuajos), les aplicábamos formol en el laboratorio de ciencias, clavábamos sus patas con alfileres dejándolas sobre nuestras mesas hechas un Cristo y las abríamos en canal para sacarles las vísceras. Los pobres anfibios ofrecían su cuerpo a la ciencia, cosa que ya habían hecho a lo largo de la década de los 60 en la que se les inyectaba bajo la piel la orina de una mujer para averiguar si estaba o no embarazada.
Quizá el origen de esa práctica en la que se utilizaban ranas como test de embarazo se remonte al antiguo Egipto en el que la diosa Heket, representada como una mujer con cabeza de rana, simbolizaba la fertilidad, presidía los nacimientos, asistía como comadrona en los partos y daba el soplo de vida a los recién nacidos. De este modo se la asoció como la diosa de la concepción y de los nacimientos y se vinculó a la rana con el renacer y la prosperidad.
Los romanos la usaron para protegerse de las malas influencias y para alejar las desgracias. Los chamanes encontraron en las ranas al espíritu sagrado purificador que da vida a la tierra. Por su parte, en China, la rana simbolizaba la longevidad y la buena salud, y en la práctica del Feng Shui los batracios simbolizan la abundancia y la prosperidad.
Y así, a lo largo de la historia de la humanidad y en multitud de culturas distintas, la rana siempre ha sido vista como un elemento positivo a quien se rendía culto porque deparaba cosas buenas. Bueno... no siempre, el catolicismo, sin ir más lejos, asoció a la rana con la lujuria y la hizo culpable de los mundanales y furtivos placeres, pero ya se sabe que para los católicos, todo lo que es placer es pecado, así que tampoco hay que darles demasiado crédito.
Las ranas tienen una capacidad que siempre me ha parecido admirable, y es que pueden congelarse en su charca cuando llega el invierno, permanecer criogenizadas durante todo ese periodo, y con la desaparición del hielo volver a su estado normal, continuar como si nada y ponerse a croar sobre un nenúfar anunciando el despertar de la naturaleza y la llegada de la primavera.
Ojalá pudiésemos ser ranas en épocas de crisis, todo y que con los políticos que tenemos... terminaríamos convertidos en sopa o en un plato de ancas para satisfacer su infinito, voraz e insaciable apetito.
Pongan una rana en su vida, y suerte! Seguro que su buenos augurios les traerán prosperidad, pese a todo...
Créditos imágenes: Fotografías de la rana de Geyper. Colección particular.
lunes, 9 de marzo de 2009
La tía Paquita y el Geyper factory
La tía Paquita era la típica que se presentaba en casa una vez al mes a visitar a mí abuela porque era su prima hermana. Aprovechaba para quedarse a comer, o en el caso de llegar más tarde, hacía la sobremesa de café con pastas y alargaba hasta casi, casi la hora de la cena.
En casa, yo escuchaba como mi abuela le decía a mi madre.
— Oh vaya! Viene la Tía Paquita.
— Qué dices? — Preguntaba mi madre como en un intento de que al oír de nuevo, la frase que acababa de pronunciar la abuela fuese otra bien distinta.
— Que viene la tía Paquita.
No, mamá no había escuchado mal. Efectivamente venía la tía Paquita y eso, era algo que ya nadie podía remediar.
Estaba claro que en casa, no hacía mucha gracia que viniese la tía. La pobre siempre hablaba de sus enfermedades y achaques, de lo sola que se encontraba, de que sus hijos parecían darle de lado después de todo lo que ella había hecho por ellos, y de lo que echaba de menos a su marido en ésos tres años que hacía que había enviudado.
La tía Paquita era querida, pero... de lejos. Estaba bien verla en bodas, bautizos y comuniones, pero tenerla en casa una vez al mes... la pobre venía siempre el día más inoportuno, y por encima de todo... hablaba, hablaba y hablaba.
No obstante, para mí, era una gran alegría saber que venía la tía Paquita. Llegaba por la tarde del cole deseando que aún no se hubiese ido, o si venía en sábado estaba todo el rato pendiente de que sonase el timbre de la puerta con su característico Ding-Doooooonnngggg... Notaba como los nervios se apoderaban de mí y no hacía más que salir de mi habitación y dirigirme a la cocina.
— Mama... Cuándo llegará la tía Paquita?
— No creo que tarde. Has terminado los deberes?
— Si. Claro que he terminado (mentira gorda. Lo más probable era que no los hubiese empezado, pero es que... el día que venía la tía Paquita... era día de fiesta grande).
No tranquilo con la respuesta de mi madre, ya que eso de: “no creo que tarde” era un concepto del paso del tiempo algo abstracto. Me dirigía a la habitación de mi abuela.
— Yaya... Cuándo vendrá la tía Paquita?
— No creo que tarde. Has terminado los deberes?
— Joooo! Yo quiero que llegue ya la tíaaaa.
Madres y abuelas se confabulaban en contra nuestra para no definirse en sus respuestas, pero sí para hacernos muy conscientes de nuestras obligaciones. Deberes! Quién podía pensar en deberes con la tía Paquita a punto de llegar?
De pronto: Ding-DOOoooonnnng...
— LA TÍA PAQUITAAAAA!!!!!
Por más que corría, el pasillo de casa se hacía eterno hasta llegar a la puerta del recibidor. Mi abuela ya estaba allí con ella dándole un par de besos en las mejillas y haciéndola pasar al salón.
En realidad la tía Paquita tendría unos sesentaypocos, pero yo la veía muy mayor. Siempre vestía un abrigo largo de color gris, bolso y zapatos negros, y el cabello teñido de un color a juego con el abrigo y absolutamente cubierto de laca. Un cabello acartonado que me gustaba zarandear de vez en cuando para comprobar que efectivamente era imposible menear o despeinar... aquello. La tía me soltaba algún manotazo y apartaba de inmediato la cabeza, parecía como si eso de despeinarla iba a quitarle algo de su integridad personal, pero en el fondo y a pesar de mis impertinentes magreos sobre su cabeza, la tía se alegraba de verme, y yo, estaba encantado de verla a ella.
La tía se acercaba a mi mirándome a través de los cristales de sus gafas bifocales. El olor de su colonia me envolvía por completo, una colonia fuerte, “de vieja” como decía mi madre. Un olor a colonia que permanecía en casa mucho rato después de que la tía se hubiese ido.
La tía Paquita me daba un par de besos con sus labios pintados, dejaba en mis mejillas parte de ése olor a su colonia y parte de esa capa de carmín rosado, pero además, detrás de su espalda siempre llevaba escondida una de sus manos en la cual había algo para mí y que me daba a la vez que me miraba fijamente. Yo casi ni alcanzaba a ver ése puente de oro que ocupaba parte de su dentadura, ya que mi mirada se concentraba automáticamente en la caja, cajita, sobre, bolsa o bolsita que sostenía en su mano y que movía a medida que me lo aproximaba al entrecejo hasta el punto de hacerme bizquear.
— Toma... Qué te ha traído hoy la tía?
Creo que jamás llegue a responderle ésa pregunta a la pobre tía. Ése paquete del que me hacía entrega tiraba de mí con una fuerza sobrenatural y me llevaba de camino a mi habitación a la velocidad del rayo. Una vez allí, encerrado en la intimidad de mi cuarto y con el paquete perfectamente envuelto y entre mis manos, la tía Paquita pasaba a la historia hasta la siguiente visita del próximo mes.
Quizá el juguete que recuerdo con más satisfacción de todos cuantos me regaló la tía, fue el Geyper-Factory. A mí no me han gustado nunca los coches, ni el fútbol. Cualquier regalo relacionado con alguna de ambas cosas era rápidamente abandonado, dejado de lado y al instante, olvidado. No obstante, después de la primera mueca de desaprobación que le hice al Geyper-Factory, le siguió otra de “a ver que tal?”; algo así como levantar las cejas mirándome al juguete con suficiencia, pero con un ligero interés en ver si de eso se podía sacar algo. Qué quedaba sino? Hacer los deberes?... Antes me pasaría horas con los cochecitos del Geyper-Factory, eso estaba claro.
El caso fue que le encontré la gracia a ése juguete, a ver cómo se construían los coches por piezas a medida que avanzaban por una cinta transportadora. Al finalizar la fabricación de cada uno de ellos sonaba un “Diiiinnnngggg” y el cochecito se deslizaba por una rampa para dejar paso al siguiente vehículo terminado. A decir verdad no es que el juguete ofreciese mucha interacción. La única posibilidad era la de cambiar colores y escoger entre un montón de distintas combinaciones, pero... sucedía con el Geyper-Factory algo similar a contemplar el fuego de la chimenea, era verdaderamente hipnótico y alucinante.
A saber qué fue de mi Geyper-Factory. Seguro que fue regalado a algún vecino o tirado a la basura, pero el mes pasado, trasteando por internet, me reencontré con él (con uno igual a él), me enamoré de nuevo y lo compré. Es el que podéis ver en las fotografías de esta entrada. Creo que no fue por aquella época un juguete de esos que tuvimos todos y con el que podemos compartir miles de recuerdos, pero me apetece mostrarlo y sí alguien más lo tuvo, le gustó como me gustó a mí y lo recuerda con ésa nostalgia y cariño que el Geyper-Factory se merece, pues que nos lo cuente.

