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jueves, 20 de octubre de 2011

Gran Jefe Comansi

—Tú estar equivocado, Melena al Viento. Tú deber saber que dificultad no sólo ser peligro, sino que también ser oportunidad.

—Y lo sé, Gran Jefe Comansi, pero... estoy acojonado.

—Acojonado? Qué ser acojonado?

—Oh! Perdona Gran jefe. Acojonado quiere decir que simplemente... tengo miedo.

—Tú buscar en ti a gran guerrero. Tú siempre ser gran guerrero. Por qué estar... acojonado ahora?

—Verás. El momento es muy complicado, hay pocas oportunidades, y precisamente ahora ha aparecido una de las más importantes de mi vida. Temo no saber aprovecharla, no ser merecedor de ella... y estropearlo todo.

—Tu temor venir por tu atención. Tú no prestar tanta atención y tú no tener temor. Dejar fluir como agua de río.

—Dejar fluir, dejar fluir... como si fuese tan sencillo.

Gran Jefe Comansi dio una profunda calada a la pipa, entornó los ojos, bizqueó, y desde allí, desde la cima de la montaña del elefante, contempló el valle, alzó su vista hacia el estrellado cielo y miró la luna. Los veloces destellos de la pequeña hoguera que nos prestaba su calor recorrían su agrietado rostro y dejaban ver, en la oscuridad de la noche, los vivos colores de las pinturas de guerra que cincelaban sus mejillas. La tez del Gran Jefe me recordaba a una piel de búfalo curtida al sol durante lustros. De sus comisuras y de los agujeros de su nariz salía lentamente el humo del peyote, que al mezclarse con el de la hoguera, dibujaba en el cielo curiosas figuras que bien hubiesen podido ser las siluetas de sus ancestros deseando comunicarse con él.

—Tú no deber quejarte como si ser niña abandonada. Tú deber recordar que terreno rocoso no necesitar de plegaria, sino de puntiagudo tomahawk.

—También lo sé, pero es mucha la presión y no me siento con fuerzas ahora. No estoy en mi mejor momento Gran Jefe, eso es todo.

El aullido de un lobo a lo lejos precedió al ademán con el que el Gran Jefe me ofrecía la pipa sosteniéndola con sus brazos extendidos, las piernas cruzadas y la espalda erguida. La tomé, la acerqué a mi boca y con tímidas aspiraciones la hice humear un poco. Tosí sujetando mi garganta entre mis dedos y se la devolví. El Gran Jefe la depositó con delicadeza sobre unas piedras, colocó las manos sobre sus rodillas y fijó su mirada en mi.

—Tener que enfrentar con espíritus que perturbar tu mente, Melena al Viento. Tu miedo ser imaginado. Todos poder vencer a enemigo empleando mucho esfuerzo, pero vencer a enemigo inventado requerir de esfuerzo extra.

—Estoy algo perdido Gran Jefe. Qué puedo hacer?

—Tener miedo ser virtud del valiente. Sólo el cobarde dejarse dominar por él. Así que si querer ser fuerte como bisonte, tú no comer bisonte, tú comer lo que come él.

—... No sé por donde empezar...

—Empezar por combatir contra ti mismo, y esa ser la más dura de las guerras, pero la mejor de las victorias.

El Gran Jefe Comansi se puso en pie, alzó los brazos e inició una milenaria danza dando vueltas alrededor de la hoguera y entonando una vieja plegaria.

“No te detengas en mi tumba a llorar no estoy allí.
Soy ahora una de las brisas que soplan.
Soy el brillo del diamante en la nieve.
Soy la luz del sol en el grano maduro y soy la suave lluvia del otoño.
Cuándo te despierte en la mañana una ráfaga de aire.
Soy yo.

Soy yo la gentil brisa que se levanta en círculos con el vuelo reposado de los pájaros.
Soy una de las tenues estrellas que brillan en la noche.
No te detengas en mi tumba a llorar. No estoy allí. No he muerto”.

Créditos Imagen: Gran Jefe de Comansi. Colección particular.

jueves, 6 de octubre de 2011

Mi querida Srta. Pepis.

Mi vecina Maria Dolors era una auténtica genio con eso del Tricomarc. Resultaba alucinante verle tejer aquellos vestiditos, bufandas y ponchos para sus muñecas. Combinaba los colores a la perfección y tan pronto hacía rayas, como cuadros, como delicadas cenefas en los bordes de toda aquella ropita de juguete. Maria Dolors presumía de sus muñecas y de cómo las llevaba vestidas.

Yo me sentaba a su lado sin decir nada, ni palabra. Contemplaba el modo en como se manejaba con el ganchillo, las agujas de tejer y aquellos extraños bastidores de distintos colores y tamaños que habían en el interior de su caja del Tricomarc de la Srta. Pepis.

—Toma, prueba —me decía a la vez que me daba el ganchillo y un ovillo de lana.

—Yo? Quita, quita! Te has vuelto loca? —le respondía.

Eso de tejer era de niñas, y cualquier amigo mío que me viese haciendo bufanditas para muñecas, no hubiese dudado un solo instante en contarlo por todo el barrio y en convertirme en el marica más grande del mundo mundial.

—Así no. La lana por encima del dedo, y ahora... una vuelta —me enseñaba ella que jamás perdió la paciencia conmigo a pesar de que fui muy mal alumno.

Otro día Maria Dolors se presentaba en mi casa para jugar conmigo. Yo le abría la puerta y allí estaba ella, con el uniforme del colegio de las monjas, pintada como un cuadro, con sombra azul sobre los párpados, carmín rojo en los labios y unos coloretes rosados que le daban el aspecto de haberse bebido media botella de tintorro.

—Jugamos? —me preguntaba.

—Vale. A qué?

Yo no había reparado en que bajo el brazo traía su juego de maquillaje de la Srta. Pepis. Una enorme caja que a mi me daba cierto miedo ya que en ella había una cara en forma de máscara que servía para probar todos los potingues que incluía el set.

—Pues a qué va a ser? Nos vamos a tu habitación, y yo te pinto.

—A mi? Quita, quita! Te has vuelto loca?

Y así Maria Dolors probaba qué tono de base de maquillaje le iba mejor a mi piel, y resaltaba mis labios con ese rojo carmín que sabía a rayos.

—Por qué no pintas esa cara que va en la caja? —le preguntaba.

—Esa cara es un timo. La pintura no coge bien. Es imposible pintarla.

—Y a tu hermana? Por qué no pintas a tu hermana?

—Mi hermana es un chicazo y pasa de esto. No quiere saber nada de maquillajes ni de cosas de esas —y añadía—. Ahora estate quieto que te voy a pintar los ojos.

Alguna vez había ido yo a jugar a casa de Maria Dolors. Nos sentábamos en la alfombra que había en su habitación a los pies de su cama y leíamos tebeos hasta que se cansaba, se levantaba y se ponía a escribir en su mesita.

—Se puede saber qué escribes? —le preguntaba.

—pues una carta —me respondía.

—Una carta? A quién?

—A la Srta. Pepis —contestaba ella dejando de escribir por un instante y lanzándome un contrariado ademán con el que me indicaba que la estaba desconcentrando.

—Pero... La Srta. Pepis existe?

—Pues claro que existe! —respondía Maria Dolors dejando el lápiz en su plumier, obligándome a levantarme de la alfombra y acercándome a su mesita.

—Mira. Lo ves? En las cajas de sus juguetes hay estas cartas para que le escribamos y le hagamos consultas.

—Oh, vaya! Y qué le escribes?

Maria Dolors se hacía la interesante, apretaba sus labios, ladeaba su cabeza, encogía sus hombros y con cierto aire de suficiencia me respondía:

—Nada... cosas de chicas. Toma. Quieres escribirle una carta?

—Yo? Quita, quita! Te has vuelto loca?

Recuerdo que un mediodía, al regresar mi padre del trabajo y recoger la correspondencia del buzón de la escalera, subió a casa y me dijo que había una carta para mí. Su cara fue un auténtico poema.

—Toma, tienes una carta del consultorio de... la Srta. Pepis.

Acto seguido hizo carraspear su garganta, miró a mi madre con desconcierto y ambos se encerraron en la cocina. Yo abrí mi carta alucinado. Era cierto... la Srta. Pepis... existía!

“Querido Sergi;

Es muy normal que tu vecina Maria Dolors no quiera jugar contigo ni con cochecitos, ni con los Madelman, ni a guerras con tus soldaditos de Monta-Plex. Ten en cuenta que es una niña y que sus juegos, así como su modo de ver la vida son distintos a los tuyos.

De todos modos, y a pesar de que te quejas de ese tiempo de juego que compartes con ella, me alegra saber que accedes a tejer con su Tricomarc, a dejarte maquillar con su juego de maquillaje, e incluso a escribirme cartas. Quizá no se trate de los juegos más adecuados para un niño, pero dice mucho de lo buen amigo que eres, y estoy segura de que Maria Dolors, cualquier día de estos, jugará contigo a cosas que te gusten más.

Me he alegrado mucho de recibir tu carta y espero haberte sido útil en tu consulta.

Quedo a tu entera disposición para cuanto desees. Recibe un cordial saludo:

La Srta. Pepis”.

Pasó mucho tiempo hasta que volví a ver a Maria Dolors. La vida tiene estas cosas. Recuerdo que fue una noche en la que yo estaba haciendo cola para entrar a un teatro de Barcelona. Ella paseaba por la calle con un niño en un cochecito y acomapañada de una amiga. Nos miramos, nos reconocimos y rapidamente nos dimos un cálido abrazo. En el breve tiempo que pudimos conversar antes de que yo tuviese que sacar mis entradas en taquilla, me comentó que el niño del cochecito era su sobrino, es decir; el hijo de esa hermana que según ella, era un chicazo. Su acompañante, Carmen se llamaba, era su novia con la que vivía felizmente desde hacía tres años. Recordamos juntos aquellas tardes de juegos en su casa o en la mía. Me confesó que yo fui el primer y único chico con el que jugó a médicos; evidentemente con el maletín de enfermería de la Srta. Pepis y del modo más inocente del mundo. Finalmente nos despedimos para no volver a reencontrarnos jamás. Ya saben... la vida tiene estas cosas.

Me alegró mucho ver a Maria Dolors. Me gustó verla bien, y me dio que pensar en lo afortunados que somos.

Crecimos en una España de libertades reprimidas, de colegios de monjas, de uniformes, de clases de labores del hogar, de juguetes de la Srta. Pepis... pero a pesar de todo, Maria Dolors fue capaz de hacerle frente a la vida tomando sus decisiones del modo más natural.


Créditos Imágenes: 1) Logo de juguetes de la Srta. Pepis. 2 y 3) Tricomarc de la Srta. Pepis. Colección particular.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Anatomía Humana de SERIMA

No sé si les sucedía lo mismo a ustedes, pero me imagino que si. Me refiero a la sensación que de niño se experimentaba aquellas noches en las que uno sabía que al día siguiente, por la mañana, se presentaría un familiar: tía, abuelo, o quien fuese, con un flamante regalo y sin necesidad alguna de que fuese por nuestro cumpleaños o fiesta señalada en especial, simplemente; un regalo. Era una sensación indescriptible, de unos nervios que nos mantenían en vela, que no nos dejaban conciliar el sueño pensando en ese juguete y en ese momento en el que nos veíamos a nosotros mismos disfrutando del regalo que en pocas horas iba a ser definitivamente nuestro. Por fin! Nos imaginábamos en el parque exhibiendo nuestro flamante juguete nuevo ante las envidiosas miradas de nuestros amigos y vecinos. “Como mola!!!” decía alguno. “Que pasada!” apuntaba otro, y todos ellos con las miradas incrédulas al comprobar que un crío del barrio se había hecho con el juguete, que era suyo, que alguien se lo había regalado para que disfrutase a sus anchas de él. La diversión de los demás quedaba reducida a mirarnos con esas caras que transmitían admiración y rabia a partes iguales al ver como el afortunado, disfrutaba de lo lindo.

Mayor era el impacto entre los vecinos cuando se trataba de alguno de esos juguetes con los que uno había soñado una y mil veces, pero que por razones diversas, nuestros padres, nos decían que tal regalo no nos lo podían hacer porque se trataba de un juguete muy caro, así que habría que esperar a que llegase el tío de América (que había hecho fortuna) para pedírselo a él.

Yo nunca tuve un tío en América, y nadie en mi familia hizo jamás fortuna, de modo que los juguetes caros que cayeron en mis manos, se los tengo que agradecer, en parte, a mi tía Pilar, la esposa de mi tío José que trabajaba en la Compañía de las Aguas de Barcelona y ganaba un buen sueldo. No es que mi tía Pilar estuviese haciéndome regalos caros cada dos por tres, pero quizá por el hecho de que nos veíamos de uvas a peras y que sentía un gran cariño hacia mí, cuando se daba el caso se estiraba con alguno de esos juguetes que le dejaban a uno extasiado para el resto del día.

Uno de los regalos que me hizo la tía Pilar, fue el juego de la Anatomía Humana que las Industrias Termoplásticas SERIMA de Badalona, sacaron al mercado en 1963. No sé la repercusión que ese juego tuvo en su momento, pero me consta su éxito durante la década de los 70’s y la gran cantidad de críos que lo tuvimos en sus diferentes formatos. La casa SERIMA lo lanzó con números que iban del 1 al 4, y que respectivamente, y según su número, llevaban de menos a más complementos. Así pues podíamos encontrar una caja en la que tan solo hubiesen los huesos que formaban el esqueleto, otra en la que se hallaban los órganos internos, una en la que aparecía el maniquí con los músculos sobre una figura en relieve, y la número 4, la más cara de todas y la que lo contenía absolutamente todo: los huesos, los órganos, el maniquí con los músculos y un manual explicativo en el que se desglosaban todas y cada una de las piezas con sus correspondientes nombres. Aún recuerdo lo que por aquel entonces me fascinó cuando, en dicho manual, leí el nombre de uno de los músculos del cuello; el que venía indicado con el número 18 para ser exactos: esternocleidomastoideo. Me alucinó esa palabra que retumbó en mi cerebro como una de las mejores palabras jamás inventada. Se me hacía extraño que semejante vocablo sirviese única y exclusivamente para designar a un mísero músculo del cuello. Me pareció que se desaprovechaba un término que bien hubiese podido servir para definir algo con mayor entidad o empaque. Qué se yo... para construir frases enormes como: “La inmensidad del universo es infinita y esternocleidomastoidea”, o... “Por fin se ha firmado un acuerdo esternocleidomastideo en virtud del cual, las diferentes naciones del mundo acuerdan mantener la paz mundial”. Pero no, la palabra que a partir de ese día, fue para mí un término de culto, únicamente servia para definir a ese jodido músculo del cuello que permitía que la cabeza girase y se flexionase de modo lateral. O sea, que era algo así como decir que era mejor mirar hacia otro lado y restarle a la palabra “esternocleidomastoideo” la importancia que tenía.

El caso es que mi tía Pilar se gasto las 650 pesetas que costaba el juguete en su versión más cara y completa. Aproximadamente una cantidad que no llegaba a los 4 €uros, pero que por aquellos tiempos ya eran pelas, ya.

A partir de ese día mi infancia ya nunca fue la misma. Conocer minuciosamente cómo éramos por dentro me hizo tener sentimientos encontrados con mi propia especie. Las chicas por ejemplo; eran hermosas por fuera, guapas de cara y en especial los domingos cuando salían a pasear con las trenzas y las coletas bien hechas y no a toda prisa como sucedía en los días de cole. Los modelitos por encima de las rodillas que dejaban ver sus pantorrillas, sus calcetines blancos y esos zapatitos negros de charol formaban un conjunto de lo más atractivo. Y que decir de las revistas que papá y mamá escondían por algún cajón de casa o bajo la cama, y en las que mujeres exuberantes se mostraban desnudas en provocativas poses. Todo eso era fascinante y me producía un inexplicable calor en la entrepierna, pero... ellas, las chicas... Eran por dentro igual que mi maniquí de la Anatomía Humana? En serio? Tenían ese conducto de entre 6 y 8 metros de largo llamado intestino delgado, en el interior del cual se verificaba la formación del quilio y del jugo pancreático e intestinal que contenía fermentos, invertina, lactosa y maltasa? Joder... Pues que asco!

Por fortuna me convencí a mi mismo de que eso no era posible y de que las chicas, y debido a que se les llamaba “macizas”, eran eso, macizas, y que en su interior estaban formadas también de esa maravillosa textura compuesta de carne y piel que resultaba tan agradable al tacto y que desprendía un sensual olor. De lo contrario, la casa SERIMA hubiese sacado también un maniquí femenino, y... Por qué no lo hizo? Eh? Pues por eso, porque no merecía la pena, ya que las chicas no tenían ninguna de esas cosas asquerosas por dentro. Faltaría más!

Como ya indiqué en una entrada anterior, lo que resultaba más frustrante del juego de Anatomía Humana, fue el descubrir que el maniquí no tenía pito. No había colgajo alguno y en el manual de instrucciones, pese a detallar minuciosamente: el esqueleto, el aparato respiratorio, el digestivo, el sistema circulatorio, el sistema nervioso, excretor, endocrino, los músculos, etc, no decía ni palabra sobre los órganos sexuales, de modo que no había más remedio que creer a pies juntillas lo de la cigüeña y olvidar todas esas teorías perversas que apuntaban a que hombre y mujer se unían en un acto de cópula sexual para tener hijos. Una vez más la iglesia tenía razón en aquella España en la que la iglesia SIEMPRE tenía razón. Sin duda que aquello que me colgaba a mi entre las piernas no era más que algún tipo de malformación que era mejor no tocar, ya que en caso contrario se ponía duro, se marcaban las venas y se procedía al secado automático de la médula espinal y terminaba produciendose una irreversible ceguera.

Pese a todo, jugar con la Anatomía Humana de SERIMA, tenía su punto perverso. Eso de construir pieza a pieza a un ser humano nos convertía en jovencitos Frankensteins con ese punto de enajenación que caracterizó al personaje creado en 1818 por la dramaturga británica Mary W. Shelley y en la que su protagonista, el doctor Victor Frankenstein, elaboraría delicadamente a un monstruo formado con diversos trozos de seres humanos muertos, y al que finalmente daría vida. El juego de la Anatomía Humana nos proponía algo de eso. Y pese a esa Iglesia todopoderosa, omnipresente y represora, mi amigo Boliche y yo, encerrados en mi habitación y montando pieza a pieza a aquel ser de plástico, rivalizábamos con el poder de Dios construyendo a ese maniquí y convirtiéndonos en infantiles Prometeos dispuestos a desafiar a cualquier deidad estúpida que se atreviese a arrebatarnos nuestro poder. Un poder que con el tiempo tuvo sus resultados, ya que descubrimos, a pesar de la iglesia, de SERIMA y del régimen establecido, que el colgajo, el pito ese que muchos de mi generación consideramos que no se trataba de nada más que de una malformación, era en realidad un fabuloso ESTERNOCLEIDOMASTOIDEO, un instrumento que nos proporcionaría toneladas de placer y que sin duda, por eso y no por otra cosa... era considerado pecado.





Créditos de las imágenes: 1, 2, 3, 4) Juego de la Anatomía Humana de SERIMA. Colección particular de El Kioskero del Antifaz. 5) Ilustración de Sergi Càmara. 6) Librito explicativo correspondiente al juego de Anatomía Humana y que proponía aprenderse el nombre de todas las partes del cuerpo. Para ello, los nombres de los diversos huesos, órganos, músculos, etc, estaban rotulados en rojo, y gracias a una filmina transparente del mismo color, quedaban ocultados a la lectura de modo que nos facilitaba su memorización.

jueves, 16 de junio de 2011

Cine NIC

Mis padres estaban a punto de llegar del trabajo mientras que mi yaya Lola andaba por la cocina preparando algo ligero para la cena. Yo permanecía clavado delante de la tele viendo algún programa de esos que hacían de entrevistas y actuaciones musicales, pero toda mi atención estaba centrada en escuchar cómo mis padres subían por las escaleras y entraban en casa, por fin.

—Yaya... Van a tardar mucho los papas?
—Me lo acabas de preguntar hace un rato, así que... ya queda un rato menos— me respondía ella desde la cocina.

Era lógico que esperase con ansia su llegada. Yo tendría unos siete u ocho años y no me dejaban jugar solo con mi Cine Nic, las veces que lo había sacado de su caja sin permiso y me había puesto a ver películas con él, los resultados habían sido desastrosos: o bien me quemaba con su chapa recalentada por la bombilla de 40 vatios, o bien me cortaba con la fina hojalata de sus aristas. Así que no había otra; si quería ver alguna película con el Cine Nic... tenía que esperar a papá o a mamá, ya que mi Yaya Lola no podía dejar sus quehaceres para estar dándole a la manivela del pequeño proyector.

No fueron pocas las veces que me acosté sin ver la esperada película, los motivos eran varios, pero el más recurrido era el típico: “bufff cariño, ahora no, venimos muy cansados. Después de cenar. Vale?”. Yo cenaba a la velocidad del rayo, ya tenía bastante con esperar la llegada de ellos, así que las albóndigas desaparecían de mi plato en un visto y no visto. Aún y así, cuando la cena ya estaba terminada venía la segunda parte del eterno pretexto: “Cielo, a lavarte los dientes y a dormir que mañana tienes cole. Ya te pondremos alguna película el domingo que papá y mamá tendremos fiesta”. Creo que por eso siempre odié el trabajo de mis padres.

Resignado me largaba hacia mi habitación, me ponía mi pijama, me lavaba los dientes y me despedía de mis padres dándoles un desganado beso de buenas noches.

—Oye! No tuerzas el morro por todo. Me oyes?— me decía mi padre mientras que con un aspecto cabizbajo y arrastrando mis pies, desparecía por la oscuridad del pasillo.
—Jo!... es que...— mascullaba yo.
—Es que. Qué? A ver si aún voy a tener que darte un sopapo!— amenazaba mi padre sentado desde el sofá. Se giraba hacia mi madre y proseguía —Pero qué se ha creído este crío?... Será posible?

Afortunadamente el paso del tiempo tiene de bueno eso de que te pone años, cosa muy importante cuando uno es pequeño, no puede hacer según qué, y está deseando hacerse mayor. Así que entre momentos buenos, momentos malos, notas bajas y demás, pasaron un par de años, y entonces ya si, ya nada ni nadie podía impedir que le echase mano a la caja de mi Cine Nic y me organizase mi propia sala de proyección en mi habitación o en el comedor de casa. Tenía un buen montón de películas que podía ver una detrás de otra, y si me quemaba o me cortaba con la chapa del proyector, ya a nadie le importaba debido a que no me quejaba ante la posibilidad de ser obligado a desprenderme nuevamente de mi juguete.

Convertido ya en un experto proyeccionista no tardé en desear dar un paso más en “el apasionante mundo del cine”. A decir verdad la realización de las películas que se podían proyectar con un Cine Nic era de una sencillez absoluta. Bastaba con hacerse con un buen montón de papel vegetal, realizar una serie de dibujos (como si se tratasen de una tira cómica) en una franja superior y repetirlos en una franja inferior con alguna ligera variación que determinaría el movimiento. El talento y los rotuladores Carioca harían el resto, y como no, el sencillo mecanismo del proyector que se ocuparía de mostrar los resultados obtenidos gracias a mi creatividad y a la manivela, que servía para arrastrar la película por detrás del doble obturador que permitía ver de forma alterna los dibujos realizados en la banda superior y en la inferior, creando así la fantástica ilusión de los dibujos animados.

Mi madre se ocupó de proveerme de papel vegetal durante un tiempo. No recuerdo si lo vendían ya o no en las papelerías, imagino que si, pero una vez comprobado que el papel con el que se envolvía el pescado en la plaza otorgaba la textura y el grado de translucidez idóneo para la realización de los primeros films, era fácil conseguir la materia prima con la que me iniciaría en esta empresa.

—Toma Nuri, aquí tienes un buen montón de hojas limpias de papel para tu hijo— le decía la pescadera a mi madre, mientras que desde su puesto en la plaza, y sin perder de vista a la clientela que deambulaba por el mercado, cortaba la conversación en seco para llamar la atención de las clientas que miraban las merluzas de las paradas de al lado: —Miri nena! Peix fresc senyores! El peix més fresc de la plaça!
—Oh gracias! Mi hijo estará encantado— le decía mi madre.
—Que por cierto... Para qué quiere tu hijo papel para envolver pescado?— preguntaba extrañada la pescadera.
—Lo quiere para hacer películas— respondía mi madre no dándole mayor importancia.

“Películas?” pensaría la pescadera quedándose con cara de merluza, no entendiendo nada y volviendo, como si tal cosa, a propinarle hachazos a un pobre pescado abierto en canal sobre la madera de cortar.

No conservo ninguna de esas viejas películas que hice con el papel del pescado y aprovechando los cartuchos de películas Nic originales, que una vez destrozadas de tanto pase, formaban parte de mi departamento de reciclaje para convertirse en películas nuevas y caseras. Recuerdo especialmente una que tuvo una gran aceptación por parte del público, compuesto principalmente por vecinos del barrio, compañeros de clase y por mis padres, que mira tu por donde, pasaron de proyectarme las películas en esos días en los que no me dejaban tocar el proyector, a ser espectadores en un momento en el que ya era yo quien no dejaba que lo tocasen ellos. La película en cuestión se trataba de un plagio que hice, bueno... mejor dicho: “homenaje” o “remake”, de una de las películas clásicas del Cine Nic y que se titulaba “La isla del tesoro”, la mía se titulaba igual y la trama era más o menos la misma. Substituí a los anodinos personajes de la película original por piratas (creo que me pareció más comercial), y el final de la película en la que los protagonistas encuentran un mensaje de lo más ejemplarizante de la época, lo cambié por un final en el que mis piratas encontraban un cofre con un buen montón de monedas de oro; ya saben, el clásico final feliz, o “Happy End”.

No sé si fue por culpa, o gracias a, mi Cine Nic, pero a día de hoy, 36 años más tarde de jugar con mi proyector, sigo haciendo dibujos animados. Será cierto que un juguete es mucho más importante de lo que en un principio nos puede parecer.

Cine Nic

Seguidamente muestro un par de peliculas NIC; la primera es la original, realizada en la factoria del Poble Sec y de la cual hice mi particular Remake y que lleva por título "La isla del tesoro". La segunda se trata de una de las muchas que la empresa NIC adaptó de los estudios Walt Disney, y se trata del popular cortometraje de "Los tre cerditos".





Al igual que yo, el Cine nic nació en el barrio barcelonés del Poble sec. Los hermanos Nicolau Griñó: Josep Maria, Tomàs y Ramón, iniciaron en el año 1931 su periplo por el mundo de la fabricación de juguetes con la primera patente por la invención de “un aparato para la proyección de imágenes animadas”, lo hicieron en el local del número 48 de l’Avinguda del Paral·lel y desde allí, sacaron al mercado los primeros proyectores que terminarían convirtiéndose con el tiempo, en uno de los juguetes más deseados por lo niños de más cuatro décadas; desde 1931, hasta 1974, año en el que desapareció la marca. Fue en 1954 cuando la factoría Nic se trasladó a un nuevo edificio en el número 175 de la calle Conde del Asalto, hoy en día conocida como carrer Nou de la Rambla, y muy cercana a su emplazamiento inicial.

Tomàs era industrial e ingeniero textil, y en la empresa Nic se ocupó de todo lo referente a la dirección general, así como a escribir los guiones y a realizar las adaptaciones para las películas. Josep Maria era ingeniero industrial y se responsabilizó de las tareas administrativas, y finalmente, Ramón, que era arquitecto y poseía buena habilidad para el dibujo, fue el autor de los dibujos de casi todas las películas de la primera época, hasta mediados de los años 40.


Pere Bosom griñó, primo de los tres hermanos, así como su hijo Pere Bosom del Rosal, se encargaron del taller mecánico y del proceso de fabricación del juguete.

A lo largo de los cuarenta y tres años de existencia del proyector Nic fueron patentados una veintena de modelos distintos, algunos de ellos sonoros gracias a la incorporación de un soporte en el que se ponía un disco de piedra que giraba, al igual que la película, con el golpe de manivela, de forma que imagen y sonido se sincronizaban.

El Cine Nic se convirtió en un juguete de gran éxito que se comercializó también en Francia, Alemania, Portugal, Gran bretaña, Italia, Suiza, Cuba. México, Japón y Estados Unidos entre otros países. Su nombre cambió según el punto geográfico en el que se hallaba, pero siempre bajo la licencia cedida por los hermanos Nicolau. Así el cine Nic, en función del país, pasó a llamarse: Ciné Selic, Cine Tom, Eagle, Star Cinema, Topolino NIC, etc.

Al margen de las muchísimas películas creadas desde Barcelona por los dibujantes y equipo artístico de Nic, la factoría obtuvo de la Walt Disney Merchandising Divison, la licencia para la adaptación y reproducción de sus films, llegando a publicar un total de doscientos títulos de la Disney desde 1942 y empezando por la Blancanieves, hasta la última película realizada en vida de Disney, El Libro de la Selva, además de numerosos cortometrajes.

Algunos de los personajes creados por el equipo de Nic fueron: Tom el Cowboy, Miau, Nikito, Perro sabio, manolín, Pulgarcito, etc. Y se comercializaron títulos y series tales como: Dongo el hombre de la selva, Planeta K-10, Muñeco de nieve, Grandes cacerias, Coronel Cody, El viejo cañón, etc.

Créditos imágenes: 1) Proyector Cine Nic años 70. Colección Particular. 2) Proyector Cine Nic años 50. Colección Particular. 3) Proyector Cine Nic años 30. Colección Particular. 4) Peliculas para Cine Nic. Colección Particular. 5) Gif animado realizado por Sergi Càmara. 6) Logo de la marca Nic diseñado en 1932 por el ilustrador publicitario Eduard Jener (1882-1967). 7) Una de las múltiples imágenes realizadas para la adquisición de la patente.

Otros créditos: Películas extraidas del canal de Youtube de Salvi Jacomet.
Documentación y reseñas procedentes del libro titulado "El cine NIC, una joguina històrica del Poble-Sec", escrito por Jordi Artigas i Candela, y editado por L'Ajuntament de Barcelona en 1998.


miércoles, 20 de abril de 2011

Tai-Pan de juguetes Gracia

Y mira que nos lo advirtieron... La fabrica de juguetes Gracia, por allá principios de los años 70, nos presentaba un juego fantástico que consistía en una caseta de tiro al blanco (bueno... al chino), provista de una pistola lanzadora de discos; para más señas... amarillos.

Se trató de un juguete premonitorio de lo que sin duda terminaría sucediendo. Fue un estertor, un grito desesperado de la empresa juguetera española que nos preparaba para lo que terminaría siendo la desaparición del “Made in Spain” y de la llegada del “Made in China” que a día de hoy resulta ser ya algo imparable.

La caseta de tiro de juguetes Gracia nos presentaba a cinco chinos que impertinentemente, y gracias a un sofisticado sistema mecánico accionado por una pila de petaca, asomaban en forma alterna sus cabezas sonrientes y nos retaban a que disparásemos certeramente en su entrecejo. Aún y así, los niños de la época no pillamos el mensaje. Nos limitamos a jugar con el Tai-Pan como si se tratase de un juguete más, cuando en realidad, lo que el fabricante nos estaba lanzando era el mensaje de que China, empezaba a tomar posiciones para llegar a convertirse en la primera potencia mundial. Nos decía que ese lejano y milenario país empezaba a abrazar la economía capitalista, y que no se conformaría con las copias malas de marcas internacionales que venderían a precio de saldo en mercadillos y bazares, sino que además, terminarían fabricando nuestros productos, tomando posesión de nuestros comercios, apropiándose de nuestros bares e incluso dejando a un lado al Chop- Suey para cocinarnos tortillas de patatas en el bar, que antes era “Bar Manolo” y que ahora, aunque mantenga el cartel de su antiguo propietario, el actual dueño es un chino.

Los chinos son como Dios -al margen de que hay tantos... que están en todas partes-, aprietan, pero no ahogan . Los chinos no van a permitir que caigamos en desgracia. Ellos van comprando nuestra deuda para asegurarse de que no vamos a dejar de comprar sus productos, de modo que para ellos, la inversión en deuda es un negocio rentable.

Además consiguen cosas imposibles. Consiguen que nos olvidemos de que China es una dictadura comunista que pisotea los derechos humanos. Que se trata del país que ejecuta en pena de muerte a más personas que el resto del mundo en su conjunto, aunque las cifras totales siguen siendo un oscuro secreto. Consiguen también que todo occidente mire hacia otro lado mientras ellos expolian y reprimen (desde hace más de 70 años) al pueblo tibetano en una invasión que ha supuesto la destrucción de monasterios actualmente reconvertidos en sedes oficiales del Gobierno chino, además de millares de asesinatos y de todo tipo de vejaciones que van desde las persecuciones y los encarcelamientos, hasta la tortura o el confinamiento de miles de tibetanos en campos de trabajo forzoso. Claro que mientras nos vayan dando parné... todo esto no importa, o importa poco.

La casa de juguetes Gracia ya nos lo advirtió. De un modo subliminal y con el Tai-Pan, nos estaba pidiendo que detuviésemos el avance de algo que terminaría siendo imparable, pero... tampoco hicimos caso.

Así pues, somos los únicos culpables de haber cedido todo este terreno. Nadie nos ha puesto (todavía) una pistola en la sien para que les cedamos nuestros negocios a cambio de un fajo al contado, ni de que con tal de producir más barato hayamos trasladado nuestras fábricas allí empobreciendo nuestra capacidad productiva de un modo irrecuperable.

Eso nos pasa por fiarnos de quienes nos ofrecieron arroz tres delicias y flipamos con eso. Para nuestra sorpresa, algunos seguimos estupefactos aún al descubrir que las tres delicias no eran más que: tortilla, jamón York... y guisantes.

Imágenes: Tai-Pan de juguetes Gracia años 70's. Colección particular.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Madelman

Supongo que para muchos de nosotros los Madelman fueron el mejor juguete de finales de los 60’s y de toda la década de los 70’s. -me refiero exclusivamente a la primera etapa de Madelman comprendida entre 1968 y 1976-, etapa en la que disfruté de estos fabulosos muñecos articulados a los que les siguieron nuevas etapas en las cuales se introdujeron cambios en su morfología inicial hasta su definitiva desaparición del mercado en 1982, pero esos... me pillaron algo mayor.

Por muchos motivos fueron un juguete de indiscutible interés por su realismo en general, pero por encima de todo en sus manos, sus ropas perfectamente cosidas, los complementos cuidados hasta el más mínimo detalle, e incluso lo atractivo de sus presentaciones en esas cajas magistralmente ilustradas, troqueladas, plastificadas, con el muñeco o muñecos colocados cuidadosamente y sujetos gracias a unas gomas que les mantenían allí, desafiantes y dispuestos para la acción. Todo eso hacía de los Madelman un juguete impresionante, pero quizá, lo más destacable, lo que le hacía especial y único, era su genial sistema de articulaciones que le permitía adoptar cualquier postura por increíble que pareciese.

No había crío que no tuviese su colección de Madelman; quien más y quien menos tenia su buena media docena de muñecos con los que exploraba Marte, se iba al Aconcagua, o se sumergía en el fondo del océano. Y todo eso teniendo en cuenta que no se trataba de un juguete precisamente barato, pero los de la casa Madel supieron ingeniárselas para acercarlo a todos los bolsillos comercializándolos en tres formatos: el “equipo individual” que contenía un Madelman con su traje completo y algunos de los accesorios. Ése era el que nos dejaban los reyes a los niños del Poble Sec barcelonés y demás barrios donde la economía era más bien escasa. Luego estaba el “equipo básico” que contenía lo mismo que el anterior, pero con bastantes más accesorios y complementos, y finalmente el “super equipo” en el que además de haber más de un Madelman, habían accesorios y complementos a todo meter. El sueño de cualquiera.

Además, y por si eso fuera poco, habían cajas de accesorios y complementos para completar los equipos Madelman, no sólo con detalladísimos y pequeños artilugios, sino que también se podía disponer –en caso de contar con un buen presupuesto- de automóviles Jeep de campaña o safari, cañón, scooter submarino, lancha, etc, etc.

Es necesario decir que los primeros Madelman que se lanzaron al mercado en las navidades de 1968, se presentaron en unas cajas estrechas de color rojo sin ilustraciones, con el fondo amarillo y con parte de los laterales y el frontal cubiertos con plástico transparente desde el que se podía ver, en su interior, a la figura de pie y ataviada con algunos accesorios. Los modelos que se embalaron en dicho sistema fueron: el esquiador, el marinero, el comando, el safari, el porteador negro, y un exclusivo astronauta inspirado en la película “2001 Odisea en el espacio” de Stanley Kubrick y licenciado directamente por la Metro Goldwin Mayer para su fabricación. Digo “exclusivo” por tres razones de peso; la primera es que su caja era azul, en lugar de roja como en el resto de los modelos, la segunda era el hecho de que muchos llegaron a decir que este modelo nunca existió y le convirtieron en leyenda, y la tercera razón es que un modelo de este Madelman astronauta, vendido en una juguetería de Santander hace algo más de 40 años, llegó a venderse en subasta en octubre del 2007 por el astronómico precio de 3.210 €.

La historia Madelman se remonta al año1964, momento en el que dos empresarios: Andrés Campos y Josep Maria Arnau, de Madrid y Barcelona respectivamente, adquirieron una empresa de fabricación de objetos en plástico que se hallaba en quiebra, situada en el municipio madrileño de San Martín de la Vega y que se llamaba “Manufacturas Delgado” (MA-DEL). Arnau era a su vez propietario e hijo del fundador de la casa EXIN (Exclusivas Industriales S.A.), una de las grandes empresas jugueteras españolas con juguetes tan inolvidables como el Scalexteric, Cine Exin o el Exin castillos, entre otros.

En 1966, y tras un viaje de Arnau a los Estados Unidos, el empresario regresó impresionado por el éxito que un muñeco de acción estaba causando en el continente americano. Se trataba de G-I JOE, una figura articulada que le inspiró para lo que sería la creación de los Madelman. Inmediatamente los diseñadores de la casa EXIN se pusieron a trabajar en un prototipo que rompió las reglas de los juguetes de ese estilo comercializados hasta entonces, ya que su tamaño era inferior (el G-I JOE medía unos 30 centímetros), permitiendo una mejor jugabilidad, y sus articulaciones a base de rótulas de plástico autoengrasadas permitían una mejora considerable en poses más realistas y estabilidad, en contraste con las articulaciones de gomas elásticas que ofrecían los otros muñecos.

Se realizaron prototipos iniciales de 15 centímetros, pero el muñeco final midió 17 centímetros ya que se trató del tamaño más pequeño posible en el que fuese posible confeccionar y coser las mangas de la ropa. Además de eso, la figura consistía de 23 piezas de plástico que se fabricaban en industrias MADEL. La ropa se diseñaba en EXIN Barcelona y se confeccionaba en Madrid.

Como si se tratase de una aventura real, los orígenes de los Madelman fueron antológicos y los dos impulsores del proyecto, los ya citados Arnau y Campos, contaron para esta aventura con dos hombres de indiscutible valía que serían los encargados de sentar las bases para un juguete que no será nunca olvidado por los que entonces fuimos niños.

Alfonso Díaz Alarcón

Un escultor que heredó de su padre –también escultor- la especialización por las tallas religiosas. Nacido un 9 de abril del año 1925 en la calle Verdi del barcelonés barrio de Gracia, su obra se encuentra desperdigada por la geografía española, así como en Estados Unidos, pero desafortunadamente, por el hecho de trabajar siempre para terceras personas que le subcontrataban para la realización de algunos trabajos, su nombre ha pasado injustamente desapercibido.

El verano de 1966 recibió de la casa Exin el encargo de crear las articulaciones para lo que sería una nueva figura de acción, y que terminaría convirtiéndose en el juguete más recordado de todos los tiempos.

Alfonso Díaz, poseedor de una inagotable fuente de ingenio y de una habilidad poco común que le llevaba a ser algo más que un escultor, -podríamos decir que se trataba, sin duda alguna, de un inventor en toda regla-, empezó a tallar las diversas partes del cuerpo del muñeco en madera. Una vez confeccionadas las diferentes piezas realizó moldes de yeso para su posterior fabricación en plástico, pero lo más anecdótico o impresionante estaba aún por venir.

Aquel verano Alfonso lo dedicó en cuerpo y alma a la creación del muñeco, realizó numerosos dibujos y croquis, así como modelos en barro de las distintas partes de la anatomía Madelman y entre las que hay que destacar sus inolvidables manos. No obstante, el encargo en sí, basado en las articulaciones estaba aún por resolver. Alfonso le daba vueltas a varias posibilidades que no terminaban de dar con la fórmula correcta hasta que un día, en una tienda de productos de arte religioso de la calle del Carmen de Barcelona, encontró unas bolitas inicialmente pensadas para la confección de rosarios, pero que le dieron al escultor, la respuesta a la incógnita que estaba tratando de resolver.

Las bolitas, las cuentas de rosario, serían las estructuras esféricas, unidas por ejes, y en torno a las cuales pivotarían el resto de piezas anatómicas previamente creadas por el artista. De ese modo se conseguiría crear una articulación única que a día de hoy, cuarenta años más tarde, aún no ha sido superada por ningún otro muñeco articulado.

Alfonso Díaz siguió colaborando con las casas Madel y Exin, y confeccionando algunos de los accesorios más destacables del muñeco como las cartucheras, cascos, prismáticos, o las características botas de la gran mayoría de los modelos.

Años más tarde, el taller familiar en el que Alfonso imaginó, diseñó y creó innumerables obras, sufrió un lamentable accidente en el que se perdió gran parte de su trabajo, así como los bocetos gráficos que el artista había realizado de la articulación del Madelman y demás diseños de su anatomía. Sólo una oxidada caja de galletas pudo ser recuperada y en la cual se hallaban los primeros prototipos realizados en aquel verano del 66, y que sin duda, nos sirven como testimonio de que Alfonso fue, junto con los impulsores del proyecto, el inventor del Madelman.

Lluis Bargalló

Nació en Barcelona y a los 17 años inició su trayectoria profesional junto a reconocidos dibujantes publicitarios de la época. A sus 20 años formaba parte del taller de la Cúpula del Gran Teatre del Liceu, colaborando como pintor y escenógrafo.

Trabajó para las agencias publicitarias más destacadas de la época de Barcelona, Madrid y París.

Durante más de veinte años fue el ilustrador de las cajas de Scalextric, Ibertren, Tente y Madelman, otorgándoles a todos esos juguetes una formidable estética que las han convertido en la actualidad en auténticas piezas de coleccionista.

Inicialmente la casa Exin había encargado las ilustraciones de las cajas a la agencia Reclamo en la que Lluis Bargalló trabajaba como director de arte, pero un día, Josep Maria Arnau le lanzó la propuesta de que se ocupase personalmente de las ilustraciones trabajando desde la propia casa Exin. Lluis vendió su participación como socio de Reclamo y desde entonces se dedicó a lo que realmente le gustaba, ilustrar sin la necesidad de mandar a ningún equipo artístico y disfrutar plenamente de su trabajo.

El proceso de elaboración de la ilustración de cada caja se iniciaba en el momento en el que el departamento de producción tenía un modelo listo, a partir de ahí se lo presentaban y él empezaba a ilustrar según la indumentaria y los complementos de cada nuevo Madelman. Arnau le tenía en gran consideración y le hacía asistir a todas las reuniones para tener su opinión en cuenta.

Gran parte de la documentación que Bargalló utilizó para sus ilustraciones se la proporcionaba un amigo suyo que trabajaba en el cine y que era propietario de una tienda en la calle Aribau de Barcelona, de ahí el parecido de los personajes ilustrados en las cajas con algún que otro actor de Hollywood.

En la segunda época de Madelman Lluis Bargalló continuó ilustrando las cajas -no hay que olvidar que fue en esa época cuando aparecieron los muñecos femeninos-. En líneas generales la relación entre Bargalló y Arnau fue excelente, pero debido al recato del señor Arnau, Bargalló tuvo que subir algún escote y alargar alguna que otra falda.

Las ilustraciones de las cajas de Madelman, fueron espectaculares por su estilo suelto, de ejecución efectista y que a través de su realismo transmitían la verdadera esencia para la que fueron concebidos los Madelman; la acción sin límite que hacía honor a su eslogan de lanzamiento: “Los Madelman lo pueden todo”.

En mi caso, llegué a tener más de una docena de Madelman que desgraciadamente perecieron en las innumerables misiones en las que les hice participar. De modo que mi colección particular de Madelman se limita a una caja intacta del pirata que me regaló mi mujer hace ya un buen puñado de años, y de uno que adquirí por internet del ejército de tierra y al que vestí de aventurero para que me acompañase en mis viajes (confieso que soy uno de esos frikis que viajo con un Madelman y que le hago fotos en los lugares más insospechados). Ah!... y como no... también me compré las reproducciones más que aceptables que Altaya reedito en el año 2003.

Les dejo con algunos de los anuncios de televisión de Madelman, y con un agradecimiento extremo hacia Pedro Lozano Crespo, José Gracia y José Maria Padilla, auténticos coleccionistas Madelman que han aportado gran cantidad de documentación. También al Capitan Madelman y al Profesor Quatermass por los anuncios, y muy especialmente a Manuela Díaz Guillem, hija de Alfonso Díaz Alarcón y que ha puesto a disposición de los madelmaníacos las imágenes de los prototipos que realizó su padre.



Relación de las imágenes: 1) Logotipo Madelman. 2) Formatos de cajas. Imagen extraída del catálogo Madelman de 1975. 3) Cajas de los primeros Madelman comercializados en las navidades de 1968, y caja del Madelman astronauta vendido en subasta en el año 2007 por 3.210 €. 4) Primer anuncio publicitario realizado para los Madelman y que apareció en diversas revistas del sector juguetero en diciembre de 1968. 5) Portada y contraportada del catálogo Madelman de 1975. 6) Alfonso Díaz Alarcón. 7) Prototipos creados por Alfonso Díaz Alarcón para los muñecos Madelman y sus articulaciones. 8) Lluis Bargalló. 9) Imágenes de algunas cajas ilustradas por lluis Bargalló y extraidas del catálogo Madelman de 1975. 10) Colección particular.

jueves, 21 de octubre de 2010

El Ford Galaxie de Rico, y el "Chilofiu Ye-Ye-Ye"

Dicen los expertos que el ser humano empieza a conservar recuerdos a partir de los 4 o 5 años de edad.

Es decir, que según esa docta teoría, yo no debería acordarme ahora ni por un instante del maravilloso Ford Galaxie que la casa Rico lanzó al mercado en la campaña de Navidad de 1965. No debería recordarlo ya que por entonces yo tenía 1 año, así que no debería recordar ni que mis padres me lo regalaron, ni que aluciné en colores cuando ese prodigio de casi 50 centímetros de hojalata litografiada empezó a moverse tras accionar un botón y a entonar, a través de un altavoz en su asiento trasero, algo parecido al “She loves you” (1963) de los Beatles. Tampoco debería recordar que en su interior, y tocando diversos instrumentos musicales, se hallaban unas figurillas de goma que pretendían (y conseguían) parecerse a los integrantes de la banda de Liverpool más popular de la época. Y obviamente no debería recordar esos diseños de flores, notas musicales y demás adornos psicodélicos que el coche tenía estampados, y que inducían subliminalmente a los de mi generación al consumo compulsivo de psicotrópicos.

Pues mira por donde... lo recuerdo, a pesar de la opinión de los expertos recuerdo perfectamente ese coche que fue uno de los mejores con los que la localidad de Ibi, en Alicante, consiguió hacer las delicias de un buen puñado de críos que pudimos disfrutar de un juguete que hoy en día está considerado como una auténtica joya de coleccionista.

No, lamentablemente no forma parte de mi colección particular, pero... ando tras él, y eso únicamente significa que tarde o temprano podré volver a accionar ese botón y revivir esos recuerdos que conservo de mi primer año de vida pese a la estadística que se empecina en decirme que dichos recuerdos no existen. Qué sabrá ella?

La casa Rico tuvo un buen ojo comercial al lanzar el juguete haciéndolo coincidir con los conciertos que los Beatles dieron en España en el año 1965 y en plena dictadura franquista. Sus actuaciones en Madrid y en Barcelona, cerrando su gira europea, no estuvieron exentas de gran polémica y de numerosos intentos del régimen por tratar de restarle importancia a un fenómeno musical imparable, y con el fin de que los fans no se mostrasen demasiado eufóricos ante unos melenudos transgresores que eran un pésimo ejemplo para la juventud española del momento, que al parecer... debía mostrarse al mundo como un prodigio de virtudes.

El inconveniente con el que se encontraron los fabricantes del Ford Galaxie fue el pago de derechos de propiedad al intentar comercializar el juguete utilizando el nombre de la banda, así que en su lugar, nos fue presentado como el “Ford galaxie de los Ye-Yes”, evitando así el consiguiente sablazo y dándonos absolutamente igual a los críos, ya que nadie nos podía negar que John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr se hallaban en el interior de ese vehículo jugando con nosotros en el salón de casa. Algo que nunca harían los Rolling Stones y que marco los inicios de las irreconciliables diferencias entre fans de unos y de otros; algo parecido a lo que sucede entre seguidores del Barça y del Real Madrid, o más en mi línea –debido a que el fútbol me importa un bledo- entre usuatrios de PC o de Macintosh (PC de toda la vida. Dónde va a parar... el Mac es para pijos!)

Así pues, el Ford galaxie de los Ye-Yes fue un juguete inigualable. Uno de los que voy persiguiendo y que algún día adquiriré en buen estado, ya que a pesar de no poder guardar recuerdos de esa primera infancia... se ha mantenido fielmente grabado en mi memoria.

Les dejo con una pequeña dosis de lo que fue la actuación de los Beatles en España en el 1965; actuación que al ver el video me he enterado que la presentó Torrebruno. Vamos... que me dicen a mi que Torrebruno se encargó de “amenizar” el acto, sin verlo con mis propios ojos, y no me lo creo. Que es que me pinchan y no me sacan una sola gota de sangre!

Les dejo también un video del “Chilofiu Ye-Ye-Ye” que así era como lo pronunciaban los fans españoles en aquellos tiempos en los que aquí ni Dios hablaba inglés; claro... teniendo en cuenta que “por su gracia” Franco fue caudillo... Hasta Dios era español!



lunes, 4 de octubre de 2010

A matar marcianos!

Esta mañana, el Facebook, me hacía saber que mi amiga Maria había encontrado finalmente su consola PSP tras buscarla durante algunos días por entre las cajas de algún que otro armario, o por entre medio de los almohadones del sofá que siempre fagocitan cosas como mandos a distancia, paquetes de tabaco, encendedores, etc. No sólo me he alegrado de que por fin Maria recupere su PSP y pueda añadirla al resto de consolas que colecciona desde los ochenta, sino que además, la noticia me ha dado el empujoncito necesario para publicar esta entrada que ya hace algún tiempo tenía en mente.

En casa de cualquiera de nosotros –y no es absolutamente necesario que tengamos hijos- seguro que debajo del televisor del salón hay una buena consola en la que poder echar una partida a casi cualquier cosa; participar como soldado de la 101 Airborne en un de las brutales contiendas que tuvieron lugar durante la II Guerra Mundial, practicar todo tipo de deportes sentados desde nuestro sofá, o a lo sumo blandiendo un mando con nuestras manos mientras tenemos la boca llena de sándwich de jamón york y queso; es más, seguro que realizamos algún trayecto de metro o de autobús con nuestro teléfono móvil en mano y participando de alguna partidita del Prince of Persia o similar. Y bueno... Qué me dicen de los días de oficina jugando al busca minas de Windows, al solitario, o bien accediendo a cualquier página web que nos permita descargarnos juegos online y aprovechando esas aburridas horas de trabajo para echar un buen rato durante parte de la mañana o de la tarde?


Sea como sea, el caso es que a día de hoy podemos jugar a cualquier cosa, a todas horas, en cualquier lugar y disfrutar de unos gráficos espectaculares y de una jugabilidad formidable en la que, ni tan siquiera es necesario llevar una moneda de cinco duros para introducir en la rendija de una máquina de marcianos ubicada en algún bar o salón recreativo. Recuerdan el “Insert Coin”? fatídico mensaje que además de que reducía al mínimo nuestra paga, nos proporcionaba sólo tres vidas que no daban ni para media hora de juego, ni a los más expertos.

En aquellos años 70’s los videojuegos irrumpieron por primera vez en nuestras vidas y algunos tuvimos el gran privilegio de poder jugar, en vivo y en directo, con los juegos pioneros de lo que, a día de hoy se ha convertido en un mercado que mueve cifras millonarias superiores a las de las más importantes productoras cinematográficas Hollywoodienses. Quién nos iba a decir a nosotros que aquellas máquinas que se hallaban en todos los bares, con sus joysticks, sus botones, las rendijitas en las que introducir las monedas, y esas pantallas que nos mostraban unos gráficos de lo más simple, iban a formar parte de una de las mayores formas de ocio de la actualidad.

La media hora del bocata a media mañana se convertía en el momento más deseado del día. Salíamos de clase y nos apresurábamos para llegar al bar de siempre y empezar con la excitante labor de “matar marcianos”. Consumíamos un Cacaolat o una Coca-Cola, pero nunca, ningún dueño de ningún bar nos exigió consumir más o comprar el bocata en su establecimiento en lugar de traerlo de casa. Para qué? Dejábamos una fortuna en las máquinas mientras que el camarero podía repanchingarse a leer el periódico o a prepararle un café a algún que otro cliente ocasional.

Hay que reconocer que los videojuegos, esos valientes pioneros que nos deslumbraron en aquellos años, nada tenían que ver con la espectacularidad de los juegos actuales. Realmente eran la más mínima expresión en casi todo: músicas simples que apenas superaban las cuatro o cinco notas, graficos de una estética minimalista, pantallas sin interminables scrolls, sino más bien estáticas y con pocas posibilidades más de lo que a simple vista se observaba, pero su poder adictivo era tremendo.

Seguidamente les muestro algunos de los videojuegos más importantes de la época:

El Pong (Atari-1972): Se trató de uno de los primeros en alcanzar un gran éxito recreando una partida de Ping-Pong. Cabe destacar que el mundo del videojuego nació esencialmente para la creación de consolas caseras fabricadas de la mano de la empresa Atari en los 70’s, y que acto seguido se implementó el sistema en salones recreativos y en las populares máquinas de marcianos. Personalmente jamás tuve ninguna de esas consolas, pero si recuerdo haber jugado al Pong en casa de algún amigo, y en su máquina... que parece que se me quiere dibujar en la memoria como un artefacto bastante grande y de un diseño no demasiado atractivo.


Space Invadres (Taito Corporation-1978): Diseñado por el japonés Toshihiro Nishikado y que supuso la revolución de los videojuegos y el inicio de lo que actualmente se trata de una floreciente industria. El Space Invaders que yo recuerdo nos presentaba sus gráficos en dos colores: blanco y verde, pero también llegué a jugar con otro que iba haciendo que los marcianos cambiasen de color a medida que descendían hacia nuestra nave. El truco, no obstante, no estaba en el juego en sí, se trataba de la pantalla de la máquina recreativa que estaba tintada de diferentes colores creando un efecto... revolucionario en aquellos tiempos!


Gunfight (Midway-1975): Un juego que emulaba los duelos entre dos pistoleros del lejano Oeste, pero que entre medio de ambos oponentes interfería la presencia de algún que otro cactus en las primeras pantallas, y luego, la acción se iba complicando con la aparición de carretas y otros elementos que hacían complicada la labor de acabar con el maldito forastero. Recuerdo que quizá no era el más popular comparándolo con Space Invaders, pero concretamente en este yo me dejé una buena pasta, y como no... un montón de horas.



Asteroids (Atari-1979): También se hizo muy popular, y actualmente sigue desarrollándose su tecnología en muchos de los juegos que podemos encontrar online y creados a través de Flash. La virguería fue concebida y diseñada por Lyle Rains y programada por Ed Logg. La sensación de ingravidez y de inercia que se sentía al “pilotar” la nave en el intento de ir destruyendo los asteroides, le convertía en un juego especialmente adictivo.




Pac-Man (Namco-1980): El popular juego de los “comecocos” y el primero en separarse de las temáticas de deporte y acción para presentarnos un nuevo género más metido en lo humorístico, y acaparando la atención también de los más pequeños y del sector femenino. Pac-Man desbancó la supremacía mantenida hasta entonces por Space Invaders y se llegó a convertir en el videojuego más popular a nivel mundial, con la nada despreciable cifra de 193.822 máquinas vendidas entre 1981 y 1987. además... este ya era en color!, pero es que claro... estábamos ya en los 80's.


A estas alturas es imposible negar que la industria del videojuego se halla en un estado de salud formidable, y que cada nuevo juego sorprende por su calidad gráfica y por la complejidad en la trama de algunas de sus elaboradísimas historias. No obstante... algo se ha perdido con la manera de “matar marcianos” de hoy en día con respecto a la manera de matarlos en los 70’s. Se trata del sentido de dos simples palabras que por entonces eran de una importancia vital. Me refiero al lapidario “GAME OVER”; nos dejaba helados, con la miel en los labios. A punto de liquidar al terrible enemigo que nos daría acceso al nivel superior, pero no... para seguir intentándolo había que meter cinco duros más o dejarlo para el día siguiente. El Game Over era frustrante y demoledor, tanto que incluso nos sabía a derrota, y no eran pocas las ocasiones en las que esas dos palabras nos servían para ver la hora que era y percatarnos de que ya se nos había pasado la hora de matemáticas, y que encima... llegábamos tarde a la clase de latín.

Quieran que no, hoy en día esto de tener vidas ilimitadas... como que no mola.

Así que: GAME OVER ;-)