jueves, 15 de octubre de 2009

Clamante Vitaminado, le devuelve la alegría

Ahora que me veo convaleciente de mi tendinitis en el codo, y con mi brazo derecho inmovilizado, me acuerdo de esos domingos de los años 70 en el campo con nuestros padres, tíos y primos. Las mesitas y las sillas de camping, el vino con gaseosa, las tortillas de patatas, los libritos de lomo. Los SEAT 600 y los 850 Especial iban cargados hasta los topes de neveras portátiles, fiambreras de la casa Tupperware, vasos y platos de Duralex en colores verde y ambar, y de críos. Un montón de críos en cada coche en dirección al deseado “día de campo” y sin elevadores, sillitas ni cinturones de seguridad.

Y como no, me acuerdo de que una tendinitis nunca se solucionaba ni con inmovilizaciones ni con infiltraciones. Cualquier mal tenía su cura inmediata con aquellos botiquines setenteros que nuestros padres llevaban en la guantera del coche y que contenían: alcohol, agua oxigenada, mercromina, sulfamidas, vendas, esparadrapo de la marca Imperial, algodón, tiritas y el infalible Calmante Vitaminado.

Cualquier trompazo, arañazo, caída con voltereta incluida, etc, tenía su remedio aplicando unas gotas de alcohol, unos polvos sulfamidas para prevenir infecciones, una venda sujetada por una tirita y un Calmante Vitaminado para evitar el dolor.


Por si eso fuera poco; nosotros regresábamos a casa vendados y llenos de mercromina hasta las orejas, tal y como si hubiésemos mantenido una refriega contra alguna guerrilla revolucionaria, y con nuestro calmante entre pecho y espalda, pero siempre, absolutamente siempre... algún tío se había pasado de vueltas con el vino, la gaseosa o con el brandy Soberano, y alguien de la familia le administraba también el calmante vitaminado de turno.

—A ti qué te duele tío? —preguntábamos.

—A mí?... A mí no me dfuele naaadza —respondía el tío con una sonrisa socarrona y la nariz colorada.

Y es que claro..., ya lo decía el anuncio: “Beba sin temor. Ya todo ha pasado con Calmante Vitaminado”.

Así que ni controles de alcoholemia, ni leches; el tío cargaba de nuevo el coche con un puñado de críos y emprendía el viaje de regreso a la ciudad aunque llevase un pedo del quince. Como mucho, en alguna curva tomada un poco en Zig-Zag, se le acercaba una pareja de la guardia civil, le hacían detener el coche, bajar la ventanilla, y le saludaban con ese: “Güenas tardes... Documentassión”. El tío sacaba los papeles del coche de la guantera, los guardia civiles veían el botiquín, miraban el interior del vehículo -que más bien parecía un parvulario en día de excursión- y ya consideraban que el tío era un señor responsable. Además... si su aliento echaba un poco de pestazo a Brandy Soberano, su categoría aumentaba a la de “macho ibérico”, ya que eso... “era cosa de hombres”. Le despedían con un: “Güen viaje, caballero” y en marcha de nuevo.

Total, que ya estoy harto de reposo, voy a mandar al carajo mi vendaje, mi cabestrillo y voy a pillar una borrachera de tres pares. Luego me tomaré un Calmante Vitaminado y a trabajar que ya va siendo hora.

Me parece a mi que esto de la tendinitis... no es más que otra excusa que se buscan los médicos de hoy en día para evitar que los viejos botiquines de los años 70, les dejen sin curro.


sábado, 10 de octubre de 2009

La entrada número 100

Debo confesar que en la génesis de este blog creí que estaría más sólo que la una. Mi intención no era otra que la de colgar fotografías de mis objetos de colección setenteros acompañadas de imágenes que pudiese ir rescatando de aquí o de allá. También tenía previsto añadir algún texto y así, proporcionarme una excusa más para hacer eso que tanto me gusta y que es contar historias. El hilo temático del blog me permitía escribir mis relatos y compartir mis recuerdos dándoles una coherencia argumental en base a un tema que me sirviese como denominador común entre todos ellos: Los setenta.

Más de 11.000 visitas y de 60 seguidores en apenas nueve meses de existencia. Un buen montón de comentarios que se han convertido en grandes aportaciones y a través de los cuales se han compartido anécdotas y recuerdos con los que espero que todos nos hayamos divertido, y que han contribuido a conocernos un poco, aunque la mayoría, no nos conocemos en realidad, pero vaya... ya casi.

Creo que el interés que despiertan los años 70 en la actualidad, surge de la nostalgia de los que a día de hoy ya tenemos cierta edad, y que pese a la infancia exenta de libertades en la que nos tocó vivir, prevalece por encima de todo el hecho de que fuimos niños; etapa que sólo se vive una vez y que sólo puede seguir presente y permanecer ahí gracias al esfuerzo de muchos por no olvidar.

Las fotografías que muestro en esta entrada pertenecen a una mínima parte de mi colección particular. Algunos de los objetos ya han sido presentados en este blog, y en ocasiones asociados a algún relato inspirado en algún recuerdo rescatado de mi memoria. Como se puede apreciar quedan aún muchísimos objetos y un montón de historias que compartir, de modo que si les parece bien y desean acompañarme en este viaje en el tiempo, seguiremos en ello.

Total... sólo llevamos 100!

miércoles, 7 de octubre de 2009

Los Halcones del Espacio

Iván tenía sus cosas. Era un crío como nosotros, jugaba con nosotros, iba al cole con nosotros y le divertían las mismas cosas que a nosotros, pero siempre andaba unos pasitos por detrás y no se le podía considerar un niño “despierto”.

En el Poble Sec y con diez años de edad, ya todos habíamos desarrollado una picaresca típica y propia de supervivientes natos, en cambio, para Iván, la vida era un complejo berenjenal en el que ante cualquier situación siempre salía perdiendo.

—No te metas con Iván y procura que tus amigos tampoco lo hagan —me decía mi madre.
—Por qué no mamá? Iván es tonto.
—Hijo... Iván sólo tiene un problema, pero los tontos sois vosotros.

Yo no podía llegar a entender a mi madre cuando en clase, la propia señorita Isabel era la primera en ensañarse con él.

La señorita Isabel si oía una sola mosca en sus clases de matemáticas, necesitaba obsesivamente que apareciese un culpable. Daba igual que el culpable fuese uno u otro... ella necesitaba uno, y nosotros, conocedores de que a Iván ya no le venía de aquí, siempre le señalábamos como el causante de todos los males. Iván recibía estopa a diestro y siniestro ya que lo que a la señorita Isabel le gustaba más en este mundo era pegar. Lanzaba bofetadas con sus manos cargadas de anillos y sus muñecas repletas de pulseras. Las hostias que recibíamos nos causaban más dolor por el impacto en nuestros rostros de tanta chatarra que por los manotazos en sí. El ceño fruncido, pero a la vez esa cara de satisfacción que ponía la señorita Isabel cuando hostiaba a Iván no casaba con los consejos que trataba de darme mi madre, y para mí, para todos, era más fácil tener a Iván y apuntarle con el dedo cada vez que la profesora de “mates” pedía a gritos la presencia de un tierno infante a quien llenarle la cara de manos.

En el patio jugábamos “a la melé”, la típica melé de los partidos de Rugby; consistía en que uno de la clase se lanzaba sobre otro gritando “A la melé! A la melé!!”. Ante este grito que era algo así como una llamada de la selva o similar, el resto saltábamos los unos sobre los otros formando un amasijo humano y sepultando al pobre de turno que perdía la respiración tratando de zafarse de los diez o quince “compañeros” de clase que le habíamos caído encima. Generalmente -salvo contadas excepciones- el pobre que se hallaba aplastado en el suelo tras dispersarse el amasijo humano... era Iván.

Un día en la calle, vimos a un par de gitanos jugando con un juguete nuevo; se trataba del paracaidista “Halcones del espacio”. El Vallcanera, el niña, el boliche y yo nos quedamos mudos ante ese juguete y contemplando como esos críos lanzaban por el aire a un muñeco que, al caer, desplegaba su paracaídas y descendía lenta y suavemente. De inmediato corrimos hacia el kiosco del señor Sánchez con la esperanza de que esa novedad estuviese presente sobre su mostrador y en unidades suficientes como para satisfacer el capricho de cuatro críos que a empujones y a toda velocidad atravesábamos las calles del barrio.

Allí estaban, en varios colores y metidos en su blister de plástico. El señor Sánchez estaba acostumbrado a que abordásemos su kiosco cual piratas al asalto de un buque inglés, pero aquella tarde creo que temió por su integridad física ya que nuestra escandalosa llegada y aquel empeño en ser los primeros en conseguir uno de esos paracaidistas fue apremiante.

—Un paracaidista señor Sánchez! Deme un paracaidista! —El boliche, pese a que debía desplazar consigo varios kilos de carne más que el resto, se las ingeniaba siempre para llegar el primero a todas partes.
—Otro para mí! —gritaba el niña desde el final de la cola, el último en llegar y con ese aspecto y esa vocecilla que le hacían merecedor de semejante mote (confieso no recordar su verdadero nombre... siempre fue “el niña”... eso le pasaba por guapo).

15 pesetas valía por aquellos tiempos el paracaidista. Eso era un montón de dinero que no reuníamos entre los cuatro en ese momento. El señor Sánchez nos deseó suerte con nuestros padres y con nuestras huchas emplazándonos de nuevo en cuanto tuviésemos el dinero.

Pasados dos o tres días estábamos en el patio de clase una tarde, contando nuestro dinero y observando con un brillo en nuestros ojos que la cantidad que habíamos reunido entre todos, nos daba para comprar cuatro maravillosos halcones del espacio, uno para cada uno, así que ahora sólo quedaba pelearnos por los colores, pero a toda costa, fuese como fuese, el mío tenía que ser amarillo. Me fascinó el día en que frustradamente intentamos hacernos con uno en el kiosco, me impactó ese paracaídas de cuadros morados y blanco, de modo que estaba dispuesto a lo que fuese con tal de que ése fuese el mío.

Timbre que anunciaba el final de las clases y consiguiente carrera hacia el kiosco con el fin de reclutar a uno de esos maravillosos aventureros del aire para nuestra colección de juguetes predilectos. El señor Sánchez nos vio llegar y se apresuró a salir del kiosco con un montón de paracaidistas en sus manos protegiendo su chiringuito del impacto sobre él de nuestros cuerpos, y del posible riesgo de llegar a desmontarlo y convertirlo en un montón de tablas de madera pintadas de color verde.

—Tomad! Tomad!, pero no os acerquéis ni un milímetro más! Que sois como la peste!!!

Hay veces que la vida te lo pone fácil, y eso era algo a lo que los niños de barrio no estábamos acostumbrados, pero el azar, el orden en el que íbamos entregando las 15 pesetas al señor Sánchez a la vez que él iba repartiéndonos blisters con paracaidistas, hizo que sin pedirlo, sólo deseándolo, el kioskero depositase en mis manos al deseado halcón amarillo con el paracaídas a cuadros morados y blancos.

—Ahora no hagáis como el hijo de la Encarna que ha saltado del balcón agarrado al muñeco.

No le hicimos demasiado caso, no reparamos en sus palabras ya que nuestro entusiasmo rebasaba cualquier límite dentro de la normalidad. Tres manzanas calle abajo, esas palabras del señor Sánchez se clavaron en nuestros cuerpos provocándonos un dolor que aún dura al recordar.

Iván hacía tres días que no venía a clase por culpa de unas anginas, pero daba igual. Creo que nadie le echó en falta a excepción, quizá, de la señorita Isabel. La señora Encarna le había comprado a su hijo un halcón del espacio para hacerle más llevadera su convalecencia, y esa tarde, en la que Iván ya se notaba más recuperado, se lanzó al vació desde un cuarto piso tratando de surcar el cielo con el paracaídas de ese muñeco con el que ya jugábamos todos los críos.

Unos montones de serrín en el suelo tapando un charco de sangre y un par de patrullas de la policía fue todo lo que llegamos a ver de lo que pasó en el barrio aquella tarde.

No sabría decir si Iván se ganó sus alas de piloto realizando ese vuelo suicida, pero lo cierto es que nos dio una lección. Estoy seguro de que todos, seguimos echando de menos a alguien a quien nunca tuvimos en cuenta. Y efectivamente, él tenía un problema, pero nosotros... fuimos siempre muy tontos.

Créditos de las imágenes: Fotografías del paracaidista "Halcones del espacio". Colección particular.

sábado, 3 de octubre de 2009

Kiss and Say Goodbye

Los viernes pretende ser el día oficial en el que este blog presenta un tema musical de los 70, pero... por alguna extraña razón, siempre termino posteándolo en sábado.

Lo cierto es que la razón no es tan extraña. En realidad es por culpa del conocido síndrome del “Oye, ya que estás...” Se trata de un síndrome que padecen la gran mayoría de editores con los que trabajo y que viene dado por culpa de que ellos... no trabajan los viernes por la tarde. No obstante, y pese a esa virtud y privilegio del que gozan, necesitan invariablemente el trabajo realizado para el lunes, motivo que da lugar a otro conocido síndrome denominado “A ser posible a primera hora”. Es decir, que todo se resume en algo del estilo de lo siguiente:

Oye, ya que estás... a ver si me puedes tener esto listo para el lunes. Ah!... y a ser posible a primera hora”.

De modo que a este bloggero, setentero y rockero, no le quedan más huevos que pisar el acelerador a fondo durante el viernes para poder librar el sábado y aún y así... entregar el jodido lunes a primera hora.

Esta vez, me toca currar también en sábado así que les dejo este tema de “The Manhattans” que lleva por título “Kiss and Say Goodbye”. Música R&B en estado puro. El grupo se formó en New jersey por el año 1962 y el tema corresponde a uno de sus éxitos de 1975.

Ahora disfruten de la música, y como a mí me toca seguir laborando un poco, sólo les digo que... un beso y adiós.

Hasta más ver hermanos ;-)

NOTA: Cagüen tó lo que se menea! Acabo de ver que estos putos del Goear, ahora le meten publicidad a la música. Habrá que buscar otro servidor, o tragarse el anuncio.


martes, 29 de septiembre de 2009

El día que le metí mano a la Virgen María

En la parroquia de Santa Madrona, en la calle Tapioles del Poble Sec, hacían sesiones cinematográficas, y como consecuencia de ello, esas eran las pocas ocasiones en las que yo entraba en una iglesia.

Recuerdo con especial agrado el pase de una de esas películas ( a decir verdad, se trata de la única que recuerdo). La peli se titulaba “El anillo de los Nibelungos”, historia de la cual se han realizado innumerables remakes, pero que creo, que la que yo vi era una producción germano-yugoslava de 1966, aunque tampoco puedo estar seguro. El caso es que disfruté como un loco de las aventuras y de los colores estridentes del film, que sin duda, si lo volviese a ver a día de hoy imagino que me horrorizaría. Quién sabe?

Esas visitas “al cine” de la iglesia de Santa Madrona solían ser organizadas por la escuela; por las mañanas el señor Rius, y profesor de religión para más señas, nos introducía en la trama de la película que iríamos a ver esa misma tarde, y por la mañana del día siguiente nos animaba a comentarla en clase.

Uno de los recuerdos que más se conserva en mi memoria de esas sesiones de película, es el hecho de que podíamos asistir a la sala con los bocadillos y las botellas de gaseosa. Ni que decir tiene que medio bocadillo era engullido, mientras que la otra mitad era deshecho en migas que lanzadas como proyectiles se estampaban en las cocorotas de los compañeros de clase que se hallaban sentados en las filas delanteras, así como en la cabeza de alguno de los profesores que en mitad de la película, se levantaba de su asiento y pedía orden del modo más infructuoso que nadie se pueda llegar a imaginar.

El señor Rius, además de tratarse de nuestro profesor de religión, era cura aunque nunca le vimos vestido con su hábito, pero... lo era, tenía toda la pinta. En una de sus introducciones a la película que íbamos a ver esa tarde de otoño de 1971, nos habló de la Virgen María y nos contó que era una joven muy hermosa, limpia de todo pecado y la escogida por Dios para... no recuerdo qué. Imagino que el señor Rius lo dijo, pero a decir verdad no presté mucha atención ya que en las últimas filas de clase -en las que yo me hallaba- se estaba fraguando una guerra de “munis” y era cuestión de ir preparando las gomas de pollo y de ponerse a doblar concienzudamente papelitos para tener un buen arsenal preparado.

Tampoco recuerdo qué película vimos por la tarde ya que había mucho que hacer en esa sala de cine: comerse medio bocadillo y preparar proyectiles con el otro medio, beberse la gaseosa, cambiar cromos con mi compañero de clase José Luís Naval, corretear entre las filas de asientos y lanzarse cuerpo a tierra en cuanto el señor Rius se ponía en pie para solicitar orden. En fin... que no se podía estar en todo.

Lo que recuerdo perfectamente, es que en la cola que formamos para salir ordenadamente del cine, una imagen de madera de la Virgen María y a tamaño natural, se hallaba allí, en pie, flanqueando la puerta que daba a la salida de la iglesia. No recordaba haber visto esa imagen en las otras ocasiones que habíamos asistido a Santa Madrona a ver una película. Posiblemente, la imagen se encontraba de paso, o quizá estuvo allí siempre, pero nunca me fijé. El caso es que con siete años y cursando 3º de EGB, pude percatarme de que realmente, la Virgen María era absolutamente hermosa.

En medio de aquella fila, iba acercándome poco a poco a aquella figura que ya ocupaba todo mi campo de visión; sus ojos miraban en dirección a un absoluto vacío y de ellos brotaban unas diminutas lágrimas en una expresión de tristeza que transmitía una gran ternura.

Recordé una frase que durante la mañana pronunció el Señor Rius en uno de esos momentos en los que yo no le prestaba atención alguna: “La Virgen María no había conocido hombre”. Y me dio por pensar que quizá por eso lloraba. No hubiese sido de extrañar ya que hasta 3º de EGB yo había asistido a colegios en los que los niños éramos separados de las niñas, pero en ese nuevo cole en el que consiguieron matricularme mis padres tras mi expulsión del colegio anterior, estábamos todos juntos, y el hecho de haber conocido a niñas y poder jugar con ellas, me resultó especialmente agradable.

Finalmente y mientras avanzaba la cola, allí estaba ella, escasamente a dos palmos de mí. No conseguí que sus ojos me mirasen por más que trataba de buscarlos con los míos, no había forma de coincidir. En el intento de captar su atención de algún modo, llegué incluso a salirme de la fila, y ya que estaba, decidí darle un rodeo a la imagen para ver cómo diablos llevaba sujeto el alo a la cabeza; algo que había visto en las estampas y en las ilustraciones de los libros de religión, pero que no había sido capaz de entender nunca.

Juro que fue sin querer, pero a pocos centímetros de mi nariz el culo de la Virgen llamó sorprendentemente mi atención. Jamás había reparado en la idea de que la Virgen pudiese tener culo, pero... vaya que si lo tenía! Un hermoso culo, terso y redondo, cubierto por un fino manto que permitía adivinar todas sus turgencias y que me hizo recordar aquella tarde en la que Ana Ochoteco y yo, jugando en el patio, nos metimos en una especie de lío en el que yo andaba tocándole el culo a ella mientras que ambos, entre risas, intuíamos que estábamos pecando y no entendiendo muy bien el por qué.

En una acto puramente cristiano, casto y con la mayor intención de solidaridad de la que fui capaz, posé mis dos manos sobre el culo de la Virgen María esperando arrancar de ella una sonrisa y borrar esa aflicción de su rostro.

Al parecer el señor Rius no lo entendió así. Me sorprendió palpando las posaderas de María, y con una expresión en su rostro más propia de un ser del infierno que del cielo, saltó sobre mí rezando a voz en grito el Ave María. En la fila, las caras de mis compañeros y compañeras de clase eran de estupefacción. Todos me miraban como a un bicho raro, a excepción de Ana Ochoteco, que para variar, se reía recordando viejos tiempos. El señor Rius agarró mi oreja como si se tratase de su paga de fin de mes y me arrastró en dirección a la calle. Apenas pude ver de soslayo el rostro de la Virgen María, pero me di cuenta de que seguía llorando. No supe en aquellos momentos si lloraba porque mi intento no había surtido efecto alguno, o si lo hacía ante aquella escena en la que un ser maligno se retorcía de ira y me arrastraba de la oreja para alejarme del lugar.

Una vez en la calle, el señor Rius me zarandeó cogiéndome de los brazos, tirándome del pelo y del cuello de mi jersey. De su boca salieron todo tipo de insultos de entre los cuales recuerdo uno que me dejó absolutamente impresionado; “hijo de Satanás!” Joder con el cura de incógnito! En un arranque de melodramatismo extremo se arrodilló en el suelo en plena calle, y en actitud de súplica al Todo Poderoso exclamó: “Dios mío! Perdona a este pobre desgraciado que no sabe lo que hace!”. Se levantó nuevamente y continuó con sus zarandeos y con todo lo más rancio que fue capaz de sacar por su boca. Yo ya estaba por echarle mano a la goma de pollo, sacar una “muni” de mi bolsillo y saltarle un ojo, pero afortunadamente una señora (gracias señora) que pasaba por la calle y que, al parecer, estaba informada por alguno de mis compañeros de cuanto allí había sucedido, se acercó al señor Rius y le dijo:

—Oiga! Deje en paz a este crío, que por más que le haya tocado el culo a la Virgen... no ha sido él quien la dejó preñada!

Preñada? Poco tiempo después me enteré de qué significaba eso, pero... No habíamos quedado en que “La Virgen María no había conocido hombre”?

Fíate tú de curas!

lunes, 28 de septiembre de 2009

Olimpiadas en los 70 y Madrid 2016

Me gustaría, de corazón, que en la ciudad de Madrid se celebrasen los próximos juegos olímpicos del 2016.

Por otra parte, quiero recordarles a los madrileños, y sobretodo a los más de 100.000 que ayer se reunieron en Cibeles para apoyar la candidatura de su ciudad, que Barcelona, antes de celebrarlas en 1992, había sido candidata en los años 1924, 1936 y 1940, vaya... que tampoco fue fácil, pero que finalmente se consiguió, y que del mismo modo lo conseguirá Madrid, y a ser posible... en este ansiado 2016.

Seguro que para entonces ya habrán dejado de marear a la estatua del oso y el madroño, a la cual, durante la pasada semana vi como la cambiaban de su lugar original para facilitar el acceso del tráfico a la calle del Carmen. También me sorprendió ver como sustituían al viejo Kilómetro Cero de la Puerta del Sol; emblema que da origen a las carreteras radiales españolas. Yo fui uno de los muchos turistas, que en su día, puse mi pie sobre ése Kilómetro Cero y pensé para mí: “Yo he estado aquí”.

También es muy posible que para el 2016, los madrileños hayan encontrado el tesoro que andan buscando por la ciudad y dejen de hacer socavones a diestro y siniestro. Quizá también, con suerte, para entonces Espe ya sea historia, aunque a decir verdad, la veo yo muy incombustible a ella, y lo que aún es peor... con muchas ganas de guerra.

En cualquier caso, y al margen de los muchos intereses políticos que rodean un evento de semejante magnitud, Madrid merece esas olimpiadas, y los madrileños merecen contemplar como su ciudad sufre una transformación para bien. Y lo que es más importante aún, en un (relativo) corto espacio de tiempo ver como grúas y boquetes desaparecen de sus calles; ya que si algo de bueno tiene un acontecimiento tal, es el de observar como finalmente se reactivan y se dinamizan todas esas obras por la vía pública que ahora... parecen eternas.

Personalmente me la repampimfla bastante el tema deportivo en cuestión. En su día no fui un gran entusiasta de que se celebrasen las olimpiadas en mi ciudad, Barcelona. No obstante, debo reconocer que el cambio de imagen que se le dio a la ciudad y su definitiva apertura hacia el mar, fue algo necesario que hoy en día se agradece. Así pues, estoy convencido de que los madrileños que hoy tuercen el morro ante el evidente disloque que suponen unas olimpiadas en cualquier lugar, estarán encantados de la vida al contemplar la innumerable cantidad de deseables cambios.

Volviendo a los 70, cabe recordar que durante ésa década tuvieron lugar dos juegos olímpicos que marcaron la actualidad del momento; más por cuestiones políticas, que por acontecimientos deportivos.

Munich 1972

La XX edición de los juegos olímpicos marcaron a fuego la fecha del 5 de septiembre de 1972. Un grupo terrorista palestino, denominado “Septiembre negro” y compuesto por 8 integrantes, secuestraron a 11 atletas del equipo olímpico israelí. Tras un fallido intento de rescate perpetrado por las autoridades alemanas, se arrojó un balance de 16 muertos (los 11 atletas y 5 de sus secuestradores) y sólo 3 de los terroristas fueron capturados con numerosas consecuencias, que a posteriori, se sucedieron en años sucesivos y en las que se incluyeron bombardeos, asesinatos, atentados, coches bomba, detenciones, etc. Vaya, que no fue para medalla, por decirlo de algún modo.




Como nota positiva cabe destacar la actuación del Atleta Mark Spitz, nadador estadounidense de origen judío que se hizo con 7 medallas de oro en natación, y que rompió las anteriores marcas mundiales con cada uno de sus triunfos. El nadador pasó a la historia de ése fatídico año olímpico llenando álbumes de cromos, programas de televisión y portadas de revistas setenteras.

Los trágicos sucesos de aquel año olímpico en el que tan sólo se suspendieron los juegos y demás eventos durante 24 horas tras los terribles acontecimientos, no lograron enturbiar la merecida victoria del nadador y su capacidad de esfuerzo.






Montreal 1976

24 países africanos se retiraron de las competiciones y se largarón de Canadá con motivo de que Nueva Zelanda no fue excluida de los juegos. Las delegaciones africanas solicitaron dicha exclusión ya que la selección de Rugby Neo Zelandesa había jugado contra la de Sudáfrica, país excluido del Comité Olímpico Internacional por su política racista.

Para más razón de males, Montreal no logró saldar las deudas contraídas durante la inversión en infraestructuras de sus juegos hasta el año 2006. Un puñado de preciosos años que los ciudadanos canadienses han estado “pagando el pato”.




De las olimpiadas de Montreal, siempre nos quedará el recuerdo de la gimnasta rumana Nadia Comaneci, que con sus 14 años consiguió unos rotundos 10 puntos; primeros en la historia olímpica tras una actuación perfecta sobre las barras asimétricas.

Sus méritos deportivos la llevaron a ser considerada una de las más grandes gimnastas del siglo XX. Ahí es nada.

En este orden de cosas, y tras las malas experiencias de las olimpiadas de los 70, cabe recordar nuevamente, y para buena referencia a los madrileños, lo que fueron las olimpiadas de Barcelona 92, consideradas en su día las mejores de la historia, y convirtiendo a mi ciudad en un punto visible y admirado a nivel internacional.

Aunque no puedo ocultar el secreto deseo de que lo hagan un poco peor que los barceloneses (no jodamos... que para algo somos ciudades rivales ;-), les deseo muy sinceramente, la mejor de las suertes a todos los madrileños.

Ánimo en este empeño que esas olimpiadas ya son vuestras (nuestras)... tengo una corazonada ;-)

sábado, 26 de septiembre de 2009

Sweet Caroline

Con apenas 5 años esta canción me erizaba el vello. Les pedía a mis padres discos de Neil Diamond mientras que ellos insistían una y otra vez en recordarme que no teníamos tocadiscos y que ya tenía bastante con escucharla por la radio, cosa que afortunadamente... sucedía muy amenudo. Por aquellos tiempos, 1969, año en el cual este tema fue un auténtico Hit, recuerdo que era poner la radio... y sonar el Sweet Caroline.

Tampoco sabía entonces que significaba eso del “touching me, touching you” que decía la canción, pero ya intuía que eso, tenía que molar.

Con 7 años mi tío Montano me regaló un radiocassete de la marca Telefunken y dejé de escuchar el Sweet Caroline a través del transistor a pilas. Con el Telefunken enchufado a la corriente eléctrica y con la cinta de cassete que finalmente conseguí que mis padres me comprasen, tenía el poder y podía escuchar a Neil Diamond y a su Sweet Caroline a todas horas y por todos los rincones de la casa. La discografía del autor / cantante / actor / productor, pasó por mi radiocassete una y otra vez hasta que un día mi madre me explicó que había otra gente que se dedicaba a eso de hacer música. Bueno... a decir verdad yo ya lo sabía, pero es que en esos momentos Neil, era mucho Neil.

Imagino que por el motivo de que Elvis Presley versionó el tema, empecé a interesarme también por él, y como consecuencia, y dadas sus influencias, por la música negra que de algún modo es la que a día de hoy sigue acompañándome a todas horas.

No sé exactamente que pasó. Mi cuerpo sufrió los cambios típicos de la edad preadolescente, mis sentidos estaban ubicados única y exclusivamente en mis hormonas y Neil pasó a un segundo plano. No obstante, ese “touching me, touching you”... empezó a cobrar un importante significado.


martes, 22 de septiembre de 2009

Vida y Color

Recorrer el FNAC en busca de alguna película o de algún libro, merece la pena en ocasiones.

Hará un par de semanas compré a precio de saldo (5 €uros), la película VIDA Y COLOR escrita y dirigida por Santiago Tabernero, un riojano especializado en programas y reportajes de contenido cinematográfico para la 2 de TVE, y que en los 90 inicia una buena labor como guionista colaborando en diversos largometrajes. En el 2005 dirige su primer largometraje: VIDA Y COLOR.

No soy gran amante del cine español. Reconozco que me pone nervioso el sonido directo que, a estas alturas, los técnicos aún no han aprendido a manejar, y que no son pocas las películas españolas que deberían ser subtituladas para poder entender fragmentos importantes de los diálogos de los actores. Me pone nervioso también el carente sentido “del espectáculo” que poseen algunos directores de cine español, que no se dan cuenta de que una película es una historia que además de mostrárnosla, ha de apetecer verla. Y por encima de todo, no soporto sentarme en una sala de cine y apreciar a esos directores contemplándose el ombligo en lugar de transmitirnos algo a los que en realidad hemos pagado la entrada.

De modo, que no me extrañó encontrar la ópera prima de Santiago Tabernero a 5 €uros, mientras que otras, realizadas en el mismo año, seguían vendiéndose a 11, 17, e incluso 20 €uracos del ala. Claro, la mayoría de ellas eran norteamericanas, y a decir verdad, grandes películas para las que no pasa el tiempo.

Entre mi colección de objetos setenteros el álbum de cromos VIDA Y COLOR ocupa un lugar importante. Se editó en España en el año 1965 por “Álbumes Españoles S.A, Barcelona” en una primera edición de la cual tengo un ejemplar completo y en un estado impecable. Sus ilustraciones me atrajeron de pequeño y me siguen atrapando hoy en día, y a pesar de que la técnica de la ilustración la conozco un poco, -aunque sólo sea por obligación profesional- esos cromos fueron, son, y seguirán siendo una maravilla por los siglos de los siglos.

Enamorado del álbum de cromos en cuestión, pero habiendo dejado pasar, en su día el estreno de la película en las salas comerciales, no pude por menos que adquirirla, total... 5 €uros que en un momento dado siempre se pueden recuperar, en parte, cambiándola por otro DVD en el mercado de San Antonio. Así que me dirigí hacia la caja con la peli, con el dinero y con muy poca confianza depositada en ella, todo y que, en su época, las críticas que leí la ponían bastante bien, pero claro; si no te puedes fiar de un director de cine español... ve a fiarte de un critico!


Esa misma noche, mi mujer, mi hijo y yo, vimos la película, y puedo decir que hubiese pagado por ella los 11, 15 o 17 euros que costaban las demás. Cuando uno tiene la posibilidad de disfrutar de una buena historia, y encima bien contada, el momento no tiene precio.

Cierto que adolece de esa terrible lacra del sonido directo en algunos momentos (afortunadamente con el DVD puedes rebobinar y enterarte bien de qué han dicho los actores en un momento dado), pero lo fundamental es el buen hacer de su autor a través de toda la trama. Lo bien contada que está y la gran labor de los actores que intervienen en ella, y que parece ser, se nota, que eran conscientes de que estaban trabajando al servicio de lo que sería una buena película.

VIDA Y COLOR gira en torno a Fede, el personaje principal de la obra y que está a punto de dejar atrás sus miedos preadolescentes, a la vez que de un modo paralelo, la España en la que vive está emergiendo lentamente de los años de dictadura que han marcado su historia. Todo ello narrado a través de una simbología acertada que empuja la trama, la hace avanzar y engancha al espectador a través de las vivencias del protagonista y de los propios recuerdos.

Uno de los muchos símbolos que aparecen en la película es el álbum de cromos que da título al film VIDA Y COLOR y que sirve de hilo argumental y se entrelaza con alguno de los demás símbolos utilizados como por ejemplo “el esqueleto”, e incluso con la propia inquietud de Fede en dar con el único cromo que le falta para completar su colección; el del cráneo frontal de la sección de anatomía humana, y del cual sólo existen 10 en todo el mundo.

En definitiva, una película que nos transporta a la España de mediados de los 70’s, una historia limpia, sin trampas, un director al servicio de su obra, como debe ser y no a la inversa, y una recomendación: hay que verla!

lunes, 14 de septiembre de 2009

De cómo a los humoristas gráficos, hay quien se los toma... demasiado en serio

Desde finales del pasado año he estado trabajando en un libro que ahora, y una vez terminado, me gustaría darles a conocer, ya que para mi tiene mucho que ver con los años setenta, los años en los que me inicié como humorista gráfico aunque luego, la vida... da muchas vueltas.

Se trata de un libro de alrededor de 200 páginas, editado por Parramón Ediciones, y que saldrá al mercado en el mes de noviembre tras darse una vuelta por la feria internacional del libro de Frankfurt. En él he intentado explicar qué es y cómo se hace humor gráfico, y lo he ilustrado con un centenar de los gags que he ido creando desde finales de los años 70 hasta la actualidad, además de numerosísimas ilustraciones realizadas para explicar los diversos procesos de elaboración de un chiste de prensa.

Quiero agradecerles muy sinceramente a mis editores la oportunidad que me han dado al dejarme hacer este libro y el placer que he experimentado recuperando mi faceta como humorista gráfico. Faceta que nunca ha dejado de estar ahí en mi quehacer diario, pero que debido a mis diversas inquietudes profesionales, ha ido alternándose con las películas de dibujos animados, los cuentos infantiles y demás historias.


También quiero dejarles en este blog la introducción que escribí para el libro, ya que de algún modo, se trata de un relato que gira en torno a un recuerdo setentero que convendría no olvidar jamás... por si las moscas.

En los estertores de la dictadura española, aproximadamente entre 1972 y 1975, se inició lo que se dio en llamar “la edad dorada del humor gráfico español” que duró aproximadamente hasta 1978 ya en plena transición hacia una nueva era de deseada democracia. Durante ese periodo numerosas revistas de humor gráfico cargadas de sátira salieron al mercado con la intención de agitar las conciencias de un pueblo temeroso aún de abrirse y de “ver mundo”. Por esa época yo contaba con apenas trece años y una abultada carpeta repleta de dibujos, lamentables en su mayoría, pero cargados de ilusión.

Recuerdo que haciéndome pasar por un adolescente de dieciséis años me puse en contacto telefónico con la redacción de una de esas revistas de humor con la intención de poder pasarme por allí y mostrar mis trabajos. La secretaria con la que hablé concretó esa cita entre el editor y yo para un 20 de septiembre de 1977 a mediodía.

En los días que quedaban para la deseada entrevista fui preparando más material tratando de afinar los contenidos de mis gags con el tono satírico de la revista en la que deseaba con todas mis fuerzas que fuesen publicados.

El lunes día 19 por la mañana, la amable secretaria me volvió a llamar aplazando mi reunión un día más, dejándola así para el miércoles día 21 y con el motivo de que el día 20 (día inicialmente propuesto para la cita) había consejo de redacción y editor, dibujantes y demás colaboradores, tenían que permanecer reunidos para revisar contenidos.

Ese día 20 a mediodía, los noticiarios de las cadenas de televisión, informaban que en la redacción de esa revista, EL PAPUS, y a la hora en la que yo hubiese tenido mi primer encuentro con el editor, un grupo terrorista había colocado una bomba que causó la muerte del conserje del edificio y dejó una docena de heridos entre los cuales se encontraba la secretaria con la que justamente había hablado en dos ocasiones anteriores. Al parecer salió despedida por la ventana del edificio y salvó milagrosamente su vida cayendo sobre el capó de un turismo que se encontraba estacionado en la calle. La redacción de la revista EL PAPUS quedó literalmente destruida, y gracias a que todos sus colaboradores se hallaban reunidos en una zona algo alejada de la explosión consiguieron salir ilesos del desastre.

Tres años más tarde; cuando en realidad ya era un adolescente de dieciséis, conseguí publicar mis dibujos en tres de las revistas de esa misma editorial.

No obstante, aquel día, el de la bomba, aprendí dos cosas: la primera: que el dibujo humorístico es una profesión de alto riesgo, similar a la de los detectives privados de las teleseries norteamericanas, pero con la diferencia de que los humoristas gráficos, en lugar de ir trajeados y cargar con pistolas, vestían pantalón tejano, lucían pobladas barbas y sus armas eran lapiceros, pinceles, e ingenio. La segunda: descubrí que hay gente aquejada de un terrible enfermedad denominada “falta de sentido del humor”, gente que persigue y lanza bombas contra aquellos que utilizan la sátira gráfica para ayudar a una sociedad a pensar por sí misma. Seres intolerantes contra los que el humor gráfico, al parecer, es un arma poderosamente efectiva, o cuanto menos... molesta.

Link al blog de humor gráfico: SERGI CARTOONIST

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Come Back Again

Tal y como era de esperar la normalidad termina imponiéndose absolutamente siempre. A veces, dicha normalidad es deseable ya que nos mantiene en un equilibrio emocional y en una estabilidad que nos hace estar dentro de “lo normal”. Pero en otras ocasiones, la normalidad significa el final de algunas etapas verdaderamente sublimes de nuestras vidas.

Después de un viaje como el de la Ruta 66 volver a la normalidad resulta más bien molesto. Es algo así como despertar de un bonito sueño, tratar de dormir de nuevo para recuperarlo y no llegar a conseguirlo. Y es que efectivamente... el viaje ha terminado, la normalidad se ha impuesto, y lo que queda ahora es simplemente el grato recuerdo de 22 maravillosos días vividos que han pasado como un suspiro.

Afortunadamente quedan cosas importantes, cosas como las experiencias vividas, los recuerdos que permanecerán ahí almacenados en algún lugar de la memoria, y todo aquello que constituirá un sedimento de vida y que arrastraré conmigo a lo largo de mi existencia, al igual que les sucederá al resto de mis compañeros.

Nuestros cuerpos se han desplazado a lo largo de este viaje, parte de nuestras almas se ha quedado allí y nuestras pisadas permanecerán por siempre jamás a lo largo de los cerca de 4.000 kilómetros de aventura por tierras norteamericanas.

Ahora es momento de agarrarse con fuerza a la realidad, como de costumbre. Retomar la cotidianeidad y como no... seguir recordando lo 70’s.

Me tomaré unos días para hacer una necesaria “descompresión” de las emociones vividas durante esta breve, pero intensa etapa y para poner al día algunas obligaciones laborales. Seguidamente, espero y deseo que pronto, volverán los recuerdos setenteros.

Muchos besos.

Créditos de las imágenes: 1) El Kioskero del Antifaz. Autor: Gerard Càmara. 2) Los siete magníficos. Autor: Un indio Navajo que... pasaba por allí.

martes, 21 de julio de 2009

La conquista del espacio

Hoy se celebra el 40 aniversario de la llegada del hombre a la luna; una discutida efeméride que cambió el rumbo de la historia, que tuvo lugar en un 21 de Julio del año 1969 y que fue, sin duda, uno de los acontecimientos más importantes para todos los de la generación de mediados de los sesenta.

Hay infinidad de cosas que recordar de todo cuanto aconteció hace ahora 40 años referente a ese hecho histórico, pero me voy a quedar sólo con un par de recuerdos y de los que de un modo directo o indirecto ya hice mención en este blog, pero que hoy... es de obligado homenaje.

Por un lado está el fabuloso álbum de cromos con el que cervezas DAMM nos obsequió, titulado: “Homenaje a la conquista del espacio”, una colección de 82 cromos a través de los cuales se repasa la llegada del Apollo XI a la luna, se habla de su tripulación, de cómo era el Apollo y sus diversos módulos, etc. Un álbum que encandiló a todos los que lo tuvimos de niños y que admirados, pasábamos sus páginas deseosos de tener la colección completa y poder disfrutar de ella.

Personalmente tuve la suerte de hacerme no hace mucho con un ejemplar en el cual está la colección completa. Debo decir que lo conseguí a petición de mi mujer ya que vivió una desagradable anécdota con él.

Resulta que la publicidad del álbum aseguraba que a todos aquellos niños que completasen su colección, cervezas DAMM les obsequiaría con un juego llamado: “Viaje a la Luna”. Para ello debías darle a tu tendero tu álbum completo, él lo entregaba al distribuidor de cervezas que en su próxima visita a la tienda haría entrega del álbum y del juego para que el tendero se lo diese al niño.

Mi mujer completó la colección, hizo entrega de su álbum al tendero, y 40 años más tarde, aún está esperando la llegada del distribuidor con su álbum y su juego.

De modo que en cuanto nos pusimos en esto de recuperar juguetes y recuerdos setenteros, una de las cosas que estaba como prioritaria en su lista, era, como no... su álbum del homenaje a la conquista del espacio, y del que actualmente disfrutamos los dos.

El segundo y último recuerdo de esta efeméride proviene de la casa Monta-Plex y se trata de los modelos en plástico de figuras montables correspondientes a la cápsula Apollo XI, el módulo lunar y la araña; todo un conjunto alojado en la parte superior del cohete Saturno V, cuyas características más relevantes eran: una altura similar a la de un edificio de 35 pisos, un peso de unas 3.000 toneladas y una velocidad superior a los 40.000 Km/h. El Saturno constaba de 5 motores y su utilidad era la de trasladar todo el conjunto en su primera fase del viaje a la luna.

Durante el transcurso del viaje, cada fase del Saturno iba desprendiéndose y perdiéndose, quedando en viaje la cápsula Apollo con su módulo lunar y la araña que prosiguieron su viaje a la luna. El alunizaje se produjo con el módulo lunar y la araña mientras que la cápsula quedó orbitando alrededor de la luna. De regreso a la tierra, sólo tenía que despegar el módulo lunar quedando la araña abandonada en la superficie de la luna. El módulo lunar se adhirió nuevamente a la cápsula Apollo y siendo ésta la única pieza del conjunto que logró penetrar en la atmósfera terrestre y cayendo al mar, lugar donde fueron rescatados los astronautas. Todo salió según ese plan previsto.

Con respecto a la polémica; es bien fácil: quien aún no crea que el hombre llegó a la luna... no tiene más que darse una vueltilla por nuestro satélite y buscar la araña. En caso de no encontrarla... podemos empezar a cuestionar el tema, pero por ahora, feliz 40 aniversario! ;-)

Entradas relacionadas en este blog:
La llegada del hombre a la Luna
Llegó el Apolo XI a l Luna?














Imágenes correspondientes al álbum de cromos de cervezas DAMM y a las figuras de plástico de Monta-Plex. Colección particular.

jueves, 16 de julio de 2009

La Xibeca DAMM

En realidad, no tenía en lo más mínimo pensado dedicar una entrada a la cerveza, pero... estoy trabajando en otra que si todo va bien, postearé el próximo día 21 de este mes con motivo de la celebración de una efeméride muy importante. Adivinan cuál? El caso es que rebuscando entre la gran cantidad de material que tengo sobre el tema me he encontrado con la foto que muestro en la entrada y que me ha traído innumerables recuerdos de finales de los 60, principios de los 70.

Recuerdan los remedios caseros?

Mi yaya Lola era una experta en curarme todos los males con agua del Carmen, que al igual que los monjes de la comunidad religiosa de las Carmelitas descalzas, elaboraba ella con una receta artesanal que más o menos contenía los siguientes ingredientes:

- 1 litro de alcohol de 80 grados.
- ½ litro de agua.
- 20 cucharadas de hojas y flores de melisa trituradas.
- 40 gramos de corteza de limón.
- 10 gramos de canela.
- 10 clavos de olor.

Al parecer esa receta era la que los citados monjes llevaban elaborando desde el año 1611, pero lo importante es mantener, como dato, el primero de los ingredientes: 1 litro de alcohol de 80 grados.

También he recordado, entre otras cosas, alguna que otra merienda en la que mi bisabuela Rosario me preparaba rebanadas de pan con vino tinto y azúcar.

Curiosamente, quizá desde la última vez que mi bisabuela Rosario me preparó la última merienda, o desde la última vez que mi yaya Lola me dio agua del Carmen... apenas he vuelto a probar el alcohol en ninguna de sus múltiples variantes.

Detesto el vino; mi paladar sería incapaz de distinguir entre un tetrabrik de Don Simón y el mejor de los caldos elaborado con las más selectas uvas.

Odio las bebidas hechas a base de combinados. Cuando de joven fui a alguna discoteca (sin duda por error), lejos de pedirme un cubata o un Gintonic, acostumbraba a pedir un zumo o una Coca-Cola. Recuerdo incluso, que en una ocasión pedí un yogur... Bueno. Qué hay de malo?... me apetecía. Además... jamás he entendido esa estúpida manía de hacer polvo una buena Coca-Cola mezclándola con una mierda de ginebra o de ron... no sé.

Con el Champán o el Cava, pongo una caras de asco que tiran de espaldas, y con el wisky experimento la misma sensación que si le doy un lametón a una puerta recién barnizada.

En definitiva; que pese a que en mi infancia se me dieron rebanadas de pan con vino tinto y aguas del Carmen, está claro que no estaba llamado a darme a la bebida, ni mucho menos.

Eso no significa que no me haya cogido algún que otro pedo del quince. He sido joven y he disfrutado de esa etapa como el que más, así que cuando había que pillarla no me andaba con tonterías y la pillaba como el que más, sólo que yo agarraba mis borracheras con un estricto sentido práctico, y debido a que nada que contuviese alcohol me gustaba, tiraba por el camino más corto entre los dos puntos: punto A – estar sereno, punto B – terminar al borde del coma etílico, y esa distancia más corta siempre ha sido la línea recta, de modo que yo me apalancaba con mi botella de tequila blanco y entonando un "Viva México" a voz en grito, me agarraba mi melopea cuando se terciaba la ocasión. El tequila tiene la ventaja de que debes beberlo de un golpe, así que eso me evitaba sentir el desagradable sabor del alcohol ya que el líquido pasaba directamente del interior del vaso al interior de mi estómago sin hacer parada en el paladar.

Reencontrarme con la foto que muestro en la entrada me ha ayudado a reconciliarme con mi bisabuela Rosario y con mi yaya Lola, ya que me ha hecho recordar que en los 60 y 70, darle pequeñas dosis de alcohol a un niño era algo de lo más normal. Creen lo contrario?... miren la foto; la familia reunida en torno a la mesa y todos con unos tremendos vasos llenos de cerveza. Si la escena representa el mediodía, esos críos iban a la escuela con una mierda apoteósica, y si era por la noche a la hora de cenar, sin duda caían en la cama como angelitos, pero no sólo en brazos de Morfeo... en esa cama se encontraban Morfeo, los niños, Baco, vaya... toda una orgía!

A buenas horas en el año 2009, una marca de bebidas alcohólicas se atreve a hacer una publicidad con el eslogan: “Disfrute Ud. y sus hijos con la bebida tal” y que tal bebida contenga alcohol. Buenooooo... las asociaciones en defensa del menor saltarían sobre las yugulares de los publicistas y les harían trizas.

Los setenta... eran otra historia!

Para terminar de documentar el dato anecdótico aprovecho para dejarles la siguiente información: Desde su aparición en 1968 la cerveza Xibeca fue, y sigue siendo todo un clásico para los bebedores cerveceros. Su estilo es el Pilsen caracterizado por un suave sabor y un carácter refrescante con un 4’6% de volumen de alcohol, y para su óptima consumición a una temperatura de entre los 5 y 7 grados. Ya me dirán que tal... yo me pido un zumo.


domingo, 12 de julio de 2009

Made in Spain

Clicar la imagen para verla en grande


Ayer sábado estuve trabajando y casi, terminando un libro que debo entregarle a mi editor a finales de este mes de Julio.

El caso es que siempre que trabajo en sábado (últimamente muy a menudo) me da la sensación de que estoy castigado mientras que veo como el resto de gente pasea con sus familias y disfruta de su fin de semana. Así que aunque empiezo muy bien, a medida que van pasando las horas va decayendo mi ánimo y voy dedicando lo que queda de jornada a cuestiones más... “entretenidas”.

Ayer, por ejemplo, me dio por hacer inventario de mi colección de juguetes y de baratijas de kiosco setenteras; tengo una buena colección, cosa que me alegra, pero jamás dejará de sorprenderme ver en todos los blisters, cajas, sobres, etc, esa inscripción que dice: “Made in Spain”. Actualmente ningún juguete es Made in Spain, todos vienen de la China y Taiwán.

Pues bien... me vino a la cabeza la idea de ponerme manos a la obra con este gag que aprovecho para mostrar en esta entrada; un poco como homenaje póstumo a nuestro Made in Spain, y otro poco como reflexión sobre: Qué pasaría si Dios descubriese que él no ha creado el mundo? Qué sucedería si descubriese que se trata de un producto “Made in China”?

Feliz domingo a todos ;-)

sábado, 11 de julio de 2009

Dancing in the Street


Tema compuesto en 1964 por William Stevenson "Mickey" y escrita por Stevenson y Marvin Gaye. La canción fue presentada por ambos a Martha Reeves cuando esta formó parte de los estudios de La Motown. Cuando Gaye escuchó la maqueta con la canción interpretada por Martha, ya no tuvo ninguna duda en que sería ella, junto a The Vandellas quienes grabarían el tema original.

Una segunda versión que también se convirtió en un auténtico Hit, fue el llevado a término en 1985 por Mike Jagger y David Bowie actuando en duo, e interpretando la canción para el movimiento de caridad "Live Aid". A partir de ahí, innumerables revisiones interpretadas por un sinfin de artistas han convertido a este tema en un auténtico clásico.

jueves, 9 de julio de 2009

Ojo al dardo

Al Eloy le faltaba un ojo, el derecho. Su ojo marrón había sido sustituido por uno de cristal que si mantenía quieta la mirada apenas se distinguía del bueno, del de verdad. Lo que sucedía es que cuando miraba aquí o allá, el ojo de cristal perdía ligeramente el rumbo y evidenciaba que tenía algo raro o que se encontraba allí, un poco... como de visita, pero que en ningún caso esa cuenca era, ni de coña, su espacio natural.

Eloy perdió ese ojo a los trece años en una pelea con los chicos del barrio chino. Cuentan las vecinas que desde un balcón alguien le arreó una perdigonada con una carabina de aire comprimido, le estalló el globo ocular dentro de la cabeza, y adiós ojo.

A todas luces eso de que te falte un ojo no hace ninguna gracia, pero... no sé porque extraña razón todos envidiábamos a Eloy. Era evidente que poder presumir de haber perdido un ojo en una batalla con los chicos del barrio chino, es algo de lo que se puede andar fanfarroneando toda una vida, y Eloy hacía un más que inmejorable uso de “su tara” y de su historia para lograr así el respeto de todos los que le conocían.

Eloy ligaba como pocos. A veces, nos encontrábamos un pequeño grupito de amigos sentados en el escalón de una portería y comiendo golosinas del kiosco del Sr. Sánchez cuando se nos cruzaban algunas de esas chicas del barrio. Las muy condenadas crecían como las malas hierbas, cuatro días antes habían estado jugando con nosotros a canicas, pero te levantabas una mañana y zas!, se habían convertido en hembras de las de verdad. Les habían crecido unas impresionantes tetas y sus culos nos desafiaban con un insultante vaivén en el que claramente nos decían “Aún no chicos... aún os quedan mocos por limpiar antes de magrear uno como este”. Esos culos se alejaban de nosotros mientras permanecíamos allí sentados, sin perderlos de vista hasta que desaparecían en el horizonte o doblaban alguna esquina. Allí estábamos inmóviles y salivando, o por el dulce de las chuches o por los libidinosos pensamientos que acelerados recorrían nuestras mentes. Siempre nos hacíamos comentarios uno a otro.

—Eh!... Has visto a la Mercé? Está como un queso.
—Joder que si la he visto... no podía dejar de mirar.
—Yo me “la hacía” sin pensármelo dos veces.

Y siempre, invariablemente siempre... se rompía el encanto.

—Tarde... creo que es novia del Eloy. Mi hermano les vio metiéndose la lengua hasta la traquea.
—También? Todas son novias del Eloy! Eso de tener una tara mola...
—Estás seguro? “Jimmy el dos pistolas” no se come una rosca.

Y todos nos echábamos a reír. “Jimmy el dos pistolas” era un tipo de mediana edad, se llamaba Jaume y había sido trabajador en la Philips, pero no sabemos en que mierda de máquina perdió los dos brazos, justo por encima de los codos. Cuentan las vecinas que había hecho más horas extraordinarias de las que un cuerpo podía soportar, finalmente se quedó dormido mientras manipulaba la máquina, una manga de su mono de trabajo se enganchó en un engranaje y para cuando sus compañeros pudieron reaccionar, unos amasijos de carne colgaban de sus hombros, y adiós brazos.

Nuestra única tara por aquel entonces era nuestra edad; unos malditos once años que no servían absolutamente para nada. Demasiado críos para andar pensando en culos, demasiado mayores para comer golosinas, y por encima de todo, demasiado estúpidos para dejar de hacer ninguna de ambas cosas. Echábamos mano a nuestros bolsillos a ver qué podíamos comprar más, ya que a falta de un buen par de tetas, las gominolas del Sr. Sánchez estaban para chuparse los dedos, así que tomamos de nuevo el kiosco al asalto para llenarnos el estómago de porquería y luego... a pelear con las madres por dejarnos las insulsas lentejas de la cena.

—Hostias! Qué es eso? —todos teníamos nuestros ojos puestos en las golosinas, pero el Boliche tenía ojos para todo.
—Son dardos —dijo el Sr. Sánchez —. Me los han traído esta mañana.

Y allí estaban, unos dardos de plástico, la cosa más simple del mundo compuesta de un cuerpo, un cabezal y en su interior un clavo de ferretería, pero nos parecieron magníficos.

—Y para qué sirven Sr. Sánchez? —preguntó Alberto.
—Pues para lo que sirven los dardos. Puedes clavarlos en una diana, en una puerta... —El Sr. Sánchez siempre tenía respuestas.
—Y qué valen? —pregunté.
—Un dardo tres pesetas, dos un duro.

Inmediatamente hicimos cuentas y podíamos comprarnos uno para cada uno y aún sobraba algo para gominolas.

Nuestras tardes con los dardos kiosqueros fueron divertidas, al principio buscábamos alguna tabla vieja, pintábamos en ella una diana con tiza y hacíamos puntería. Luego, aburridos de la normalidad, empezamos a lanzar los dardos sobre cualquier superficie para comprobar si se clavaban o no, pero finalmente... las guerras de dardos se convirtieron en lo normal. Correteábamos por las calles formando dos equipos, fuimos comprándonos más y más dardos hasta poseer un auténtico arsenal. Había que andar listo a la hora de esquivar, no llegaban a clavarse en los brazos o en las piernas, pero el pinchazo dolía una barbaridad.

Nuestras madres se echaban las manos a la cabeza cuando nos veían desnudos por casa.

—Hijo!... Qué son esos pinchazos?
—Qué sé yo mamá?... serán las chinches
—Chinches? Oye desgraciado! que en esta casa somos pobres, pero tu madre es muy limpia!

Inevitablemente terminaron descubriendo que el motivo de los pinchazos eran los dardos. Nuestras madres salían a tender a los balcones, mantenían sus charlas con las vecinas de al lado y de enfrente, y nos veían a nosotros enfrascados en nuestras batallas.

—Queréis dejar de jugar con esas mierdas? Os vais a sacar un ojo!!

Hey!... un ojo!... A todas luces eso de que te falte un ojo no hace ninguna gracia, pero... no sé porque extraña razón todos pensamos que sin un ojo, quizá existía la posibilidad de ver más de cerca... uno de esos culos.

Dardos kiosqueros de los años 60 y 70. Colección particular.

lunes, 6 de julio de 2009

Fin de curso y... vacaciones

Hace escasamente una semana que tenemos a los hijos en casa. Terminó el cole y las vacaciones -para ellos- ya son una realidad.

Para los padres eso es una prueba de fuego en la que nuestros nervios, o resisten... o nos hacen perder los papeles en más de una ocasión, soltar cuatro gritos y dejar escapar alguna que otra colleja. Es el momento en el que más queremos a nuestros hijos por el hecho de compartir más horas con ellos, pero a la vez, el momento en el que más deseamos tenerlos lejos ya que evidentemente... son muchas horas!!!

Cuando las vacaciones son para todos la cosa ya es distinta y se comparten la mayoría de momentos buenos, pero... llegar de trabajar, encontrar a la pequeña llorando porque su hermano le ha sumergido a su muñeca en la bañera, o comprobar que ninguno de los dos ha hecho sus tareas a lo largo de todo el día, ni se han ordenado su habitación... es para coger y regresarse al trabajo ya que al menos allí puedes mandar a hacer puñetas a algún cliente y no verle más el pelo si se pone más borde de la cuenta, cosa... que no puedes hacer con un hijo. Que lindos! Home Sweet Home!!

De todos modos... nunca está de más recurrir a los rincones de nuestra memoria y recordar qué éramos nosotros cuando teníamos más o menos esas edades, y cuanto tenían que morderse los lábios nuestros padres, contar hasta 10... e incluso hasta 100 antes de soltarnos un sonoro galletazo.

La siguiente historia hizo que yo pasase a convertirme en la mayor frustración de mi padre y que practicamente no me dirigiese la palabra durante un año.

Mi padre nunca llegó a entender esa obsesión mía por dejar los estudios. Para él, estudiar, matricularme en medicina, hacerme médico y ganar una fortuna montando mi propia clínica en el futuro... era tan sólo cuestión de proponérmelo. Así de fácil!

El caso es que llegaron las notas finales de 8º de E.G.B y mi graduado escolar con un suficiente pelado andaba por dentro de mi cartera puesto de cualquier manera, arrugado y algo manchado del chocolate, que como consecuencia del calor, se había desparramado del Bimbollo que no me comí a la hora del almuerzo.

Cuando de mi mano, mi padre recibió mis notas y ese graduado que parecía salido de una pelea de gallos, la cara de papá se convirtió en un poema.

—Hijo, parece mentira que no te des cuenta lo que podrías hacer con tu futuro y no haces —me dijo.

Yo tenía algo de prisa por meterme en mi habitación, encender mi radiocasete y colocar en él alguna cinta de Soul o de Blues, desde entonces y hasta día de hoy, siempre he sido un auténtico fan de la música negra y de todo aquello que tiene que ver con los negros en general. Imagino que algo influenciado por algunos que vivían en mi barrio y porque tenía una edad en la que las chicas empezaban a ser algo realmente importante, y en mi caso, las chicas negras lo eran de una manera especial. Pero mi padre quería dar inicio a eso de... mantener una charla paterno filial.

—Yo no te exigiría absolutamente nada sí viese que no puedes hijo, pero... un suficiente. Con un poco más que te hubieses esforzado esta nota podría haber sido muy superior. No te das cuenta? —preguntó. Y al rato, con mi graduado entre sus manos, exclamó —. Además. Crees que estas son formas de guardar esto? Míralo... está sucio, arrugado, manchado! Que desastre Señor... que desastre!

Mi madre contemplaba la escena en silencio apoyada en el quicio de la puerta de la cocina. Con su mirada estaba diciéndome: "Que ganas de hacer sufrir a tu padre. Con lo poco que te costaría tenerlo contento". Cosa que me había repetido una y otra vez, casi como quien dice... desde el parvulario. Y es que en esto de no dar la talla en un aula... yo fui un niño precoz.

—Vamos a ver —mi viejo trataba de poner orden a sus pensamientos y de justificar "algo", lo que fuese, con el fin de encontrar una explicación —. No te das cuenta de que podrías ser lo que te diese la gana en esta vida? Aunque lo parezcas... no eres tonto. A ver, dime!... Que te gustaría ser? —preguntó —. Seguro que te darás cuenta de que cualquier cosa se puede conseguir con algo de esfuerzo —e insistió en la pregunta —. Dime. Qué te gustaría ser?.

Pensé durante unos instantes mientras trataba de recordar el título de una de las canciones de Robert Johnson que me apetecía escuchar en el casete.

—Negro. Me gustaría ser negro —le contesté.

Imágenes correspondientes a material escolar de los 60 y los 70. Colección particular.