viernes, 23 de septiembre de 2011

Del pantalón corto, a los Blue Jeans

No era necesario tener incrustado un tripi en el hipotálamo de forma perenne -como en el caso de Ágata Ruiz de la Prada-, para pasarse el día flipando un mundo en colores de gigantescos rombos, corazones o floripondios. No pedíamos tanto. Bastaba con un poco de caridad cristiana de esa que tanto nos enseñaban con aquello del Domund. Bastaba con tener una pizca de compasión por aquellos niños y niñas de los 60’s y de principios de los 70’s a quienes la moda infantil... nos marcó de por vida.

Tampoco pedíamos un derroche de creatividad. Creo, que con un poco de sentido común hubiésemos tenido de sobras. Porque, vamos a ver; por más frío que hiciese en los inviernos de aquellos años en blanco y negro, no era de recibo enfundar a un niño en un verdugo de lana del que únicamente nos asomaban, y a duras penas, los ojos, la nariz y cuatro pelos del flequillo. Los pobres niños que llevaban gafas parecían buzos en descompresión con los cristales entelados por culpa de su propia respiración, y lo que no iban a hacer los pobres, encima... era dejar de respirar, así que iban dándose topetazos contra los semáforos y las farolas que encontraban camino de la escuela. Los colores de los verdugos se limitaban al marrón oscuro, negro o azul marino, que ni tan sólo eran atractivos ni vistosos, así que parecíamos pequeños terroristas cargados con dinamita en nuestra cartera escolar.

Estaban también los jerséis de cuello de cisne, en los mismos colores que los verdugos, pero además en: blanco, rojo, granate y en un horripilante azul cielo. Generalmente, y por aquella manía materna de que “teníamos frío”, los jerséis de cuello de cisne nos los ponían debajo de un suéter de lana estampado en rombos y con el cuello de pico. Lo peor de todo, era que esos suéters nos los tejían las abuelas en esas largas tardes de seriales radiofónicos, y claro... Quién le decía a la yaya que no nos gustaba ese suéter y que no nos lo íbamos a poner? Las yayas todo lo hacían con amor aunque, a veces, se tratase de cosas verdaderamente horribles.

Para ganarle la batalla al frío nuestras madres nos hacían llevar, además, una trenca de tres cuartos (a veces con capucha incluida), y cuyos botones eran una especie de pequeños cuernos de madera. Jamás entendí el por qué de que los botones tuviesen forma de cuerno, pero era así. En aquellos tiempos todo era “así”... bastante inexplicable. Tanto, que no contentas aún con nuestra indumentaria, nos enrollaban una bufanda al cuello y nos encasquetaban unos guantes. El frío lo tenía difícil, a no ser, claro está... por un pequeño detalle:

Consistía en una especie de ley no escrita en la que era, casi obligado, que los niños llevásemos pantalón corto. Madres y abuelas estaban convencidas de que nosotros no sentíamos frío en las piernas, de modo que esa parte de nuestra anatomía, a pesar de las previsiones tomadas con el resto de nuestro cuerpo, quedaba ahí, al aire, sometida a la intemperie y a las inclemencias del tiempo. Curiosamente, en verano, cuando nos llevaban al campo, nos ponían pantalones largos de pana marrón para que no nos pinchásemos con las ortigas, pero en los días de cada día, incluso en invierno, el pantalón corto era de necesidad vital.

Qué te pasa cielo? preguntaban las madres cuando nos llevaban al colegio.

Que tengo frío respondíamos.

Frío?! Pero si llevas el verdugo, la bufanda el cuello de cisne, el suéter y la trenca!!! se extrañaban ellas sin entender que al tener frío en las piernas, lo sentíamos en todo nuestro cuerpo.

Ya, lo sé, mamá, pero... tengo frío insistíamos nosotros.


Pues hala hijo!... no se hable más –y con un gesto maternal... nos colocaban la capucha de la trenca por encima del verdugo de lana.

Los modelos de pantalón corto tampoco eran propios de ninguna “Fashion Week”. Se limitaban a un modelo que era muy, muy corto, liso o con cuadritos, o a otro modelo ligeramente más largo (por encima de las rodillas), de una especie de tergal y que generalmente no tenía ningún tipo de estampado. Se había llegado a ver a niños con el suéter de cuello de pico estampado en rombos y con los pantaloncitos muy cortos con el estampado de cuadros, que más que ir al cole, parecía que tenían audición para presentarse a un casting en el Circo Ringling.

Pero lo mío con los pantalones cortos ya era para alucinar. Les contaré que de pequeño tuve el complejo de tener las piernas extremamente delgadas. Detestaba mostrar unas piernas que eran poco más que unas escuálidas canillas con unas rodillas que sobresalían y que parecía que querían llegar a los sitios antes que yo. “Rodillas de guerrero” les llamaba, por esa similitud que guardaban con el complemento metálico y puntiagudo que los caballeros medievales llevaban en sus armaduras para proteger sus rótulas de los ataques enemigos. Pues pese a eso, aún y con mis canillas escuálidas y mis rodillas de guerrero, tenía que llevar pantalón corto y andar por ahí ofendiendo las sensibilidades de todos cuantos me mirasen las piernas.

Se decía (cosas de madres y abuelas) que había que llevar pantalón corto hasta una vez hecha la primera comunión. Yo creo que todo fue un invento de la iglesia para que, aún que sólo fuese por eso, deseásemos hacerla. Y vaya que si lo deseábamos! A quién no le gustaba recibir una hostia? Pero por encima de todo, y más que por quitarnos de encima el pecado original, o recibir en nuestro ser al cuerpo de Cristo, deseábamos hacer la primera comunión para, por fin! De una vez por todas, librarnos para siempre de nuestro pantalón corto.

También había quien mantenía a sus hijos en pantalón corto hasta terminada la E.G.B y a punto de comenzar el bachillerato. Eso era con los 14 años cumplidos, así que la humillación de esos pobres críos debería de ser para echarse a llorar. Quizá mis padres me hubiesen hecho llevar pantalón corto hasta ese punto, pero afortunadamente, salí rebelde y juré sobre mi libro de catecismo escolar, que después de la comunión, el pantalón corto sería historia.

Así que la primera comunión se convertía para muchos en una auténtica “puesta de largo”. No fue mi caso. Algunos hacían la comunión vestidos de marinero y llevaban su flamante pantalón largo en color blanco. Otros, la hicimos con el uniforme de la escuela que consistía en: camisa, corbata, americana con el escudo del colegio cosido en la pechera, y ... pantalón corto.

Mis rodillas de guerrero y yo nos acercamos al altar (ellas llegaron antes que yo) para recibir la sagrada forma. El cura me santiguó con ella y la introdujo en mi boca (la sagrada forma... se entiende), me fui otra vez hacia el banco de la iglesia en ordenada fila con mis compañeros, y todos nos sentamos a rezar y a esperar que la hostia bendita se diluyese en nuestra boca. Se suponía que el día de la primera comunión era un día emocionante, y a decir verdad; para mi lo fue, ya que en casa me estaban esperando unos maravillosos Blue Jeans que serían estrenados al día siguiente sin más demora.

La primera sensación con mis pantalones vaqueros puestos no fue muy buena. Los tejanos no me quedaban como a James Dean o al detective Starski de la serie de TV, o como a los “Jets” o los “Sharks” de la película West Side Story. No se ceñían a mi piel ni marcaban mis formas, al contrario; me quedaban un poco como los que se llevan de moda ahora, sólo que en esa época... no estaba de moda llevar los pantalones al estilo “cagao” y con las perneras anchas. Vamos, que en mis tejanos cabíamos un amigo mío y yo, y ese no era el plan.

Qué se podía esperar de un niño con vaqueros, pero con canillas escuálidas y rodillas de guerrero?.

Un día descubrí que mis pantalones tejanos me quedaban bien los jueves. Resulta que en la escuela a la que yo iba por esas fechas, los jueves era el día que a primera hora de la mañana hacíamos gimnasia. Con el fin de que no nos demorásemos mucho en el vestuario y de que la clase se iniciase lo antes posible, nos obligaban a salir de casa con el chándal puesto, pero para que tampoco se nos viese paseándonos con ropa de deporte por la calle (no estaba demasiado bien visto entonces), había que camuflarlo debajo de la ropa de calle. Es decir; que en verano era un auténtico morirse de calor por eso de llevar el pantalón del chándal debajo del vaquero y la chaqueta puesta. Pero en invierno... el verdugo, la camiseta de deporte, la chaqueta del chándal, la trenca, la bufanda, el pantalón del chándal, el vaquero la bufanda y los guantes. A veces pienso que si los niños de esa generación aguantamos eso, estamos preparados para aguantarlo todo.

A pesar de lo engorroso de la situación, los jueves me quedaban los vaqueros que ni pintados. El “relleno” del chándal por debajo suplía la falta de carnes y me convertía en un auténtico chico Blue Jeans. Pocos días pasaron hasta recibir una bronca monumental por parte de mi madre, que al buscar el pantalón de mi chándal para ponerlo a lavar, y no dar con él, ni en lunes, ni martes, ni miércoles... finalmente descubrió el pastel.

Con chándal y sin él, llevé esos vaqueros hasta que se cayeron a pedazos, e incluso cuando se empezaron a agujerear de la parte de las rodillas por jugar a las canicas o al churro, mi abuela me cosió unas rodilleras de escai que tapaban el agujero y dejaban los pantalones como nuevos. Así que aún y hechos polvo, los seguí llevando. Cualquier cosa antes que protestar por esos vaqueros que no me gustaban, y menos aún después de la guerra que había dado para que me los comprasen.

Afortunadamente llegó la adolescencia. Mamá y la yaya se dieron cuenta de lo resistentes y sufridos que eran unos pantalones como esos, hasta el punto de que ya toda la familia llevábamos vaqueros como si se tratase de la cosa más normal. El problema era que durante la adolescencia, los cambios a los que se vio sometido mi cuerpo fueron alarmantes. Una mañana me despertaba y tenía los brazos más largos de lo normal. Otra mañana la nariz se había convertido en una patata llena de granos. Las piernas crecían de una manera anárquica sin pedir permiso ni guardar relación o proporción alguna con el resto del cuerpo, y así... no había quien se pudiese comprar unos vaqueros decentes, o cuanto menos, quien fuese capaz de mantenerse quieto dentro de ellos. La yaya estaba harta de subir dobladillos para tener que volver a bajarlos a los pocos días. Esas piernas que ya no eran tan delgadas y esas rodillas que ya no eran de guerrero, empezaban a sentirse apretadas dentro del pantalón, y eso molaba. Vaya que si molaba! Lo más de lo más era comprar unos vaqueros que ya de nuevos, pareciese que nos venían pequeños. Cuando tenía que aguantar la respiración y meter barriga para poder abrocharlos y salía del probador como envuelto en un mar de sudor, significaba, invariablemente, que esos vaqueros eran los buenos y los que había que comprar.


Pero hijo... te van muy prietos. Quieres decir? preguntaba mamá que esperaba pacientemente fuera del probador a que me probase un par de docenas de marcas y modelos distintos.

Si mama. Quiero estos! respondía con seguridad.

Pues hala hijo!... no se hable más. Ya eres mayor así que haz lo que quieras.

Y sí! Ya era mayor. Rondaban los años 1978, 1979, y con 14 y 15 años, estaba llevando mi transición personal de la adolescencia a la juventud, de un modo paralelo a la transición que estaba llevando el país de la dictadura a la democracia. Todo empezaba a dejar de ser en blanco y negro y daba paso al color, al azul de los Blue jeans y a los anuncios de pantalones tejanos que se podían ver por televisión y que empezaban a mostrarnos a chicas con ropa ceñida en un mundo diferente y absolutamente nuevo. Un mundo en color... aunque costase respirar dentro de los vaqueros.


Créditos imágenes: 1) Ilustración de Sergi Càmara. 2, 3, 4) Fotografías de infancia del Kioskero del Antifaz. 5) Cartel publicitario de pantalones tejanos Lois años 70's.

Vídeos: 1) Anuncio de tejanos Lois, modelo juvenil. Año 1967. 2) Selección de anuncios de vaqueros setenteros: Levis (Principios años 70's), Jeans Cimarrón (1978), Grin's (1978), Lois (1979), Marlboro Jeans (1979).

martes, 20 de septiembre de 2011

Los Chiripitiflauticos

Buenos días, su señoría.

Mantantirulirulan.

Así era como el personaje de Valentina saludaba a todos cuantos encontraba en el programa estrella de las tardes infantiles: Los Chiripitiflauticos (1966-1973).

Hubieron otros antes; se me ocurre, por ejemplo, el de Herta Frankel y su perrita Marilin, en los programas: “Fiesta del lunes” (1963-1964), o “Día de fiesta” (1966). Personalmente no los recuerdo; sí a Herta y a sus marionetas ya que posteriormente apareció también en el programa “La Cometa Blanca”, pero no a los programas anteriores debido a que era muy pequeño, y aún no tenía tele en casa.

Así que para mí, el primer gran programa infantil que se coló en el salón de mi casa a través de mi televisor, fue el de Los Chiripitiflauticos, y con él, todos los personajes que lo integraban, con sus aventuras y sus canciones.

En un principio Los Chiripitiflauticos no era más que un espacio dentro del programa Antena Infantil y cuya presentadora fue la inolvidable María Luisa Seco, pero la repercusión que los personajes tuvieron entre los niños, fue tan grande que no tardaron en tener su espacio propio. De modo que Valentina (Maria del Carmen Goñi), Locomotoro (Paquito Cano), El Capitan Tan (Félix Casas), El Tío Aquiles (Miguel Armario) y Los Hermanos Malasombra (Luis González Páramo, Carlos Meneghini), pasaron, en 1970, a convertirse en los protagonistas absolutos de la programación infantil de las tardes, y que mientras permanecíamos sentados en la alfombra de casa y con nuestro pan con chocolate, nos acompañaron durante cuatro años más, llenando - sobretodo para los que nacimos en 1964- toda nuestra etapa infantil.

Era una España en la que aún no habían televisores en las casas de muchas familias. Es necesario recordar que una tele costaba unas 25.000 pesetas (unos 300 Euros) y que el salario mínimo era de 120 pesetas (vamos... que no llegaba ni a un Euro). De manera que para ver aquellos primeros episodios de Los Chiripitiflauticos que empezaron a emitirse en 1966, había que ser un poco niño de papá, o tener un tío que fabricase aparatos de radio, transistores y televisores; y esa suerte fue la que tuve yo, e imagino que esa primera tele que entró en mi casa en ese año1966, le saldría a mi padre por un precio más bien simbólico.

Los Chiripitiflauticos eran unos personajes que viajaban en el tiempo y el espacio, que tan pronto se encontraban en el Oeste como en países exóticos desde donde nos hacían vivir sus apasionantes aventuras, nos cantaban canciones que llegamos a aprendernos de memoria, y nos transmitían optimismo y esperanza a la vez que, todo el programa en general, estimulaba nuestra imaginación. Que me da a mí que si a día de hoy repitiesen los guiones, tramas y canciones de Los Chiripitiflauticos, no solo sería un programa de una vigencia absoluta, sino que tampoco me extrañaría nada que los nuevos protagonistas, repitiesen la enorme popularidad de la que gozaron por aquel entonces los actores y actrices que interpretaron a los originales. Que conste que no estoy dando ideas, que por otra parte, cada vez que me hacen algún “Remake” de alguno de mis mitos infantiles... me lo suelen destrozar. Así que mejor lo dejamos como está aunque nuestro hijos se pierdan un gran programa infantil. Ahí estamos los padres para recuperar, en la medida de lo posible, retazos de nuestra memoria (con la inestimable colaboración de Internet y Youtube... claro está).

Por otra parte, creo que sería difícil recuperar el material de Los Chiripitiflauticos, ya que corre la leyenda urbana de que una antigua directora de Televisión Española, se encargó de destruir todas las copias de los archivos. El motivo de tal arrebato de enajenación mental es una absoluta incógnita, así como también lo es el saber si el rumor es verdadero o falso, pero lo cierto es que no es fácil encontrar material del que fue el programa estrella de los niños setenteros.

Otra mala noticia fue la de aquella tarde en la que, como todas las demás tardes, tomábamos al asalto la alfombra del salón con nuestro chusco de pan y las cuatro tabletas de chocolate “La Campana de Elgorriaga”. Cruzábamos nuestras piernas para encontrar la mejor pose hasta que, absortos ante la pantalla de la tele, se nos pasaba por alto la posibilidad de que se nos pudiesen quedar dormidas, y para cuando queríamos reaccionar, ya era demasiado tarde. Esa sensación de que miles de agujas se clavasen en nuestros muslos y pantorrillas, es algo que, personalmente, siempre he asociado también con Los Chiripitiflauticos. El caso es que esa tarde... Locomotoro, uno de los personajes preferidos por todos, ya no estaba entre el elenco estelar. En su lugar estaban: un payaso llamado Poquito, el dueño de un circo llamado Don Mandolio, así como Filetto Capónico (un tipo vestido de romano) acompañado de un león de peluche al que llamaba Leocadio Augustus Tremebundus, y para llenar el espacio que dejó Locomotoro, y por si semejante grupo de nuevos personajes, no fuese ya suficiente, se unía a todos ellos un niño negro al que llamaban Barullo.

La muerte de Chanquete de Verano Azul fue, años más tarde, una auténtica caricatura si la comparamos con la tragedia que supuso la desaparición de Locomotoro. Vale que yo, era quizá más del Capitán Tan, pero aún y así, Locomotoro era imprescindible, y no fuimos pocos los que tardamos en acostumbrarnos a los nuevos personajes y a que empezasen a caernos medio bien.

Días más tarde, y ante el revuelo que se formó ante la inminente desaparición de Locomotoro, se filtró la noticia (presuntamente desde Televisión Española), de que Paquito Cano, el actor que daba vida a nuestro héroe al que se “le movían los mofletes” cuando reía, había muerto en accidente de tráfico a bordo de su SEAT 850. La conmoción fue brutal. Los niños que veíamos ese primer programa infantil y que sentíamos (literalmente) la presencia de esos personajes formando parte del salón de nuestras casas como unos integrantes más de nuestras familias, lloramos la muerte de Locomotoro como si se hubiese tratado de la de un tío o algo así. Bien hubiesen hecho los de televisión española engañándonos. Contándonos; por ejemplo, que Locomotoro había sido enviado a un viaje por el espacio sideral y que las recién estrenadas antenas de nuestros primitivos televisores no captaban la señal. Que tardarían unos meses en establecer contacto con él, pero que para cuando lo hiciesen, nuestro personaje nos contaría sus aventuras con los marcianos. Qué sé yo! Una mentira piadosa en lugar de esa cruda y aparente realidad.

El caso es que con el tiempo, descubrimos que efectivamente, Televisión Española nos había engañado, pero que lejos de lo que hubiese sido una mentira piadosa, nos contaron una bola cruel y espeluznante. Al parecer el actor no era muy amante de la fama y de la popularidad extrema, así que decidió abandonar el programa para dedicarse al negocio inmobiliario. Hoy en día, cuando un actor de serie de televisión se cansa de su personaje, o le hacen una oferta para un trabajo que considera mejor, rescinde su contrato con la productora de turno y los guionistas se ponen manos a la obra para “eliminar” a ese personaje de un modo más o menos épico, pero sin necesidad de contarle al espectador que el actor “fulano de tal” ha muerto. Y menos a unos televidentes críos!!! La televisión de Franco, después de todo, era eso... de Franco, y al igual que en la vida real, todo lo solucionaban cargándose a alguien.

Afortunadamente, a Locomotoro se le vio posteriormente en programas como: “Hablando se entiende la gente” (1991), “Qué pasó con...” (1994), o en “Cine de barrio” (1999). Eran la prueba evidente de que Locomotoro seguía vivo y entre nosotros, pero... el daño irreversible a los niños de toda una generación... ya estaba hecho. Así hemos salido de descreídos.

Otra historia, pero esta vez de verdad de la buena, es la del personaje de Valentina. La actriz Maria del Carmen Goñi trabajaba en la radio como actriz de reparto. En aquellos tiempos las novelas eran radiadas y madres y abuelas, mientras hacían ganchillo, planchaban pantalones o lavaban platos, pasaban las tardes pegadas al aparato escuchando los folletines radiofónicos. Pues bien, Valentina era una de esas actrices de la radio a la que un día descubrió Oscar Benegas, creador, guionista y director de Los Chiripitiflauticos. Le propuso a la actriz trabajar en un programa de televisión, y ella, tan resuelta como el personaje que encarnaba en el programa, no se lo pensó dos veces y allá que te vas. De camino a su primera grabación y en dirección a los Estudios del Paseo de la Habana, pasó por delante de un tenderete de mercadillo en la Casa de Campo en el que vendían gafas de sol. Imagino que algo de ansiedad se apoderó de ella y pensó que plantarse delante de una cámara no era lo mismo que hacerlo delante de un micrófono. Decidió comprar una de esas gafas, quitarle los cristales oscuros, pintar unos rombos rojos con esmalte de uñas en la enorme montura blanca, y ya de paso, pedirle permiso al director, Oscar Benegas, para interpretar a su personaje con esas gafas puestas, y así, sentirse más protegida. El director aceptó, y por casualidad y sin querer la cosa, Maria del Carmen Goñi, dotó a su personaje de la muestra más representativa de su personalidad, esas enormes gafas que le daban el aire necesario al personaje que interpretaba: una joven resuelta, pero algo repelente, lo que vendría a ser un equivalente a Lisa Simpson de “Los Simpson”, pero en setentero. Que por cierto... “de tal palo, tal astilla”, como dato les dejo que la actriz que dobla a Lisa Simpson en su versión española, es la hija de Maria del Carmen Goñi. Coincidencia de carácter de personajes y casualidades de la vida.

El resto de los personajes de la serie han seguido con sus vidas y con bastante éxito personal la mayoría de ellos, aunque no de una forma pública, pero por ejemplo: El Capitán Tan, tras la finalización del programa, trabajó como director del departamento de duplicación de un estudio de doblaje propiedad de Maria del Carmen Goñi y de su marido. Permanecieron trabajando juntos allí hasta que se jubilaron, y hoy en día siguen manteniendo contacto. El Tío Aquiles siguió en su carrera de actor interpretando a numerosos secundarios hasta el año 1975 en el que falleció su esposa, la también actriz Rosa Sabatini. El payaso Poquito (Nicolás Romero) es productor ejecutivo y guionista de numerosas series de televisión. Luis González Páramo, uno de los Hermanos Malasombra, se ha dedicado de lleno a la interpretación y dirección de doblaje, y en la actualidad, es un auténtico y activo participante de internet y de las redes sociales.

Así, entre mentiras y verdades, entre tragedias y alegrías, Los Chiripitiflauticos iban llenando nuestras tardes de merienda, nuestras vidas, y aportándonos momentos, que aunque lejanos y borrosos en nuestra memoria, son verdaderamente inolvidables e incluso me atrevería a decir que inigualables.

En el año 1974, en plena grabación de una de las aventuras de Los Chiripitiflauticos, alguien de la dirección de Televisión Española comunicó a los actores y al resto del equipo, que ese era el último programa. Que se cerraba el telón, y que en pleno éxito, en la cumbre de la cumbre del mundo mundial, Los Chiripitiflauticos tenían que desaparecer para dar paso a Los Payasos de la Tele.

Vale... también me gustaron Gabi, Fofó, Miliki y Milikito, pero que quieren que les diga, aunque yo aún seguía siendo un niño, después de lo que supusieron para mí Los Chiripitiflauticos... no estaba yo para circos.

Debo confesarles que la elaboración de esta entrada ha sido una de las que más me ha movido por dentro. Buscando la documentación necesaria para su creación he descubierto tantas cosas, que ha sido imposible evitar ataques de nostalgia y de cierta visión borrosa provocada por enrojecimiento de ojos. Dirán que son mariconadas mías, no les digo que no. Todos los recuerdos evocan emociones, ya bien sean visuales, aromáticos, táctiles, gustativos... y en esta búsqueda de material para Los Chiripitiflauticos, me he topado con todos ellos, pero lo que por encima de todo me ha supuesto un reencuentro brutal con mi infancia, han sido los recuerdos auditivos tras encontrar viejas canciones interpretadas por algunos de los personajes y que seguidamente les enlazo. Ya de paso. Les ruego que si disponen de alguna canción más (llegaron a grabar muchísimas), las enlacen en los comentarios y podamos reconstruir más aún, nuestro recuerdo.






jueves, 15 de septiembre de 2011

Libritos de la colección MINI-INFANCIA


Imagino que muchos recordarán la serie de pequeños, pero densos libritos, que lanzó Editorial Bruguera a finales de los 60’s. El título genérico era: “Colección Mini-Infancia” y en ella se dieron cita numerosos personajes de las series de dibujos animados de la tele, así como de demás cuentos clásicos, dispuestos a alegrarnos el día y a poner sus aventuras en nuestras manos de un modo original, pero sencillo a la vez.

Sencillo porque se trataba de pequeños libros, que aunque albergaban más de 250 páginas, abultaban poco y cabían en un formato reducido de apenas 7x5 centímetros; vamos, a la medida de la palma de la mano. Original porque además del contenido típico y que era lógico esperar de un libro infantil: texto e ilustraciones, contenía también una divertida animación del personaje que los pequeños lectores podíamos ver pasando rápidamente las páginas y fijando nuestra atención en la parte superior derecha del libro.

Curioso que a día de hoy, los editores anden locos buscando productos multimedia, interactivos, digitales, etc, etc... cuando resulta, que ya por aquellos años 60’s, la tecnología “digital” nos estaba ofreciendo un producto “multimedia”. “Digital” porque para pasar las páginas del libro a gran velocidad y poder ver la animación, era necesario asir fuertemente el lomo del librito con la mano izquierda y contemplar como las páginas iban deslizándose ante nuestros ojos, utilizando para ello la tecnología que nos proporcionaba la yema del dedo gordo de nuestra mano derecha. “Multimedia” porque en ese pequeño libro de dimensiones reducidas, tenía cabida información escrita, gráfica y animada; algo que parece imposible realizar a día de hoy, a menos que un editor aguerrido no lleve a cabo una gran inversión para que la obra de sus autores pueda ser compatible con el formato impreso así como con el IPad, IPhone, IPod Touch y demás cachivaches tecnológicos que, en realidad, para lo único que han servido, es para que creadores y productores de contenidos se hayan olvidado de esa máxima fundamental en el mundo de los creativos que dice que: “menos es más”.

Una mente lúcida, y para nada sometida a las frenéticas presiones de un mercado cambiante y en constante evolución, pudo pensar (hace poco más de 40 años) en la idea de añadir dibujitos animados en los cuentos, pero... Cómo? Era una época en la que no existían los CD Room, ni Internet, ni tan siquiera el video. Lo único que había por entonces eran las cintas de casete y los discos de vinilo, pero estos únicamente grababan y reproducían sonido. Imagino que a algún iluminado que tenga su mente apostando día a día por la tecnología, esa precariedad de entonces le hubiese hecho desistir del intento de ofrecer un producto en forma de libro, pero que fuese un poco más allá del libro propiamente dicho. No obstante, quizá debido a esa precariedad de la época, a nuestro personaje de mente lúcida se le ocurrió, que la única forma de incluir contenido “vivo” y en movimiento, en un libro, era haciéndolo en las propias páginas del libro, y así, adquiriendo las correspondientes licencias de edición a los respectivos dueños de los personajes que aparecieron en la colección, creó unos libritos con unos textos estupendamente bien redactados, con unas ilustraciones muy bien ejecutadas y con esa pequeña novedad que consistía en una animación puramente accesoria, pero que le daba al libro un valiosísimo contenido adicional en el que podíamos ver a algunos de los personajes de los cuentos en movimiento, vivos ante nuestros ojos gracias a una mínima habilidad en nuestras manos a la hora de pasar las páginas de aquel “Ipad” de papel impreso.

No sé si la colección Mini-Infancia de Bruguera hubiese gozado del éxito que tuvo sin ese pequeño contenido adicional de las animaciones, pero lo que está claro es que a día de hoy, cuando recuerdo esa colección entre amigos que compartimos generación y que los tuvimos de pequeños, todos decimos eso de: “Si! Es verdad! Los libritos que tenían dibujos animados!”. Imagino que ese pequeño “Gadget” tuvo su impacto, y de ahí que persistan esos libros en nuestra memoria y que nos traigan tantos recuerdos.

Bruguera lanzó el primer título en marzo de 1968. El primer personaje en incorporarse a una larga lista de “famosos” fue el popular Bugs Bunny, con un libro titulado “Las travesuras de Bugs Bunny” y que perteneció a la serie nº1 de la colección. Cada serie contenía cuatro títulos distintos, y la colección, a lo largo de sus años de vida (1968 – 1973 en su primera edición), nos ofreció 48 series con un total de 192 libritos que se podían comprar de forma individual al precio de 7,50 pesetas unidad, o a 30 pesetas la serie.

Otros personajes que “se movieron” y nos contaron sus aventuras a través de los libritos de Mini-Infancia, al margen de los personajes de las historietas de Editorial Bruguera, fueron: Tom y Jerry, Piolin y Silvestre, el Pájaro Loco, Speedy Gonzalez, el Gallo Claudio, el Coyote y el Correcaminos, Porky, etc, etc. En definitiva, la gran mayoría de personajes de series de animación de Hanna Barbera, Disney, Warner y demás fábricas de sueños que nos mantenían pegados ante las pantallas de nuestros televisores y sin encontrar nunca la hora de ponernos a hacer las tareas escolares.

Cabe decir que previo a este exitoso producto, Bruguera realizo una edición anterior (sobre 1966). En esa ocasión la idea y los títulos eran los mismos, solo que el formato era algo mayor y quizá por eso tuvo una menor aceptación. El título genérico para esa primera tentativa fue “Tele Infancia”.

Así que ya saben; cuando lean su próximo libro ilustrado a través de su soporte digital pertinente, y alucinen con la maravilla tecnológica que supone eso de poder estar leyendo un libro y contemplar alguna de sus ilustraciones en movimiento, no olviden que ya en los 60’s, esa virguería fue posible y a unos 4’5 céntimos de Euro la unidad.

Mini-Infancia (Bruguera)

Créditos imágenes: 1) Portada del libro número 1 de la colección Mini-Infancia, titulado "Las Travesuras de Bugs Bunny" (1968). Colección particular. 2, 3, 4)Libros de mi colección particular. 5) Fragmento de la animación del libro titulado "Los Problemas de Pedro" (1970) correspondiente al número 87 de la colección.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Anatomía Humana de SERIMA

No sé si les sucedía lo mismo a ustedes, pero me imagino que si. Me refiero a la sensación que de niño se experimentaba aquellas noches en las que uno sabía que al día siguiente, por la mañana, se presentaría un familiar: tía, abuelo, o quien fuese, con un flamante regalo y sin necesidad alguna de que fuese por nuestro cumpleaños o fiesta señalada en especial, simplemente; un regalo. Era una sensación indescriptible, de unos nervios que nos mantenían en vela, que no nos dejaban conciliar el sueño pensando en ese juguete y en ese momento en el que nos veíamos a nosotros mismos disfrutando del regalo que en pocas horas iba a ser definitivamente nuestro. Por fin! Nos imaginábamos en el parque exhibiendo nuestro flamante juguete nuevo ante las envidiosas miradas de nuestros amigos y vecinos. “Como mola!!!” decía alguno. “Que pasada!” apuntaba otro, y todos ellos con las miradas incrédulas al comprobar que un crío del barrio se había hecho con el juguete, que era suyo, que alguien se lo había regalado para que disfrutase a sus anchas de él. La diversión de los demás quedaba reducida a mirarnos con esas caras que transmitían admiración y rabia a partes iguales al ver como el afortunado, disfrutaba de lo lindo.

Mayor era el impacto entre los vecinos cuando se trataba de alguno de esos juguetes con los que uno había soñado una y mil veces, pero que por razones diversas, nuestros padres, nos decían que tal regalo no nos lo podían hacer porque se trataba de un juguete muy caro, así que habría que esperar a que llegase el tío de América (que había hecho fortuna) para pedírselo a él.

Yo nunca tuve un tío en América, y nadie en mi familia hizo jamás fortuna, de modo que los juguetes caros que cayeron en mis manos, se los tengo que agradecer, en parte, a mi tía Pilar, la esposa de mi tío José que trabajaba en la Compañía de las Aguas de Barcelona y ganaba un buen sueldo. No es que mi tía Pilar estuviese haciéndome regalos caros cada dos por tres, pero quizá por el hecho de que nos veíamos de uvas a peras y que sentía un gran cariño hacia mí, cuando se daba el caso se estiraba con alguno de esos juguetes que le dejaban a uno extasiado para el resto del día.

Uno de los regalos que me hizo la tía Pilar, fue el juego de la Anatomía Humana que las Industrias Termoplásticas SERIMA de Badalona, sacaron al mercado en 1963. No sé la repercusión que ese juego tuvo en su momento, pero me consta su éxito durante la década de los 70’s y la gran cantidad de críos que lo tuvimos en sus diferentes formatos. La casa SERIMA lo lanzó con números que iban del 1 al 4, y que respectivamente, y según su número, llevaban de menos a más complementos. Así pues podíamos encontrar una caja en la que tan solo hubiesen los huesos que formaban el esqueleto, otra en la que se hallaban los órganos internos, una en la que aparecía el maniquí con los músculos sobre una figura en relieve, y la número 4, la más cara de todas y la que lo contenía absolutamente todo: los huesos, los órganos, el maniquí con los músculos y un manual explicativo en el que se desglosaban todas y cada una de las piezas con sus correspondientes nombres. Aún recuerdo lo que por aquel entonces me fascinó cuando, en dicho manual, leí el nombre de uno de los músculos del cuello; el que venía indicado con el número 18 para ser exactos: esternocleidomastoideo. Me alucinó esa palabra que retumbó en mi cerebro como una de las mejores palabras jamás inventada. Se me hacía extraño que semejante vocablo sirviese única y exclusivamente para designar a un mísero músculo del cuello. Me pareció que se desaprovechaba un término que bien hubiese podido servir para definir algo con mayor entidad o empaque. Qué se yo... para construir frases enormes como: “La inmensidad del universo es infinita y esternocleidomastoidea”, o... “Por fin se ha firmado un acuerdo esternocleidomastideo en virtud del cual, las diferentes naciones del mundo acuerdan mantener la paz mundial”. Pero no, la palabra que a partir de ese día, fue para mí un término de culto, únicamente servia para definir a ese jodido músculo del cuello que permitía que la cabeza girase y se flexionase de modo lateral. O sea, que era algo así como decir que era mejor mirar hacia otro lado y restarle a la palabra “esternocleidomastoideo” la importancia que tenía.

El caso es que mi tía Pilar se gasto las 650 pesetas que costaba el juguete en su versión más cara y completa. Aproximadamente una cantidad que no llegaba a los 4 €uros, pero que por aquellos tiempos ya eran pelas, ya.

A partir de ese día mi infancia ya nunca fue la misma. Conocer minuciosamente cómo éramos por dentro me hizo tener sentimientos encontrados con mi propia especie. Las chicas por ejemplo; eran hermosas por fuera, guapas de cara y en especial los domingos cuando salían a pasear con las trenzas y las coletas bien hechas y no a toda prisa como sucedía en los días de cole. Los modelitos por encima de las rodillas que dejaban ver sus pantorrillas, sus calcetines blancos y esos zapatitos negros de charol formaban un conjunto de lo más atractivo. Y que decir de las revistas que papá y mamá escondían por algún cajón de casa o bajo la cama, y en las que mujeres exuberantes se mostraban desnudas en provocativas poses. Todo eso era fascinante y me producía un inexplicable calor en la entrepierna, pero... ellas, las chicas... Eran por dentro igual que mi maniquí de la Anatomía Humana? En serio? Tenían ese conducto de entre 6 y 8 metros de largo llamado intestino delgado, en el interior del cual se verificaba la formación del quilio y del jugo pancreático e intestinal que contenía fermentos, invertina, lactosa y maltasa? Joder... Pues que asco!

Por fortuna me convencí a mi mismo de que eso no era posible y de que las chicas, y debido a que se les llamaba “macizas”, eran eso, macizas, y que en su interior estaban formadas también de esa maravillosa textura compuesta de carne y piel que resultaba tan agradable al tacto y que desprendía un sensual olor. De lo contrario, la casa SERIMA hubiese sacado también un maniquí femenino, y... Por qué no lo hizo? Eh? Pues por eso, porque no merecía la pena, ya que las chicas no tenían ninguna de esas cosas asquerosas por dentro. Faltaría más!

Como ya indiqué en una entrada anterior, lo que resultaba más frustrante del juego de Anatomía Humana, fue el descubrir que el maniquí no tenía pito. No había colgajo alguno y en el manual de instrucciones, pese a detallar minuciosamente: el esqueleto, el aparato respiratorio, el digestivo, el sistema circulatorio, el sistema nervioso, excretor, endocrino, los músculos, etc, no decía ni palabra sobre los órganos sexuales, de modo que no había más remedio que creer a pies juntillas lo de la cigüeña y olvidar todas esas teorías perversas que apuntaban a que hombre y mujer se unían en un acto de cópula sexual para tener hijos. Una vez más la iglesia tenía razón en aquella España en la que la iglesia SIEMPRE tenía razón. Sin duda que aquello que me colgaba a mi entre las piernas no era más que algún tipo de malformación que era mejor no tocar, ya que en caso contrario se ponía duro, se marcaban las venas y se procedía al secado automático de la médula espinal y terminaba produciendose una irreversible ceguera.

Pese a todo, jugar con la Anatomía Humana de SERIMA, tenía su punto perverso. Eso de construir pieza a pieza a un ser humano nos convertía en jovencitos Frankensteins con ese punto de enajenación que caracterizó al personaje creado en 1818 por la dramaturga británica Mary W. Shelley y en la que su protagonista, el doctor Victor Frankenstein, elaboraría delicadamente a un monstruo formado con diversos trozos de seres humanos muertos, y al que finalmente daría vida. El juego de la Anatomía Humana nos proponía algo de eso. Y pese a esa Iglesia todopoderosa, omnipresente y represora, mi amigo Boliche y yo, encerrados en mi habitación y montando pieza a pieza a aquel ser de plástico, rivalizábamos con el poder de Dios construyendo a ese maniquí y convirtiéndonos en infantiles Prometeos dispuestos a desafiar a cualquier deidad estúpida que se atreviese a arrebatarnos nuestro poder. Un poder que con el tiempo tuvo sus resultados, ya que descubrimos, a pesar de la iglesia, de SERIMA y del régimen establecido, que el colgajo, el pito ese que muchos de mi generación consideramos que no se trataba de nada más que de una malformación, era en realidad un fabuloso ESTERNOCLEIDOMASTOIDEO, un instrumento que nos proporcionaría toneladas de placer y que sin duda, por eso y no por otra cosa... era considerado pecado.





Créditos de las imágenes: 1, 2, 3, 4) Juego de la Anatomía Humana de SERIMA. Colección particular de El Kioskero del Antifaz. 5) Ilustración de Sergi Càmara. 6) Librito explicativo correspondiente al juego de Anatomía Humana y que proponía aprenderse el nombre de todas las partes del cuerpo. Para ello, los nombres de los diversos huesos, órganos, músculos, etc, estaban rotulados en rojo, y gracias a una filmina transparente del mismo color, quedaban ocultados a la lectura de modo que nos facilitaba su memorización.

martes, 30 de agosto de 2011

El Papus

El próximo día 20 de septiembre hará 34 años que el grupo terrorista de la ultra derecha, denominado “La Triple A” colocó un artefacto explosivo en la redacción de la revista “EL PAPUS” de la calle tallers de Barcelona. La bomba se la dieron al conserje del edificio para que le entregase “el paquete”a Xavier de Echarri, director de la publicación. Juan Peñalver Sandoval, el conserje, resultó muerto como consecuencia de la explosión que le pilló de pleno. Algo más de una docena de heridos leves fueron también las víctimas directas de aquel lamentable atentado.

Mi experiencia personal de aquel día la comenté ya en esta entrada y con motivo de un libro sobre el humor gráfico que realicé para Parramón Ediciones.

Los detalles sobre cuanto aconteció al hecho, a la investigación posterior, y el incomprensible desenlace de que, a día de hoy, aún no hayan aparecido culpables ni se hayan fijado indemnizaciones para las víctimas, lo pueden encontrar en este estupendo documental elaborado por RTVE que aquí mismo les enlazo.

De modo que lo único que puedo contar en relación al semanario de humor más corrosivo de la transición española, es una de las muchas anécdotas que conservo de mi colaboración con la que fue la segunda etapa de la revista después de la bomba. Breve colaboración debida a que el espíritu de la revista fue claramente afectado por la explosión y por una crisis de esas que durante los años 1984 - 1986, llevó a la editorial a una irremediable suspensión de pagos.

Les dejo con una historia que creo, refleja con claridad las numerosas contradicciones de una época en la que se estaba llegando al final de una transición política, pero en la que aún seguían mandando los mismos.

Recuerdo que cuando me mandaron la carta en la que “amablemente” me pedían que me alistase a las filas del flamante ejército español, hice un ejercicio mental en el que traté de imaginar cómo me iría a mí haciendo “la mili”. La verdad fue que lo que me esperaba no pintaba nada bueno. No tenía más que los estudios primarios y unos estudios secundarios incompletos. Tampoco tenía ningún oficio de formación profesional como de carpintería, electricidad, mecánica, o cualquier cualificación profesional que me asegurase algún destino más o menos llevadero en el ejército. Lo único que había hecho después de abandonar mis estudios y durante los siguientes cuatro años había sido dibujar historietas y humor gráfico dentro de la corriente underground de aquella época, de modo que mis dibujos estaban plagados de mujeres desnudas y de ocurrencias pretendidamente ingeniosas que apuntaban en contra de los políticos, de los militares, de los fascistas, así como en contra de cualquier cosa que pudiese significar un régimen autoritario. Definitivamente no era el material adecuado para mostrarles a los del ejército con el que dar fe de mi trabajo de dibujante y que, gracias a él, me destinasen a un cuartel con algún despacho cómodo en el que poder seguir con mi labor de “pintamonas”. Vaya... que me veía vestido de uniforme chupando guardias por un tubo ante las inclemencias del tiempo y haciendo más maniobras y moviéndome más por la pista americana que un garbanzo en la boca de un viejo sin dientes.

Pasaron los días, y cuando me encontré preparando mi petate y los enseres mínimos para tomar un tren e incorporarme al “ejerssito epañó” dispuesto a derramar hasta la última gota de mi sangre por Dios y por España, se me ocurrió que no sería tan mala idea después de todo. Llamé a mi editor Carlos Navarro por teléfono y le pedí una cita.

—Cómoooo? Pero tu te has vuelto loco hijo mío? —me dijo mi editor sentado en la mesa de su despacho, mientras que yo estaba allí, en pie frente a él.
—Se trata de una simple carta señor Navarro, no le pido nada más que eso. —le insistía yo.
—Vamos a ver, alma de cántaro. No estoy dispuesto a sentirme culpable el resto de mi vida porque te hayan montado un consejo de guerra y te hayan hecho fusilar —me decía él —. Que mira que esos tipos son muy bestias, y que aunque haga nueve años que se les ha muerto el jefe, los que mandan siguen siendo ellos.
—Lo sé, lo sé, y le entiendo perfectamente, pero prefiero pasar la mili en un calabozo antes que metido en una garita. Además... quién sabe, es posible que hasta se acojonen si ven que trabajo en un medio de comunicación subversivo. Igual hasta se cagan patas pa’bajo y me licencian en pocos días.
—Tú si que te vas a cagar. Con esa gente no se puede hacer el chulo. Acaso no recuerdas que nos pusieron una bomba? Y ahora quieres meterte en la boca del lobo y decirles donde trabajas? —me preguntó.
—Pues si. —le respondí con determinación marcial (lo de marcial fue, porque ya estaba yo practicando, y eso).
—No se hable más si eso es lo que quieres.

El señor Navarro pulsó un botón del interfono que había sobre su mesa y le pidió a su secretaria personal que tomase un papel con membrete de Ediciones Amaika y que redactase la siguiente carta:

—”Como editor gerente de Ediciones Amaika, informo a quien corresponda que el humorista gráfico Sergi Cámara, colabora desde...” Por cierto hijo. Desde cuando trabajas con nosotros?
—Exactamente no recuerdo.
—En fin, da igual. Prosigo señorita: “...colabora desde hace unos años en nuestras publicaciones editoriales tales como: El Papus, El Harakiri, El Puro, La Judia Verde, etc, y en calidad de dibujante y redactor de textos. Firmado, etc, etc”. En cuanto la termine tráigala a mi despacho.

Al poco rato aparecía la secretaria con la carta en la mano y con un sobre en el que también podía verse el membrete impreso de la editorial. El señor Navarro estampó su firma sobre la carta, la metió cuidadosamente en el sobre y me la dio.

—Joder! —exclamó —. Por un momento me he visto como el Generalísimo firmando sentencias de muerte. Estás seguro de lo que haces?
—Absolutamente señor. No se preocupe tanto que no va a pasar nada. Muchísimas gracias y ya pasaré a visitarle cuando me den permiso.
—Permiso? Me conformaré con no tener que ir a verte a una prisión militar para llevarte tabaco.

El señor Navarro y yo nos despedimos cordialmente. Quedamos en que durante mi estancia en la mili seguiría haciendo mis historietas y que o bien se las mandaría a él por correo, o las mandaría a mi casa para que mi padre pudiese ir a la redacción a hacer las entregas y a recoger los cheques. Y así fue, pese a mi nueva vida militar siempre encontré algún que otro momento (en la clandestinidad, obviamente) para dibujar algo de material que el señor Navarro pudiese publicar.

Para mí, la mili empezó en Colmenar Viejo. Allí me raparon, me dieron ropa de color verde, cubiertos, una llave para mi taquilla y unos platoons identificativos; no fuese el caso que pisase alguna mina o me estallase una granada en la mano y mi cuerpo quedase inidentificable. También me asignaron una litera y una compañía; concretamente la 24 del 2º batallón, y para terminar el Kit me dieron un número; el 222, y ese iba a ser “mi nombre” durante los siguientes tres meses.

A los pocos días empezaron a hacernos tests psicotécnicos, revisiones médicas y a clavarnos vacunas. Para todo había que formar largas colas, y una de ellas, una de esas colas, fue para rellenar un formulario y aportar documentos que acreditasen nuestro nivel de estudios y nuestra experiencia laboral. Allí fue donde entregué la carta de Ediciones Amaika que me firmó el señor Navarro... mi suerte estaba echada.

Una noche, mientras dormía placidamente en mi litera, me despertó un instructor. Eran alrededor de las tres de la madrugada.

—Recluta! El suboficial quiere verte!

En calzoncillos, pero con las botas y las trinchas puestas, seguí al instructor hasta el despacho del sargento de la que era mi compañía. Por el camino un cabo (el cabo Frutos) me hizo besar una foto con la alineación del Real Madrid y gritar: “Hala Madrid!”. Lo hice... que remedio.

El sargento en cuestión era un tipo de Valencia que también iba en calzoncillos, que llevaba puestas sus botas y sus trinchas y que me miraba con una cara de mala leche tremenda.

—Eres tú el tal “Sergi” que trabaja en esas revistas de rojos? —me preguntó.
—Si mi sargento. Soy yo.
—Curioso... te hacía con barba y con melenas —me dijo, mientras que a mis espaldas, el instructor, dejaba ir una carcajada.
—Y así era mi sargento, hasta que la pasada semana pasé por la barbería.
—de todos modos, veo que no eres muy amigo de la maquinilla de afeitar. Eh? —el sargento deslizó su bolígrafo por mi barbilla prestando atención al “ris, ris” que se producía al contacto con los incipientes pelillos que habían por mi cara.
—Es que... me crece, mi sargento— le comenté.
—déjenos solos instructor, y cierre la puerta —ordenó el sargento al capullo que estaba detrás de mí.

La máxima autoridad nocturna en la compañía y yo, estábamos frente a frente, solos. Todo indicaba que no habrían testigos de las vejaciones que aquel tipo parecía dispuesto a proferirme. Jamás pensé en mi vida que llegase un día en el que iba a ser torturado, y menos aún sentado en una silla, en calzoncillos, en trinchas y con botas. Me encajaba la idea de que mi torturador fuese un militar, pero el verle a él también en calzoncillos, con trinchas y con botas, le daba a todo aquello un macabro toque de humor, curiosamente típico de la revista... El Papus.

—Siéntate —me dijo—. Así que tú dibujas a las tías en pelotas que salen en esta revista?

Para mi sorpresa, del cajón de su mesa sacó un ejemplar de la revista Harakiri abierta por una página en la que aparecían dibujos míos.

—A esas tías las he dibujado yo... entre otras cosas.
—Estupendo. Mañana hay instrucción.
—Lo sé mi sargento.
—Los de tu compañía irán a dar barrigazos por la montaña, a revolcarse por el barro y a correr unos cuanto kilómetros bajo una lluvia de mil demonios.
—También lo sé mi sargento. Nos lo han explicado esta noche en la orden del día. Mañana tenemos instrucción.

El sargento valenciano se levantó, se acercó hacia mí, se puso a mi espalda mientras yo permanecía sentado en la silla, colocó sus manos sobre mis hombros y me dijo:

—Tú te quedarás aquí, en mi despacho. Estarás al lado de mi estufa. Los instructores te traerán papeles y todo cuanto necesites, y a cambio... nos dibujarás a unas cuantas de esas tías en pelotas. Qué opinas?
—Qué quiere que opine mi sargento? Me parece bien.
—Pues ahora lárgate a dormir, apenas quedan un par de horas para que suene el toque de Diana, así que en cuanto estés vestido te quiero aquí, en mi despacho.

Me despedí del suboficial, y cuando me acercaba a la puerta para asimilar toda aquella situación surrealista, el sargento llamó mi atención de nuevo.

—Una cosa más recluta. Hablas catalán?
—Lo hablo mi sargento.
—Excelente. Yo hablo valenciano así que podemos entendernos. Cuando estemos solos hablaremos catalán y valenciano y me tratarás de tú. En presencia de cualquier instructor, mando o recluta de esta compañía seguiré siendo tu sargento. Queda claro?
—Como el agua mi sargento.
—Que passes una bona nit —se despidió mientras se quitaba sus botas y se disponía a entrar en su litera.

Apenas hice instrucciones, guardias o imaginarias. El sargento valenciano se las ingeniaba como podía para dejarme en la compañía para que le hiciese dibujos: de su novia, de su hermana... me traía fotos de él con sus colegas para que les dibujase, e incluso me permitía que ocupase parte del tiempo en hacer las historietas para el señor Navarro. Quien le iba a decir a él que su carta, esa carta por la que iban a formarme un consejo de guerra, iba a terminar siendo un salvoconducto para un confortable escaqueo.

Yo creo que cuando dicen eso de “inteligencia militar”... se refieren al sargento valenciano de la 24 compañía del 2º batallón de Colmenar Viejo. Un tipo con sentido del humor.


jueves, 25 de agosto de 2011

Lulu y el génesis

No recuerdo el día en el que Lulu y yo nos vimos por primera vez. Puede que llegase a casa en la segunda o tercera noche de reyes de mi vida, así que yo no era más que un mocoso demasiado pequeño como para recordarlo. No obstante, tengo muy presente a Lulu entre mis juguetes de finales de los años 60’s. Se trataba de uno de esos juguetitos mecánico y metálico que ofrecía muy poca interactividad, ya que tras darle algunas vueltas a su cuerda poco más se podía hacer salvo observar como daba saltitos a la vez que remostaba su pico contra el suelo. Con ese tipo de juguetes siempre pasaba lo mismo; jugabas con ellos dos o tres días a lo sumo, te dabas cuenta de sus escasas posibilidades y finalmente les desterrabas a “la caja”. La caja era una especie de limbo para juguetes. Una especie de mundo entre los vivos y los muertos, o en el caso de los juguetes, la frontera entre el calor del hogar y el vertedero. En esa caja se hallaban aquellos muñecos que por tener rota alguna de sus extremidades ya no eran aptos para el servicio activo ni para ninguna misión que implicase salvar al mundo o algo así. También se podían hallar rompecabezas incompletos, cromos que nunca encontraron su destino final pegados en las páginas de su álbum correspondiente, piezas sueltas de algún juego de construcciones, cuentos pintarrajeados con los colores Alpino, cochecitos sin ruedas, pistolas sin cachas, soldaditos sin ejército ... y así cientos de objetos incompletos que permanecían en la caja, hasta el día en que mamá, en una de sus implacables revisiones, llenaba con ellos una bolsa de basura y desaparecían para el resto de los tiempos. Otros juguetes gozaban de mayor fortuna, eran los considerados “preferidos”, los que te llevabas los domingos al campo y viajaban en el SEAT 850 con el resto de la familia. Eran los que dormían con nosotros y compartían nuestro sueños e incluso a veces... nuestras pesadillas. Nunca viajé con Lulu a ningún lugar, y debido a su material metálico jamás dormí con aquella cadernera que a pesar de sus vivos colores daba pocas opciones de juego.

Sí recuerdo el día que encontré a Lulu en la estantería de mi habitación. Alguien se había apiadado de ella y la había rescatado de la caja para darle algún tipo de utilidad, ni que fuera de adorno. Acepté con agrado la nueva ubicación de mi cadernera metálica hasta el punto que pese a que la decoración de mi habitación iba cambiando con el paso de las décadas de los 70’s y parte de los 80’s, Lulu permaneció allí. Primero haciéndoles compañía a mis Madelman, posteriormente a los útiles de vidrio de mi juego de química, al lado de la rejilla para los tubos de ensayo. Más tarde compartió espacio con una minúscula colección de latas de cerveza vacías y posters de grupos de música Heavy, y así hasta que un día desapareció de forma definitiva, quizá por ser un objeto demasiado infantil para la habitación de un adolescente que empezaba a traer a casa a alguna que otra amiga. El caso es que le perdí la pista a Lulu. Mucho me temo que la abandoné en algún cajón y que con el tiempo fue a parar a alguna de esas bolsas de basura en la que terminan algunos juguetes e inician ese irremediable viaje sin posible retorno.

También recuerdo el día en el que, ignoro porque razón, Lulu vino a mi mente y sentí unos irreprimibles deseos de recuperarla. Aproveché una visita a casa de mis padres para buscarla por la que había sido mi habitación durante largos años, pero apenas quedaba nada de la vieja estantería, del armario con cajones, así como de algún rincón en el que hubiesen podido permanecer, aún, algunos viejos juegos. Mi habitación, se había convertido en la habitación de invitados y las posibilidades de encontrar por ahí a Lulu eran prácticamente inexistentes.

Hará pronto cuatro años que tuve algo en común con Lulu y con todos los juguetes que van a parar a "la caja”. Estuve, por decirlo de alguna manera... en el limbo y con inciertas posibilidades de regreso, pero regresé para disfrutar de lo que tienen de bueno las segundas partes (por más que haya quien diga que nunca segundas partes fueron buenas). Por experiencia puedo decir que no hay nada como una nueva oportunidad para poder vivir sin necesidad de preocuparse tanto por el futuro que es y será siempre incierto y para disfrutar más del presente que para lo bueno o para lo malo es, cuanto menos, palpable. Imagino que de ese breve viaje que hice por “tierra de nadie” nació también la vena nostálgica que me movió a recuperar parte del pasado para convertirlo en presente y plasmarlo poco más tarde en este blog en el que uno de mis primeros objetivos era precisamente el de poder escribir esta entrada. Lulu fue el primer juguete que busqué y busqué para mi colección que en sus orígenes no pretendía llegar a ser una colección. Se trataba únicamente de un intento por reencontrarme con años vividos, de recuperar formas, olores y sonidos de tiempos felices de esa infancia en la que los juguetes son inseparables compañeros con los que vivir inolvidables momentos.

Lulu, quizá por ese desapego que tuve con ella desde el día en que nos vimos por primera vez, se resistía a ser encontrada. Se negaba a formar parte de mi presente después de haberla desterrado a “la caja” tras un par o tres de días de haber jugado con ella. Pero Lulu, sin duda consciente de la importancia que tiene eso de ser un juguete para un niño mayor, cedió finalmente a mis búsquedas y se dejó encontrar para traerme con ella esas formas, olores y sonidos de tiempos felices, y para recordarme una vez más que todo es posible en esta vida y que incluso, en momentos difíciles, se puede salir de “la caja” y seguir haciendo camino.

jueves, 16 de junio de 2011

Cine NIC

Mis padres estaban a punto de llegar del trabajo mientras que mi yaya Lola andaba por la cocina preparando algo ligero para la cena. Yo permanecía clavado delante de la tele viendo algún programa de esos que hacían de entrevistas y actuaciones musicales, pero toda mi atención estaba centrada en escuchar cómo mis padres subían por las escaleras y entraban en casa, por fin.

—Yaya... Van a tardar mucho los papas?
—Me lo acabas de preguntar hace un rato, así que... ya queda un rato menos— me respondía ella desde la cocina.

Era lógico que esperase con ansia su llegada. Yo tendría unos siete u ocho años y no me dejaban jugar solo con mi Cine Nic, las veces que lo había sacado de su caja sin permiso y me había puesto a ver películas con él, los resultados habían sido desastrosos: o bien me quemaba con su chapa recalentada por la bombilla de 40 vatios, o bien me cortaba con la fina hojalata de sus aristas. Así que no había otra; si quería ver alguna película con el Cine Nic... tenía que esperar a papá o a mamá, ya que mi Yaya Lola no podía dejar sus quehaceres para estar dándole a la manivela del pequeño proyector.

No fueron pocas las veces que me acosté sin ver la esperada película, los motivos eran varios, pero el más recurrido era el típico: “bufff cariño, ahora no, venimos muy cansados. Después de cenar. Vale?”. Yo cenaba a la velocidad del rayo, ya tenía bastante con esperar la llegada de ellos, así que las albóndigas desaparecían de mi plato en un visto y no visto. Aún y así, cuando la cena ya estaba terminada venía la segunda parte del eterno pretexto: “Cielo, a lavarte los dientes y a dormir que mañana tienes cole. Ya te pondremos alguna película el domingo que papá y mamá tendremos fiesta”. Creo que por eso siempre odié el trabajo de mis padres.

Resignado me largaba hacia mi habitación, me ponía mi pijama, me lavaba los dientes y me despedía de mis padres dándoles un desganado beso de buenas noches.

—Oye! No tuerzas el morro por todo. Me oyes?— me decía mi padre mientras que con un aspecto cabizbajo y arrastrando mis pies, desparecía por la oscuridad del pasillo.
—Jo!... es que...— mascullaba yo.
—Es que. Qué? A ver si aún voy a tener que darte un sopapo!— amenazaba mi padre sentado desde el sofá. Se giraba hacia mi madre y proseguía —Pero qué se ha creído este crío?... Será posible?

Afortunadamente el paso del tiempo tiene de bueno eso de que te pone años, cosa muy importante cuando uno es pequeño, no puede hacer según qué, y está deseando hacerse mayor. Así que entre momentos buenos, momentos malos, notas bajas y demás, pasaron un par de años, y entonces ya si, ya nada ni nadie podía impedir que le echase mano a la caja de mi Cine Nic y me organizase mi propia sala de proyección en mi habitación o en el comedor de casa. Tenía un buen montón de películas que podía ver una detrás de otra, y si me quemaba o me cortaba con la chapa del proyector, ya a nadie le importaba debido a que no me quejaba ante la posibilidad de ser obligado a desprenderme nuevamente de mi juguete.

Convertido ya en un experto proyeccionista no tardé en desear dar un paso más en “el apasionante mundo del cine”. A decir verdad la realización de las películas que se podían proyectar con un Cine Nic era de una sencillez absoluta. Bastaba con hacerse con un buen montón de papel vegetal, realizar una serie de dibujos (como si se tratasen de una tira cómica) en una franja superior y repetirlos en una franja inferior con alguna ligera variación que determinaría el movimiento. El talento y los rotuladores Carioca harían el resto, y como no, el sencillo mecanismo del proyector que se ocuparía de mostrar los resultados obtenidos gracias a mi creatividad y a la manivela, que servía para arrastrar la película por detrás del doble obturador que permitía ver de forma alterna los dibujos realizados en la banda superior y en la inferior, creando así la fantástica ilusión de los dibujos animados.

Mi madre se ocupó de proveerme de papel vegetal durante un tiempo. No recuerdo si lo vendían ya o no en las papelerías, imagino que si, pero una vez comprobado que el papel con el que se envolvía el pescado en la plaza otorgaba la textura y el grado de translucidez idóneo para la realización de los primeros films, era fácil conseguir la materia prima con la que me iniciaría en esta empresa.

—Toma Nuri, aquí tienes un buen montón de hojas limpias de papel para tu hijo— le decía la pescadera a mi madre, mientras que desde su puesto en la plaza, y sin perder de vista a la clientela que deambulaba por el mercado, cortaba la conversación en seco para llamar la atención de las clientas que miraban las merluzas de las paradas de al lado: —Miri nena! Peix fresc senyores! El peix més fresc de la plaça!
—Oh gracias! Mi hijo estará encantado— le decía mi madre.
—Que por cierto... Para qué quiere tu hijo papel para envolver pescado?— preguntaba extrañada la pescadera.
—Lo quiere para hacer películas— respondía mi madre no dándole mayor importancia.

“Películas?” pensaría la pescadera quedándose con cara de merluza, no entendiendo nada y volviendo, como si tal cosa, a propinarle hachazos a un pobre pescado abierto en canal sobre la madera de cortar.

No conservo ninguna de esas viejas películas que hice con el papel del pescado y aprovechando los cartuchos de películas Nic originales, que una vez destrozadas de tanto pase, formaban parte de mi departamento de reciclaje para convertirse en películas nuevas y caseras. Recuerdo especialmente una que tuvo una gran aceptación por parte del público, compuesto principalmente por vecinos del barrio, compañeros de clase y por mis padres, que mira tu por donde, pasaron de proyectarme las películas en esos días en los que no me dejaban tocar el proyector, a ser espectadores en un momento en el que ya era yo quien no dejaba que lo tocasen ellos. La película en cuestión se trataba de un plagio que hice, bueno... mejor dicho: “homenaje” o “remake”, de una de las películas clásicas del Cine Nic y que se titulaba “La isla del tesoro”, la mía se titulaba igual y la trama era más o menos la misma. Substituí a los anodinos personajes de la película original por piratas (creo que me pareció más comercial), y el final de la película en la que los protagonistas encuentran un mensaje de lo más ejemplarizante de la época, lo cambié por un final en el que mis piratas encontraban un cofre con un buen montón de monedas de oro; ya saben, el clásico final feliz, o “Happy End”.

No sé si fue por culpa, o gracias a, mi Cine Nic, pero a día de hoy, 36 años más tarde de jugar con mi proyector, sigo haciendo dibujos animados. Será cierto que un juguete es mucho más importante de lo que en un principio nos puede parecer.

Cine Nic

Seguidamente muestro un par de peliculas NIC; la primera es la original, realizada en la factoria del Poble Sec y de la cual hice mi particular Remake y que lleva por título "La isla del tesoro". La segunda se trata de una de las muchas que la empresa NIC adaptó de los estudios Walt Disney, y se trata del popular cortometraje de "Los tre cerditos".





Al igual que yo, el Cine nic nació en el barrio barcelonés del Poble sec. Los hermanos Nicolau Griñó: Josep Maria, Tomàs y Ramón, iniciaron en el año 1931 su periplo por el mundo de la fabricación de juguetes con la primera patente por la invención de “un aparato para la proyección de imágenes animadas”, lo hicieron en el local del número 48 de l’Avinguda del Paral·lel y desde allí, sacaron al mercado los primeros proyectores que terminarían convirtiéndose con el tiempo, en uno de los juguetes más deseados por lo niños de más cuatro décadas; desde 1931, hasta 1974, año en el que desapareció la marca. Fue en 1954 cuando la factoría Nic se trasladó a un nuevo edificio en el número 175 de la calle Conde del Asalto, hoy en día conocida como carrer Nou de la Rambla, y muy cercana a su emplazamiento inicial.

Tomàs era industrial e ingeniero textil, y en la empresa Nic se ocupó de todo lo referente a la dirección general, así como a escribir los guiones y a realizar las adaptaciones para las películas. Josep Maria era ingeniero industrial y se responsabilizó de las tareas administrativas, y finalmente, Ramón, que era arquitecto y poseía buena habilidad para el dibujo, fue el autor de los dibujos de casi todas las películas de la primera época, hasta mediados de los años 40.


Pere Bosom griñó, primo de los tres hermanos, así como su hijo Pere Bosom del Rosal, se encargaron del taller mecánico y del proceso de fabricación del juguete.

A lo largo de los cuarenta y tres años de existencia del proyector Nic fueron patentados una veintena de modelos distintos, algunos de ellos sonoros gracias a la incorporación de un soporte en el que se ponía un disco de piedra que giraba, al igual que la película, con el golpe de manivela, de forma que imagen y sonido se sincronizaban.

El Cine Nic se convirtió en un juguete de gran éxito que se comercializó también en Francia, Alemania, Portugal, Gran bretaña, Italia, Suiza, Cuba. México, Japón y Estados Unidos entre otros países. Su nombre cambió según el punto geográfico en el que se hallaba, pero siempre bajo la licencia cedida por los hermanos Nicolau. Así el cine Nic, en función del país, pasó a llamarse: Ciné Selic, Cine Tom, Eagle, Star Cinema, Topolino NIC, etc.

Al margen de las muchísimas películas creadas desde Barcelona por los dibujantes y equipo artístico de Nic, la factoría obtuvo de la Walt Disney Merchandising Divison, la licencia para la adaptación y reproducción de sus films, llegando a publicar un total de doscientos títulos de la Disney desde 1942 y empezando por la Blancanieves, hasta la última película realizada en vida de Disney, El Libro de la Selva, además de numerosos cortometrajes.

Algunos de los personajes creados por el equipo de Nic fueron: Tom el Cowboy, Miau, Nikito, Perro sabio, manolín, Pulgarcito, etc. Y se comercializaron títulos y series tales como: Dongo el hombre de la selva, Planeta K-10, Muñeco de nieve, Grandes cacerias, Coronel Cody, El viejo cañón, etc.

Créditos imágenes: 1) Proyector Cine Nic años 70. Colección Particular. 2) Proyector Cine Nic años 50. Colección Particular. 3) Proyector Cine Nic años 30. Colección Particular. 4) Peliculas para Cine Nic. Colección Particular. 5) Gif animado realizado por Sergi Càmara. 6) Logo de la marca Nic diseñado en 1932 por el ilustrador publicitario Eduard Jener (1882-1967). 7) Una de las múltiples imágenes realizadas para la adquisición de la patente.

Otros créditos: Películas extraidas del canal de Youtube de Salvi Jacomet.
Documentación y reseñas procedentes del libro titulado "El cine NIC, una joguina històrica del Poble-Sec", escrito por Jordi Artigas i Candela, y editado por L'Ajuntament de Barcelona en 1998.