sábado, 8 de diciembre de 2012

De cuando jugábamos en castellano




En las escuelas de finales de los sesenta y principios de los setenta, y sobretodo en aquellas pertenecientes a barrios humildes de Barcelona como en el que nací y me crié, cada vez que sonaba el timbre que daba por finalizada la clase que coincidía con la hora del patio, siempre había uno que gritaba: “Marica el último!” y tras semejante agravio en una España en la que ningún macho podía ser marica, los tacones de nuestros zapatos Gorila golpeaban nuestras nalgas en portentosas zancadas que nos hacían colocarnos en los primeros puestos de la cola de salida.

Una vez en el patio, el Vallcanera, el niña, el Guijarro o yo, proponíamos un juego; a menos claro está, que hubiesen cromos para cambiar, ya que entonces se nos podía pasar tranquilamente la media hora con eso del “tengui, tengui, falti, tengui, falti...”. Pero cuando no habían cromos, los juegos eran siempre los mismos: el churro, mediamanga, mangotero, el pilla pilla, policías y ladrones, indios o vaqueros, el escondite, las canicas y así un largo etcétera. En todos esos juegos siempre habían unas coletillas que como no, gritábamos también a pleno pulmón: “Churro, mediamanga mangotero. Adivinas lo que tengo en el puchero?”, “Eh, tú... la pillas!”, “Un, dos, tres, Salvado! Salvado por todos mis compañeros y por mí el primero!”, “Chiva, pie bueno, tute, retute, matute”...

Al margen de los juegos, había días en los que nos daba por sentarnos en un rincón del patio y comernos nuestros bocadillos de chorizo ibérico manteniendo alguna conversación. Era curioso que el Vallcanera, el niña, el Guijarro y yo nos comunicásemos en castellano. Jamás hablamos el catalán entre nosotros, y eso que tanto ellos como yo, lo hablábamos en nuestras casas y ese era nuestro idioma común. No obstante, por una serie de circunstancias concretas, jugábamos y hablábamos siempre en castellano.

Una de esas muchas circunstancias, bien podía estar unida al hecho de que cuando fuimos pequeños nunca pudimos asistir a una obra de teatro ni a cualquier otro tipo de representación artística en catalán por culpa de una ley que fue aprobada ya en 1940 por un gobernador civil llamado Wenceslao González Oliveros; una ley relativa a lo que sería el uso de la lengua oficial y que literalmente decía:

"Todas las manifestaciones sociales y culturales de carácter público expresadas en lengua catalana quedan prohibidas en todo el territorio nacional, quedando el catalán para uso estrictamente privado y familiar".

Obviamente, las dos únicas cadenas de televisión en las que veíamos dibujos animados, Chiripitifláuticos, La Casa del Reloj, o el Un globo, dos globos, tres globos, emitieron siempre en castellano. Luego era ese, y no otro, el idioma que nos aseguraba el entretenimiento a la hora de nuestra merienda de pan con Nocilla y de vaso de leche chocolateado con Nesquik.

Otra circunstancia estaba ligada a otra prohibición, promulgada por otra ley que venía de la "Inspección de Primera Enseñanza" en la que decía:

"Todo libro que esté escrito total o parcialmente en lengua que no sea la española, debe ser retirado de la escuela, igual procedimiento se utilizará en cuanto a las bibliotecas escolares, de cualquier procedencia o clase".

Aprender catalán en la escuela resultó algo imposible debido a esa ley. Los insuperables momentos que pasé leyendo las aventuras de Tom Sawyer, o La Cabaña del Tío Tom, así como toda la literatura de Enid Blyton o incluso las revistas semanales de Don Mickey, TBO, Mortadelo y Filemón, Zipi Zape, etc, etc...fueron en castellano también ya que no había posibilidad remota de encontrar libros escritos en catalán en escuelas, librerías o bibliotecas. Afortunadamente siempre hubo por ahí un movimiento clandestino de “libros prohibidos” que de vez en cuando llegaban a nuestras manos. Prohibidos no curiosamente por sus contenidos, sino porque estaban escritos en catalán.

Con eso, nos obligaron a toda una generación a ser unos absolutos analfabetos en nuestra propia lengua. Una lengua que hablábamos en casa y con algunos amigos que no eran del cole, pero una lengua en la que no sabíamos escribir y que nos costaba una barbaridad leer.

Ya con 14 o 15 años, por allá por el 1977-78, algún profesor empezó a dar sus clases en catalán con libros de texto en castellano, e incluso la asignatura de Lengua Catalana, a razón de una hora de clase a la semana, empezaba a hacer su tímida aparición por las aulas junto al Santo Cristo colgado en la parte superior de la pizarra y esa zona más clara de la pared que evidenciaba la muy reciente desaparición de un retrato con la imagen del Caudillo . Lamentablemente yo dejé de estudiar poco después y todo ese proceso de normalización e inmersión lingüística me lo perdí y continué con mi analfabetismo hasta los 37 años, edad en la que a través de un acceso a la Universidad para mayores de 25 años, me matriculé en psicología en la UOC y tuve que aprender a escribir en catalán porque así era como se me daban las clases, los libros de texto, y así era como debía presentar mis trabajos y realizar los exámenes. Afortunado fui de poder aprender catalán a esa edad, aunque, a pesar de eso, sigue costándome menos escribir en castellano. El catalán, no obstante, es el idioma con el que comparto la gran mayoría de las conversaciones con amigos, con el que juego con mis hijos, y con el que amo.

Siempre que en Catalunya utilizamos argumentos como los ya mencionados de la prohibición, para defender el proceso educativo de inmersión lingüística, y en general, de nuestra lengua: el catalán, no son pocas las voces que nos recuerdan (como si no lo supiésemos) que Franco murió hace un montón de tiempo, que la dictadura terminó, que hubo una Constitución en 1978 y que ya va siendo hora de pasar página. Sin ir más lejos, recientemente nos lo recordaba la vicepresidenta, ministra de la presidencia y portavoz del gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría. Pero el caso... es que Franco solo fue una parte de un problema que ya venía de lejos, de muy lejos, y que sigue coleando, con mayor o menor intensidad según la época, pero de un modo constante en la actualidad.

Un ejemplo claro es lo fácil que resulta compartir vivencias anacrónicas con personas de mi generación y motivadas por el uso de la lengua catalana; por ejemplo, en mi caso, viví un momento surrealista en el año 1984. Estaba yo haciendo la mili en Madrid, destinado en el Cuartel General del Ejército en Cibeles y fui arrestado a un mes de calabozo por hablarle en catalán a un soldado, compañero mío con el que compartía numerosas horas de charla y con el que solo hablaba el catalán “en la intimidad” de la dependencia en la que me encontraba destinado, y única y exclusivamente cuando ambos estábamos solos. Un teniente coronel redujo la anterior condena a 15 días de arresto en prevención, y parecía que aún tenía que estarle agradecido por ello. Vale, redujo mi condena por hablar en catalán, pero condenó también al fin.

Pues en esa línea de anacronismos y de surrealismo –por increíble que parezca- seguimos aún a día de hoy. Sin ir más lejos, no hay más que echarle un vistazo al reciente Anteproyecto de Ley de Educación presentado por el Ministro José Ignacio Wert, y en el que relega al catalán a las más oscuras catacumbas. “Y bien que hace” puede que piensen algunos. Seguro que, además, son los mismos que piensan que en Catalunya no se puede celebrar un Referéndum por la independencia porque resulta que es anticonstucional.

Pues bien... ya que hablamos de Constitución, y con ella en la mano, echémosle un vistazo a lo que, en referencia al idioma, nos cuenta la susodicha al respecto en su artículo 3.



1-. El castellano es perfectamente conocido por todos los catalanes, estudiado, aprendido y con conocimiento demostrado. Personalmente me afectaría que no fuese así, ya que el castellano es el idioma con el que también hago un par de cosas no poco importantes para mí; en castellano pienso, y en castellano escribo. Quizá alguien que viva en algún pequeño pueblo situado en el interior de Cataluya pueda tener alguna dificultad con él, pero no mayor que la que pueda tener cualquier español que viva en un pequeño pueblo situado en el interior de España.

2-. Atendamos que ya en 1978 se hablaba de “oficiales” y no de “cooficiales”. Eso de la cooficialidad es una manera de darles una calidad de segunda a las otras lenguas que no sea la española, pero anotemos desde ya, que el resto de idiomas hablados en España, y en sus respectivas comunidades autónomas, son oficiales.

3-. Se habla de la riqueza y del patrimonio cultural que las distintas modalidades lingüísticas suponen para España. Se hace especial mención a que serán objeto de especial respeto y protección. Pero aún seguimos recibiendo ataques por parte del Supremo tratando de anular artículos de decreto expresados en el Estatut de Catalunya y avalados por el Tribunal Constitucional. Anteproyectos de ley como los del actual ministro, y como no... constantes y diarias tertulias en medios televisivos y radiofónicos, así como interminables artículos en la prensa escrita y en los que parece que en Catalunya, el derecho a defender nuestro idioma sea algo que venga de ahora y que nos hayamos inventado nosotros.

Obviamente se trata de una defensa que, al parecer, es solo responsabilidad nuestra, ya que los distintos gobiernos de España nunca han estado por la labor de apoyar, y ni tan siquiera de cumplir con la Constitución. Aunque eso ya viene siendo algo habitual teniendo en cuenta cómo se nos garantiza la sanidad, la vivienda digna o el trabajo; principios también constitucionales que parece que el presente gobierno no tiene en cuenta. Eso si... a la hora de solicitar un Referéndum por la independencia, bien que se arman con la Constitución y la esgrimen como si ellos fuesen los primeros en cumplirla.

Les dejo con una última reflexión por la que recientemente se me ha tachado de iluso, de ingenuo y; como decimos en Catalunya, de somia truites (no les falta razón a los que me han llamado todo eso), pero mi propuesta para el ministro Wert es la de que cualquier niño español, independientemente de cuál sea su territorio, tenga la obligación de estudiar y demostrar conocimiento de –como mínimo- dos del resto de las lenguas oficiales del Estado.

Se trataría, sin duda, de la mejor manera de españolizar, no sólo a niños catalanes, sino de españolizar a todos los niños ya bien sean madrileños, extremeños, valencianos, etc.

Un país que se enriquece de sí mismo y de su entorno es capaz de crear una sociedad sana, mientras que un país que se dispara en el pie tratando de mutilar el que es su propio patrimonio, en este caso cultural, es un país enfermo.

Créditos imágenes: 1. Ilustración de Sergi Càmara. 2. Fotografía de Alfonso Roldán, extraída de una entrada en su blog: La vida desde el lago. 

miércoles, 7 de noviembre de 2012

La ranita mecánica de Geyper

Desde siempre me han caído bien las ranas. Todo empezó el día que leí las aventuras de Tom Sawyer y me divertí horrores cuando el pequeño Tom ocultaba una rana en su peto y asustaba con ella a Becky Tatcher, y a pesar de ello, posteriormente se convirtió en su novia; me refiero a Becky, no a la rana.

A Becky le asustaban las ranas, pero a pesar de ello, las princesas de los cuentos, era a ranas a quienes debían besar para encontrar así a su Príncipe Azul. Siempre me pareció mejor el papel que interpretaban las princesas besando a ranas que el que les tocaba interpretar a príncipes como el de la Blancanieves o la Bella Durmiente a los que no les quedaba otra que tener que besar a princesas... en principio muertas.

La rana se convirtió también en protagonista de nuestros juegos; un ejemplo es la pequeña ranita a cuerda que fabricó la casa Geyper a finales de los 60 y que ilustra esta entrada.

Aunque también jugábamos con ranas de verdad. Recuerdo las excursiones al campo con padres y amigos, así como esas escapadas a las charcas o a los ríos para capturar renacuajos, o cabezudos. Los metíamos en tarros de cristal con un poco de agua, y luego en casa, los pasábamos a un cómodo balde y observábamos poco a poco su curiosísima metamorfosis. Esos renacuajos que vivían única y exclusivamente en el agua, con el tiempo perdían su cola, desarrollaban sus patas y salían del agua convertidos en ranas adultas. Una versión a cámara rápida de lo que para muchos significa el origen de la vida en la tierra y la aparición de los primeros mamíferos terrestres. Ahí es nada el espectáculo que se desarrollaba ante nuestros ojos! Entre la metamorfosis de las ranas y la de los gusanos de seda nos dimos una panzada de ver cómo evolucionaban diversos seres que convivían con nosotros en nuestras casas. No es de extrañar que a los de nuestra generación, los Pokemon nos parezcan una verdadera estafa.

Luego llegaba el instituto, y a esas pequeñas ranas que nos sirvieron de entretenimiento en nuestra infancia las extraíamos de tarros de cristal (como a nuestros renacuajos), les aplicábamos formol en el laboratorio de ciencias, clavábamos sus patas con alfileres dejándolas sobre nuestras mesas hechas un Cristo y las abríamos en canal para sacarles las vísceras. Los pobres anfibios ofrecían su cuerpo a la ciencia, cosa que ya habían hecho a lo largo de la década de los 60 en la que se les inyectaba bajo la piel la orina de una mujer para averiguar si estaba o no embarazada.


Quizá el origen de esa práctica en la que se utilizaban ranas como test de embarazo se remonte al antiguo Egipto en el que la diosa Heket, representada como una mujer con cabeza de rana, simbolizaba la fertilidad, presidía los nacimientos, asistía como comadrona en los partos y daba el soplo de vida a los recién nacidos. De este modo se la asoció como la diosa de la concepción y de los nacimientos y se vinculó a la rana con el renacer y la prosperidad.

Los romanos la usaron para protegerse de las malas influencias y para alejar las desgracias. Los chamanes encontraron en las ranas al espíritu sagrado purificador que da vida a la tierra. Por su parte, en China, la rana simbolizaba la longevidad y la buena salud, y en la práctica del Feng Shui los batracios simbolizan la abundancia y la prosperidad.

Y así, a lo largo de la historia de la humanidad y en multitud de culturas distintas, la rana siempre ha sido vista como un elemento positivo a quien se rendía culto porque deparaba cosas buenas. Bueno... no siempre, el catolicismo, sin ir más lejos, asoció a la rana con la lujuria y la hizo culpable de los mundanales y furtivos placeres, pero ya se sabe que para los católicos, todo lo que es placer es pecado, así que tampoco hay que darles demasiado crédito.

Las ranas tienen una capacidad que siempre me ha parecido admirable, y es que pueden congelarse en su charca cuando llega el invierno, permanecer criogenizadas durante todo ese periodo, y con la desaparición del hielo volver a su estado normal, continuar como si nada y ponerse a croar sobre un nenúfar anunciando el despertar de la naturaleza y la llegada de la primavera.

Ojalá pudiésemos ser ranas en épocas de crisis, todo y que con los políticos que tenemos... terminaríamos convertidos en sopa o en un plato de ancas para satisfacer su infinito, voraz e insaciable apetito.

Pongan una rana en su vida, y suerte! Seguro que su buenos augurios les traerán prosperidad, pese a todo...

Créditos imágenes: Fotografías de la rana de Geyper. Colección particular.

viernes, 19 de octubre de 2012

Street Photography - "Mira al pajaritooo..."

Regula III A (1956)
Fueron muchas las cosas que me influenciaron a lo largo de mi infancia sesentera y de mi adolescencia ya en los setenta. Afortunadamente muchas. Contribuyó a ello la suerte de tener unos padres curiosos que llenaban la casa de cosas susceptibles de llamar mi atención, y como no, una gran predisposición por mi parte a la hora de recibir todos esos estímulos con los brazos abiertos y con no pocas ganas de escudriñarlos y de tratar de sacar de ellos su máximo partido.

Una de esas cosas que ya llevaba tiempo en casa (de hecho, llegó antes que yo), fue una cámara fotográfica, una Regula III A del año 1956 y que durante muchos años fue la cámara de mi padre y el “ojo” que congeló infinidad de instantes vividos en familia. Sin ir más lejos, esa vieja Regula es la responsable de las fotografías que se pueden ver a lo largo del Slide lateral de este blog.


Por sí sola la cámara ya me parecía un objeto atractivo. Se trataba de un artefacto robusto tras el que siempre se encontraba oculto mi padre con un ojo cerrado y diciéndome: “Mira al pajarito...”. Yo esperaba ver a algún pajarito dentro del objetivo o posado sobre el dedo índice de mi padre que no tardaba en darle al disparador para, acto seguido, salir de detrás de la cámara con cara de satisfacción. Pero al margen de ese objeto robusto se encontraba algo que me parecía más atractivo aún. El “mira al pajarito...” guardaba una estrecha relación con una caja metálica del Cola-Cao que misteriosamente contenía un sinfín de momentos vividos. La cámara fotográfica era, sin duda, un miembro más de la familia, que aunque no aparecía nunca en ninguna foto, era el instrumento encargado de conservar para siempre esas fiestas de cumpleaños, domingos en el campo, días de reyes desenvolviendo regalos, vacaciones en el pueblo... En esa caja se hallaban fotografías de personas de las que yo no guardaba recuerdo alguno, pero que estaban ahí, compartiendo conmigo esas imágenes e incluso sosteniéndome en sus brazos.


Caja de fotos de Cola-Cao (años 70's)


—Quién es este señor, papá? —preguntaba yo con una de esas fotografías en mis manos.
—Era tu tío abuelo —respondía mi padre a la vez que me añadía siempre algo más de información—. Fue boxeador y promotor de combates en el PRICE de Barcelona.
—Y... Dónde está ahora?
—Se murió —sentenciaba mi padre—. Es posible que no le recuerdes porque tú eras muy pequeño.

Se murió? Aquel tipo con aspecto de gladiador que me sostenía cariñosamente en brazos, que llevaba el pelo engominado, que tenía un fino bigotillo debajo de su nariz y que mostraba una feliz sonrisa... Había muerto? Creo que fue en ese momento en el que descubrí que la fotografía tenía la capacidad mágica de convertir en eternas las cosas más efímeras, y a partir de ese instante mi empeño en conseguir mi propia cámara se convirtió en una testarudez demoledora.

Mi insistencia fue de tal magnitud, que una mañana de domingo, paseando por la plaza de Catalunya, mi padre, harto ya de mi tozudez machacona, me dijo: “Quieres una cámara? Pues ven!”. Papá, mamá y yo nos acercamos a uno de los tenderetes que se hallaban en la plaza y en el que vendían pipas, altramuces, cacahuetes, globos, pistolas de agua y baratijas varias. Papá saco algunas monedas de su bolsillo y me obsequió mi primera cámara fotográfica.

Baratija de Kiosko "Made in Spain (años 70's)
Un engendro de plástico de la marca “Fentax”, Made in Spain, que tras accionar el disparador aparecía por el objetivo, la cara de un horrible muñeco acompañado de un molesto sonido de fuelle de feria. Mi padre me colgó del cuello aquella abominación, me dio la mano y cerró cualquier posibilidad de diálogo o de protesta con un contundente: “Ahora sigamos con el paseo, y como protestes más... te comes la cámara y el muñeco!”.

A pesar de la aversión que siempre le he tenido a esa baratija, curiosamente es una de las que conservo e ignoro por qué motivo, pero ahí está para mi goce y disfrute, en mi vitrina de objetos setenteros. Creo que en algún punto de mi infancia, por algún motivo extraño... perdí la razón.

Mi incipiente fascinación por la práctica fotografica desapareció a partir de ese día, no obstante seguía pasando horas y horas contemplando las fotos de la caja del Cola-Cao, recordando algunos de los momentos inmortalizados y alucinando con lo imperecedero que podía llegar a convertirse un mínimo instante. Ordenaba y reorganizaba las fotografías de esa caja como si se tratasen de los cromos de algún álbum de los que coleccionábamos por entonces, solo que los protagonistas de esos... “cromos” ni eran los jugadores de fútbol ni los personajes de dibujos animados. Aquel álbum lo protagonizábamos nosotros, los miembros de mi familia, seres absolutamente anónimos para el resto de la humanidad.

Kodak, Brownie Fiesta (1966)
La fecha de mi primera comunión (primera... y única) estaba próxima. Un día apareció por casa mi tía Maria y me anticipó el regalo. Siempre me gustó que mi tía Maria viniese a casa, mis padres trabajaban todo el día y mi yaya Lola estaba ocupada con los quehaceres del hogar, así que fui un niño, que al no tener hermanos, me acostumbré a jugar solo. Siempre me encantó hacerlo y nunca eché de menos a nadie en mis juegos, pero a la tía Maria le gustaba jugar conmigo y yo lo pasaba en grande con ella.

El regalo que mi tía Maria me hizo para mi primera comunión fue una cámara Kodak. Una fiesta Brownie, de plástico, que el señor Eastman empezó a fabricar en USA a principios de los sesenta. Una cámara económica que utilizaba el ya clásico chasis con película en rollo y que aunque parecía una lavadora automática de carga frontal, servía en realidad para hacer fotos de esas cuadradotas. En 1966, la Brownie de Kodak empezó a producirse directamente en España y fue una de esas la que cayó en mis manos.  Y ya todo fue distinto. Me dediqué a fotografiar todo cuanto se me ponía a tiro hasta el punto en el que mis padres tuvieron que “prohibirme” hacer fotos y requisarme la cámara. No entendí nada en ese momento, no comprendí por qué mis fotos no podían estar en la caja del Cola-Cao. No era porque existiese proceso de selección alguno para que las fotos pudiesen formar parte de la caja; así que el verdadero motivo de tal medida represora fue por un objetivo mucho más práctico: sencillamente, mis padres estaban gastando un dinero en revelar los carretes de mi Kodak Brownie y el resultado de mis tomas era indescriptiblemente caótico. Pusieron en las estanterías de mi habitación unos libros de fotografía de la editorial Daimon en la que trabajaba mi padrino Armando y me animaron a echarles un ojo antes de volver a meterlo detrás del visor de la Kodak.

Werlisa Color A (1963)
La Werlisa Color (A) llegó a nosotros entre finales de los sesenta y principios de los setenta. Era la cámara que todo españolito llevaba en sus vacaciones o en sus salidas al campo; vaya... como el coche 600 o el 850 de la SEAT, pero en cámara.  No sé si mi padre estuvo verdaderamente satisfecho con los resultados de su nueva “máquina de retratar” (que así era como la llamaban), pero nunca abandonó a su vieja Regula llevándola a todas partes mientras que la nueva Werlisa se quedaba en casa.

Durante mi adolescencia, la fotografía pasó a un segundo plano. Nunca dejó de interesarme y me parecía una estupenda mezcla de arte y técnica para expresarse plásticamente, pero habían otros sistemas de expresión que me parecieron más interesantes, ya que con ellos, además, podía contar historias. Empecé a dedicarme a ilustrar y a escribir, gracias a los libros de Daimon y a otros muchos que les siguieron aprendí algo acerca de encuadres, composición, teoría del color, utilización de la luz... conceptos que me han ido muy bien en mi trabajo como ilustrador y como realizador de películas de dibujos animados, pero que por esa idea equivocada de que con la fotografía “no podía contar historias” las apliqué única y exclusivamente en otros campos.

Copyright. Francesc Català i Roca
Hubo, sin embargo, una semilla que con el tiempo germinaría en mí inevitablemente. Me refiero a unas clases de pintura al óleo a las que asistí a finales de los setenta en el estudio de pintura de Maria Aurea Cátala i Roca. La pintora catalana se dedicó durante un período de su vida a dar clases en su taller a cinco alumnos que diariamente acudíamos, ocupábamos sus cabelletes cargados con nuestra maleta de óleos y supervisados por sus sabios consejos pringábamos unos lienzos con nuestros primeros balbuceos en el mundo del arte. Para bien o para mal la pintura no llegó a cuajar en mí. Jamás me interesó demasiado, y sí, en cambio, disfrutaba especialmente de los días en los que su hermano, Francesc Cátala i Roca se dejaba ver por el estudio. Por entonces yo desconocía que el hermano de mi profesora de pintura, Francesc, era en realidad un fotógrafo famoso y reconocido a nivel internacional, un artista que había recibido en dos ocasiones el Premi Ciutat de Barcelona, y que más tarde recibiría el Premio Nacional de las Artes Plásticas otorgado por el Ministerio de Cultura y la Medalla al Mérito Artístico. Lo que sabía, era que aquel hombre llegaba al estudio de su hermana, se saludaban con un beso y entre ambos se desprendía un intenso y mutuo afecto. Se quitaba su americana y sobre una mesa depositaba una caja de tamaño Din A-3, plana, la abría y pasaba a mostrarle a su hermana sus últimas instantáneas, fotografías que él mismo había realizado con su cámara y procesado en su laboratorio.

El resto de mis compañeros, en el estudio de Maria Aurea, seguían afanosos con sus óleos tratando, con los pinceles, de extirparle a sus lienzos ese bodegón de frutas oculto, pero mi atención se desviaba hacia el contenido de esa caja a la vez que trataba de escuchar las historias, que de cada una de las fotografías, Francesc Cátala i Roca le contaba a su hermana.

Copyright: Francesc Català i Roca
En una de aquellas visitas que el fotógrafo realizaba al estudio, me atreví a preguntarle si podía echar un vistazo a sus fotos, y para mi sorpresa, no solo me las mostró con entusiasmo, sino que compartió conmigo la historia que había detrás de cada una de ellas. Sus imágenes eran mayoritariamente urbanas, trataban de captar lo insólito, y en ellas, el aspecto humano era el más absoluto protagonista.

 Entendí que detrás de cada fotografía, sí que podía haber una buena historia. Que una cosa eran los bodegones, las naturalezas muertas, las fotografías de interiores, arquitectónicas o de moda, pero que en el mundo de Cátala i Roca, lo importante, era la historia que se encontraba en cada imagen, el momento captado y las diferentes interpretaciones que podía dar de ellas cualquier espectador.


Las clases de pintura al óleo pasaron a importarme un pimiento, pero el estudio de Maria Aurea continuó sirviendo de lugar de reunión en el que Francesc y yo nos encontrábamos un par de veces por semana. La pintora continuó aconsejando a sus alumnos sobre las técnicas de su arte, mientras Francesc, me hablaba de imágenes y a través de ellas me contaba historias.

Copyright: Elliot Erwitt
(Presidente de la agencia Magnum Photos en 1968)
A finales de los ochenta leí un artículo en el que hablaban de un fotógrafo llamado Lee Friedlander y de una exposición que junto a los fotógrafos Diane Arbus y Garry Winogrand, se realizó en el Museo de Arte Moderno de New York en el año 1967.  Las fotografías de Lee y las de sus compañeros exploraban el paisaje urbano buscando situaciones espontáneas en las que los sujetos interaccionasen de algún modo  con los lugares públicos. Para ello utilizaban la técnica de la fotografía directa, ya que para captar un instante urbano no hay tiempo que perder en mediciones ni en la alteración de los controles básicos de la cámara. Lo verdaderamente importante es el buen ojo fotográfico para saber captar esos momentos que la gente comparte en la calle y que pueden dar lugar a situaciones de gran comicidad, o bien a instantes humanos atrapados en un momento decisivo y conmovedor.  A ese nuevo enfoque, a esa sentido distinto de ver la fotografía documental, se le llamó, tras esa exposición de los setenta: “Street Photography”, un subgénero del fotoperiodismo que no pocos fotógrafos profesionales se atreven a definir como: "una de las disciplinas fotográficas más difíciles que existe”, y bien es cierto a pesar de que en la Street Photography los conocimientos técnicos pasan a un segundo plano. La cámara se convierte en un mero instrumento, en un simple apéndice del fotógrafo del que lo que realmente se espera es “que sepa ver” y que sea capaz de transmitir. Que le robe imágenes a la calle, al espacio público y a los personajes anónimos que constantemente deambulamos por ella. Luego, lo necesario, es que esas imágenes robadas sean publicadas para que de algún modo vuelvan al lugar del que se tomaron y para que cualquier posible espectador pueda verlas, disfrutarlas y, a su modo, reinterpretarlas.

Copyright: Sergi Camara i Perez
Fue a principios de los noventa cuando la Regula de mi padre, el hecho de verle a menudo tras ella, la abominación que supuso aquella “Fentax” de plástico con muñeco incorporado, la caja metálica del Cola-Cao con instantes congelados, mi primera Kodak Brownie, la Werlisa abandonada,  y la semilla que hábilmente plantó en mí Francesc Cátala i Roca, formaron un núcleo que finalmente me motivó a tomar una cámara y a llevarla conmigo allá a donde vaya. Empecé con una Reflex de la marca Canon, modelo Eos 1000 FN. Con ella tomé mis primeras fotografías; podríamos decir... “con intención”, y siempre con la filosofía de la Street Photography, lo que significa que en mis fotografías, correspondan a la parte del mundo que correspondan, nunca se ven reflejados grandes monumentos ni hermosos paisajes, ya que lo que siempre me ha gustado ha sido esa interacción del ser humano con su entorno.

Posteriormente adquirí una Nikon Coolpix P80, una cámara sencillita con la que me manejo en la actualidad y con la pretensión, dentro de mis modestas posibilidades, de documentar el día a día y de mostrar mi pasión por la especie humana.


Copyright: Sergi Camara i Perez
Personalmente veo la Street Photography como una extensión de mi trabajo, pero con una diferencia muy importante. A diario me encierro en mi estudio para contar historias; bien sea ilustrándolas, escribiéndolas o filmándolas en dibujos animados. En todos esos casos se empieza por una idea a la que hay que buscar y perseguir en algún lugar oculto de la cabeza. Posteriormente es necesario estructurarla, desarrollarla minuciosamente y corregirla antes de mostrarla. Se trata de un trabajo que requiere muchísima planificación y de todo un proceso de elaboración exhaustiva para terminar contando una historia. La Street Photography, en cambio, constituye un proceso inverso. El trabajo no hay que hacerlo encerrado en un estudio sino saliendo a la calle, y la historia no hay ni que buscarla, ni estructurarla ni planificarla. La historia está allí, en la calle. Se trata simplemente de encontrarla... y disparar.

Una forma maravillosa de contar historias.


Les dejo mi galería en Flickr por si quieren ver algunas fotos. Clicken la siguiente imagen y siéntanse libres para interpretarlas, que para eso están.



Galería de imagenes de Sergi Camara i Perez
Créditos imágenes: Fotografías 1, 2, 3, 4 y 5 realizadas por Sergi Camara, el resto son propiedad de sus respectivos autores.

martes, 31 de julio de 2012

Billetes del Mundo

Si el Banco Central Europeo, o el FMI, o el mismísimo Banco de España, o a quien corresponda, no se ponen de inmediato a imprimir billetes para sacarnos de esta crisis, creo que no voy a tener otro remedio que poner en circulación los cromos de mi viejo álbum “Billetes del Mundo”. Aunque creo, que a pesar de tener billetes de los cinco continentes, no iría demasiado lejos, ya que desgraciadamente... están fuera de circulación.


El álbum, así como la colección de billetes, fueron editados en el año 1974 por Ediciones Este de Barcelona. Los cromos estaban impresos por ambas caras mostrándonos el anverso y el reverso de los billetes, de modo que nos ofrecía una réplica perfecta de cómo era el billete original. Por si fuera poco, en el anverso nos incluía el nombre del país de procedencia del billete, su equivalencia en pesetas y la bandera del país. En el reverso mostraban un sello en el que se podía leer “sin valor legal”; cosa que siempre nos fastidió a los críos de la época, sobretodo con los billetes españoles de cien, quinientas y mil pesetas, ya que tras leer esa leyenda descubríamos que, desgraciadamente... esos billetes eran falsos y no podíamos ir con ellos al kiosco y comprarnos tebeos, chuches ni absolutamente nada de nada.


El caso era, que con tal de no perder detalle del billete por sus ambas caras, era necesario pegarlos al álbum por una de sus esquinas. Eso hacía que la colección fuese distinta a las otras de sus contemporáneas y que tuviese una gracia especial.


Para nosotros fue todo un descubrimiento enterarnos de que además de las pesetas, por el mundo existían monedas como: francos, marcos, escudos, riyals, dinares, pesos, dólares, bolívares, rupias, coronas, libras, dracmas, florines, etc. Aunque los más asquerosos eran los schillings; no por nada. Que nadie piense que tengo algo en contra de los pobres austriacos. Era solo que cuando mi amigo Guijarro se me acercaba a la hora del patio a cambiar los cromos y me decía: “Oye... tienes el cromo número 22?... El schilling?”... me llenaba la cara de escupitajos, y es que no era justo que semejante nombre de moneda se lo hiciesen pronunciar al pobre Guijarro que era gangoso.


Luego se daban situaciones muy curiosas; por ejemplo: nuestro billete de 500 pesetas circulaba en varias versiones y nos mostraban los rostros de Ignacio Zuloaga, Mossèn Cinto Verdaguer o Rosalía de Castro (posterior a la colección de Ediciones Este). Sus fechas de emisión variaban entre 1954, 1971 y 1979 respectivamente, de modo que pasaron todos por delante de nuestros ojos durante las décadas de los 60’s y los 70’s, pero curiosamente, el que más llamó mi atención fue el de Ignacio Zuloaga al que yo asociaba con la imagen del español venido del pueblo, que había pasado gran parte de su vida en la ciudad y que paseaba con sus nietos aún con su boina puesta. Claro... luego veía que en la colección me mostraban los cromos de cómo eran los billetes de 10 y 50 Francos franceses en los que aparecían dos tipos con larga melena atirabuzonada y de color blanquecino del mismo estilo que el Cardenal Richelieu de Los Tres Mosqueteros, y en mi mente infantil... me hacía la imagen de que todos los franceses eran así y de que paseaban de esa guisa por las calles de París.


Me molaba, también mucho, el billete de 100 francos guineanos en el que aparecía un señor con un gorro tipo casquete y que me recordaba al Madelman negro de la Expedición Safari.


Recuerdo que esa colección nos fascinaba especialmente debido a que a la hora del “tengui, falti”, en el patio o en la calle, lo que intercambiábamos no eran imágenes con dibujitos de Bambi, o las maravillosas ilustraciones de la colección Vida y Color; nada de eso, nuestras manos estaban repletas de fajos de billetes que nos hacían parecer potentados, o que en lugar de estar intercambiando cromos, andábamos haciendo extraños manejes como los que les veíamos hacer a los estraperlistas del barrio cuando traían las mercancías robadas del puerto.


Eran tiempos en los que quienes vivían en barrios humildes no tenían ni idea de qué era la prima de riesgo, ni la bolsa, ni de a cómo estaba la cotización del índice Dow Jones; ni falta que hacía. Se sabía que una peseta valía una peseta, que era necesario trabajar mucho para ganar unas cuantas y que costaba toda una vida llegar a tener algunas de ellas ahorradas. Las cosas se compraban con billetes de esos en los que aparecía Ignacio Zuloaga, o el maestro Falla, Rosalía de Castro, o Mossèn Cinto Verdaguer. Nada de tarjetas de crédito, o de interminables financiaciones con las que dejamos endeudados con los bancos a nuestros hijos e incluso nietos. Antes la vida funcionaba así; con billetes del mundo.


Créditos Imágenes: Colección y álbum "Billetes del mundo". Colección particular.

jueves, 26 de julio de 2012

De vacaciones al pueblo; como en los 70

En los 70, para la mayoría de españolitos de a pie, las vacaciones eran austeras como lo era todo en aquellos años. Era poco usual recurrir a agencias de viajes para programar una estancia de 15 o 20 días en un país extranjero o en una playa caribeña. Los españoles setenteros de tierra a dentro viajaban hacia las costas de la geografía nacional, se aglutinaban entre la masa de turistas venidos de toda España y se mezclaban entre medio de las atractivas suecas y de los hoteles de hormigón que de un día para otro hicieron desaparecer a las humildes casas de pescadores que se encontraban en primera línea de mar. Los que vivían en zonas costeras pasaban los fines de semana en las playas de su localidad, y durante sus vacaciones, cargaban los SEAT 600 con la familia y se largaban; como no... al pueblo.

Eran los tiempos de la cultura del ahorro en la que nuestros abuelos (a los que la guerra les pilló de lleno) habían educado a nuestros padres (a quienes pilló justo por los pelos). La misma cultura en la que nuestros progenitores nos intentaron educar a nosotros, pero con muy poco éxito. Nosotros habíamos sido llamados para cambiar eso. No entendimos nunca el por qué de tanto sacrificio a cambio de darse tan pocos y contados placeres. Nosotros queríamos conocer mundo, viajar, veranear allá donde Cristo perdió el gorro y conocer culturas distintas a la nuestra más allá de lo que nos mostraban los documentales de la televisión.

El ahorro había pasado a la historia. Los nacidos en el BABY BOOM, en pleno desarrollismo y en una España a punto de ver desaparecer la dictadura y las restricciones, no estábamos dispuestos a veranear en Benidorm o en el pueblo en el que habían nacido nuestros abuelos y del que se vinieron con su prole para poder darles un futuro mejor en la ciudad. Bastante habíamos ido ya a ese pueblo durante nuestra niñez y adolescencia. Absolutamente todos los años, uno tras otro!

Dos años de edad tenía yo la primera vez que me llevaron de vacaciones al pueblo de mi padre. Un pueblo de Navarra situado en la llanura de la ribera del Ebro, a unos 80 kilómetros de Pamplona y a unos 20 de Logroño. No tengo recuerdo alguno de esa primera vez, pero conservo muchísimos de los sucesivos veranos que pasé allí hasta que dejé de ir cumplidos los 16. Llegar al pueblo significaba pasar los dos primeros días casa por casa para saludar a toda la familia: tíos, primos, tías, primas, etc, (nunca entendí por qué, pero en los pueblos... todo el mundo era primo mío de un modo u otro). Primas y primos a los que solo veía en época estival y a los que había que hacer la visita de rigor por aquello del “qué dirán”. Mis padres me decían: “Acércate a casa de la tía Merenciana y dile que ya hemos llegado al pueblo. Se alegrará mucho de verte”. Yo torcía el morro, me importaba un pimiento la tía, mis dotes diplomáticas eran nefastas y estaba deseoso de quitarme el calzón y darme un baño en las aguas del río con los amigos que había hecho allí año tras año. Pero mis padres eran inflexibles y me obligaban a hacer absolutamente todas las visitas. Cualquiera pasaba un mes entero en aquel pueblo sin saludar a la tía Merenciana que tenía aspecto de abuela de 80 años, con moño y siempre vestida de negro desde que enviudó, hacía un siglo, del tío Concordio. La tía Merenciana tenía un empeño tremendo en que merendase pan ‘sobao’ con chorizo, se alegraba mucho de que fuese a visitarla, me decía lo flacucho que estaba e insistía en eso de: “Si vivieses conmigo aquí en el pueblo, ya me encargaría yo de ponerte lustroso como a un gorrino. Dónde vas con esas garrillas, zagal? Es qué tu madre no te da de comer?”. Lo peor era la despedida, la tía Merenciana siempre me estampaba un sonoro beso en la mejilla, me pinchaba la cara con los pelillos de su barba y me la dejaba llena de babas, y no contenta con eso, me arreaba un pellizco a rosca en el moflete que me dejaba señalado para el resto del verano.

Pasado ese mal trago inicial venían por fin los días esos en los que me convertía en un ser asilvestrado y en los que dejaba de lado los remilgos de ciudad. Hay que reconocer que el pueblo tenía un encanto bestial y se convertía en una pequeña ciudad sin ley: salía de casa temprano, de buena mañana. Algún amigo me venía a buscar con un par de carabinas de aire comprimido para ir a dispararles perdigonadas a los gorriones que campaban felices por las eras. Otros amigos del pueblo, así como forasteros llegados de otras ciudades se nos iban uniendo y terminábamos formando un grupo -no superior a la docena- de pequeños peligros públicos que paseábamos en plena libertad por los campos de viñas y de cereal. A media mañana nos colábamos en la pieza de la tía Eufemia y nos poníamos morados de comer higos y melocotones. El primo Agapito me decía que había que ir a comer a la cabaña del tío Fructuoso, que tenía preparado un rancho de liebre con patatas y pimiento y que era para chuparse los dedos. Llegábamos a la cabaña y la tía Froilana nos recibía con unos Kas de naranja y de limón bien frescos, pero si queríamos, podíamos tomar vino con gaseosa. Bebíamos vino con 14 años! Y aquel rancho preparado a la lumbre de unos sarmientos bien secos me sabía a gloria. En la ciudad, yo era uno de esos críos que no probaba bocado, pero en el pueblo me ponía tibio de comer, y aún y así siempre estaba dispuesto a hincarle el diente a algo. 

Luego venía la modorra. Los amigos del pueblo se retiraban a sus casas a echarse la siesta. Quedábamos los forasteros, que poco acostumbrados a ese menester, nos dirigíamos a la orilla del Ebro, nos poníamos en pelotas y nos bañábamos en el río sin haber hecho la digestión, pero nunca nos pasó nada. Mi abuelo me contaba que en un tramo concreto del río se había ahogado mi tío Félix cuando contaba con 16 años. Un remolino lo arrastró hasta el fondo y tardaron cuatro días en rescatar su cuerpo sin vida. Mi abuelo y mi padre me pedían que no me bañase en el Ebro jamás, pero precisamente por ese tramo, por el del remolino, era por donde cruzábamos a nado. Había más río, pero yo insistía en que debíamos cruzar por ahí. Ignoro si buscaba un desafío o plantarle cara a aquel tramo maldito que guadañó la vida de un tío al que nunca conocí. La otra orilla dejaba de ser Navarra para convertirse en la Rioja, algo que me importaba poco, pero que tenía su gracia. Subíamos hasta lo más alto del acantilado y jugábamos a lo que llamábamos “cagar al Ebro” y que consistía en ponernos en fila al borde del precipicio con los culos apuntando al vacío y a una altura que ahora nos haría temblar las piernas. Empezábamos a empujar, nos mirábamos los unos a los otros, contemplábamos nuestras caras coloradas y nuestras muecas de esfuerzo para ver quien de nosotros era el primero en soltar un buen zurullo que se despeñase acantilado abajo hasta oír su chapoteo al  impactar en el agua del río; el que lo conseguía era el que ganaba. Recuerdo que gané alguna vez.

Avanzada la tarde cogíamos las bicicletas, los amigos del pueblo se nos unían de nuevo. Subíamos pedaleando hasta el calvario, justo al pie de la Iglesia, dábamos media vuelta y bajábamos a toda leche sin poner los pies en los pedales en aquellas bicis sin frenos. Las viejillas que tomaban el fresco con sus sillas en las puertas de sus casas nos gritaban, pero nosotros nunca oíamos nada. Nos retirábamos cada uno a su casa a buscar la merienda y quedábamos en la plaza del pueblo. Justo terminábamos de merendar que ya era la hora de cenar y siempre había un amigo que me pedía que fuese a su casa, que su madre tenía espárragos de la cosecha y jamón curado de la matanza. Durante la cena charlábamos y se interesaban mucho en saber cómo era la vida en la ciudad y cómo pasaba el día, aunque poco había que contar salvo la rutina diaria de ir de casa al cole y del cole a casa; como mucho hacía un poco el animal en la calle, en el barrio, pero poca cosa más. Nada tan interesante como todo aquello que se podía hacer en el pueblo.

Por la noche quedábamos con las chicas, alguna que otra del pueblo, pero la mayoría forasteras. Comprábamos chuches en la tienda de la Elviri que estaba en la calle de la Carrera y que en realidad se llamaba calle de Augusto Echevarria, pero nadie le llamaba así. Se trataba de una calle ancha, céntrica y en la que se reunía toda la gente del pueblo los domingos y durante las fiestas para tomar zuritos y vinos en las terrazas de los bares. Cargados de pipas Churruca y de ganchitos Matutano nos íbamos al cine y poníamos de los nervios al bueno de Cosme, el acomodador, que cuando se hartaba de nosotros nos arreaba linternazos en la cabeza. Y es que en realidad, estábamos todos deseando que terminase la película para irnos “a pisar tumbas”; un entretenimiento que consistía en marchar toda la cuadrilla en plena noche hasta el cementerio que se encontraba en la carretera de la Barca, lejos de las chafarderas miradas de las viejas que nos espiaban entre visillos, y allí, tras saltar el muro rodeado de cipreses y colarnos en tierra de muertos, hacíamos parejitas y jugábamos a médicos.

A finales de agosto venían las fiestas patronales en honor a San Juan Buatista, pillábamos nuestras primeras borracheras de zurracapote; una combinación de vino con melocotón, azúcar, con sus diversas variantes, y que por su sabor dulzón, para cuando nos queríamos dar cuenta, ya andábamos dando tumbos y cantando el “Asturias patria querida”. Corríamos los encierros de vaquillas bravas, formábamos peñas, montábamos nuestros chamizos en los que instalábamos un tocadiscos con música que iba desde AC-DC a Los Pecos, colgábamos algunos posters, preparábamos “el reservado” con los sillones de viejos coches desguazados, hacíamos parejitas... y jugábamos a médicos.

Terminar el verano y regresar a la ciudad era un auténtico fastidio. El pueblo era lo más! No existía el control, no habían horarios. Mis padres estaban convencidos de que no podía pasarme nada. Si supiesen! Pero había esa idea de que en el pueblo todo era sano; ya bien fuese pasearse con carabinas de aire comprimido, inflarse a comer fruta sulfatada, bañarse sin hacer la digestión, lanzar boñigas al vacío desde lo alto de un acantilado, bajar pendientes con bicicletas sin frenos, alejarse 3 kilómetros del pueblo para asaltar un cementerio... En cualquier ciudad un niño podía morir si hacía eso, pero en el pueblo... era de lo más sano.

Al igual que yo, la mayoría de los que fuimos jóvenes en los 70 veraneábamos en los pueblos de nuestros padres, que curiosamente, dejaban de tener interés para nosotros una vez llegábamos a la adolescencia. Hacer el salvaje empezaba a dejar de tener sentido, y eso de ir de vacaciones con nuestros padres daba un corte terrible. Así que cuando llegaba el verano preferíamos quedarnos en la ciudad con la abuela; siempre había alguno de nuestros amigos que se quedaba solo con algún hermano o hermana mayor y con una casa en la que poder montar guateques. La dinámica en esas fiestas de música de comediscos, de minifalda y de pantalón de campana era algo distinta a la de “pisar tumbas”, pero en esencia era lo mismo. Se bailaba al estilo “agarrao” con las luces bien tenues, casi a oscuras, y se esperaba el momento adecuado en el que poder intercambiar un beso con nuestra pareja de baile. Las chicas de ciudad eran distintas a las del pueblo. Sus besos sabían a pintalabios y no a uva fresca, y el color sonrosado de sus mejillas era artificial, pero nos empezábamos a hacer mayores y a pesar de que las abuelas siempre fueron un estorbo, aprendimos a torearlas igual que a las vaquillas bravas del pueblo.

De mayores, con parejas formales y economías estables, las vacaciones pasaron a convertirse en viajes al extranjero, primero sin hijos, luego con ellos, pero rara es la familia que a día de hoy no haya puesto un pie en los cinco continentes. Las tías Merencianas murieron hace unos cuantos años, pero los tíos, tías, primos y primas de nuestros pueblos no conocen a nuestros hijos ya que nunca les hemos llevado allí. Se han perdido eso de poder darles pan con chorizo y de pellizcarles a rosca sus mofletes. Se limitan a ver las fotos que nuestros padres llevan de sus nietos cuando van de veraneo al pueblo; porque ellos, nuestros padres, siguen yendo al pueblo ya que para ellos eso de viajar al extranjero siempre ha significado gastar dinero sin necesidad.

El caso es que con los actuales recortes salariales, subidas de impuestos y demás medidas adoptadas por nuestros gobiernos para sacarnos de la crisis, pero que en realidad nos están hundiendo en la miseria; está empezando a tomar forma en nuestras cabezas esa cultura del ahorro en la que nuestros abuelos educaron a nuestros padres y en la que ellos trataron de educarnos a nosotros. Para nada nos arrepentimos de haber viajado para conocer mundo. Seguimos sin tener sensación alguna de haber derrochado nuestro dinero en esos viajes debido a que lo que nos han aportado a nosotros, así como a nuestro hijos, nos compensa con creces, y además, nos alegramos de haberlo hecho mientras hemos podido ya que a saber cuándo volverá el día en el que podremos viajar de nuevo.

No obstante, este verano, para muchas familias españolas, será quizá el primero, después de mucho tiempo, en el que pasaremos nuestras vacaciones en el pueblo y en el que los tíos, primas, tías y primos dejarán de ver a nuestros hijos en fotos y podrán cebarse con sus mofletes y cebarlos a base de pan con chorizo, higos, melocotones y ranchos de liebre con patatas y pimientos.

Nosotros nos reencontraremos con aquellos amigos que no hemos vuelto a ver desde que cumplimos los 16 y con los que íbamos a cagar al Ebro, o con aquellas amigas que besaban con sabor a uva fresca y a las que llevábamos “a pisar tumbas”. Nos hará gracia y nos resultará chocante ver como nuestros hijos empezarán a relacionarse con los suyos, aunque me temo que no harán nada parecido a lo que hacíamos nosotros porque, hoy en día, los chicos de pueblo ya no cazan gorriones, no se bañan sin hacer la digestión, no comen frutas sulfatadas, no cagan en el Ebro, no descienden por pendientes con bicicletas sin frenos, no van al cine porque en los pueblos ya no hay cines, no pisan tumbas... Los chicos de pueblo de hoy en día parecen chicos de ciudad, y se encerrarán en sus casas con nuestros hijos y jugarán con las videoconsolas o se meterán en sus Facebooks o mirarán la tele. En cualquier caso, lo bueno; en el fondo, será que mis hijos, en sus álbumes fotográficos de sus vacaciones, además de tener fotografías de diversos lugares de Europa, Marruecos, Estambul, la India y los Estados Unidos, tendrán también fotografías de aquellos veranos que pasaron en Mendavia, en aquel pequeño y precioso pueblo de Navarra situado en la llanura de la ribera del Ebro y en el que nacieron y se criaron sus abuelos.

Volvemos a los 70.

Créditos imágenes: 1) Panorámica de Mendavia extraida de la página web de su ayuntamiento. 2) La calle del Prado, mi primer año de vacaciones en Mendavia, año 1966 (colección particular). 3) Calle de Mendavia, fotografía de Ernesto López Espelta. 4) Imagen extraida de una postal de la antigua barca de paso en el año 1978. 5) Mendavia años 60, extraida del blog 'Mi lLogroño de Cristal'. 6) Mendavia en las fiestas del año 1979 (colección particular). 7) Mendavia, extraida de Wikimedia Commons. 8) Torre de la iglesia de Mendavia con nido de cigüeña (colección particular). 9) Mendavia, Ermita de la Virgen de Legarda (colección particular).

viernes, 15 de junio de 2012

Destapado mi pasado en el mundo del porno!

Pues si queridos lectores, la actriz norteamericana Traci Lords y yo nos iniciamos en el mundo del porno siendo ambos menores de edad... no juntos, una lástima. Caramba!

Y no pudimos hacerlo juntos porque nuestro pasado por el mundo de la pornografía y del erotismo, se desarrolló en campos distintos; en el caso de la sexy Traci Lords fue en el mundo del cine, mientras que en mi caso, fue en el mundo de la historieta por allá finales de los 70, en plena transición política española tras la muerte del yayo Paco y con una España en efervescencia que no sabía muy bien por donde tirar ni de donde le venían los tiros (bueno, los tiros vinieron antes de y durante la dictadura... y no fueron pocos).

Inmediatamente a la desaparición del dictador, los españolitos, ansiosos de carne femenina, turgente, voluptuosa y curvilínea, dejaron de realizar excursiones a Perpignan para ver películas eróticas debido a que el aperturismo en el que entró el país, permitió que las tetas y los culos se mostrasen a porrillo en algunas salas de cine denominadas “S” en las que se exhibía un erotismo suave así como en las portadas de todas las revistas que llenaban los kioscos. Las abuelas pasaban escandalizadas por delante de ellos tratando inútilmente de tapar los ojos de sus nietos que, de soslayo, echaban vistazos a aquellas féminas que mostraban sus encantos; los padres compraban sus rancios periódicos como El Alcazar, el ABC y otros, pero también le pedían discretamente al kioskero el Lib, o el Interviú, o el Playboy, pero así... como el adolescente que entra a la farmacia a comprar condones. Una vez con sus revistas en las manos, el periódico únicamente servía para camuflar el objeto del pecado entre sus páginas.


Total, que desde los últimos 70’s hasta mediados / finales de los 80’s, no era de extrañar que se nos metiera una teta en un ojo ya que por fin... estaban por todas partes!!

El erotismo en el humor gráfico tuvo un protagonismo especial en ese sentido. Numerosas publicaciones que se habían ocupado de tratar temas políticos tratando de desafiar en la medida de lo posible los límites establecidos, empezaron también a introducir contenido erótico entre sus páginas; precisamente en las únicas de la revista que eran a todo color y en papel couché, el resto de páginas eran de papel tirando a malo e impreso a dos tintas por lo general, pero allí donde estaban las “macizorras” había que esmerarse en la calidad.

A la vez, empezaron a proliferar cantidad de revistas de historietas cuyo tema, de manera monográfica, era el porno, absolutamente hardcore hasta el extremo de resultar, en ocasiones, hiriente, y que mostraban un erotismo chabacano, vulgar y desmedido provocado, sin duda, como reacción a los cuarenta años previos de represión. Se trataba de una forma transgresora de protestar contra “lo establecido” haciendo hincapié en un tema tabú como lo era la sexualidad y dejando a un lado otro tema tabú, que era la política y que resultaba mucho más delicado. Ya de paso, los humoristas gráficos, nos afanábamos en poner en aprietos a los funcionarios del Ministerio de Información y Turismo y les volvíamos locos abriéndoles múltiples flancos a lo que ellos respondían con el cierre y secuestro de revistas y citándonos ante los tribunales de justicia.

Ediciones Amaika, fundada en 1973, fue una de las más importantes de la época en ese tipo de contenidos durante cerca de 25 años. Revistas como El Papus o El Puro se especializaron en la sátira y el humor político, mientras que revistas como el Hara Kiri, Humor Sexy, El Cuervo y otras, dedicaban la totalidad de sus páginas al humor sicalíptico, al destape y al sexo explícito. Tras el atentado terrorista que sufrió la redacción de la revista El Papus, algunas de las cabeceras del sello Amaika; el Hara Kiri, por ejemplo, pasaron a manos de Ediciones Iru que a su vez creó revistas nuevas como La Judía Verde y con idénticos contenidos.

Pues bien; en medio de ese clima de desmadre y desconcierto; en esa España en la que te metían una bomba por dibujar un chiste, y en un periodo de transición mal resuelta, un joven humorista con ganas de decir la suya empezaba a meter las narices en las editoriales y de la mano del editor Carlos Navarro, Ediciones Amaika fue durante un tiempo mi hogar.

Os paso el enlace de una entrevista que he concedido a Tebeosfera y en la que se habla detalladamente de esa época, de lo que los editores nos pedían a los dibujantes y de qué fue, según mi punto de vista, aquel fenómeno de utilización de la feminidad, así como de su sexualidad, en aquel tipo de revistas que no existieron antes de 1973, pero que hubo que inventarlas... para bien o para mal.

También os pido que os detengáis con cariño por las diversas secciones de la revista digital Tebeosfera y que contiene un valiosísimo material de documentación y divulgación sobre el mundo del cómic. Un trabajo digno de elogio y que personalmente, agradezco a todos los que la hacen posible.

jueves, 3 de mayo de 2012

El invento del TBO

Que no, que no, que ni se me ha tragado la tierra ni me ha hundido la crisis; al contrario, lo que me ha hecho esta crisis (a parte de hacerme desaparecer durante un tiempo de este blog) ha sido obligarme a replantearme (una vez más) qué quiero hacer cuando sea mayor. Y después de revisar mi recorrido profesional empezando como humorista gráfico allá por los 70’s, siguiendo como creador gráfico de videojuegos (de los primeros manufacturados y creados en Spain) allá por los 80’s, continuando en una nueva etapa en el mundo de los dibujos animados colaborando y pariendo series para la tele durante los 90’s, y dedicándome al mundo editorial escribiendo e ilustrando cuentos durante la primera década de este siglo, llegué a la conclusión de que, de mayor, quiero dedicarme a TODO!!. Que no están los tiempos como para aprender un oficio y tener que dejarlo colgado cuando se te presenta una crisis como la de 1978, o una guerra como la del Golfo, o otra crisis como la actual, así que me dije: “Muchacho, ya no estás en edad de aprender a hacer algo distinto a lo que haces. Te has pasado la vida haciendo dibujitos, pelis y escribiendo, de modo que ya tardas en preparar un proyecto a medida y buscarte la vida”; y lo hice.

Pensé en un libro electrónico de esos que tanto se van a empezar a llevar un día de estos, pero que de momento... aún andan manga por hombro. Pero sin duda, un libro electrónico en el que poder introducir textos, ilustraciones, animaciones, videojuegos, etc... sería ideal. El problema es que soy un nostálgico al que le gusta el papel impreso, y lo malo de esos cachivaches de libros electrónicos es que necesitan de una serie de conocimientos tecnológicos para los cuales soy un perfecto analfabeto.

La cosa estaba jodida, pero nada que no se pudiese solucionar tras una larga elucubración perpetrada durante una interminable noche en vela.

No sé si llegué a decir “Eureka!”, pero me sorprendí a mí mismo, una mañana lavándome los dientes y descubriendo frente al espejo al inventor del Libro Impreso Digital y Multimedia. Eh?... Que cómo se come eso?

Preparé un proyecto, escribí una sinopsis, realicé algunas ilustraciones y unas cuantas cosas más, y a los pocos días lo tuve todo listo para llamar a la puerta de Ediciones B (para los que no os hayáis dado cuenta todavía y estéis pensando: “Qué tiene que ver esta entrada con los años 70’s?”, ahí viene cuando todo se enlaza... ya veréis).


Editorial Bruguera fue la factoría que se encargó de que nuestra infancia, metida en una fúnebre dictadura y en un más que sospechoso “desarrollismo”, fuese, a pesar de todo, una infancia feliz. La empresa se fundó en 1910, bajo el nombre de El Gato Negro como una editorial especializada en folletines y revistas de historietas hasta que en 1921 alcanzó un enorme éxito con la revista Pulgarcito. A partir de ahí, y ya con el nombre de Editorial Bruguera, continuó con la edición de tebeos y de novelas de consumo popular con autores como Corín Tellado, Marcial Lafuente Estefanía, Silver Kane (que en realidad era, el periodista y escritor Francisco Gonzalez Ledesma, bajo pseudónimo) y otros autores que se fueron haciendo populares, así como sus revistas de aventuras tales como: El Cachorro o El Capitán Trueno.

Durante nuestra infancia en los 60’s y los 70’s, revistas de historietas como: Din Dan, Bravo, Gran Pulgarcito, El Mortadelo, Lily, Zipi y Zape, Super Tio Vivo, etc; o colecciones como: Olé, Magos del Humor y Joyas Literarias Juveniles, fueron la literatura que devoramos conjuntamente con Los Cinco de Enid Blyton, las aventuras de Los Hollister y algún artículo de divulgación que llegaba a nuestras manos porque siempre había algún vecino o abuelo suscrito al Reader’s Digest. Pues bien; Editorial Bruguera, después de haber sido emblemática para los que fuimos consumidores compulsivos de tebeos a lo largo de toda nuestra infancia, pasó por un mal momento en el año 1986 que hubiera podido significar su final, de no ser, porque pasó a manos del Grupo Z que la relanzó como un pequeño sello editorial dentro de Ediciones B.

Lo veis, descreídos? Veis como al final todo tiene un por qué, y esta entrada tiene más que ver con los 70’s de lo que parece?

Me hacía una especial ilusión que fuese Ediciones B, y no otra, la que editase mi novedoso, ultra-revolucionario y mega-cósmico invento del Libro Impreso Digital y Multimedia; a fin de cuentas, era como cerrar un círculo y devolverle a la vieja Bruguera parte de esos buenos ratos, disfrute y gozo, para que ella, como bien tuviese a entender, administrase y distribuyese mi invento y lo convirtiese en inolvidables momentos de lectura y entretenimiento para las generaciones de jóvenes actuales y venideros.

Claro que... todo podía salir mal y existían muchas posibilidades de que Ediciones B me dijese que no estaba el horno pá bollos y que podía irme con mi proyecto a otra parte, pero si algo he aprendido en esta vida es que nunca hay que dar nada por hecho, y que a pesar de la crisis, de que no es momento para invertir un euro, y menos, en un Libro Impreso Digital y Multimedia... Pues oye, el NO (en caso de que así fuese) ya me lo darían ellos. De modo que sin miedo al ridículo ni al fracaso más estrepitoso, me lancé al barranco con mi invento bajo el brazo, y... les gustó.

Rápidamente nos pusimos a hablar del tema y de cómo enfocarlo. Me preguntaron cuánto tiempo tardaría en escribir una novela juvenil, en ilustrarla, en crear unos sencillos videojuegos, en hacer algunas peliculitas... Afortunadamente, y aunque muerto de nervios y envuelto en sudor, pude dar respuesta a todas sus dudas ya que mi invento lo tenía muy claro. Pactamos fechas de entrega, porcentajes y demás de esas cosas aburridas y me encerré en mi estudio durante unos meses para darle forma a lo que había sido un proyecto y que a día de hoy, es ya una realidad.

La venta en librerías de las aventuras de GERY GARABATOS estaba prevista para ayer, día 2 de mayo, pero debido a que en Madrid fue fiesta y son ellos, los madrileños, los encargados de la distribución, imagino que a lo largo de la semana que viene ya estará disponible en todos los puntos de venta.

El caso es que gracias a Editorial Bruguera pasé los mejores momentos de mi infancia, y hoy, gracias a Ediciones B (la Bruguera nueva), ya sé que quiero ser cuando sea mayor.

Para que os vayáis haciendo una idea de en qué consiste el invento cósmico del Libro Impreso Digital y Multimedia, os dejos los siguientes enlaces:



La Página Web de GERY GARABATOS


Y también podéis haceros seguidores del personaje a través del facebook:






Otro día seguimos con más historias setenteras, pero hoy, como dijo Paco Umbral... he venido a hablar de mi libro ;-)