miércoles, 23 de marzo de 2011

Cyborg Generation

En la década que da título a este blog, los niños jugábamos a indios y a vaqueros, a piratas, o a mosqueteros. Las niñas, por su parte, jugaban a cocinitas, a papás y a mamás o ponían en fila a sus muñecas y hacían de maestras. El caso es que raramente coincidíamos ambos sexos en nuestros juegos, porque lo de jugar a médicos... eso vino luego. Así que únicamente nos juntábamos para darnos malestar común: los niños tirando de las trenzas de las niñas y ellas sentándonos al lado de sus muñecas para impartirnos alguna clase de cualquier cosa en la que encima... nos reñían por inútiles y por portarnos mal.

Afortunadamente el progreso nos ha traído a todos un juguete común. Un juguete que nos mantiene en contacto, aunque sea virtual y con el que es imposible tirar de las coletas de nadie, pero eso si... un juguete que marca la diferencia entre estar “In”, o estar “Out”, y del que os comunico a través estas líneas, que ya dispongo de uno. Me refiero al SmartPhone.

Adiós para siempre al viejo teléfono setentero de la marca CITESA de telefónica en sus diferentes colores crema, marfil, verde hospital, azul plomizo, rojo, etc, y a sus diversos supletorios modelo Góndola y que por el hecho de tener dos teléfonos en casa: uno en la sala de estar o recibidor, y otro en la habitación de papá y mamá, nos pensábamos que estábamos ya perfectamente comunicados con el mundo exterior (ingenuos). Adiós definitivo al sonido de timbre de campana que emitían semejantes artilugios que era imposible hacer portátiles más allá de lo que nos permitía la extensión del cable que les mantenía unidos irremediablemente a la roseta de la compañía de teléfonos.

Obviamente toca despedirse también (en este caso... despedirme) de mi viejo “ladrillo” portátil, de mi celular antediluviano, de mi móvil que apenas tenía pantalla a color y desde el cual no podía descargarme ninguna aplicación y que a duras penas me permitía acceder a mi correo electrónico.
Mi móvil, bueno... ahora ya mi ex móvil, era de esos de casi primera generación y que para hacerlo realmente “móvil” como su nombre indica, había que cargar con él en el interior de una mochila. Cada vez que recibía una llamada de alguien y tenía que sacarlo delante de mis amistades, me decían: “Pero... Dónde vas con eso alma de Dios!”. Me miraban como a una rareza de la naturaleza, como si yo fuese una extraña criatura abandonada por algún eslabón en la cadena evolutiva del ser humano. A lo que yo, todo orgulloso y con mirada de suficiencia (por encima del hombro) respondía: “Qué pasa? Es que acaso para recibir o hacer llamadas necesito algo más?”. Rápidamente mis amistades se afanaban en decirme que con la cantidad de puntos que debía llevar acumulados podría conseguir un teléfono mejor. Que a qué esperaba para ir de inmediato a la empresa proveedora de mi servicio de telefonía y pedirles, lo que ellos denominan... “un móvil inteligente”.

Por si eso fuese poco resulta que en mi infancia, en esos lejanos años 70’s, yo tenía un reducido grupo de amigos íntimos; a saber, la cosa estaba en esos cuatro o cinco de toda la vida y repartidos entre el cole y la calle. En cambio ahora, entre el facebook, el twitter y demás cachivaches virtuales me encuentro con que tengo alrededor de 1.400 y pico de intimísimos amigos que a una velocidad vertiginosa me están abandonando por no estar al día, por no tener un móvil inteligente y por la vergüenza de compartir un paseo conmigo que voy cargado con la mochila en la cual albergar a mi ladrillo de casi primera generación. Y claro... eso de perder amigos no se puede aguantar por nada del mundo mundial. Con lo que cuesta darle a la tecla de “Confirmar” y tener a un íntimo más en la familia!!

Así que me decidí a personarme en la tienda proveedora de mi servidor de telefonía habitual y hacerme con un instrumento de esos que, al igual que los Donetes, tiene la virtud de que te aparezcan amigos por todas partes.

—Buenas señorita. Vengo a ver qué móvil inteligente me da a cambio de mis puntos.

La señorita en cuestión, cargada de piercings en todas sus zonas de piel visibles (ni imaginar quiero cómo andará por las no visibles), me dijo:

—Hace tiempo que no cambia su móvil. Verdad? —ignoro si es necesario ser muy perspicaz para hacer tal afirmación, pero así fue la cosa.
—Mmmm... pues la verdad es que hace mucho tiempo, si.
—Tiene usted 18.000 puntos —me dijo.

Woww... yo ya me frotaba las manos. Seguro que por esa cantidad me daban un móvil inteligente con microondas incorporado y que incluso me proporcionaría orgasmos.

—Por esa cantidad de puntos le podemos proporcionar este.
—Este? —pregunté—. No parece... muy inteligente.
—Perdone?
—Quiero decir que es muy parecido al que tengo solo que algo más pequeño y aerodinámico, pero por el resto... No tiene ninguno de esos en los que tocas la pantallita y cosas de esas?... de pantalla digital y eso.
—Todos tienen pantalla digital —me dijo piercing-girl en un tono así como si estuviese tratando con un gilipollas—. Usted se refiere a pantalla táctil.
—Aaah... táctil. Bueno, pues eso.
—Es que usted lo ha utilizado muy poco. Para uno de pantalla táctil, para un SmarthPhone, necesita un mínimo de 30.000 puntos —concluyó.

30.000? Vamos, no me jodas!... O sea, que después de toda una vida de fidelidad con la misma compañía proveedora de servicios de telefonía me iban a dar un móvil que ni inteligente ni nada. Así que hice como en los años 70’s cuando te enfadabas con algún amigo de esos íntimos y le dije: “Ah si?... Pues ya no te ajunto! Me iré a la competencia y a ver que me cuentan”. Cogí la puerta y me largué.

En la tienda de la competencia había otra chica; esta sin piercings, pero con unos pendientes de aro enormes con los que seguro jugaba al Hula-Hoop en sus momentos de ocio. Lo que son las cosas, parece que di con las palabras mágicas:

—Buenas. Vengo de la compañía tal. Qué oferta me haces para que abandone a mi anterior compañía y me quede con vosotros para los restos?

Y se hizo el milagro. La chica me ofreció, absolutamente a cambio de nada y por el valor de 0 €, un teléfono móvil inteligente con pantalla táctil, con conexión a internet 24 horas tarifa plana y con llamadas gratis de 8:00 h de la mañana a 8 :00 h de la noche, y encima, por si todo eso fuese poco, la tarifa a pagar mensual era inferior a la que pagaba con mi proveedor anterior. No es bonita la vida?

Ahora mis amigos, cuando me ven con mi nuevo SmathPhone me dicen: “Walaaa... que guay. No?”, yo les miro así, como con suficiencia por encima del hombro y les digo: “Has visto cómo molo? Soy moderno a saco”. Ellos me preguntan cosas del estilo de si mi SmathPhone es compatible con 3G/HSDPA 2100, o si su procesador es un Qualcomm Snapdragon QSD8250 de 1GHZ, o si su salida es de 3.5 mm universal sincronizado con PC mediante Zune... ya saben preguntas sencillas. Yo les respondo que claro, que faltaría más, que se trata de un SmarthPhone inteligente, y añado: “pero nenes... si tiene hasta cámara!”. Reconozco que cuando les digo eso se quedan mirándome como si no hubiese entendido sus anteriores preguntas, y así... en confianza y entre nosotros... mis amigos, aunque intimísimos... hablan un idioma que no entiendo.

El caso es que ahora, ya bien vaya en metro, o esté de vacaciones en Zambia, o duchándome, o lo que sea, siempre tendré un momento y un artilugio entre mis manos con el que poder contarles a mis amigos íntimos anécdotas inteligentes del estilo de: “Buenos díassssss!!!!LOL” (eso lo haré por las mañanas), o “Buenas nochessssss!!!! XD” y así, de este modo maravilloso, podré compartir con todos los grandes logros conseguidos en mi habitual día a día.

Lo más divertido del caso es que desde que tengo mi SmathPhone, cada día recibo una llamadita de mi anterior proveedor de telefonía móvil ofreciéndome una fantástica oferta para que regrese, para que no les abandone y para que siga considerándoles modernos. Me ofrecen el oro y el moro, intentan mejorar la oferta del que ahora es mi actual proveedor, pero yo les miro con suficiencia, así como por encima del hombro y les digo:

—Ale, ale ale. Chincha y rabia... ya no te ajunto!

miércoles, 9 de marzo de 2011

Esplugues City... marcado por la ley

Fue en 1964 –el mismo año que me vio nacer- cuando los Etudios Cinematográficos Balcázar iniciaron la construcción de un poblado del Oeste americano en tierras catalanas y muy cerca de la ciudad de Barcelona. El motivo –obviamente, y procediendo la idea de unos estudios de cine- no era otro que el de rodar exteriores para películas del género Western.

Esta base fue la que dio lugar a la creación de dicho poblado formado inicialmente por una calle de unos 120 metros de largo y un promedio de 12 metros de ancho, a los lados del cual se levantaron los edificios típicos de las películas del Oeste.

LA HISTORIA

En septiembre del mismo año 1964, se estrena la película “Por un puñado de dólares”, uno de los primeros Spaghetti Western, dirigido por Sergio Leone y que sirvió (entre otras cosas) para catapultar a la fama al actor Clint Eastwood. La película fue estrenada con no muchas esperanzas de éxito, pero contra todo pronóstico fue la generadora del Boom de las películas de Cow-Boys y la que impulsó a numerosas productoras italianas a volcarse en el género del Far West de forma masiva. “Por un puñado de dólares” fue rodada en el poblado llamado Golden City construido en el término municipal de Hoyo de Manzanares en Madrid y en el parque natural de Cabo de Gata en Almeria.

Los permisos solicitados por Alfonso Balcazar para la “recreación de una calle típica de un pueblo del Oeste americano”, están fechados el 4 de mayo de 1964, vislumbrando al igual que su antecesor madrileño Eduardo Manzanos, que las películas del Oeste iban a convertirse en una inminente fuente de ingresos para las productoras españolas que dispusiesen de sets de rodaje que diesen cabida a coproducciones internacionales. Rodar en España resultaba mucho más barato que en sus países de origen, y además, los encargados españoles de los equipos técnicos, aunque quizá no tenían la pericia de los propiamente hollywoodienses, daban una calidad profesional más que aceptable. Prueba de ello es que posteriormente a Esplugues City, se construyeron los tres poblados del Oste en el desierto de Tabernas de Almeria: Fraile (1965), Juan García (1966), y en Gérgal el poblado de Tecisa (1966).

El lugar sobre el cual se edificó Esplugues City se trataba de un solar rectangular de una hectárea de superficie situado al lado del cementerio parroquial y a un kilómetro y medio de distancia de donde los Balcázar tenían ubicados sus estudios que desde el año 1951, y con una primera película titulada “Catalina de Inglaterra”, iniciaron una más que honrosa singladura por el mundo del cine con un buen montón de películas entre coproducciones y producciones propias y que se exportaron con mayor o menor éxito prácticamente por todo el mundo.

El pueblo del Oeste fue levantado por el constructor de decorados Enrique Bronchalo según un proyecto realizado por Juan Alberto Soler que se inspiró en el que fue el poblado de la 20th Century-Fox y en el que se rodó “El hombre de las pistolas de oro” (Warlock) producida y dirigida por Edward Dmytryk en 1959. Para la construcción de Esplugues City se hizo un minucioso estudio para controlar el espacio en función del recorrido del sol y pensando en los encuadres y en la disposición de los actores construyendo una calle de recorrido sinuoso en forma de “S” para evitar la filmación de los edificios modernos de la época que se hallaban en el exterior de los estudios.

El primer western que se rodó en el por entonces ya conocido poblado de Esplugues City, fue el titulado “Pistoleros de Arizona” dirigido por Alfonso Balcázar y que se estrenó en Italia con un buen éxito de público en diciembre de 1964 (en Barcelona se estrenaría el 3 Junio del siguiente año). Al parecer es un film bastante irregular, pero que consiguió una muy buena recaudación y dio a conocer al actor Fernando Sancho consagrándole como eterno mexicano en una gran cantidad de films, así como al actor protagonista Robert Woods.

Las edificaciones del poblado iban ampliándose y modificándose continuamente según las necesidades de los distintos rodajes que tenían lugar, así que el poblado llegó a tener más de 46 edificios incluyendo los típicos como: el Saloon, el almacén (General Store), la barbería, la herrería, el hotel, la oficina del Sheriff, la compañía de diligencias de la Wells Fargo, el banco, la iglesia, etc. La mayoría de edificios importantes eran corpóreos e incluso se podía filmar en su interior debido al cuidado en todos sus detalles; no obstante, otros edificios solo tenían construidas las fachadas o en algún caso disponían de la entrada completa, pero se trataban de fachadas cargadas de elementos de atrezzo sostenidas por postes que las mantenían en pie y que les daba simplemente un aspecto de edificios sólidos.

Como detalle curioso cabe destacar que los cristales de las ventanas eran de caramelo elaborado por la pastelería Figuls de la ciudad de Esplugues. Los fabricaba en cinco colores, cortando las planchas de caramelo en “cristales” rectangulares de 10X15 y en partidas que oscilaban entre los quinientos y seiscientos cristales que posteriormente se colocaban en las ventanas de los edificios permitiendo a los actores salir despedidos por ellas sin sufrir cortes o accidentes innecesarios. Tras los rodajes, los pedazos rotos de las ventanas se los daban a los niños de la vecina escuela de Isidre Martí que los devoraban con afán.

Fue en 1967 cuando el pueblo recibe un primer golpe al tener que ser trasladado de su ubicación original pues la autopista A7 debía de pasar por esos terrenos. El progreso provocó que se tuviese que desmontar el poblado y levantarlo de nuevo en otro solar justo enfrente de donde se hallaba originalmente, pero manteniendo intactos algunos de sus edificios y construyendo algunos nuevos. De algún modo eso fue lo que permitió que a muchos de los que éramos niños entonces se nos otorgase el privilegio de poder contemplar aquel pueblo del Oeste situado tan cerca de Barcelona, ya que al pasar en el coche con nuestros padres por esa autopista podíamos darle un fugaz vistazo y retenerlo para siempre en nuestra memoria.

Hay que decir que tanto en el primer poblado (1964-1967), como en el segundo (1967-1972) no estaba permitida la entrada al público en general debido a que se trataba de la propiedad de Producciones Cinematográficas Balcázar que obviamente era una empresa privada, de modo que los niños de la ciudad de Esplugues, a veces, podían presenciar algún rodaje desde el exterior, pero poco más. Nada de jugar a indios y vaqueros por el poblado con el riesgo de deteriorar el entorno o de sufrir accidentes que hubiesen sido responsabilidad de los estudios.

Lo que nadie les quitó a niños y mayores de la ciudad de Esplugues y de sus alrededores, fue la constante imagen de gitanos disfrazados de indios y de pistoleros a caballo paseándose por las calles y mezclándose con el tráfico de los coches y el gentío de la ciudad. Sin duda eso es algo que recuerdan con agrado los que contemplaron atónitos esas imágenes de contraste entre dos épocas que llegó a convertirse en algo cotidiano, pero que no por ello dejaba de ser curioso, a la vez que entrañable.

En el año 1971 la utilización del poblado empezó a disminuir debido a la decadencia del western europeo y al hecho de que los últimos rodados en Esplugues City habían consistido en productos muy menores. Los hermanos Balcázar, en un intento de mantener vivo el poblado y su leyenda, solicitaron los permisos necesarios para reconvertirlo en lo que hubiese sido el primer parque temático de Europa. Tras varios intentos en los que el ayuntamiento ordena su inmediato desmantelamiento finalmente consiguen los permisos y las autorizaciones necesarias para convertir el pueblo del Oeste en atracción turística, pero lamentablemente, la llegada de un forastero a la ciudad, significó la pena capital para la que había sido una fabulosa fábrica de sueños.


El forastero en cuestión fue recogido en el aeropuerto del Prat de Llobregat y llevado en coche hasta la ciudad de Barcelona. Se trataba de “Al”, más conocido por su nombre completo de Alfredo Sánchez Bella, ministro de Información y Turismo de la etapa franquista entre 1969 y 1973 sucediendo en el cargo a Manuel Fraga Iribarne. Al parecer tenía numerosos asuntos que tratar en tierras catalanas, pero a su paso por Esplugues City reparó en lo pintoresco de aquel poblado y preguntó a sus acompañantes que qué diablos era eso. Le respondieron que se trataba de un pueblo del Oeste en el que se rodaban películas, algo que al parecer no gustó al forastero ya que añadió que dicho poblado al lado de la autopista “daba mala imagen” a una España patria de pandereta, así que a pesar de los permisos concedidos para su rehabilitación como parque temático, lo que a día de hoy podría haber sido aún una realidad palpable pasó a ser un recuerdo de infancia.

Curiosamente, la orden de “Al el bastardo” no afectó a ninguno de los poblados almerienses que actualmente se pueden visitar con los nombres de Mini Hollywood y Texas Hollywood.

En agosto de 1972 Alfonso Balcázar prepara el rodaje del último western que se rodará en Esplugues City, titulado “Le llamaban Calamidad” y en el que hará coincidir el final en la ficción con el real del poblado. En la trama unos bandoleros dinamitan el pueblo provocando un espectacular incendio dejando el solar cubierto de cenizas y maderas quemadas.

Personalmente coincido con las palabras de Rafael de España y de Salvador Juan i Babot que en su libro titulado “Más allá de Esplugas City”, consideran que ese último gesto de Alfonso Blacazar, más que tratarse de una simple maniobra oportunista, se trató de un verdadero acto de amor.

De qué otro modo sino había que perpetrar la demolición del poblado? Obligados a hacerlo desaparecer, qué mejor que darle un final épico.



EL RECUERDO

Mis recuerdos de Esplugues City se parecen mucho a los de la mayoría de los de mi generación. Fundamentalmente tienen que ver con esos trayectos en coche que se realizaban desde Barcelona en dirección a Molins de Rey, Martorell o Corbera de Llobregat, lugares donde muchas familias barcelonesas iban a pasar los domingos para hacer alguna que otra costillada familiar y para la que los padres cargaban el utilitario con las mesas y sillas de camping, la abuela y los críos. Lo bueno de ese trayecto entre Barcelona y Corbera de Llobregat (en mi caso), era pasar por la autopista y a mano derecha, en el camino, contemplar aquel poblado del Oeste abandonado.

La primera vez que mi padre me comentó que pasaríamos por delante de él, me lo tomé como una broma. El hombre me advertía con entusiasmo de que pasaríamos por un pueblo vaquero, que estuviese pendiente y con mi cara pegada al cristal del coche ya que sería “visto y no visto”, pero yo no reaccioné hasta que no lo vi en realidad, y para cuando me quise dar cuenta ya nos estábamos alejando de él.

Pasé aquel día alucinando y contándole a todo el mundo que había visto un pueblo del Oeste. Lo mismo sucedió durante el resto de la semana, y contaba los días y minutos para que fuese nuevamente domingo y poder volver a pasar por aquel lugar.

El caso es que uno de esos muchos domingos que pasamos por Esplugues City -el que siempre había sido “el pueblo fantasma”-... la sorpresa fue más allá. Ese domingo el pueblo estaba lleno de vida, habían banderines que lo atravesaban colgados de fachada a fachada, carretas, gente vestida del Far West con sus revólveres enfundados en sus cartucheras, algunos iban montados a caballo, y todos paseándose por la polvorienta calle del poblado. Mi padre dijo que posiblemente estarían rodando alguna película, ignoro cual, pero sin duda alguna que con cinco o seis años que yo tendría, para mí eso fue un viaje al pasado en el que poder contemplar a través del cristal de un SEAT 850 y a escasos metros de mis narices, imágenes del mismo estilo que tanto me habían fascinado en los westerns que había visto en el televisor de mi casa.

Sin duda tengo un trabajo que hacer en el infierno. Se trata de vengar la desaparición de Esplugues City por orden de un malvado forastero, así que aún y que no me corre ninguna prisa, algún día me encontraré cara a cara con él, con mi Colt Walker colgado de la cartuchera de mi cinturón y podré decirle:

-Al?... Eres tú “Al el bastardo”?... Nunca debiste cruzar el río Llobregat.



Agradezco las imágenes y documentación cedida para esta entrada a Ángel Caldito y Ricardo Márquez del blog Historias cinematográficas, así como al ya citado libro de Rafael de España y Salvador Juan i Babot “Más allá de Espulgas City".

jueves, 10 de febrero de 2011

FRANCO, ese mileurista

Cuando el documento que figura al final de esta entrada cayó hace tiempo en mis manos, ya lo puse en duda, y a pesar de que me constaba que otros lo publicarían antes que yo, preferí dejarlo en cuarentena hasta tener, cuanto menos, la certeza de su veracidad, y por ahí, en mi escritorio, quedó olvidado.

Sinceramente, eso de que Francisco Franco fuese un mileurista me olía un poco a chamusquina pese a que cobrar 1000 euros (166.000 pesetas) en 1975... era una pasta gansa.

Piensen ustedes que cualquiera de los coches de moda por esos tiempos (No necesariamente de gama alta) costaba alrededor de las 150.000 pelas; es decir, que el caudillísimo se hubiese podido comprar tranquilamente uno al mes y aún le sobraba para algunas chuches de las que vendían en los kioskos piperos, mientras que el resto de españolitos pagaban -con no poca dificultad- una innumerable cantidad de letras para poder gozar de su pequeño utilitario.

Así que no se hagan ilusiones, a pesar de que el documento es suculento y aparentemente “histórico” para todos aquellos coleccionistas, hay voces por internet que afirman que es absolutamente falso y que forma parte de una campaña de limpieza de imagen de la figura del caudillo llevada a cabo por la Fundación Francisco Franco... o eso dicen.

Como comprenderán ustedes, a estas alturas no voy a dedicar un solo minuto en contrastar si el citado documento es falso o verdadero, me la trae al pairo.

Lo que es espeluznante es la inmensa fortuna que reunió el dictador a base de los “regalos” que por obligación tenían que ofrecerle los sometidos españoles de la época. Baste como ejemplo el controvertido Pazo de Meirás que le fue ofrecido como presente a “Paquito” con donaciones que oscilaban entre los 25 céntimos hasta las 400 pesetas, mientras que los que carecían de liquidez resultaban –como siempre- los peor parados ya que debían participar en la colecta con joyas pertenecientes a recuerdos familiares. Eso sin mencionar las expropiaciones realizadas para ampliar las tierras colindantes al Pazo en cuestión. Muchos de los habitantes de los aledaños, a medida que los muros que cercaban el Pazo iban avanzando, descubrieron que ya no tenían casa y sin recibir absolutamente nada a cambio.

Personalmente no conozco a ningún mileurista, que con su sueldo, se permita el lujo de tener un palacio como segunda residencia. En el caso de Paquito el palacio era una más de las muchas propiedades de edificios históricos que por suscripción popular o no, fueron a para a su saca.

Y que decir de los paseos que “la collares”, oficialmente conocida como Doña Carmen Polo de Franco, se daba por las joyerías de Madrid y regresaba a su casa, al Palacio del Pardo (que tampoco era un piso de protección oficial, que digamos), cargadita de joyas por las cuales, sus legítimos vendedores, jamás percibieron el valor de su importe.

Vaya, que así es mileurista cualquiera!

Así que falsa o no, ahí les dejo como curiosidad, la supuesta última nómina de Franco.

(Ultima hora (Editado): El diario ABC acaba de hacerse eco hoy mismo de la misma noticia, solo que ellos la dan por buena. Será que priorizan lo de vender periódicos a la cosa esa de contrastar las noticias).

miércoles, 5 de enero de 2011

Los Reyes son los padres


Fue Claudio Cebrian, y no otro, el cuellicorto cabrón que en una víspera al día de reyes de 1972, me soltó la milonga de que los reyes eran los padres.

Bien podría haberle atropellado un autobús al salir de su casa, o descolgársele sobre la cabeza una pieza de granito de 120 kilos proveniente de alguno de los muchos balcones en mal estado que habían por el barrio, pero no... Claudio Cebrian salió de compras con su madre al igual que hice yo con la mía, y tuve la mala fortuna de encontrármelo en uno de esos entrar y salir de las tiendas del Poble Sec.

Obviamente –yo que desde pequeño tengo una mente muy lógica- no creí una sola palabra de lo que me dijo ese soplapollas. Era absolutamente imposible que mis padres fuesen los reyes, ya que en un piso tan minúsculo como en el que vivíamos... no existía forma humana de camuflar a tres camellos; a duras penas era posible compartir espacio con mi hamster. Y Baltasar? Quién coño era Baltasar según Claudio Cebrian?... Mi abuela? Ja!...

No obstante, Claudio Cebrian ya sembró por siempre más la duda, y desde entonces hasta día de hoy, me sigo cuestionando sí algo de razón o no había en sus palabras.

La cosa es que mi hija de ocho años, ayer mientras cenábamos, comentó que en clase antes de las vacaciones de Navidad, una niña les había contado a un grupo de amigas que los reyes eran los padres. Sinceramente creo que Herodes no terminó su trabajo en el día de “la matanza de los inocentes”, alguien debería reclamar por ello.

Acaso no vemos durante estas fechas a sus Majestades los Reyes Magos en los telediarios? Nos mienten los programas informativos?... Bien es cierto que en las diferentes cadenas de televisión en las que aparecen Melchor, Gaspar y Baltasar no parecen ser los mismos, pero eso quizá sea porque la cara les cambia debido al cansancio que arrastran con eso de trasladarse en camello desde Oriente; que digo yo... A día de hoy? Por qué no toman un avión? También me mosquea que Baltasar a veces parece un blanco pintado de negro, pero vaya usted a saber... con eso de que son magos... cualquier cosa es posible.

Sea como fuere, lo que está claro es que a pesar de que actualmente vivimos en una sociedad un tanto convulsa motivada por una supuesta crisis que parece no tener fin. A pesar de los sindicatos que nos han hecho creer que vivimos en un “estado del bienestar”, o de los bancos que nos han hecho creer con sus préstamos que éramos clase media, y a pesar de que lo que somos, y en realidad hemos sido siempre, ha sido pobres... esta noche los reyes llegarán a todos los hogares, con más o menos regalos, con mayor o menor ostentación, pero repartiendo alegría a los más pequeños, y espero... que a los mayores también.

Yo me he pedido un montón de cosas, así que... Jódete Claudio Cebrian!

viernes, 17 de diciembre de 2010

El Kioskero les desea Felices Fiestas

Pues estaba yo por aquí matando el tiempo -el poco tiempo que queda para terminar con este año-, y mientras revisaba mi agenda llena hasta los topes, me he dado cuenta de lo vacías y desoladas que se encuentran las páginas que pertenecieron al mes de agosto.

Hay que ver... quizá el mejor mes del año por eso del verano, el solecillo, las vacaciones..., pero que días de nula actividad “agendil”. Nada que hacer en ninguno de sus correspondientes 31 días salvo holgazanear, darse comilonas y demás vicios que obviamente... uno no anota en su agenda. Y me he dicho: “pues vaya, es una lástima, tirar esta agenda y tener que comprar una nueva... con 31 páginas inutilizadas”.

De modo que me he puesto a garabatear en uno de sus márgenes inferiores, y mira por donde... me ha salido esta chorradilla.

Felices Fiestas! Y a disfrutarlas con salud.

Para los “Facebukeros”, el enlace es este.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Los viejos piratas nunca mueren

En los setenta, piratear música era una aventura más o menos compleja, pero... se pirateaba, se pirateaba...

Hoy todo es muy fácil gracias a la cantidad diversa de programas de descarga que nos ponen en contacto virtual entre miles de usuarios con los que compartimos nuestros archivos de audio, video, documentos, imágenes, y de todo aquello que sea susceptible de ser descargado con diversos fines. Así pues, a pesar de la SGAE, la piratería (como la entiendes ellos), o el mero hecho de compartir archivos (como lo entendemos nosotros), es coser y cantar, pero en los 70’s... el tema era para darle de comer a parte.

Recuerdo que mis padres se reunían con los padres de Alberto (mi compañero de fatigas infantiles). Sus padres tenían un tocadiscos, y los míos disponían a su antojo de mi cassette Telefunken, regalo de mi tío Montano para la primera comunión.

Nos reuníamos todos en casa de Alberto con la excusa de cenar juntos, pero la cosa no se hacía esperar. Miquel -el padre de Alberto- enchufaba el tocadiscos a la corriente eléctrica, mi madre seleccionaba los discos de Serrat que iban a ser objeto de expolio, y mientras mi padre preparaba una ensalada en la cocina, Juani -la madre de Alberto-, vigilaba la cena del horno.

Alberto y yo tomábamos el salón al asalto con nuestras pistolas lanza-corchos hasta que Miquel nos hacía callar y nos mandaba a jugar a la habitación. No entendíamos aquel silencio sepulcral que se tenía que mantener en aquella casa; era un absoluto misterio.

—Eso de hacernos callar sólo sucede cuando venís con el Telefunken —me decía Alberto en voz baja.

Mientras mi padre y Juani preparaban la cena, Miquel y mi madre permanecían inmóviles contemplando como el disco de vinilo giraba; parecía ser algo hipnótico, algo así como contemplar el fuego de una chimenea o plantarse a mirar una pecera con peces de colores. Miquel sostenía el micrófono del Telefunken cerca del altavoz del tocadiscos, y allí se quedaban los dos, en silencio durante un largo rato. Escuchaban un par de canciones, paraban la música, y mientras charlaban comprobaban qué tal se habían grabado en la cinta de cassette. Al rato volvían a permanecer en silencio contemplando los monótonos giros del disco durante un par de canciones más y con el micrófono pegado al altavoz.

Esos misteriosos encuentros se producían cada vez que Serrat sacaba nuevo LP.

En los días sucesivos, cuando regresaba de la escuela al mediodía, me encontraba con mi madre trasteando por casa mientras que desde el Telefunken sonaba la música de Serrat. Descubrí también que escuchar con atención esas cintas era algo mágico, bastaba con poner bien el oído y, de vez en cuando, era posible escuchar un montón de sonidos familiares como el estrepitoso caer de algunos cacharros de la cocina de Alberto y la risa de la Juani al descubrir a mi padre pringado de aceite y con la lechuga, el tomate, la cebolla y las olivas por el suelo. También se podía oír el intento de Miquel por ahogar su tos haciendo el menor ruido posible. Recuerdo que tosía siempre con el dorso de la mano en la que sostenía su cigarrillo tapándose la boca, y aunque en la cinta, la tos se oía apagada y lejana, ese “cof, cof” era inconfundible. Todo eso sucedía mientras Serrat, sin inmutarse por el ruido, cantaba el “Para la Libertad” de Miguel Hernández, o “El niño yuntero”, o el “Llegó con tres heridas”.

Vaya, que al escuchar las cintas del cassete parecía que Serrat había cantado en vivo y en directo en el salón de la casa de Alberto, pero sabiendo positivamente que eso no había sucedido así, lo que descubrí también –y eso fue lo más importante- fue que mis padres eran unos auténticos piratas, precursores y pioneros de lo que hoy en día hacemos casi todos con nuestros ordenadores (quien más y quien menos).

Con el tiempo, cuando llegó a casa el primer televisor. El pobre Telefunken echaba humo cada vez que Nino Bravo, Camilo Sesto, o como no... Joan Manuel Serrat, actuaban en televisión. Ahí estaba mi madre micrófono en mano grabando todas sus actuaciones mientras que en el sofá de casa, mi padre, mi yaya Lola y yo, nos limitábamos a mirarnos por el rabillo del ojo sin articular palabra, ya que mi madre nos amenazaba con lanzarnos sobre la cabeza un tremendo cenicero de alabastro en el caso de que alguno de nosotros abriese la boca.

Afortunadamente el progreso –que en los 70’s era más lento, pero tarde o temprano... llegaba- nos trajo a casa otro Telefunken más moderno, último grito, y provisto de doble pletina. A partir de ese momento daba igual si Alberto y yo nos lanzábamos corchazos con nuestras pistolas en medio del salón familiar y en el momento en el que nuestros progenitores andaban en la labor de piratear música. El invento de la doble pletina permitía que las canciones pasasen de una cinta comprada a otra virgen sin captar sonido ambiente en lo más mínimo. Los vinilos originales pasaron a la historia, mis padres y los de Alberto compraban cintas de cassette y se intercambiaban “archivos” con lo último en tecnología de la época. Era como una especie de “Emule” casero y familiar.

Soy de los que piensa que uno ha de aprender siempre de todo aquello que le enseñan sus mayores, pero por encima de todo... no hay que olvidar nunca las buenas costumbres.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Algo tendrá el vino cuando lo bendicen

Cada diez o quince días, al llegar de la escuela, mi madre me daba un par de duros y me decía “bájate a la bodega y compra una botella de “El Baturrico”. Así que obediente, y sabiendo que sobrarían un par de pesetillas que podrían tener como destino mi hucha, me dirigía a la bodega de la esquina, la “Bodega Eloy” y compraba esa botella de vino para mi padre.

La bodega Eloy la regentaban entre un padre y sus dos hijos; el padre era un tipo grueso, de cabello blanco y al que recuerdo sentado en una silla vuelta del revés y con los brazos reclinados en el respaldo, las piernas abiertas sosteniendo una descomunal barriga, y contemplando a la clientela con un palillo entre los dientes y una inexistente sonrisa que no asomaba jamás, ni en los mejores momentos. El hijo mayor era Eloy, el más activo y atento del local. Recuerdo cómo colocaba media docena de vasos sobre la barra, servía el vino y a continuación, deslizaba una mugrienta bayeta para quitar de en medio las gotas de espirituoso que se habían derramado. El hermano menor deambulaba arriba y abajo haciendo recados. Tenía un flequillo que se descolgaba con muy poca gracia sobre sus ojos, unos dientes superiores saltones que le impedían mantener la boca cerrada –aunque no hablaba nunca- y al que además, le faltaba un hervor. En definitiva, la bodega era uno de esos mundos dentro del Poble Sec con una fauna humana compuesta por ancianos que jugaban al domino y se echaban su cortado de después de comer, o bien de algún que otro vecino del barrio que repostaba para tomarse un aperitivo antes de la comida, y en la que tampoco faltaba algún vendedor de seguros despistado tomándose un vino para olvidar que eso de tratar de venderle seguros a gente de barrio, era una tarea bastante infructuosa.

Mis estancias en la bodega siempre fueron fugaces. Me limitaba a pedir la botella de “El Baturrico”, Eloy me la daba a la vez que tomaba mis dos duros y el casco vació de la botella anterior, me devolvía el cambio y seguidamente partía rumbo a mi casa, no sin antes echarle una ojeada al padre sentado en la silla, con su mirada clavada en la clientela y que parecía disecado de no ser por ese movimiento que hacía su palillo al pasearse lentamente de comisura en comisura, y que era el testimonio de que había vida en ese enorme cuerpo. Generalmente siempre me despedía de él dirigiéndole un tímido “adiós” que se limitaba a responder con un movimiento de su cabeza, pero sin perder de vista a la fauna del local que acaparaba constantemente su atención.

Ya en casa, mi padre no tardaba en llegar. Su presencia en el rellano de la escalera se delataba con el ruido que hacía con las llaves. Yo me apresuraba para abrirle la puerta y recibirle antes de que él pudiese abrir, y allí le encontraba, con las llaves en la mano y sonriéndome. Creo que el ruido con las llaves era un truco que él utilizaba para advertirme de su llegada, pero que en realidad, esperaba a que fuese yo quien le abriera ya que así era como sucedía siempre. Por más que estuviese entretenido con mis soldaditos de Monta-Plex, o imbuido en la lectura de mis tebeos, no se me escapaba jamás la llegada de mi padre llaves en mano.

Nos sentábamos a comer y mi padre mezclaba el vino de “El Baturrico” con gaseosa “La Casera”. Como gran adicto que he sido siempre a las bebidas gaseosas, jamás he podido entender como es posible estropear el sabor de una buena gaseosa con un vino, o el de una Coca-Cola con una ginebra o un whisky, pero... incomprensiblemente es algo que la gente hace. Comíamos los cuatro: mi madre, mi padre, mi yaya Lola y yo. Charlábamos aunque mi padre no sacaba ojo de la novela de Marcial Lafuente Estefanía, algo que disgustaba a mi madre que nunca aceptó que mi padre leyese a la hora de comer, pero que él hacía siempre a pesar de mantenerse al tanto de la conversación de turno. De vez en cuando yo recibía algún capón por irme de la boca y comentar alguna diablura perpetrada en la escuela; la iniciativa del capón era absolutamente aleatoria y podía provenir de cualquiera de mis mayores, a veces incluso, recibía más de uno por una mala coordinación entre mi madre y mi abuela que no decidiendo previamente quien de las dos me lo soltaba, lo hacían a la vez, en estéreo... en una época en la que en los hogares de barrio no habían más que transistores mono.

Mi padre regresaba al trabajo antes de que yo tuviese que volver a la escuela, así que apuraba el poco rato que me quedaba después de comer para volver con mis tebeos, o con mis mini héroes de infantería de plástico.

Con el paso del tiempo, finales de los 70’s aproximadamente, el vino “El Baturrico” fue retirado del mercado por hallarse en él una sustancia llamada cloropicrina cuyo uso frecuente era el de fumigante de suelos agrícolas, pero que los fabricantes del vino de esa marca utilizaron como fermento para evitar la formación de vinagre. Parece ser que esa práctica se realizaba en vinos peleones, fuertes y baratos, que se embotellaban y se producían en baja calidad para las clases trabajadoras que disponían de pocos ingresos.

De modo que mi padre se pasó al “Tío Pepe” y a tomarlo sólo de vez en cuando en los aperitivos, pero eso me pilló ya a una edad en la que no era yo quien se lo bajaba a comprar a la bodega Eloy, así como tampoco compartía siempre mesa con mis padres ya que prefería hacerlo con amigos y compañeros. Me pregunto que sintió mi padre el primer día que tuvo que utilizar las llaves para entrar en casa ya que no acudí yo a abrirle la puerta por más ruido que hiciera con ellas.

Toda esta historia me vino ayer a la cabeza después de enterarme de que el cartel publicitario del vino “Tío Pepe” será retirado temporalmente de la Puerta del Sol de Madrid; lugar en el que lleva desde 1935. Recuerdo que en los 14 meses que pasé en Madrid haciendo la mili, me gustaba pasearme por Puerta del Sol y, entre otras cosas, contemplar el rótulo luminoso. Imagino que lo asociaba al vino que bebía mi padre, y de paso, me recordaba mis idas y venidas de la bodega Eloy en busca de las botellas de “El Baturrico”. Pese a la retirada del cartel... Tranquilos, que para las campanadas de noche vieja seguirá allí, pero desaparecerá luego para poder rehabilitar la fachada en la que se encuentra.

“El sol de Andalucía embotellado”, el cartel de "Tío Pepe" con su chaquetilla, su sombrero cordobés y su guitarra, volverá más adelante cuando la citada rehabilitación esté concluida, y volverá seguro a su lugar de origen en el ático del que fue el antiguo Hotel París, ya que este mismo año que ya termina, ha sido declarado como patrimonio de la ciudad por el Ayuntamiento de Madrid. Seguro que su creador, el dibujante Luis Pérez Solero y pionero de la publicidad española, estaría satisfecho de saber que su obra, además de ser vista a diario por los más de 450.000 usuarios del metro de Sol, así como por numerosos turistas y visitantes, es tomada en tanta consideración.

Sigo sin saber qué tendrá el vino cuando lo bendicen. Continúa sin decirme nada su sabor y aún acompaño mis comidas con Coca-Cola o alguna que otra porquería gaseosa, pero al contrario de los borrachos –que no recuerdan nada después de beber-, recuerdo perfectamente el olor del vino en barrica de la bodega Eloy, y a mi padre con las albóndigas sobre la mesa, leyendo su novela del Oeste y el vaso verde de Duralex con el vino con gaseosa.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Madelman

Supongo que para muchos de nosotros los Madelman fueron el mejor juguete de finales de los 60’s y de toda la década de los 70’s. -me refiero exclusivamente a la primera etapa de Madelman comprendida entre 1968 y 1976-, etapa en la que disfruté de estos fabulosos muñecos articulados a los que les siguieron nuevas etapas en las cuales se introdujeron cambios en su morfología inicial hasta su definitiva desaparición del mercado en 1982, pero esos... me pillaron algo mayor.

Por muchos motivos fueron un juguete de indiscutible interés por su realismo en general, pero por encima de todo en sus manos, sus ropas perfectamente cosidas, los complementos cuidados hasta el más mínimo detalle, e incluso lo atractivo de sus presentaciones en esas cajas magistralmente ilustradas, troqueladas, plastificadas, con el muñeco o muñecos colocados cuidadosamente y sujetos gracias a unas gomas que les mantenían allí, desafiantes y dispuestos para la acción. Todo eso hacía de los Madelman un juguete impresionante, pero quizá, lo más destacable, lo que le hacía especial y único, era su genial sistema de articulaciones que le permitía adoptar cualquier postura por increíble que pareciese.

No había crío que no tuviese su colección de Madelman; quien más y quien menos tenia su buena media docena de muñecos con los que exploraba Marte, se iba al Aconcagua, o se sumergía en el fondo del océano. Y todo eso teniendo en cuenta que no se trataba de un juguete precisamente barato, pero los de la casa Madel supieron ingeniárselas para acercarlo a todos los bolsillos comercializándolos en tres formatos: el “equipo individual” que contenía un Madelman con su traje completo y algunos de los accesorios. Ése era el que nos dejaban los reyes a los niños del Poble Sec barcelonés y demás barrios donde la economía era más bien escasa. Luego estaba el “equipo básico” que contenía lo mismo que el anterior, pero con bastantes más accesorios y complementos, y finalmente el “super equipo” en el que además de haber más de un Madelman, habían accesorios y complementos a todo meter. El sueño de cualquiera.

Además, y por si eso fuera poco, habían cajas de accesorios y complementos para completar los equipos Madelman, no sólo con detalladísimos y pequeños artilugios, sino que también se podía disponer –en caso de contar con un buen presupuesto- de automóviles Jeep de campaña o safari, cañón, scooter submarino, lancha, etc, etc.

Es necesario decir que los primeros Madelman que se lanzaron al mercado en las navidades de 1968, se presentaron en unas cajas estrechas de color rojo sin ilustraciones, con el fondo amarillo y con parte de los laterales y el frontal cubiertos con plástico transparente desde el que se podía ver, en su interior, a la figura de pie y ataviada con algunos accesorios. Los modelos que se embalaron en dicho sistema fueron: el esquiador, el marinero, el comando, el safari, el porteador negro, y un exclusivo astronauta inspirado en la película “2001 Odisea en el espacio” de Stanley Kubrick y licenciado directamente por la Metro Goldwin Mayer para su fabricación. Digo “exclusivo” por tres razones de peso; la primera es que su caja era azul, en lugar de roja como en el resto de los modelos, la segunda era el hecho de que muchos llegaron a decir que este modelo nunca existió y le convirtieron en leyenda, y la tercera razón es que un modelo de este Madelman astronauta, vendido en una juguetería de Santander hace algo más de 40 años, llegó a venderse en subasta en octubre del 2007 por el astronómico precio de 3.210 €.

La historia Madelman se remonta al año1964, momento en el que dos empresarios: Andrés Campos y Josep Maria Arnau, de Madrid y Barcelona respectivamente, adquirieron una empresa de fabricación de objetos en plástico que se hallaba en quiebra, situada en el municipio madrileño de San Martín de la Vega y que se llamaba “Manufacturas Delgado” (MA-DEL). Arnau era a su vez propietario e hijo del fundador de la casa EXIN (Exclusivas Industriales S.A.), una de las grandes empresas jugueteras españolas con juguetes tan inolvidables como el Scalexteric, Cine Exin o el Exin castillos, entre otros.

En 1966, y tras un viaje de Arnau a los Estados Unidos, el empresario regresó impresionado por el éxito que un muñeco de acción estaba causando en el continente americano. Se trataba de G-I JOE, una figura articulada que le inspiró para lo que sería la creación de los Madelman. Inmediatamente los diseñadores de la casa EXIN se pusieron a trabajar en un prototipo que rompió las reglas de los juguetes de ese estilo comercializados hasta entonces, ya que su tamaño era inferior (el G-I JOE medía unos 30 centímetros), permitiendo una mejor jugabilidad, y sus articulaciones a base de rótulas de plástico autoengrasadas permitían una mejora considerable en poses más realistas y estabilidad, en contraste con las articulaciones de gomas elásticas que ofrecían los otros muñecos.

Se realizaron prototipos iniciales de 15 centímetros, pero el muñeco final midió 17 centímetros ya que se trató del tamaño más pequeño posible en el que fuese posible confeccionar y coser las mangas de la ropa. Además de eso, la figura consistía de 23 piezas de plástico que se fabricaban en industrias MADEL. La ropa se diseñaba en EXIN Barcelona y se confeccionaba en Madrid.

Como si se tratase de una aventura real, los orígenes de los Madelman fueron antológicos y los dos impulsores del proyecto, los ya citados Arnau y Campos, contaron para esta aventura con dos hombres de indiscutible valía que serían los encargados de sentar las bases para un juguete que no será nunca olvidado por los que entonces fuimos niños.

Alfonso Díaz Alarcón

Un escultor que heredó de su padre –también escultor- la especialización por las tallas religiosas. Nacido un 9 de abril del año 1925 en la calle Verdi del barcelonés barrio de Gracia, su obra se encuentra desperdigada por la geografía española, así como en Estados Unidos, pero desafortunadamente, por el hecho de trabajar siempre para terceras personas que le subcontrataban para la realización de algunos trabajos, su nombre ha pasado injustamente desapercibido.

El verano de 1966 recibió de la casa Exin el encargo de crear las articulaciones para lo que sería una nueva figura de acción, y que terminaría convirtiéndose en el juguete más recordado de todos los tiempos.

Alfonso Díaz, poseedor de una inagotable fuente de ingenio y de una habilidad poco común que le llevaba a ser algo más que un escultor, -podríamos decir que se trataba, sin duda alguna, de un inventor en toda regla-, empezó a tallar las diversas partes del cuerpo del muñeco en madera. Una vez confeccionadas las diferentes piezas realizó moldes de yeso para su posterior fabricación en plástico, pero lo más anecdótico o impresionante estaba aún por venir.

Aquel verano Alfonso lo dedicó en cuerpo y alma a la creación del muñeco, realizó numerosos dibujos y croquis, así como modelos en barro de las distintas partes de la anatomía Madelman y entre las que hay que destacar sus inolvidables manos. No obstante, el encargo en sí, basado en las articulaciones estaba aún por resolver. Alfonso le daba vueltas a varias posibilidades que no terminaban de dar con la fórmula correcta hasta que un día, en una tienda de productos de arte religioso de la calle del Carmen de Barcelona, encontró unas bolitas inicialmente pensadas para la confección de rosarios, pero que le dieron al escultor, la respuesta a la incógnita que estaba tratando de resolver.

Las bolitas, las cuentas de rosario, serían las estructuras esféricas, unidas por ejes, y en torno a las cuales pivotarían el resto de piezas anatómicas previamente creadas por el artista. De ese modo se conseguiría crear una articulación única que a día de hoy, cuarenta años más tarde, aún no ha sido superada por ningún otro muñeco articulado.

Alfonso Díaz siguió colaborando con las casas Madel y Exin, y confeccionando algunos de los accesorios más destacables del muñeco como las cartucheras, cascos, prismáticos, o las características botas de la gran mayoría de los modelos.

Años más tarde, el taller familiar en el que Alfonso imaginó, diseñó y creó innumerables obras, sufrió un lamentable accidente en el que se perdió gran parte de su trabajo, así como los bocetos gráficos que el artista había realizado de la articulación del Madelman y demás diseños de su anatomía. Sólo una oxidada caja de galletas pudo ser recuperada y en la cual se hallaban los primeros prototipos realizados en aquel verano del 66, y que sin duda, nos sirven como testimonio de que Alfonso fue, junto con los impulsores del proyecto, el inventor del Madelman.

Lluis Bargalló

Nació en Barcelona y a los 17 años inició su trayectoria profesional junto a reconocidos dibujantes publicitarios de la época. A sus 20 años formaba parte del taller de la Cúpula del Gran Teatre del Liceu, colaborando como pintor y escenógrafo.

Trabajó para las agencias publicitarias más destacadas de la época de Barcelona, Madrid y París.

Durante más de veinte años fue el ilustrador de las cajas de Scalextric, Ibertren, Tente y Madelman, otorgándoles a todos esos juguetes una formidable estética que las han convertido en la actualidad en auténticas piezas de coleccionista.

Inicialmente la casa Exin había encargado las ilustraciones de las cajas a la agencia Reclamo en la que Lluis Bargalló trabajaba como director de arte, pero un día, Josep Maria Arnau le lanzó la propuesta de que se ocupase personalmente de las ilustraciones trabajando desde la propia casa Exin. Lluis vendió su participación como socio de Reclamo y desde entonces se dedicó a lo que realmente le gustaba, ilustrar sin la necesidad de mandar a ningún equipo artístico y disfrutar plenamente de su trabajo.

El proceso de elaboración de la ilustración de cada caja se iniciaba en el momento en el que el departamento de producción tenía un modelo listo, a partir de ahí se lo presentaban y él empezaba a ilustrar según la indumentaria y los complementos de cada nuevo Madelman. Arnau le tenía en gran consideración y le hacía asistir a todas las reuniones para tener su opinión en cuenta.

Gran parte de la documentación que Bargalló utilizó para sus ilustraciones se la proporcionaba un amigo suyo que trabajaba en el cine y que era propietario de una tienda en la calle Aribau de Barcelona, de ahí el parecido de los personajes ilustrados en las cajas con algún que otro actor de Hollywood.

En la segunda época de Madelman Lluis Bargalló continuó ilustrando las cajas -no hay que olvidar que fue en esa época cuando aparecieron los muñecos femeninos-. En líneas generales la relación entre Bargalló y Arnau fue excelente, pero debido al recato del señor Arnau, Bargalló tuvo que subir algún escote y alargar alguna que otra falda.

Las ilustraciones de las cajas de Madelman, fueron espectaculares por su estilo suelto, de ejecución efectista y que a través de su realismo transmitían la verdadera esencia para la que fueron concebidos los Madelman; la acción sin límite que hacía honor a su eslogan de lanzamiento: “Los Madelman lo pueden todo”.

En mi caso, llegué a tener más de una docena de Madelman que desgraciadamente perecieron en las innumerables misiones en las que les hice participar. De modo que mi colección particular de Madelman se limita a una caja intacta del pirata que me regaló mi mujer hace ya un buen puñado de años, y de uno que adquirí por internet del ejército de tierra y al que vestí de aventurero para que me acompañase en mis viajes (confieso que soy uno de esos frikis que viajo con un Madelman y que le hago fotos en los lugares más insospechados). Ah!... y como no... también me compré las reproducciones más que aceptables que Altaya reedito en el año 2003.

Les dejo con algunos de los anuncios de televisión de Madelman, y con un agradecimiento extremo hacia Pedro Lozano Crespo, José Gracia y José Maria Padilla, auténticos coleccionistas Madelman que han aportado gran cantidad de documentación. También al Capitan Madelman y al Profesor Quatermass por los anuncios, y muy especialmente a Manuela Díaz Guillem, hija de Alfonso Díaz Alarcón y que ha puesto a disposición de los madelmaníacos las imágenes de los prototipos que realizó su padre.



Relación de las imágenes: 1) Logotipo Madelman. 2) Formatos de cajas. Imagen extraída del catálogo Madelman de 1975. 3) Cajas de los primeros Madelman comercializados en las navidades de 1968, y caja del Madelman astronauta vendido en subasta en el año 2007 por 3.210 €. 4) Primer anuncio publicitario realizado para los Madelman y que apareció en diversas revistas del sector juguetero en diciembre de 1968. 5) Portada y contraportada del catálogo Madelman de 1975. 6) Alfonso Díaz Alarcón. 7) Prototipos creados por Alfonso Díaz Alarcón para los muñecos Madelman y sus articulaciones. 8) Lluis Bargalló. 9) Imágenes de algunas cajas ilustradas por lluis Bargalló y extraidas del catálogo Madelman de 1975. 10) Colección particular.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Chuletas, exámenes y copiotas

Ayer mi hijo salió de la escuela algo más pronto de lo normal, así que antes de ir hacia casa, decidió pasar a buscarme por mi estudio. Le gusta merendar conmigo y contemplar como dibujo. Dice que será dibujante como yo. Vaya... que no voy a conseguir hacer de él un hombre de provecho.

—Qué tal te ha ido el examen? —Le pregunté.

Los adolescentes rara vez responden con un “bien” o con un “mal”... o con un “si”, o un “no”, y mira que acostumbran a ser monosilábicos en general, pero ante preguntas que requieren un monosílabo como respuesta, se limitan a poner cara de como que la cosa no va con ellos.

—Te pregunto que qué tal te ha ido el examen.
—OooOh... Bueno... No era un examen, era un control que no hace media con la nota de final del trimestre.
—Vaya... que te ha ido mal.
—No que va!... al Ferrán le ha ido mal, pero a mi no. Y eso que él ha contestado todas las preguntas.

Llega un momento en el que un padre no sabe si su hijo le está tomando el pelo, o si sencillamente es que en el reparto genético sólo el padre ha tenido influencia sobre el nuevo ser y su madre se ha limitado a parir, pero no ha repartido ni una sola de sus neuronas.

—Vamos a ver hijo... eso quiere decir que tu no has contestado todas las preguntas... Y al Ferràn... le ha ido peor que las ha contestado todas?
—Bueno... es que algunas se las ha inventado... y eso.
—Entonces... las que has contestado tu... Estaban bien?
—No todas, me he inventado alguna.

Imagino que un hijo detecta cuando un padre está a punto de pasar de morderse los labios a la fase siguiente y que consiste en morderles a ellos un ojo, así que inmediatamente tratan de poner enmienda al asunto.

—Pero vaya... tranquilo papá, que me ha ido bien. Eh?
—... Bien?
—De lujo, de veras.

El caso es que ayer fue uno de esos días de conversación paterno-filial. Dejé el lápiz sobre la mesa de dibujo, me quité las gafas y me recliné sobre el respaldo de mi asiento. Él ya ponía esa cara de estar pensando: “Vaya... hoy es uno de esos días de conversación paterno-filial”, así que se acomodó en la silla, cruzó las piernas y me miró con expresión de: “Dime papá... que yo te escucho”.

—Verás hijo. Tienes que hacer lo posible para prepararte bien para el futuro. Pronto vas a tener que empezar a decidir qué quieres hacer y para ello vas a necesitar una buena media en tus notas, o de lo contrario... terminarás dedicándote a una mierda de trabajo de esos en los que uno no sirve para nada... qué se yo... ministro o algo así. Debes esforzarte para intentar conseguir un empleo que sea productivo y que por encima de todo te haga feliz. Entiendes.
—Si claro... entiendo.
—Entonces? Qué piensas hacer para mejorar tus notas?
—Mmmmm... verás. Hoy Ferràn y yo hemos visto en E-Bay un reloj que mola. Tu escribes con el Word el temario que entra en el examen y a través de USB lo pasas al reloj, y en el examen... lo puedes utilizar como chuleta.

Total... que uno ya no sabe si los hijos son absolutamente idiotas o si su sentido práctico está por encima de todo límite. Lo que está claro es que la decisión que había tomado mi hijo estaba clara; antes que estudiar... gastarse 35 Euros y comprarse el reloj chuleta.

Inevitablemente me remonté a mi época de estudiante y recordé que en aquellos años 70’s las chuletas –rudimentarias en ésa época- eran el pan nuestro de cada día. Por lo menos yo recuerdo pocos exámenes a los que me presentase sin chuleta, que además, había sido cocinada durante la noche anterior y a toda prisa en un último intento de hacer cualquier cosa para conseguir una nota decente, ya que de estudiar, en mi caso... nada de nada.

Vale... hay quien dice que no ha hecho nunca chuletas ni ha copiado jamás en los exámenes. Conozco a algunos, pero son los mismos que no se han pillado nunca un buen pedo, que no fuman y que no dicen tacos; es decir... personas que sin duda tendrán inconfesables vicios aún peores y que a día de hoy han llegado a ser beatos clérigos, banqueros o ministros, o sea... parásitos absolutamente inútiles; que de todo tiene que haber.

Desengañémonos, las personas sanas suelen tener cientos de vicios, confesables la mayoría de ellos, pero... líbreme Dios de los castos ya que de ellos será el reino de los cielos. Un reino lleno de vicio insano... seguro.

Obviamente las chuletas son anteriores a los 70’s. No fuimos los de esa generación los que inventamos el método que ha dado al mundo a médicos, abogados, psicólogos, historiadores, periodistas, etc, con una formación más bien escasa, pero con un elevado grado de habilidad a la hora de deslizar la mirada –sin ser vistos- sobre un minúsculo pedazo de papel repleto hasta reventar de ínfimas letritas. No obstante, y a pesar de no haber sido los creadores del método, fuimos la última generación que utilizó hasta la saciedad las más rústicas formas de chuletas. Más tarde, justamente en la generación posterior, la chuleta de toda la vida se empezó a convertir en un elemento tecnológico al que podríamos denominar: la chuleta 2.0. Pero sin duda, la gracia, la tenían esas chuletas prehistóricas y setenteras que a continuación, pasaremos a enumerar:


La tatoo chuleta

En los 70’s llevar un tatuaje era símbolo exclusivo de reclusos, de legionarios, o de prostitutas que superaban los cincuenta años; no como en la actualidad que se ha convertido en un elemento imprescindible estampado en las pieles de futbolistas y modelos, y por extensión, de cualquiera que quiera ir “a la moda”. El tatoo ha pasado de ser algo sintomático de personas de barrio, a ser de lo más fashion de la muerte.

Así que en aquella época, cuando uno de nosotros llevaba un tatoo, de lo que se trataba en realidad, era de la fórmula de una ecuación de segundo grado escrita con boli, o en la palma de la mano, o en los muslos de aquellas compañeras de clase con las que siempre queríamos sentarnos en un día de examen, y no para copiar, sino para verles el muslamen cada vez que arremangaban su falda para echar una miradita a su tatoo chuleta. Cualquiera se concentraba en las respuestas con semejante paisaje.

La tatoo chuleta en la palma de la mano tenía un inconveniente insalvable, y era que debido a los nervios ante la posibilidad de ser pillado por el profe, la presencia a nuestro lado de la compañera mostrándonos cacha, y la incapacidad nuestra por haber aprendido de memoria una sola respuesta del examen, las manos empezaban a sudar y cualquier apunte tomado en ellas se convertía en inteligible, con lo cual debíamos pasar al plan B, que era el de mirar las piernas de la compañera apartando de nuestra mente cualquier pensamiento impuro y tratando, única y exclusivamente, de leer las respuestas escritas en ellas. Lo bueno era que podíamos pedirle a nuestra vecina que se subiese la falda para echar un vistazo, sin recibir un tortazo a cambio. O eso, o presentarnos con falda en clase, algo que hubiese puesto en entredicho nuestra virilidad, a excepción dada de los Erasmus que pudiesen venir de Escocia; cosa que en aquellos tiempos, creo que ni existía.

La chuleta tradicional

El papelito minúsculo lleno de letras más minúsculas todavía y que dio lugar a una generación de miopes que forzamos la vista sobre nuestras chuletas y sobre los muslos de nuestras compañeras.

Este tipo de chuleta era bastante genial ya que era perfectamente camufable en la palma de la mano o pegada con cinta adhesiva a la parte trasera de la calculadora (en los exámenes de mates o de física... claro está). Ofrecía además la ventaja de ser una chuleta solidaria; es decir... que cuando uno ya había sacado todo su provecho de ella, la podía pasar a cualquier compañero cercano para que la aprovechase también, y no solo eso, terminado el examen la podías vender o prestar a cambio de algún cromo del álbum de Star Wars.

Cabe destacar que era necesaria una especial habilidad para sacarla del bolsillo, esconderla estratégicamente y utilizarla sin ser visto. Todo un subidón de adrenalina.


La chuleta pergamino

Aquí ya empezábamos a sofisticarnos. Existía “la chuleta pergamino simple” que consistía en un papel alargado en su verticalidad, repleto de información de arriba a abajo y enrollado con esmero de modo que quedase muy apretadito. En un examen podías desenrollar la chuleta sobre la palma de la mano, y ante la presencia cercana del profe, la soltabas y ella sola volvía a enrollarse convirtiéndose en invisible. Era necesaria cierta pericia, pero nada que no se consiguiese empleando un buen tiempo en hacer prácticas. Seguro que era mejor practicar el enrolle y desenrolle de la chuleta antes que utilizar ese tiempo en el tedioso menester del estudio.

La otra variedad era “la chuleta pergamino doble”, y se trataba del mismo principio, pero con un alto grado de sofisticación. Consistía en un papel alargado también, pero enrollado desde sus dos extremos hacia el centro y formando dos cilindros yuxtapuestos y atados con un hilo que pasaba por el interior de los dos cilindros, que los mantenía unidos y que permitía que con los dedos pulgar e índice, uno de los cilindros se pudiese deslizar sobre el otro; es decir, que podíamos acceder a toda la información de la chuleta sin necesidad de desenrollarla, sino deslizándola en una técnica parecida a la empleada en las viejas películas del Cine Nic.


El boli Bic tallado

Gran chuleta que demostraba que los de la generación de los 70’s ya estábamos por la labor de ser hombres de futuro capaces de estrujar nuestras meninges en una técnica que combinaba a la perfección el morro más absoluto, con la paciencia y, por qué no decirlo... con el propio arte.

Se trataba de tallar el boli en toda su longitud y por todas sus caras con respuestas susceptibles de aparecer en un examen, para ello se utilizaba la punta de un compás y un esmero artesanal que convertía al famoso boli Bic en un pozo de ciencia y sabiduría, a la par que en una auténtica y genuina obra de arte.

Existía una variante más cutre que se basaba en el principio de “este boli es mío”. No eran pocos los que escribían su nombre en un papelito y lo colocaban en el interior del boli Bic, enrollado en el plástico de la mina y protegido por el canuto que le servía de cuerpo al boli; cuerpo que se utilizaba también como cerbatana con la cual arrojar granos de arroz. Eso permitía que todo el mundo supiera quien era el propietario de ese boli (únicamente válido para el Bic cristal, ya que el Bic naranja tenía el cuerpo opaco). De manera que bajo ese mismo principio, algunos aprovechaban la época de exámenes para escribir en el papelito que antaño llevó su nombre, la lista de los reyes Godos o similar, pero como digo... era muy, pero que muy cutre.

Y ya para terminar con las chuletas rústicas, nos encontrábamos con la típica que utilizaban los que nunca hacían chuletas:

El libro

Mucho más cutre y peregrina que el papelito en el interior del boli Bic, ya que consistía en ir al examen lo suficientemente preparado como para no tener que copiar, pero a la hora de la verdad... convertirse en simples mortales tratando de abrir el libro mediante numerosas técnicas: o bien colocándolo torpemente sobre el regazo, o sacándolo disimuladamente del cajón, o dejándolo en el suelo y tratando de abrirlo con la punta del pie. Los que utilizaban esta técnica siempre eran descubiertos tarde o temprano por razones obvias: el libro era demasiado grande, nada comparado con los trabajos de miniaturista que hacíamos los expertos, así que su escasa manejabilidad terminaba por delatar a los infractores tras la estrepitosa caída del libro al suelo, o peor aún, por culpa del clamoroso “Clap!” que se escuchaba cuando alguien intentaba cerrarlo de golpe cada vez que se acercaba el profe.

Ya en los ochenta empezó a aparecer la imparable tecnología y a hacerse un importante hueco en el mundo de las chuletas. Un ejemplo claro fue el pinganillo espía, o el boli con chuleta extensible incorporada. Y a día de hoy el reloj MP4 que permite cargar, por medio de un cable USB, imágenes, música, videos y como no... textos, o lo que es lo mismo, poderosas chuletas que nos llevan a la ciencia ficción.

Vaya si las hubiésemos tenido nosotros!

El caso es que no voy a darle los 35 Euros a mi hijo para que se compre el reloj en E-Bay, así que si quiere aprobar sus exámenes... deberá echar mano del cascoporro de chuletas rústicas que he listado en esta entrada, o dedicarse a estudiar.

Aunque bien pensado... me gustaría que mi hijo fuese de esos que tiene vicios perfectamente confesables.

Finalizo esta entrada con una imagen de Sarah Palin. Mujer nacida en el año 1964 y que en el 2008 fue anunciada como la candidata a la vicepresidencia de los Estados Unidos por el partido republicano. Una mujer de su tiempo y de la generación de los chuleteros rústicos por excelencia que prescindíamos de artilugios mecánicos o digitales del estilo de la chuleta 2.0 y que mostró a todo el mundo cómo se debe hacer una chuleta como Dios manda aún y viviendo en la era de los pinganillos, los cue y demás cachivaches.

Lamentablemente, y quizá por eso de que es republicana, optó por la opción más conservadora y no sé si se le borró con el sudor de la palma de la mano o no, pero sus aspiraciones políticas se vieron frustradas, a pesar de que por lo visto, amenaza con volver.

Seguro que esta chica, aún y con chuletas en sus discursos y ruedas de prensa... fue una estudiante con notas brillantes y que no copiaba en los exámenes. De ahí que no haya tenido más remedio que dedicarse a una labor tan poco productiva como la política.

sábado, 30 de octubre de 2010

La Pantera Rosa

Todo empezó porque Blake Edwards, el director del film de “La Pantera Rosa” necesitaba algo original para los títulos de crédito de su película protagonizada por Peter Sellers, y que trataba de un ladrón de joyas que deseaba hacerse con un valiosísimo diamante cuyo nombre era el que le daba el título al film. El actor Peter Sellers, encarnando a un torpe inspector, tenía la misión de recuperar la joya en la que fue una divertida comedia que dio lugar a varias secuelas que tuvieron un éxito más bien regular.

Entre cientos de bocetos realizados por varios dibujantes y diferentes estudios, Blake Edwards decidió que el personaje que encabezaría la película en sus créditos, sería la que posteriormente iba a convertirse en una estrella a nivel internacional y que fue creada por un veterano de la industria de la animación en USA, Isador “Friz” Freleng, un gran ilustrador y animador con un estilo sencillo, elegante y un peculiar sentido del humor.

La película se estrenó en el año 1963, y quizá nadie la recordaría de no ser precisamente por eso, por el personaje que abría los créditos y que causó gran impacto entre los espectadores.

Blake Edwards decidió llevar al personaje de La Pantera Rosa más allá del que fue su cometido inicial, de modo que realizó un corto titulado “The Pink Phink” que fue galardonado en 1964 con un Oscar de la academia y que sirvió de episodio piloto a la que posteriormente sería una exitosa serie de animación con cortos de aproximadamente 6 minutos y que se emitió desde 1964 hasta 1980 en un total de 124 capítulos. También recibió una nominación al Oscar el inolvidable tema musical de la serie creado por Henry Mancini, todo un clásico.

Durante los 70’s, en España, pudimos disfrutar de los episodios de este personaje con un toque británico, un andar peculiar, una elegancia exquisita y un humor que nos dejaba boquiabiertos todos los domingos por la tarde frente al televisor. El que fue conocido como “El Show de la Pantera Rosa” se convirtió en líder de audiencia en esos tiempos en los que únicamente habían un par de cadenas de televisión y en el que niños y mayores lo pasamos en grande con sus aventuras. En su Show, a la Pantera le acompañaban otros personajes tales como El inspector Clouseau y su ayudante Dodo, el oso hormiguero y la hormiga, pero el que sin duda se convirtió también en imprescindible fue el hombrecillo blanco que acompañaba a la pantera en muchos de sus episodios, y que reaccionaba coléricamente ante la flema de la protagonista.

Como anécdota personal les contaré que durante los años 1993 y 1994 tuve la posibilidad de trabajar con Art Leonardi, uno de los animadores principales de La Pantera Rosa en su época, y posteriormente director de animación de la serie en la que ambos coincidimos, concretamente “Problem Child” producida por Universal Pictures. Dicha serie constó de dos temporadas, pero Art Leonardi, otros animadores y yo, participamos únicamente en la primera de ellas compuesta por 13 episodios; imagino que en la segunda temporada trabajaron otros, pero fuimos muchos los que no pudimos soportar ni un instante más la tiranía del productor con el que nos tocó dejarnos las pestañas sobre nuestros tableros de animación. Una lástima, ya que Art Leonardi, aparte de ser una leyenda viva del mundo de la animación, fue un buen compañero de trabajo y un cuidadoso profesional que preparó unos detallados cuadernos de producción para unificar los estilos de todos los dibujantes que participamos en aquella producción. Lamentablemente, a Art y a mi, nos tocó coincidir en un proyecto en el que, al parecer, al productor tan solo le interesaba meternos prisa para terminar con aquello lo antes posible, Así que sin perder el ánimo... nos fuimos a animar a otra parte.

Les dejo con el episodio piloto y primer capítulo de la serie “La Pantera Rosa".

Adjunto también la intro y el ending que, sin duda recordarán, de “El Show de La Pantera Rosa”.

Y para terminar, un video en el que Art Leonardi realiza algunos bocetos del personaje que a día de hoy, sigue siendo considerado como la protagonista de una de las mejores series de animación.

Disfruten de los videos ;-)