En mi viejo radiocasete Telefunken sonaron mil veces las canciones de Joan manuel serrat.
La señora Ángeles, su madre, se veía a menudo con mi yaya Lola en la peluquería del barrio; cosa normal debido a que Serrat era vecino de la calle Poeta Cabanyes del Poble Sec, justo la de al lado de la calle Salvà en la que nací yo. De modo que era corriente encontrarse habitualmente con ella. Una mujer que jamás -aún y pudiendo hacerlo- presumió de hijo. Imagino que era porque no hacía falta ya que todos en el barrio lo hacíamos por ella, así que para la señora Ángeles, el indiscutible éxito de “el noi del Poble Sec” era algo que llevaba con esa humildad que caracteriza a todos cuantos son verdaderamente grandes.
Aún conservo esas cintas de Serrat que mi madre y yo escuchábamos casi a diario. Nos sabíamos todas sus canciones y no nos perdíamos ninguna de sus apariciones en televisión, e incluso yo, que a pesar de ser un amante de la música, no soy demasiado aficionado a conciertos, acudí en un par de ocasiones a verle actuar en directo.
Tuve la ocasión de estar con él dos veces más, fugaces, pero importantes para mi. La primera vez fue en el estreno de Evita en Barcelona interpretado por Paloma San Basilio, yo tendría unos 17 años y allí una amiga que le conocía bien, me lo presentó diciéndole que yo también era vecino del Poble Sec, como él. La segunda vez fue un encuentro casual en el que estreché su mano y me presentó a Candela, su compañera de viaje.
El caso... y cambiando de tema, es que parece ser que empiezan a dejarnos en paz las tremendas lluvias de estas últimas semanas. Lluvias que han desbordado los embalses, como casi cada año, en un país en el que pronto empezarán a decirnos, como casi cada año, que ahorremos agua para evitar sequías. Increíble paradoja la de una tierra que se ahoga de pronto para morirse de sed un instante después.
En 1969 Joan Manuel Serrat grabó el tema titulado “Una balada de otoño”, y eso me recuerda que hay dos placeres que los hedonistas no debemos perdernos jamás. El primero es, sin duda, escuchar esta canción de Serrat (hay que ver lo que se perdió Epicuro por eso de nacer en la antigua Grecia), y el segundo, aún mejor si cabe, es el de escuchar el sonido de la lluvia desde el calor y la oscuridad de la alcoba.
Para el primero puedo ayudarles... no tienen más que darle al “Play” del video. Para el segundo, deberán esperar a las próximas lluvias, y a ser posible... siéntanse libres para disfrutar del momento en buena compañía.
Hoy es el quincuagésimo tercer día del año en el Calendario Gregoriano; es decir: 22 de Febrero.
Un día normal y corriente, uno más, salvo que es lunes y ya se sabe... para muchos los lunes son esos días fatídicos en los que no apetece arrancar después del fin de semana. Ya lo decían los Boomtown Rats en el tema que fue número 1 en Inglaterra en 1979 titulado “(Tell me way) I Don’t Like Mondays”. Eran finales de los 70’s y en la estética ya se empezaban a notar importantes cambios, sobretodo en los cantantes Pop que siempre han andado por ahí marcando tendencias. Las patillas jamoneras empezaban a dar paso a las melenas crepadas, las camisas ajustadas se sustituían por blusones amplios, las chaquetas apretadas se rellenaban de poderosas hombreras, y los pantalones de campana nos decían definitivamente adiós para cederles el paso a las mallas unisex. Creo que en los 80’s, la estética fue la clara muestra de que la humanidad estábamos pagando por algún pecado cometido en alguna otra vida anterior.
Sea como sea, este Kiosco-Blog seguirá relatando anécdotas y curiosidades de los 70’s, continuará mostrando juguetes, baratijas kiosqueras, música y demás casos y cosas acontecidos durante esa época que para muchos supuso ése fugaz período de tiempo transcurrido entre nuestra niñez, y nuestra adolescencia; sin duda, y pese a todo, una buena época.
Sólo que hoy, en este quincuagésimo tercer día del año en el Calendario Gregoriano; es decir: 22 de Febrero, este Kiosco-Blog cumple su primer año de existencia.
La intención primigenia de este blog y de esta aventura online, no fue otra que la de mostrar mi colección de recuerdos; los que conservo, así como los que he ido adquiriendo en subastas y compra directa a coleccionistas, pero... mira tu por donde que también suscitó en su día la curiosidad de mi hijo de 13 años, y nos ha servido a ambos para charlar largo y tendido sobre esos tiempos. Él se ha interesado por el pasado de su padre, y a su vez por el de una época que nos afectó a todos en mayor o menor medida. Mi hijo no deja de sorprenderse por esa ausencia de libertad en la que se vivía entonces, por las cosas que sucedían, e incluso por el miedo que en no pocas ocasiones se tenía al hablar de política cuando se miraba en contra del gobierno y se contaba con recursos económicos extremadamente limitados.
Le agradezco pues a él, a mi hijo, la atención que le presta a este blog y a las historias que hay en él. Del mismo modo, agradezco a todos vosotros que a lo largo de este año os hayáis dejado caer por aquí con vuestras visitas, comentarios, recuerdos...
Así pues, seguiremos en la brecha... a pesar de los lunes.
Se quedan también con nosotros los Boomtown Rats en un directo que interpretaron en 1981. Ahí queda eso.
De crío me encantaba la llegada del carnaval, y con él, la idea de poder disfrazarme de los personajes que desfilaban por los televisores de nuestras casas en aquellas sesiones de tarde de los sábados. Personajes de películas que invariablemente eran: o piratas, o mosqueteros, o vaqueros del lejano Oeste (que me pregunto yo... Para los habitantes del lejano Oeste... el Oeste es lejano?).
El carnaval era la época ideal para poder salir a la calle vestido de nuestro héroe favorito y prolongar nuestro tiempo de juego incluso en las horas de clase. Un lujo el no tener que soportar las tediosas clases de historia del señor Villa, ni las cansinas clases de matemáticas de la señorita Isabel. En su lugar... esas horas eran de concursos y juegos entre un montón de críos y crías vestidos de lo más variado de todo cuanto lo que por aquel entonces era popular: princesas, caperucitas rojas, indios con arcos y flechas con ventosas, condes Drácula, zorros enmascarados, y como no... piratas, mosqueteros y vaqueros del lejano Oeste.
Los kiosqueros nos lo hacían fácil poniendo a nuestra disposición un gran surtido de indispensables complementos: antifaces, espadas de plástico, pistolas de todo tipo y de marcas míticas como Joal, Gonher, Redondo..., placas de Sheriff, cartucheras, etc.
Vaya, que la llegada del carnaval era la excusa perfecta para pasar todo el día vestido de Jim West o de princesa Blancanieves; algo a lo que pocos niños y niñas podíamos resistirnos.
El caso es que ayer iba yo por la calle de la mano de mi hija de siete años. La llevaba disfrazada de arco iris y la pequeñaja estaba encantada de la vida con una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja. Llegamos a la puerta de la escuela y me encontré con una situación, que a mi juicio, fue desagradable.
Una madre que llevaba a su hijo vestido de mosquetero estaba siendo increpada por una profesora. Textualmente la profesora le decía a la madre que: “O se lleva la espada del niño para casa, o se lleva al niño, pero aquí... nada de armas”.
Armas??!! Una espada de plástico perteneciente a un disfraz de mosquetero... es un arma?.
La madre fue todo lo prudente que yo no hubiese sido, le pidió a su hijo que le diese la espada y el asunto se zanjó con la entrada en la escuela de un mosquetero desarmado, cabizbajo, y haciendo pucheros ante una profesora que no cabía de gozo por haber cumplido con su obligación de restablecer la paz en el mundo, y no habiendo alimentado las ansias de lo que podría haber terminado convirtiéndose en un futuro psicópata. Realmente era necesario joderle la fiesta a un niño de siete años??!
Me adentré con mi hija hasta el interior del patio, y allí vi a unos cuantos mosqueteros, vaqueros y piratas desprovistos de sus complementos imprescindibles, les habían desarmado con esa hipócrita y ridícula pretensión de “no fomentar la violencia”.
A ver señores... que no hace falta una pistola de juguete para alimentar las ínfulas de un futuro violento, que quien lo es, se basta con sus puños o con un palo para armarla por un quítame allá esas pajas. Que no estamos haciendo un mundo mejor por no dejar que los críos disfruten como lo que son, y que lejos de aleccionarles en la paz, lo que hacemos con actitudes como estas no es más que meterles una pizca de frustración por no dejarles emular a los protagonistas de sus películas.
Afortunadamente la naturaleza es sabia y no hay quien le ponga barreras a lo que es absolutamente natural, y esos niños del patio que habían sido desarmados, la estaban montando gorda con pistolas y espadas imaginarias y convirtiendo aquello en una divertidísima batalla campal.
Vamos... que me prohíben a mí de crío, llevar mi pistola de Cow-Boy al cole en el día de carnaval, y de esa escuela no me expulsan, de esa... me despido voluntariamente.
Feliz carnaval a todos y no me sean violentos con sus disfraces de Winnie the Pooh o de Mariquita Pérez... que de todo hay.
Créditos de las imágenes: 1) Antifaz pirata kiosquero de los años 70 y complemento imprescindible del autor de este blog. Colección particular. 2) Pistola de la marca Gonher que hoy en día estaría considerada por alguna “seño” como una peligrosa arma de destrucción masiva, y no olvidemos que por evitar que alguien tuviese de eso... ya montaron un pollo. Colección particular.
En las décadas de los sesenta y de los setenta el papel de la mujer era de una relevancia muy significativa. Las amas de casa competían entre ellas por cosas tan fundamentales como conseguir una blancura luminosa en las prendas de ropa y en ser la envidia de sus vecinas que cuando salían a tender, quedaban cegadas por lo blancas que estaban las sábanas de la del quinto primera.
Mientras, los hombres luchaban a brazo partido por no perder alguno de los dos empleos que tenían o por no quedarse en la calle; a la vez que presumían ante sus amigos y compañeros de lo blancos y bien planchados que sus respectivas “santísimas” les dejaban los puños de las camisas.
Eran otros tiempos. Hoy, sí vemos a un hombre tendiendo la ropa ya no nos da por pensar que debe ser marica, y del mismo modo, sí una mujer nos pega una bronca en el trabajo lo asumimos como la obligación que tiene por el hecho de ser nuestra jefa. De todos modos... sigue sin gustarnos a los varones tender la ropa, y pocos pueden evitar el pensar que la jefa, cuando les mete la gran bulla, es porque está “mal follá” o porque le ha venido la regla.
Los datos son reveladores; a día de hoy un 17% de los hombres españoles comparten las tareas domésticas con su pareja. Con suerte, para el próximo siglo, eso de repartirse las labores del hogar... será de lo más normal, pero lo cierto es que en la actualidad, y después de 40 o 50 años de supuesta evolución, sólo un 17 % se han sacado de encima el complejo de “comepingas” por planchar, lavar, tender la ropa o quitar la mugre del cuarto de aseo.
Me abstengo de confesar si me hallo dentro de ese mínimo porcentaje, ya que como en la gran mayoría de parejas, el hombre opina una cosa mientras que su mujer declara todo lo contrario. Lo que sí me atrevo a asegurar es que me he quemado con la plancha, se me ha pasado la pasta por cocerla demasiado, he tenido que bajar al piso de la vecina para que me recogiese unos calzoncillos que tendí mal... y cayeron en su tendedero, me he pasado del presupuesto haciendo la compra, he vestido de una forma desconjuntada a la niña o le he hecho mal la coleta (el niño da igual, pero las madres, con las coletas de las niñas y los colores de sus vestidos... tienen una obsesión enfermiza), en definitiva... que he recibido broncas por no hacer las labores del hogar como “se supone” hay que hacerlas, y cuanto menos, eso demuestra que algo hago, y que voluntad no me falta, aunque... hay cosas que son difíciles de aprender.
Y es que no nos engañemos... El caballero blanco de Ajax por el que en 1966 nos volvíamos locos todos los críos, pasó a mejor vida y nuestras sábanas ya no lucen “el blanco más poderoso”. Ellas, en las décadas de los sesenta y de los setenta, contaban con la ayuda de ese magnífico caballero blanco que a lomos de su corcel quitaba las manchas más resistentes, pero ahora, que los hombres nos atrevemos hasta con eso de las tareas domésticas... no contamos con la ayuda de nadie.
Era divertidísimo hurgar entre las cajas de Ajax para encontrar a ese caballero de plástico hueco que supuso uno de los juguetes más representativos de la época. Un muñeco fabricado por la casa Reigón por encargo expreso de la marca de detergentes y que poseía un exquisito lujo de detalles.
Hoy en día, sigo buscando por entre los polvos de las cajas de detergentes a algún caballero para que me eche una mano, pero lo único que recibo a cambio es una frase parecida a un: “No, si al final resulta que voy a tener que hacerlo yo todo!”.
Estoy convencido de que cuando mi mujer lea esta entrada, me dirá: "Qué te has quemado tú con la plancha?... Pues ya me dirás cuándo".
Pues si coño!... Poco, pero... me he quemado.
Créditos de las imágenes: 1) Caballero Blanco de AJAX. Colección particular. 2) Publicidad de AJAX 1966.
Quizá es consecuencia del frío, pero me apetece más que nunca recordar esos días de verano en la piscina y acercar algo de aquel calorcillo al cuerpo aunque sólo sea a través de esos recuerdos y de esas inolvidables mañanas en las que mi madre, mi yaya Lola y yo, subíamos por el Poble Sec cruzando la montaña de Montjuic hasta llegar a las piscinas de Picornell, donde nos remojábamos y nos tostábamos al sol hasta que se acercaba la hora de comer y tocaba regresar a casa.
Muchos son los recuerdos de aquellos días: mi piragua hinchable de color verde, el bocadillo de queso del almuerzo, la Mirinda que ayudaba a tragar cuando el pan, después de masticar y masticar "se nos hacía bola", mi toalla en la que había dibujado un delfín, etc.
Los recuerdos tienen diversas categorías, y no me refiero al caso de recuerdos mejores o peores, me refiero a categorías según su propia naturaleza; es decir: hay recuerdos visuales, gustativos, los olfativos que son especialmente importantes, etc. En mi caso, esos días de piscina me traen recuerdos auditivos de una especial banda sonora formada por el ruido del chapoteo en el agua, el griterío de los niños y niñas bañándose o correteando por las instalaciones, el murmullo de las conversaciones de los adultos, y todo eso... mezclado con el Gwendolyne de Julio Iglesias.
Un cóctel que debió ser perfecto ya que a día de hoy, sigue resultándome imposible escuchar esa canción y no asociarla a esos momentos. Es más... cuando la oigo por algún lugar siempre digo lo mismo: "Mira... la música de la piscina", y tanto a mi mujer como a mis hijos les cuento una y mil veces esta historia.
Es obvio que en las piscinas de Picornell no sólo sonaba esa canción como si se tratase de un bucle infinito, sin duda que los responsables del lugar tenían a bien ponernos a los asistentes un variadísimo repertorio compuesto por temas de algunos de los artistas más populares de la época: Camilo Sexto, Cecilia, Pablo Abraira, Nino Bravo, y un largo e interminable acompañamiento melódico que sonaba con esa particularidad tan característica que sólo es capaz de tener el hilo musical; y es que está ahí, pero apenas se nota, no obstante, si no está... se echa de menos. Como decía: muchos eran los artistas y canciones que se dejaban oír a lo largo de la mañana, pero Julio Iglesias y Gwendolyne -ignoro por qué razón- combinaban de un modo perfecto con el barullo y lo convertían todo en un sonido agradable que quedó grabado en mi mente como si se tratase de un vinilo jamás editado por ninguna discográfica; un incunable... por desgracia.
Puedo entender, que como cantante, Julio Iglesias no le guste a todo el mundo ya que personalmente no soy uno de sus incondicionales fans. Lo que no comprendo es a esa gente a quienes no les cae bien. Yo creo que un tipo capaz de irrumpir con sus canciones en una mañana de piscina y no molestar... debería caerle bien a todo el mundo.
Les dejo con la Gwendolyne de Julio y en la versión que nos interpreto del tema en el Festival de Eurovisión de 1970 obteniendo un cuarto puesto. El griterío de críos lanzándose en bomba al agua, el ruido del chapoteo y el murmullo de las conversaciones de adultos, deberán ponerlo ustedes mismos extrayéndolo de su propia imaginación.
Feliz fin de semana.
Créditos de las imágenes: 1) el Kioskero del Antifaz en la piscina. 2) Portada del sencillo de Julio Iglesias "Gwendoline" editado por Columbia.
La granja Bethel en Sullivan County, en el estado de New York, fue el terreno que acogió "El Festival de Música y Arte de Woodstock", sin duda el festival de música Rock más famoso de la historia.
300 acres de terreno en el parque industrial de Mills que contaban con un buen acceso a menos de una milla de la ruta 17, la cual desembocaba en la autopista estatal de New York, y que poseía los servicios básicos de agua y electricidad. Ahí se empezó a preparar el terreno para dar lugar al festival de música que se celebraría durante los días 15, 16 y 17 de agosto de 1969 y que acogería a un promedio de 50.000 visitantes a quienes se les cobraría el precio de 6 Dólares por entrada y día. No obstante, sus organizadores andaban buscando un nuevo emplazamiento para el Show debido a que la población local, temiéndose una invasión de Hippies drogadictos, empezaron a mostrar una insistente oposición al evento.
Publicaciones como el "Village Voice" o la revista "Rolling Stone" promocionaban el que sería el Woodstock Festival desde abril del mismo año y bajo el eslogan de "Tres días de paz y música". La idea no era la de construir grandes escenarios, poderosas instalaciones, ni la de vender boletos. La idea fue siempre la de crear un estado mental, un hecho que ejemplificara a aquella generación cansada de la retórica vacía de los políticos, de la Guerra de Vietnam, del racismo, y de una iglésia que prohibía y se entrometía en el entorno político y social.
Allan Markoff fue el encargado de diseñar un sistema de sonido para 50.000 o más personas. Una auténtica locura teniendo en cuenta que jamás se había hecho un concierto para 50.000 asistentes; además... en caso de lograrlo, los amplificadores que se situasen en Woodstock podrían llegar a destrozar los oidos de quienes se hallasen a menos de 10 pies de distancia.
El resultado fue que durante esos 3 días y sus interminables noches de sexo, drogas y Rock & Roll, acudieron al festival cerca de 500.000 personas, más unas 250.000 que no pudieron llegar a tener acceso a las instalaciones.
Artistas de la talla de: Richie Heavens, Joan Baez, Jimi Hendrix, The Who, Santana, Janis Joplin, Creedence Clearwater Revival, Jefferson Airplane, un jovencísimo Joe Cocker, entre otros, se subieron al esceneario para interpretar unos 258 temas legendarios; algunos que ya eran grandes éxitos, y otros que lo fueron a consecuencia del festival.
Bob Dylan fue el gran ausente al acontecimiento debido a que uno de sus hijos se encontraba hospitalizado. No obstante fue esperado por todos los asistentes hasta el último momento.
Richie Heavens abría el festival a las 5:00 horas de la tarde con el tema "High Flyin' Bird". Jimi Hendrix lució su mítica Fender Stratocaster en color blanco y que tocaba incluso con la lengua, e interpretó en un solo de guitarra el himno estadounidense, demostrando que a pesar de mostrarse contrarios a la política militar de su país, seguían siendo Norteamericanos. Bajo la lluvia de ese caluroso agosto, Ravi Sankar interpretó cinco temas con su mágico sitar. The Who iniciaron una maratón nocturna que empezó a las 3 de la madrugada del día 16 en la que llegaron a interpretar 24 de sus temas. Les siguieron, alrededor de las 8:00 h de la mañana Jefferson Airplane en un concierto considerado como uno de los momentos más memorables de la historia del Rock. Jimi Hendrix cerraba el festival tras la interpretación de 18 de sus temas, con el titulado "Hey Joe".
En la cumbre del éxito y un año más tarde del Woodstock Festival, ya en 1970. Janis Joplin y Jimi Hendrix morían por sobredosis de heroina.
Les dejo el video de un Joe Cocker de 25 años interpretando una de las más conocidas versiones de una canción de The Beatles durante el mencionado festival, y que le sirvió para empezar a asomarse al éxito con "éxito", ya que a día de hoy sigue siendo un excepcional rockero convencido de que no es necesario llegar a morirse con mierda en las venas para ser leyenda.
En la Edad Media, lo que actualmente es la Plaza de España de Barcelona, era un monte denominado "El Turó dels Inforcats", y en él se pudrían al sol los cadáveres de los ajusticiados como muestra de escarnio y de advertencia a los viajeros que cabalgaban a través del camino de La Creu Coberta, principal acceso a la ciudad desde casi toda España. Los condenados a la pena capital permanecían ahorcados hasta que las aves de presa daban buena cuenta de los restos mortales de los que tan sólo quedaba un espantoso hedor a descomposición.
Nadie lo diría teniendo en cuenta que ahora, en ese fantasmagórico lugar, se halla la Fira de Barcelona y el Palacio de los Congresos al que millares de visitantes de todo el mundo vienen constantemente con motivo de los diversos eventos que se celebran en la ciudad, pero lo cierto, es que en la memoria de los viajeros se construyeron gran cantidad de leyendas con respecto a ese monte que un buen día desapareció para dar lugar a la calle Creu Coberta, la Avenida Mistral y la que hoy en día es la entrada principal a la Plaza de España: la Avenida María Cristina.
Cabe destacar que desde ahí, el Poble Sec, mi barrio, se extiende a lo largo de la Avenida del Paralelo hasta el puerto de Barcelona, y no es de extrañar que con antecedentes tales, las historias de fantasmas se hayan prodigado durante muchos años dejando leyendas tan populares como espeluznantes.
Corría el año 1971, apenas tendría yo unos siete años, cuando los vecinos de la calle Salvà nos las vimos cara a cara con una de esas ánimas en pena.
Todo empezó una noche de verano en la que la señora Eulogia regresaba a su casa después de cerrar su colmado. A la altura del número 85 de la calle Salvà se encontraba un edificio en construcción en el que por algún motivo especulativo, las obras llevaban bastante tiempo detenidas. Los vecinos de la calle teníamos las ventanas de los balcones abiertas para soportar el asfixiante calor y a pesar de los ruidos de los televisores y de los receptores de radio, a pocos nos pasó desapercibido un grito desgarrador que rompió la noche.
Asustados y curiosos, los vecinos se asomaron a sus balcones para ver de dónde procedía aquel grito. Las mujeres subían las persianas y se dejaban ver con sus batas de guatiné y sus rulos puestos, los hombres con sus camisetas estilo imperio y fumando tabaco negro. Todos, absolutamente todos los que se encontraban cerca del lugar, se preocuparon por saber qué era lo que estaba sucediendo.
—Qué pasa señora Eulogia? Está usted bien? —gritaba un vecino desde su balcón.
La señora Eulogia no respondía, estaba de pie en mitad de la calle, agarrotada de terror y mirando fijamente, sin parpadear, la fachada del edificio en construcción del número 85 de la calle Salvà.
—Alguien sabe qué ha pasado? —gritaba una vecina a otra que se hallaba en un balcón de enfrente.
—Ni idea. Estábamos viendo el parte cuando hemos oído el grito.
Rapidamente la calle empezó a llenarse de los vecinos que hacía un momento estaban en los balcones. Todos se preocupaban por el estado de la señora Eulogia que seguía en estado de shock. Alguien bajó una botellita de agua del Carmen y le dieron a tomar unos sorbos, otros le daban aire con abanicos y pañuelos, a la vez que la sentaban en una silla en mitad de la calle.
La señora Eulogia empezó a recuperarse poco a poco, levantó su mano derecha señalando un punto concreto del esqueleto de aquel edificio y en un apocado murmuro... susurró:
-Fan... tas... ma..., un fan... tas... ma.
Todos los allí presentes dirigieron su mirada hacia el lugar señalado por la señora Eulogia, el silencio era absoluto.
El "Poca cosa", un vecino bajito, pero con muy mala leche, se acercó al edificio no perdiéndole de vista mientras que con su dedo índice se rascaba la barbilla. Al rato, y en medio del silencio, se giró hacia el resto y les dijo:
-Si ahí hay un fantasma... habrá que encontrarlo.
Y dicho y hecho; el resto de hombres regresaron a sus casas en busca de linternas de petaca y de cualquier cosa que les pudiese proporcionar algo de luz. Las mujeres permanecieron al lado de la señora Eulogia, y como no... poco tardamos los críos en salir de nuestras casas, llenar la calle del barrio y en sumarnos a tan apasionante aventura.
Pronto empezamos a acceder al interior de la obra. Por aquellos tiempos no habían accidentes, así que ni pensar en eso de ponernos cascos de protección para entrar a un edificio en construcción. Grandes y pequeños sabíamos que ante cualquier paso en falso la mercromina y las tiritas lo solucionaban todo. Fuimos metiéndonos por lugares imposibles, subiendo y bajando altísimas escaleras sin barandilla, deslizándonos por cuerdas, etc. Los mayores con el afán indiscutible de encontrar al fantasma o algún indicio que diese alguna pista de qué era lo que sucedía allí. A nosotros los críos, nos daba igual el fantasma, nos bastaba con estar jugando en la calle a esas horas de la noche y respirar el aroma del riesgo que implicaba aquel lugar lleno de desafíos y múltiples peligros.
Aquella noche la búsqueda del espectro fue infructuosa. Nadie dio con él, aunque algunos aseguraron haber visto alguna sombra, o haber tenido una sensación muy extraña al acceder a la obra. No faltaron las teorías referentes a “de quién” podría ser el alma que deambulaba por el edificio, y ahí salieron a relucir los últimos casos de muertes que habían tenido lugar en el barrio. Mi yaya Lola recordó que la señora María, una anciana que vivía en el último piso del número 90 de la calle, haría escasamente seis meses que había tomado su balancín, lo había acercado al borde de la azotea y desde ahí se desplomó al vacío para poner fin a sus días de soledad y olvidada por todos sus hijos. La señora Paquita se atrevió a comentar algo bastante tabú entre el vecindario, y que tenía que ver con la carnicería situada unas calles más abajo y en la que sus dos últimos dueños fueron hallados muertos en extrañas circunstancias en un periodo de tiempo relativamente corto. El "Paquito", un solterón de toda la vida, recordó que hacía poco habían encontrado muerto al señor Quimet "el cojo", bueno... en realidad encontraron su cuerpo decapitado, y hasta la fecha, aún nadie, ni la policía, había dado con su cabeza.
Esa noche nadie puso en duda la existencia de ese posible fantasma. A excepción de la señora Eulogia nadie vio ni oyó nada durante el largo rato que los vecinos permanecimos en la calle, pero curiosamente, nadie cuestionó la situación y para todos los allí presentes, la existencia del fantasma, se trataba de un hecho probado.
Al día siguiente, de vacaciones y con el verano por delante, los niños acompañamos a nuestras madres y abuelas a hacer la compra; El colmado, la tiendecita de ultramarinos, la tintorería, la bodega... en todas partes se hablaba de lo mismo. El fantasma había cobrado tal protagonismo que era tema de conversación constante, y no sólo eso... en las tiendas del barrio a las que entraba de compras con mi yaya Lola, se estaba fraguando un nuevo encuentro nocturno de todos los vecinos con el fin de tratar de verlo y dar debida fe de su indudable existencia.
Y así fue; una noche más en busca del fantasma, sólo que esa noche ya nadie se adentró en el esqueleto del edificio del número 85 de la calle Salvà. Esa noche los vecinos y vecinas se congregaron en la calle frente a la obra y con sus cigarrillos, sus cervezas, las camisetas estilo imperio, las batas de guatiné y los rulos, charlaron hasta la saciedad sobre temas relacionados con ánimas en pena, errantes y venidas del más allá. Numerosas historias de fantasmas se contaron esa noche y en las noches sucesivas de ese verano del 71. Imagino que en un tiempo en el que ir de vacaciones era un lujo al alcance de unos pocos, la excusa del fantasma nos sirvió a todos para salir de nuestras casas, tomar un poco el fresco y hacer vida en la calle. Cualquier cosa era mejor que mantener la espalda pegada al escai del sofá frente al televisor en blanco y negro, en el que no hay que olvidar que en aquella época, no eran pocos los programas que nos alertaban de la existencia de OVNIS, fantasmas y triángulos marinos y misteriosos en los que desaparecían numeroso barcos y aviones. El Dr. Jimenez del Oso empezaba a ser popular en las teles de todos los hogares con programas de misterios y enigmas; poco después dirigió sus famosísimos programas tales como: "Todo es posible en domingo" y "Más allá"; es decir,,, que nuestras mentes, y las de nuestros mayores, estaban predispuestas a dar crédito a todo y cuanto fuese susceptible de ser, o parecer... un fantasma.
Para nosotros, los niños, esas noches fueron como de fiesta mayor. Los mayores no tenían prisa ya que no había que madrugar para ir ni a la escuela ni al trabajo, así que nos daban las doce y la una de la madrugada en plena calle, y mientras que ellos -cada vez con menos entusiasmo- seguían en el empeño de ver al fantasma de la calle Salvà, nosotros lo pasábamos en grande jugando a las canicas, o al pilla-pilla.
El escepticismo fue dando lugar a comentarios y a historias cada vez menos sugerentes que las que en noches anteriores se contaban sobre fantasmas. La teoría de que el "supuesto" se tratase de un vagabundo o de un preso fugado de la prisión Modelo fue tomando forma entre los más descreídos, y así, poco a poco se fue desvaneciendo el mito y con él... las divertidas noches de callejeo consentido y compartido con nuestros mayores. Cada vez nos retirábamos antes hacia nuestros pequeños pisos del barrio, hasta que una noche en la que empezó a refrescar un poco, ya nadie salió a ver si el fantasma aparecía o no.
Poco tiempo después, el señor "Paquito", el solterón de toda la vida... desapareció y nunca más se volvió a saber de él en el barrio. La policía entró en su casa y todo estaba allí, intacto, y lo peor de todo... no apareció nadie a quien echarle la culpa.
Créditos de las imágenes: Ilustraciones de “El Kioskero del Antifaz”.
Aprovecho la entrada para dejar una reseña del libro titulado: "Fantasmes de Barcelona", de la escritora y periodista Sylvia Lagarda-Mata. Una lectura muy amena e instructiva sobre todos los hechos sobrenaturales acontecidos a lo largo de la historia en BCN. Debo decir que en su libro no habla de mi fantasma... del "fantasma del Poble Sec", pero se lo perdono a la autora por lo exquisito de su obra.
Les dejo también la cabecera del programa de gran éxito televisivo en la segunda mitad de la década setentera; se trata del programa “Más allá” del Dr. Fernando Jiménez del Oso.
Antonio era un hombre de izquierdas en un tiempo en el que ser de izquierdas tenía un sentido; cuanto menos, el sentido de plantarle cara a un gobierno autoritario respaldado por la extrema derecha, el ejército y la iglesia. Se trataba de un hombre sencillo que trabajaba en una fábrica y que daba la cara por el resto de sus compañeros de trabajo, aunque ellos, nunca dieron la cara por él, ni cuando le despidieron por conflictivo y por defender unos derechos que por aquel tiempo parecían ser inconcebibles.
Mi padre iba una vez por semana al bar de la esquina entre las calles Salvà y Magallanes, allí compraba su paquete de Rex y charlaba con Antonio, que tras quedarse sin empleo, pasaba largas horas semitumbado en la barra y con bastantes copas de más. Nunca fueron amigos del alma, pero hasta que comenzó su declive personal, había sido un buen vecino, y mi padre, sentía cierto afecto por él.
Antonio le contaba cómo le había dejado su mujer y le había arrebatado a sus hijos tras perder su casa, que literalmente... se la había bebido.
—Santi... tómate un vino conmigo —le decía Antonio a mi padre.
—No Antonio, sabes que no bebo.
—Bueno... pues invítame a un trago —insistía Antonio.
—Lo siento, pero no voy a contribuir en eso que andas metido de convertir tu hígado en paté —le respondía mi padre una y mil veces cada vez que Antonio intentaba financiarse una de sus borracheras.
Yo estuve presente en una de esas ocasiones en las que muy respetuosamente, mi padre trataba de librarse de él, y quizá precisamente por eso, porque yo estaba allí, Antonio puso todo su empeño y echó toda la carne en el asador tratando de tocar alguna fibra sensible.
—Santi... mira a tu hijo, está contigo. Tú eres un hombre feliz que lo tiene todo en la vida, pero... Y yo? Qué hay de mi? A caso no sabes los problemas que yo tengo? Anda, por tu hijo... invítame a un vino.
Mi padre siempre fue, y sigue siendo, un hombre de pocas palabras. Le encanta discutir con personas a las que quiere y con las que se siente a gusto, pero por regla general prefiere observar y guardarse sus opiniones. Aquella tarde-noche en la que mi padre, conmigo de la mano, entró en el bar a por su paquete de Rex y se sintió abordado una vez más por Antonio... ya no pudo callar.
—Tus problemas? Todos tenemos problemas —le dijo.
—Ah si? —Antonio ofendido y con un tono claramente agresivo replicó—. Te ha dejado a ti tu mujer? Has perdido tu empleo? Y tu casa? A caso has perdido tu casa? Sabes el tiempo que hace que no veo a mis hijos porque la zorra de mi mujer hace lo imposible para que no pueda verlos? Crees saber mucho de problemas verdad? Yo puedo hablarte de lo que es eso, así que si no vas a invitarme a un trago... no me vengas diciendo que todos tenemos problemas!!
Mi padre respiró hondo mientras abría su paquete de Rex, le pidió una tónica al señor Fernando, el camarero, y sin perder la calma se encendió un cigarro.
—Mira... tienes 36 años, eres un tipo joven que ha perdido su trabajo, su mujer y su casa, pero eso no han sido más que circunstancias provocadas por el que realmente es tú único problema, y es que bebes.
Recuerdo que a mis 8 años me impactó el modo en el que Antonio, un tipo alto y fuerte, con una poblada barba, miraba atentamente a mi padre con los ojos vidriosos y me dejaba ver qué era eso de estar al límite. Imagino que por aquel entonces quizá no tuve mucha conciencia de ello, pero seguro que por mi cabeza pasó algún pensamiento en torno de que a nadie por quien yo pudiese sentir afecto, me gustaría verle así.
Antonio intentó hablar, pero mi padre le interrumpió.
—Verás... aún tienes salud para encontrar un buen trabajo, y con tu aspecto no debería resultarte difícil conocer a una buena mujer o recuperar a la tuya; todo depende de lo que te cuides a partir de ahora y de que te cures de una vez. En cuanto a tus hijos... has sido tú quien les has dejado a ellos ya que en lugar de tratar de recuperarlos, te pasas el día metido aquí consumiendo alcohol. Desengáñate... queda muy bien llorar por todas y cuantas cosas desagradables te han sucedido en la vida, pero te repito que tu único problema es que bebes, te lo bebes todo.
Mi padre recordó que Antonio tenía un viejo almacén dos manzanas más abajo de la que fue su casa, un almacén lleno de trastos viejos que habían pertenecido a su abuelo, un viejo anticuario que tenía una pequeña tienda en el casco antiguo de Barcelona.
—Por cierto... —le preguntó mi padre—. Aún tienes ese almacén?
—Si, lo tengo. Allí es donde vivo ahora. Duermo sobre un colchón rodeado de todos los trastos y de la mierda que mi abuelo y mi padre habían metido allí.
—Mierda? La mierda es en la que estás metido ahora. Yo de ti trataría de restaurar algunos de esos trastos, ponerlos a la venta y recuperar tu vida. No sé... por algo se empieza.
Mi padre le pagó el tabaco y la tónica al señor Fernando, dio las buenas noches, me tomó de la mano y juntos salimos del bar. Durante el corto trayecto hasta casa mi padre me dijo algo que no entendí muy bien: "Hijo, no dejes nunca de quererte por encima de todas las cosas. Es el único modo de conseguir que las circunstancias no terminen convirtiéndose en problemas". Le vi tan ofuscado en esos momentos que tampoco le pregunté más, simplemente... traté de recordar sus palabras.
En los meses sucesivos Antonio dejó de frecuentar el bar del señor Fernando, a lo sumo se acercaba alguna mañana y se tomaba un cortado con leche bien caliente. Se afeitó la barba y empezó a cuidar su aspecto. Al parecer, vendió gran cantidad de trastos a algunos anticuarios del barrio gótico y adecentó el local. Seguía viviendo en una pequeña habitación que había en él, pero el resto lo convirtió en una ferretería. Juan, otro vecino del barrio, se convirtió en su socio y juntos, lograron sacar adelante un negocio bastante próspero.
Una tarde saliendo de la escuela vi a Antonio en la plaza del surtidor del Poble Sec, estaba allí jugando con sus hijos.
Poco tiempo después volví con mi padre al bar del señor Fernando acompañándole a por su paquete de Rex. Antonio y su socio estaban allí tomándose, curiosamente... una tónica. Mi padre les saludó y Juan respondió efusivamente a su saludo, no obstante, Antonio, apenas esbozó un buenas noches a la vez que hundía su cabeza en el cuello de su chaqueta. No entendí ese gesto.
—Por qué no te ha saludado Antonio? —le pregunté a la salida del bar.
—Es muy complicado hijo, pero a veces... la dignidad de según que personas, tiene esas cosas.
Tampoco entendí qué quiso decir con eso, ni si mucho o poco tuvieron que ver las palabras que mi padre tuvo con Antonio para conducirle hasta su recuperación, pero recuerdo que a partir de ese día, el Guerrero del Antifaz, el Capitán Trueno, y Superman dejaron de ser mis héroes preferidos. En esa España en la que, en ocasiones, resultaba difícil incluso el salir a la calle, y más aún si uno miraba en contra del gobierno, mi padre lo hacía a diario por complicado que fuese y para que no nos faltase de nada en casa. Eso era mucho más de lo que eran capaces de hacer los admirados héroes de papel.
Antonio, quizá avergonzado por lo que sucedió en aquella ocasión, trató de esquivar a mi padre cada vez que se lo cruzaba, en cambio para mí, esas y muchas otras cosas son las que siempre me han hecho sentirme muy cerca de él; a pesar de nuestras numerosas diferencias.
Papá... Ya te he dicho que te quiero... Verdad?
Para recuperar las viejas tradiciones anteriores a este paréntesis navideño-vacacional, les dejo un tema setentero interpretado por Josep Guardiola y que tiene mucho que ver con el esfuerzo, el sacrificio, y la dignidad.
Créditos de las imágenes: 1, 4) Álbum personal del Kioskero del Antifaz: Mi padre y yo. 2,5) Bajadas de Internet. Autor desconocido. 3) Fotocommunity. Acreditada como: Jro1952
Esta mañana he madrugado (mi abuelo me dijo siempre que madrugar no era del todo bueno, casi tan malo... como levantarse demasiado tarde). Para mi sorpresa, me he llevado uno de los sustos más grandes que recuerdo en los últimos tiempos, aunque por otra parte, debo reconocer que por un momento, se me ha hecho “casi” realidad un sueño que hace tiempo me ronda por la cabeza.
Resulta que he salido del portal de mi casa sobre las siete de la mañana –mas dormido que despierto- y un grupo de jóvenes, hombres y mujeres, con patillas, pantalones de campana, melenas al viento y demás, andaban proclamando en una no demasiado multitudinaria manifestación, no sé que consignas, a la vez que a sus espaldas un grupo de grises cargaban sobre ellos y repartían porrazos disolviendo violentamente el disturbio. En la acera se hallaban aparcados SEAT 600, 850, y 124. Todo era tan sorprendente como real. Los carteles y los escaparates de los comercios, el ambiente de la calle y la gente que contemplaba lo que en esos momentos estaba sucediendo lucían un aspecto que no dejaba lugar a dudas... esta mañana, aun no recuperado de mi estado de somnolencia y a falta de mi café matinal, me he dado cuenta de que algo extraño había sucedido y de que sin duda, en algún tramo del ascensor de mi inmueble había atravesado una puerta en el tiempo y me hallaba en plena década de los 70!!
Con la de veces que he soñado últimamente que me sucediese algo así. Que aunque sólo fuese durante 24 horas, tuviese la oportunidad de pasar unos instantes en 1970 y poder contemplar con ojos de adulto cómo era, de nuevo, la vida en los lugares en los que transcurrió mi infancia!!!
Pues bien; el ambiente setentero y todo lo que ello conllevaba, con grises incluidos, estaba allí, ante mis incrédulos ojos.
En medio de todo el alboroto alguien me gritaba.
— Apártese por favor! Va a entrar en campo!
Desconcertado he dirigido la mirada hacia una joven que me hacía unos exagerados ademanes y que tan sólo los ha interrumpido cuando una mecánica voz ha sonado de los walkie-talkie que llevaba colgados de su cintura.
En esos momentos los grises han detenido su persecución tras el grupúsculo de jóvenes, y fuerzas del orden público, manifestantes y mirones se han dirigido hacia unas mesas improvisadas en las que se encontraba un suculento catering. El aroma a café ha entrado en mis narices y casi ha sido suficiente para que empezase a percibir la realidad de todo aquello.
Numerosos miembros de un equipo técnico se sacaban los auriculares que adornaban sus orejas, dejaban sus cámaras, sus focos y sus enormes paneles reflectores y se dirigían con el resto a saborear un rico café con pastas y bocadillos de york y queso con pan con tomate.
He preguntado a la joven de los walkie que a qué se debía todo aquello, y me ha contado que se trataba de la filmación de un corto de un alumno de la ESCAC, la Escola Superior de Cinema i Audiovisuals de Catalunya y de que he estado a punto de arruinar una escena metiéndome por medio.
A decir verdad he suspirado de alivio al darme cuenta de que me encontraba en enero de 2010 y de que todo mi desconcierto se había producido por una terrible coincidencia unida a mi falta de sueño, pero por otra parte, no he podido disimular la frustración que me ha embargado al percatarme de que mi sueño no se había cumplido y de que pese a que sería un buen argumento para una película, no dejaba de ser eso... un simple buen argumento, pero algo difícil de que suceda en la realidad.
Pensando aún en todo ello y algo traspuesto por el sobresalto, me he dirigido hacia el kiosco de la esquina para comprar algo de prensa y vaya!... parecía que el sueño continuaba y se resistía a abandonarme. Mi kioskero habitual estaba rodeado de ejemplares enfundados en enormes blisters que contenían el material de los viejos kioscos setenteros: Esther y su mundo, El Jabato, Heidi, los cuentos clásicos de Disney, etc.
— Definitivamente vuelven los 70. Eh?— me ha comentado el kioskero con complicidad.
— Bufff... y que lo digas!— he respondido.
Y no he podido evitarlo; he comprado el primer fascículo y CD de la colección de Heidi para llevarlo a casa, compartirlo con mi mujer y mis hijos y continuar reviviendo esos años, pero desde el recuerdo y sin necesidad de volvernos locos.
Les dejo el opening y el ending de esa serie que sin duda, es ya legendaria.
En los setenta, pasadas las fiestas navideñas, además de las resacas y de los estómagos castigados tras los atracones típicos de estas fechas, nos quedaban los resfriados, los catarros, las narices moqueantes y un frío considerable que nos hacía empalmar un trancazo tras otro hasta bien terminado enero.
Recuerdo un anuncio radiofónico de la época de una famosa tienda de Barcelona, que decía: "En mantas, colchas y juegos de cama, la Mallorquina tiene fama". Así que lo mejor para mitigar las bajas temperaturas y el entorno hostil que reinaba en el exterior, era permanecer sumergidos en nuestras camas dejando que apenas nuestra nariz sobresaliese por entre medio de mantas y almohadones.
Lo malo del caso era que no quedaba más remedio que sacar pecho y hacer frente a nuestras obligaciones. Más que nunca había que estar en forma para seguir trabajando y recuperarnos un poco de los gastos navideños que siempre fueron considerables y bastante por encima de las posibilidades de la gran mayoría. De modo, que a los resfriados, se les sumaban unas buenas jaquecas fruto de las preocupaciones que nos esperaban para recuperarnos del gasto, y que, por si fuera poco, a partir del mes de enero todo, absolutamente todo... era un poco más caro.
Ah!... Qué resulta que ahora es lo mismo? No me digan?
Mecachis... Pues antes había una solución para todo eso, en cambio ahora... pues no sé.
Esta madrugada, sus Majestades los Reyes Magos de Oriente, harán sus aparición triunfal en las casas de los niños españoles y dejarán los regalos a todos y cuantos se los hayan merecido; es decir... a todos, ya que aún no concibo la idea de que algún niño haya hecho algo tan tremendo como para no ser merecedor de amanecer por la mañana y de encontrar un buen surtido de juguetes con los que colmar algunas de sus ilusiones. Como mucho, algunos encontrarán dulce carbón junto a sus juguetes, así que espero haberme portado lo suficientemente mal como para encontrar algún pedazo también junto a los míos.
De modo que esta noche, y a lo largo de todo el día de mañana, tocará ser monárquicos y demostrarle a Santa Claus que aunque le dejemos transitar por estas fechas junto a nosotros, tenemos una tradición a la que no vamos a renunciar, ya que aunque no sea más que un día al año... los reyes sirven para algo!
A estas alturas ya todos hemos escrito nuestra carta y se la hemos entregado a los pajes reales; eso espero. A los rezagados decirles que sí no la han mandado aún, que luego no se quejen. No valen las excusas, siempre pueden imprimir y recortar la que les adjunto en esta entrada y darse prisa en mandarla, aún están a tiempo. Se trata de una estupenda carta ilustrada por Pere Massana, el ilustrador catalán de quien ya hablé en una entrada anterior. La realizó en el año 1969 y creo que fue una de las más tradicionales de nuestra infancia y que se podía conseguir gratuitamente en las jugueterías y librerías de toda España.
Así que ya saben: los zapatos de los niños deben estar llenos de turrón y frutos secos en la puerta de casa, junto a ellos, unos curruscos de pan y un recipiente con agua para los camellos, y tres copitas de vino dulce para que sus Majestades se remojen el gaznate. Ah! Y no se preocupen por nada más, los Reyes van en camellos y ningún guardia urbano les someterá a un control de alcoholemia.
Espero que los Reyes se porten bien con todos y que mañana, al despertar, no se encuentren ni con los típicos calcetines de rombos, ni con corbatas, o con pijamas de franela para pasar las noches de invierno. Espero de corazón que se encuentren con maravillosos juguetes ya que se trata de eso, de un día en el que todos, absolutamente todos, tenemos el derecho y casi, el deber, de ser un poco niños.
Les dejo el anuncio que quizá representa con mas fuerza el espíritu navideño. Se trata de un anuncio realizado en 1970 por la casa de juguetes Famosa y que a día de hoy sigue siendo un referente insustituible de la importancia que tienen los juguetes en estas fechas.
Para terminar, que se coman a gusto el roscón y a ver a quién le toca el haba; no me vayan a hacer los rácanos y a tragársela con papel albal y todo con tal de no pagarlo.
Feliz día de Reyes!!!!
Créditos de las imágenes: 1-2) carta a Sus Majestades los Reyes Magos ilustrada en 1969 por Pere Massana. Colección particular.
Hay quien dice que la felicidad está formada sólo de pequeños momentos, pero también hay quien cree que la felicidad es una filosofía de vida, o un modo de ver las cosas. Definir qué es felicidad nunca ha sido fácil, aunque desde un punto de vista pragmático, felicidad no es nada más que un estado de ánimo que nos proporciona bienestar, alegría y positivismo en general.
Ser feliz consiste en aspectos tan simples como el hecho de ser autosuficiente, de poder realizarse luchando por conseguir las metas propuestas y de tener la capacidad de experimentar el placer tanto a nivel físico como intelectual. Visto así... tampoco parece tan difícil.
Personalmente creo que lo que nos hace felices es la memoria y la experiencia; es decir... el no tener más remedio que atravesar momentos agradables y desagradables y el ser capaces de focalizar todas nuestras vivencias, sentimientos y emociones hacia una dirección en la que encontremos la armonía y la paz necesarias.
No voy a desearles un feliz 2010; ya ven la cantidad de días que tiene el año, así que imagino que habrá de todo y que a lo largo de esas 365 casillas que lo componen habrán momentos inolvidables y momentos que mejor no recordar jamás. Lo que sí voy a desearles es una buena salud para ustedes mismos y para sus seres queridos, el resto... sólo son cosas que pasan.
Uno de los regalos estrella en la noche de reyes de 1971 fue la Cerbatana Jívaro fabricada por IBER Sport S.A.
Poner en manos de un niño de siete años juguetes de esos que disparaban ventosas, flechas, bolas de plástico o tapones de corcho, siempre supuso un riesgo; especialmente si el niño, no se conformaba con las típicas dianas o demás objetos sobre los que se pudiese hacer puntería ya que se mostraban inertes, inmóviles y absolutamente estáticos. Yo ya había desarrollado una habilidad especial sobre esos blancos, así que mi afán de superación me impulsaba a disparar sobre nuevos objetivos que presentasen mayor dificultad y los “blancos móviles” terminaron siendo mis preferidos.
Antón vivía en el balcón de mi casa. Su jaulita colgaba de la pared gracias a una alcayata que la mantenía suspendida en el aire. Me gustaba ver como llenaba sus carrillos de pipas sin sal y como se las comía sujetándolas con sus dos patitas delanteras mientras que con sus dientes, las pelaba con gran maestría. Antón fue el segundo hámster que yo tuve. Nicolás, el primero, disfrutaba contemplándome jugar con mi plastilina. Miraba atentamente como esa masa cobraba curiosas formas entre mis manos y de vez en cuando me observaba con sus ojos muy abiertos como diciendo: “vaya tío, que cosas mas chulas haces”, o al menos... eso me parecía. Lo cierto era que Nicolás y yo echamos juntos muchas horas en el balcón de casa, yo con mi plastilina o mis lápices de colores y él desde el interior de su jaulita en el suelo y muy entretenido como único y exclusivo espectador de mis juegos. Como la plastilina le encantaba, decidí darle un trozo para que probase a modelar alguna cosa que se le pudiese pasar por la cabeza, pero Nicolás resultó ser mucho menos creativo de lo previsto y se limitó a partir la bolita en dos mitades y a atesorarla en sus carrillos. No le dí mayor importancia, pensé que ya que era ahí donde guardaba las pipas para cuando tenía hambre, del mismo modo sacaría la plastilina cuando le apeteciese jugar, pero al día siguiente, Nicolás amaneció tieso como un palo y con una concluyente mueca en su expresión.
Antón nunca demostró ser mas listo, de modo que jamás le presté mi plastilina para jugar. Me limitaba a agarrarlo del pellejo de su nuca con mis dedos índice y pulgar y a contemplar como con cara de velocidad movía sus patitas a toda prisa.
Una tarde le saqué de su jaula y le deposité en el suelo del balcón. Antón miraba a su alrededor a la vez que con un gracioso movimiento de sus bigotes olisqueaba por entre medio de las baldosas. Echó a correr como un loco cuando un proyectil disparado por mi pistola kiosquera de plástico se estampó contra su mullidito culo. En su carrera apresurada sus patas traseras resbalaban y le hacían derrapar cada vez que trataba de cambiar de dirección. El pobre Antón se chocaba contra el cubo de las pinzas de tender la ropa, contra el fregadero y contra todo cuanto se hallaba a su paso, eso sí... demostró tener una gran habilidad en esquivar los proyectiles de corcho que le disparaba con mi pistola, ya que logré acertarle en muy pocas ocasiones, pero desafortunadamente... esa fue la ultima vez que mi hámster y yo pudimos compartir ese divertido juego. Antes de sacarle de su jaula extremé las precauciones con el fin de que Antón no tuviese escapatoria posible. Quién me iba a decir a mí que el cuerpo de un roedor pudiese convertirse en extraplano y caber por el agujero del desagüe!? Lo malo para Antón fue que al otro extremo del agujero le esperaba una caída libre de dos pisos más un principal, así que... temiéndome lo peor, no me atreví a mirar abajo.
A la vez que mis hámsters me abandonaban uno tras otro y que mis padres se negaban a comprarme ninguno más, mi afición a disparar sobre blancos móviles iba en constante aumento, pero el alcance de mis proyectiles era tan mínimo que resultaba imposible disparar sobre las palomas de la fachada de enfrente o sobre los gatos que se paseaban por patios y tejados. De modo que, aún y a sabiendas de que quizá papá y mamá me regañarían por ello... no me quedó otro remedio que disparar sobre el único objetivo en movimiento que pasaba las largas tardes del sábado conmigo en casa: la abuela.
Mi yaya Lola era el objetivo ideal; siempre andaba deprisa, de una habitación a otra de la casa, haciendo camas, entrando y saliendo del balcón, tendiendo ropa, atravesando el comedor como un rayo en dirección a la cocina y vigilando la cena de los fogones; vaya... todo un reto practicar mi puntería sobre sus zapatillas. Esas zapatillas de paño en color marrón con las que más de una vez me había perseguido pasillo arriba, pasillo abajo tratando de darme con una de ellas y que ante la imposibilidad de atraparme, me la lanzaba desde la otra punta del piso hasta darme con ella en el cogote.
Cargado con mis pistolas lanzadoras de bolas y proyectiles, y con mi arco y mis flechas, me apostaba bajo la mesa del comedor y esperaba a que mi yaya Lola atravesase la estancia para descargar sobre ella todo mi arsenal. Mantenía mi respiración y no perdía detalle de sus rápidos movimientos, hasta que finalmente, como un experto francotirador, apretaba el gatillo y contemplaba como la pequeña flecha salía disparada en dirección a su objetivo.
A un primer aviso de que no lo hiciese más, le siguieron unos cuantos gritos, luego una persecución por el pasillo en la que mi abuela blandía en su mano la zapatilla marrón, pero finalmente y tras algunas tardes de sábado, llegó el definitivo chivatazo a mis padres y el consiguiente castigo: mis progenitores me requisaron todo el arsenal bélico dejándome única y exclusivamente las pistolillas de petardos; ruido podía hacer el que me diese la gana, pero... nada de dispararle a la yaya.
En las Navidades de ese fatídico 1971 en el que fui desarmado por órdenes expresas de papá y mamá, les pedí a los reyes la ya famosa Cerbatana Jívaro anunciada en televisión, pero ni que decir tiene que la orden de inminente alto el fuego llegó a oídos de sus majestades de Oriente y se hicieron los locos ante mi petición y me quedé sin mi preciada cerbatana. Lo que pasaron por alto fue que a Juan Pérez, mi compañero de pupitre de 2º de E.G.B. sí se la trajeron, y eso, y habérmela traído a mí... era poco más o menos lo mismo.
No fueron muchas las tardes de sábado que pude ir a jugar a casa de Juan Pérez con su cerbatana Jívaro. Sus padres, amablemente, pidieron a los míos que no fuese más por su casa durante una temporada. Y es que Juan Pérez, no tenía hámster, ni perro, ni gato, pero... tenía abuela.
Créditos de las imágenes: 1-3-4) Cerbatana Jívaro del año 1971. Colección particular. 2) Autor desconocido. Descargada de internet.
Clicar la imagen Que digo yo que si los del cava Freixenet, en solidaridad con la crisis, se dedican a repetir el mismo spot navideño que ya hicieron el año pasado, no creo que pase nada malo si yo hago lo mismo. No?
Confeccionar una de estas felicitaciones de Navidad suele llevarme un trabajo importante, y sinceramente... este año no he tenido tiempo. De modo que repito al igual que los del cava que, por una vez, nos han privado de uno de los grandes clásicos de estas fiestas y que consistía en tratar de averiguar a qué personaje famoso ficharían para felicitarnos las fiestas brindando junto a las sensuales burbujas.
Para ver la animación de esta felicitación del Kiosko no tenéis más que pinchar la imagen de la entrada. Espero que os guste ;-)
La marca de juguetes Redondo, se especializó, entre otras cosas, en miniaturas y reproducciones metálicas, sobretodo de pistolas. La gran mayoría de ellas disparaban potentes fulminantes en diversos formatos y el nivel de detalles en sus juguetes era exquisito y les daban un aspecto muy real.
De la gran cantidad de pistolas en diferentes tamaños que sacó al mercado, quizá una de las que más me encandiló y con la que más jugué, se trató del modelo que les muestro en la fotografía que encabeza la entrada; consistía en el, por aquel entonces famoso y anunciado en televisión: “Equipo completo de Agente Federal”, con el no menos suculento subtitulo añadido de: “Para la defensa de la ley”.
El Kit en cuestión contenía una preciosa pistola tipo revolver de cañón corto con su correspondiente funda sobaquera, unas esposas metálicas, una linterna, una lupa de investigador privado, una placa del FBI, un carné de identidad de agente que podías rellenar con tus datos y fotografía, y un par de cajas de fulminantes de rollo de 100 disparos cada uno de ellos. Muchos de esos fulminantes se resolvían satisfactoriamente con un potente “BANG!” y un espectacular fogonazo; aunque tampoco faltaban los que nos ofrecían un frustrante y tímido “PiiiiiF!” que daba al traste con nuestra reputación como agentes secretos, pero bueno... no tardábamos en reaccionar y en sustituir al fracasado fulminante por un “Piñau, Piñau!!” que entonábamos a todo pulmón.
En aquellos tiempos, y motivados por las series de televisión, todos queríamos ser vaqueros o detectives privados, y esos equipos completos que se vendían en preciosas cajas, eran el sueño de más de uno y el juguete que encabezaba la carta a los Reyes Magos de Oriente. Lo demás podía pasar; siempre supimos que los Reyes nos terminaban trayendo lo que les daba la gana, pero lo primero de nuestra lista, ese juguete que figuraba en cabeza después del obligado: “Queridos Reyes Magos...”, para ese no había excusa y los Reyes sabían que tenían la obligación de hacer lo imposible por conseguirlo.
Yo creo que fue en la Navidad de 1969 cuando los Reyes Magos se colaron en mi casa y me dejaron mi “Equipo completo de Agente Federal – Para la defensa de la ley”. Los amantes de lo ajeno, o todos cuantos estuviesen dispuestos a burlar la ley lo llevaban claro a partir de ese momento. Un nuevo detective de cinco años de edad había nacido y estaba muy dispuesto a poner orden y a hacer respetar la ley.
Créditos de las imágenes: 1) Equipo completo Agente Federal de la casa Redondo (Colección particular) .-2) Fulminantes de 100 tiros (Colección Particular).
Ser niño es una etapa en la que uno puede quedarse si quiere. No hay ninguna ley que lo prohíba, y para ello... no hay más que cerrar los ojos con fuerza y pedirlo con convicción.
No hay nada malo en hacerse mayor; al contrario, pero el único pecado real que existe, es el de borrar al niño que fuimos de nuestra memoria.
Hay algo que no encuentras? Entra en el almacén y a ver si hay más suerte
MICROMO
En busca de las seis etapas esenciales de la vida:
Una infancia feliz.
Una adolescencia promiscua.
Una juventud exitosa.
Una madurez serena.
Una vejez lúcida.
Una muerte digna.
El Kioskero del Antifaz.
EL ÁLBUM DE FOTOS
Me equivoco si afirmo que todos estos recuerdos son comunes para la mayoría de nosotros?
A dormir pequeñin
Vamos... que uno acababa de llegar a este mundo y en lo único que pensaban nuestros progenitores era en hacernos dormir. El pretexto era que ellos necesitaban hacer lo mismo, pero... Quién en su sano juicio iba a desperdiciar tantas horas durmiendo con todo lo que había por ver?
La hora del baño
Siempre era inoportuna, siempre nos pillaba a destiempo y nos apetecía más cualquier otra cosa antes que la hora diaria del baño. Nuestros padres nos llenaban la "bañera" de juguetes de plástico con los que entretenernos; a veces esa táctica daba resultado, pero otras... no.
La hora del paseo
Nos encantaba que nuestros padres nos sacasen a pasear. Sin duda hubiese sido una experiencia mucho más gratificante si no fuese porque se empeñaban en ponernos siempre... esos dichosos gorros :-(
El poema de Navidad
En la escuela nos enseñaban un poema de Navidad que nosotros recitábamos en familia. Yo aún recuerdo uno de ellos que decía más o menos así: "Ya vienen los reyes por el arenal y al niño le traen oro, pan, vino y pañal. Oro le trae Melchor, incienso Gaspar y olorosa mirra le trae Baltasar".
De bruces con la realidad
De pequeño ya aprendí que siempre hay alguien que tiene las pelotas más grandes y que la competencia en la vida iba a ser dura.
Yo tuve un SIMCA
"Que difícil es hacer el amor en un Simca 1000, en un Simca 1000..." Ya lo decían los Inhumanos en su canción... Si, si, pero eso llegó algo más tarde, lo que realmente era bonito era... jugar con él ;-)
Cuando mi Simca se estropeaba era posible arreglarlo con escasos conocimientos de mecánica, pero es que entonces, nuestros juguetes no llevaban microchips.
También tuve un triciclo
Ya por aquel entonces las suelas de mis botas estaban llenas de polvo y de asfalto. Harley-Davidson's Kid... así me llamaban los que bien me conocían y sabían de sobra que era un tipo duro.
El estrecho balcón que servía de lugar ideal para nuestros juegos representaba para nosotros algo más que la legendaria Ruta 66.
La merienda
No es que hubiese mucho para comer, pero nunca faltaba una buena rebanada de pan con Nocilla para dejar la tripa llena.
Cumpleaños feliiiiizzz...
Por qué negarlo? Aunque ahora éso de cumplir años sea, para algunos, un engorro; de pequeños era motivo de fiesta y gran alegría: la tarta, invitar a los amigos, recibir regalos... siempre caían baratijas de kiosco a manos llenas, algún que otro juguete "de los caros", y como no... la típica tía que siempre nos regalaba ropa pensando que nos haría ilusión. Y evidentemente que por aquel entonces nada de "Happy Birthday", lo que se cantaba entonces era el "Feliz, feliz en tu día..." de los Payasos de la tele, faltaría más!
Los parques de atracciones
Una nube de algodón de azucar, una vuelta al Tio-Vivo, cuatro topetazos en los autos de choque y media docena de caramelos del tiro-Pichón, con eso... éramos los niños más felices de la tierra. Ahora no, ahora si no les llevas a Dineylandia no son nada. Los muy...
Los parques de columpios
Ya por aquellos tiempos se practicaban los deportes de riesgo de los que tanto se habla ahora. Quizá no estaban de moda el Puenting y el Rafting, pero el Toboganing... éso eran palabras mayores!
Montar en ése columpio al que me llevaba mi abuela alguna tarde, siempre fue para mi como cabalgar a lomos de mi caballo y atravesar las Montañas Rocosas.
Wild West
Todos queríamos ser Cow-Boys, desenfundar a gran velocidad nuestro Colt-35 de Joal y decir aquello de: "Ya te dije que no quería volver a verte a este lado del Mississippi... forastero"
Los veranos en la playa
Nosotros nos bañábamos en el mar y nos rebozábamos en la arena, mientras nuestras madres montaban las toallas y las sombrillas y nuestros padres gritaban eso de: "Que vienen las suecaaassss!!"
Los veranos en la piscina
Algunos veranos tocaba ir de "Ruta por España", pasar unos días de hotel, sumergirse en la piscina y ponernos morenitos con el sol de agosto. Yo llevaba siempre conmigo mi piragua hinchable de color verde con la cual flotaba en el agua de las piscinas, pero esa era sólo la realidad. En mi imaginación era un temible pirata que a bordo de su galeón surcaba los mares del sur. Por cierto... perdonarme si en la foto... os doy la espalda.
Los veranos en el pueblo
Los veranos en el pueblo quizá son los más gratamente recordados. Muchos de nosotros pasábamos parte de nuestras vacaciones en el pueblo de alguno de nuestros padres (concretamente yo iba al de mi padre; un pequeño pueblo bañado por las aguas del río Ebro). Allí vivíamos nuestras primeras experiencias en casi todo, nos reencontrabamos año tras año con nuestros amigos, y cargábamos las pilas para el regreso a la cotidianeidad de la ciudad.
La vuelta al cole
Terminadas las vacaciones, con nuestro plumier nuevo y nuestros zapatos "Gorila" recién estrenados, nos disponíamos a volver al cole y a respirar de nuevo ese aroma que era una mezcla entre lápiz de madera, goma Milán de nata y bimbollo de la casa Bimbo
Y llegaron ellas... Las mujeres!!
El primer contacto solíamos tenerlo con las primas; y claro, "cuanto más primo... más me arrimo".
Seguidamente les tocaba el turno a las vecinas. Terete fue mi primera novia (Bendita inocéncia). Era mi vecina y sus padres y los míos se hicieron amigos y nos hicieron pasar muchas horas juntos.
Paseábamos con los elementos imprescindibles que nos asegurasen una buena tarde: un juego de lanzar aros, una comba, un Madelman y... la atenta mirada de nuestras madres.
Ellas llevaban siempre la voz cantante, y bastaba un deseo suyo para que nosotros estuviésemos "a sus órdenes"
Un día ella te dice "Deja de llamarme Terete, me llamo Tere" (se empieza a hacer mayor y tú sigues siendo un crío). Sus padres se mudan a otra parte de la ciudad, se termina todo contacto, y llega... aissss... el primer desengaño amoroso.
La pandilla
Los inseparables que nos pasábamos el día jugando a los piratas, a indios y vaqueros y reviviendo innumerables aventuras con los Madelman y épicas batallas con los soldaditos de Monta-Plex. De izquierda a derecha: Laura, Alberto, el Kioskero del antifaz y Miguel Ángel.
I'm the king of the world!
Desde nuestra infancia, veíamos el futuro como algo alcanzable. Bastaba con estirar bien el brazo... y atraparlo!