viernes, 29 de octubre de 2010

El Hombre y la Tierra

Los programas de Félix Rodríguez de la Fuente fueron obra de referencia para el resto de documentales de la naturaleza que se crearon posteriormente en España y en el extranjero, e inauguró una nueva fórmula documental. Félix fue, sin duda, un pionero en este género de programas que a día de hoy, y con tanta oferta televisiva, parecen pasar desapercibidos por la audiencia, aunque eso si... los documentales de animales y de la naturaleza en general son ese tipo de programas que todo el mundo dice que ve, pero que en realidad... nadie mira.

Entendamos que en la década de los setenta, la televisión no se trataba única y exclusivamente de un divertimento, sino que además, cumplía una función pedagógica y formativa debido a que era un modo eficaz de introducir información en los hogares de todos los españoles; amén de contarnos constantemente las excelencias del régimen y de tratar de manipular nuestras mentes para que no cayésemos en actos de sublevación o rebeldía ante lo que era una estricta dictadura. Actualmente cualquier persona con un mínimo de sentido crítico, capaz de acercarse a buena documentación, puede acceder a cualquier tipo de conocimiento a través de gran cantidad de medios, así pues, la televisión, ha pasado a convertirse en una “válvula de escape”, en ese aparato “antiestrés” que encendemos cuando llegamos a casa después de una jornada de trabajo y en la que la vida, las idas y venidas de una mujer del barrio de San Blas y madre de la hija de un torero, se convierte en el opio del pueblo; puesto que para documentarnos, o volvernos más sabios, ya tenemos internet y las enciclopedias online.

También hay que decir que no estaría de más que las televisiones tratasen de transmitir algún tipo de información amena a través de algún sistema más o menos entretenido; sin ir más lejos... el otro día, en un reality en horario Prime Time, pude ver como a una joven de unos 25 años -a la que la cultura le pasó un día de largo- se le entregaba una fotografía de la catedral de Notre Dame y ella exclamaba: “Esto... esto es la Torre Infiel!”. Seguro que de “la princesa del pueblo” antes mencionada que insiste en que su hija se coma el pollo... se sabe toda su vida, “obra”... y milagros. De modo que estaría bien pedirles a los “personajes” que aparecen constantemente por los programas actuales, que transmitiesen algo más que lo fácil que resulta hacerse famos@ por el mero hecho de echar un polvo.

En la línea de ese tipo de programas que de un modo divertido intentan hacernos tomar interés por temas serios, está el programa que desde el pasado domingo 3 de octubre puedo disfrutar en compañía de mis hijos. Me refiero al programa de Cuatro “Frank de la jungla”. Me río con ese tipo que gasta una considerable mala leche con los dos técnicos que le acompañan en sus aventuras selváticas y que “aparentemente” se la juega en cada programa manipulando cocodrilos o venenosas serpientes como si se tratasen de inofensivas criaturas.

Frank Cuesta fue una joven promesa del tenis español que tras un accidente de moto pasó a convertirse en entrenador y en descubridor de talentos como: Pete Sampras o Andre Agassi. La academia de tenis profesional, de la cual formaba parte, le mandó a Tailandia, se enamoró del país y además de seguir entrenando a futuros aspirantes a tenistas, se apasionó por los animales y se dedicó a su estudio y observación.

Se pueden contar por decenas la cantidad de programas documentales en los que un presentador, más o menos carismático, nos hace de guía a los telespectadores a través de sus incursiones por territorios angostos poblados de fauna curiosa, cuando no... peligrosa, pero Frank Cuesta rompe un poco con el estereotipo de aventurero que se nos ha presentado hasta ahora vestido de explorador safari, seudo-Indiana Jhones o similar. El loco de Frank se nos presenta con ropa cómoda, como de estar por casa, con gorra de tenis, calzando unos Crocs de color naranja y con una mochila de Barrio Sésamo en la cual guarda algunos antídotos para el veneno de las serpientes, una linterna y poca cosa más.

Como digo, me río y me divierto, y me encanta contemplar como mis hijos se ríen y se divierten, pero en esta incombustible fórmula televisiva que combina la fragilidad del hombre en constante jaque con la impredecible naturaleza, nosotros, los de mi generación... ya tuvimos a nuestro aventurero particular durante los 70’s. Nuestro Frank de entonces fue Félix Rodríguez de la Fuente y aunque no parecía estar tan loco, ni ser tan divertido, nadie puede negar el valor documental que sus programas tuvieron en aquella época en la que por primera vez supimos de la existencia de animales como el lirón careto, el águila perdicera, o el... abejaruco, entre muchos otros.

El hombre y la tierra fue una serie que debutó en RTVE en 1974 y que se mantuvo en antena hasta el año 1980. Constó de tres partes y de una cuarta inconclusa debido al mortal accidente de avioneta, que el 14 de marzo de 1980 sesgó la vida de Félix, la del piloto, la de un cámara de Televisión española y la de su ayudante. Todos ellos se encontraban sobrevolando el círculo polar ártico para filmar la carrera de trineos tirados por perros esquimales más importante del mundo. Dicen... que en el momento de iniciar el vuelo, Félix decidió cambiar de avioneta ya que la que usaba la mayor parte del equipo técnico había sufrido una pequeña pérdida de aceite. Instantes antes de subir a la nueva avioneta que le costaría la vida, Félix contempló el maravilloso paisaje que le rodeaba y exclamó: “Que lugar más hermoso para morir”.

Sé que es viernes y que debería insertar un tema musical en la entrada, pero lamentablemente... no se me ocurre otro que el infumable “Amigo Félix” que en homenaje a su desaparición nos interpretaron hasta el hartazgo el dúo Enrique y Ana. Como les quiero bien y no quiero que sufran más torturas que las justas y necesarias, me abstengo de adjuntarles el tema, así que en su lugar, les dejo con la cabecera que daba paso a los fabulosos documentales de “El hombre y la tierra”.

Feliz weekend.

jueves, 21 de octubre de 2010

El Ford Galaxie de Rico, y el "Chilofiu Ye-Ye-Ye"

Dicen los expertos que el ser humano empieza a conservar recuerdos a partir de los 4 o 5 años de edad.

Es decir, que según esa docta teoría, yo no debería acordarme ahora ni por un instante del maravilloso Ford Galaxie que la casa Rico lanzó al mercado en la campaña de Navidad de 1965. No debería recordarlo ya que por entonces yo tenía 1 año, así que no debería recordar ni que mis padres me lo regalaron, ni que aluciné en colores cuando ese prodigio de casi 50 centímetros de hojalata litografiada empezó a moverse tras accionar un botón y a entonar, a través de un altavoz en su asiento trasero, algo parecido al “She loves you” (1963) de los Beatles. Tampoco debería recordar que en su interior, y tocando diversos instrumentos musicales, se hallaban unas figurillas de goma que pretendían (y conseguían) parecerse a los integrantes de la banda de Liverpool más popular de la época. Y obviamente no debería recordar esos diseños de flores, notas musicales y demás adornos psicodélicos que el coche tenía estampados, y que inducían subliminalmente a los de mi generación al consumo compulsivo de psicotrópicos.

Pues mira por donde... lo recuerdo, a pesar de la opinión de los expertos recuerdo perfectamente ese coche que fue uno de los mejores con los que la localidad de Ibi, en Alicante, consiguió hacer las delicias de un buen puñado de críos que pudimos disfrutar de un juguete que hoy en día está considerado como una auténtica joya de coleccionista.

No, lamentablemente no forma parte de mi colección particular, pero... ando tras él, y eso únicamente significa que tarde o temprano podré volver a accionar ese botón y revivir esos recuerdos que conservo de mi primer año de vida pese a la estadística que se empecina en decirme que dichos recuerdos no existen. Qué sabrá ella?

La casa Rico tuvo un buen ojo comercial al lanzar el juguete haciéndolo coincidir con los conciertos que los Beatles dieron en España en el año 1965 y en plena dictadura franquista. Sus actuaciones en Madrid y en Barcelona, cerrando su gira europea, no estuvieron exentas de gran polémica y de numerosos intentos del régimen por tratar de restarle importancia a un fenómeno musical imparable, y con el fin de que los fans no se mostrasen demasiado eufóricos ante unos melenudos transgresores que eran un pésimo ejemplo para la juventud española del momento, que al parecer... debía mostrarse al mundo como un prodigio de virtudes.

El inconveniente con el que se encontraron los fabricantes del Ford Galaxie fue el pago de derechos de propiedad al intentar comercializar el juguete utilizando el nombre de la banda, así que en su lugar, nos fue presentado como el “Ford galaxie de los Ye-Yes”, evitando así el consiguiente sablazo y dándonos absolutamente igual a los críos, ya que nadie nos podía negar que John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr se hallaban en el interior de ese vehículo jugando con nosotros en el salón de casa. Algo que nunca harían los Rolling Stones y que marco los inicios de las irreconciliables diferencias entre fans de unos y de otros; algo parecido a lo que sucede entre seguidores del Barça y del Real Madrid, o más en mi línea –debido a que el fútbol me importa un bledo- entre usuatrios de PC o de Macintosh (PC de toda la vida. Dónde va a parar... el Mac es para pijos!)

Así pues, el Ford galaxie de los Ye-Yes fue un juguete inigualable. Uno de los que voy persiguiendo y que algún día adquiriré en buen estado, ya que a pesar de no poder guardar recuerdos de esa primera infancia... se ha mantenido fielmente grabado en mi memoria.

Les dejo con una pequeña dosis de lo que fue la actuación de los Beatles en España en el 1965; actuación que al ver el video me he enterado que la presentó Torrebruno. Vamos... que me dicen a mi que Torrebruno se encargó de “amenizar” el acto, sin verlo con mis propios ojos, y no me lo creo. Que es que me pinchan y no me sacan una sola gota de sangre!

Les dejo también un video del “Chilofiu Ye-Ye-Ye” que así era como lo pronunciaban los fans españoles en aquellos tiempos en los que aquí ni Dios hablaba inglés; claro... teniendo en cuenta que “por su gracia” Franco fue caudillo... Hasta Dios era español!



jueves, 7 de octubre de 2010

Ana, la rana

Los domingos que no se salía al campo o a la playa y nos quedábamos en casa, mis padres y yo salíamos a dar una vuelta por ahí; paseábamos por las Ramblas, o íbamos al rompeolas, o caminábamos por los jardines de Montjuic, o nos íbamos al Mercat de Sant Antoni en el que los domingos se instalaban (y se instalan) los libreros de antiguo y de nuevo, y además de cambiar cromos “repes”, siempre conseguía arrancarles algún tebeo a mis padres y regresar a casa la mar de contento con mi adquisición.

Los domingos eran fantásticos. No había escuela y mi madre me dejaba remolonear en la cama, o lo que era más divertido aún, papá o mamá me llamaban desde su habitación y me invitaba a compartir un buen rato de cosquillas y juegos con ellos hasta que tocaba levantarse para iniciar una jornada tranquila y sin prisas.

Aún recuerdo lo mucho que me gustaba asomarme al balcón mientras ellos se arreglaban y contemplar como en los balcones de los vecinos también era domingo. La actividad en las demás casas no tenía nada que ver con los días normales y se respiraba calma por todas partes.

De regreso a casa tras el paseo, entrábamos en la pastelería y comprábamos un tortel de nata o un brazo de gitano de trufa o de crema catalana, lo que fuese, pero sin duda un buen postre para la sobremesa. Lo malo, lo que empezó a convertir en insufribles esos domingos era el momento previo a la comida... el aperitivo. Entrante exclusivo de los domingos que destacaban por la inusitada afición de ofrecer dicho manjar que marcaba la diferencia entre los días normales en los que cuando uno se sentaba a la mesa se encontraba directamente con el plato de sopa y las albóndigas, o con la verdura y las croquetas, o con lo que fuese, y los domingos en los que el “aperitivo”, parecía ser que era lo mejor para la jornada festiva y para arruinarme a mi un domingo que se me prometía como mágico, pero nada... ahí estaba invariablemente el maldito ágape.

No me disgustaban los berberechos con esa salsa de tabasco que preparaba mi padre. Tampoco les hacía ascos a las patatas fritas ni a las cortezas, ni al fuet, pero en el aperitivo... algo que no faltaba nunca jamás, eran las dichosas aceitunas con hueso. En realidad hasta más adelante no supe que las aceitunas eran deliciosas, sencillamente... no las había probado nunca, pero lo que me daba un asco terrible, y me lo siguen dando... son esos huesos de oliva que después de pasearse por las bocas de los comensales, después de haber sido literalmente roídos por los dientes ansiosos de llevarse hasta la última pizca de aceituna aprovechable, se quedaban ahí, sobre la mesa, cerca de los platos, de los vasos, e incluso algunos, los que rodaban un poco por haber sido lanzados con un ímpetu más allá de lo normal... se acercaban peligrosamente al pan o peor aún, en el más repugnante de los casos... llegaban a tocarlo.

Lo tremendo era que no había nada que hacer: si se me ocurría apartar un hueso de oliva con el tenedor tenía que pedirle a mi madre que me lo cambiase, lo mismo sucedía si lo apartaba con cualquier otro cubierto o con la servilleta. Es más... si alguna vez se me había ocurrido dispararlo de mi lado dándole un golpe con mi dedo índice, como si de una canica se tratase, no había posibilidad alguna de cambiarme el dedo, y eso era lo peor. Mi yaya Lola me lavaba la mano con agua y jabón, pero yo me pasaba el resto del día de fiesta olfateándome la punta del dedo, notando el olor del hueso de aceituna y aterrado solo de pensar que ese asqueroso aroma permanecería allí para los restos.

Ni que decir tiene que eso era considerado por mis padres como “una manía”, así que no dando crédito a lo exagerado de mis reacciones ante los huesos de aceituna, se divertían acercando las semillas devoradas lo más posible a mi plato, y ante mi expresión de no saber demasiado bien dónde meterme, se lo pasaban en grande hasta el punto de que la noticia –la manía del nene- se extendió por todo el resto de la familia: tíos, tías, primos, primas e incluso amigos íntimos. Nadie se puede llegar a imaginar la gran cantidad de huesos de oliva que podían llegar a amontonarse junto a mi plato los domingos que venían invitados a comer a casa.

El colmo llegaba en esos domingos en los que yo estaba en la mesa sentado comiendo mis patatas fritas, y distraído mirando la tele no me daba cuenta de que el resto de los comensales ya andaban haciendo de las suyas.

—Huy!... Qué es eso que tienes en el plato? —me preguntaba alguien.

Inocente de mi miraba, y me encontraba con los restos de aceituna, que en fila y como si de un acto de peregrinación se tratara, se desperdigaban por la mesa desde el plato que contenía las aceitunas hasta el mío, arruinándome, como no... el pollo con salsa que con tanta dedicación había preparado mi yaya. Evidentemente yo ponía esa cara de no saber dónde meterme que tanta gracia les hacía, y conseguía un nada deseado éxito despertando las risas y carcajadas de los presentes que parecía que estuviesen asistiendo a una tarde de circo en la plaza de toros de la Monumental.

Esos domingos de tranquilidad, de paz, de tomarse la vida sin prisas y de salir a pasear, pasaron a convertirse en el día más indeseable de la semana. Ese momento de remolonear en la cama por las mañanas, pasó a ser un infierno en el que la hora de la comida se acercaba, y con ella... el aperitivo, y con él... las aceitunas. Afortunadamente, y con el tiempo, mi madre se percató de que “la gracia” me llevaba a no probar bocado, y aunque en época de escasez ya estaba bien eso de que alguien comiese más bien poco en casa, no era plan de torturarme con semejante bobada. Así que un día entró en casa la fabulosa “rana de cerámica para huesos de aceituna”, presente en todos los hogares de los años 70 y un portento del ingenio humano que inventó, sin duda, alguien a quien de pequeño se le sometió a algún tipo de calvario similar al mío, y que como resultado de su trauma dedicó gran parte de su vida a desarrollar un recipiente que sería colocado en la mesa, y en el cual, todo el mundo dejaría los huesos de aceituna sin someter a presión psicológica a ningún menor. Ignoro el nombre de su inventor y desconozco el por qué el objeto en cuestión tenía que ser una rana, pero en cualquier caso, no hubiese estado de más concederle algún premio Nobel o similar; total... se lo dan a cualquiera...

Parecía que mis días de suplicio habían pasado ya. Me reencontré de nuevo con esa bonita sensación de despertar un día por la mañana con una sonrisa tonta dibujada al darme cuenta de que era domingo, de que no había prisa y de que iría a pasear con mis padres y a comprar un Tebeo y un tortel, o un brazo de gitano. Mi aversión estaba protegida por la rana Ana (así le llamábamos en casa), y ya no había nada por lo que temer, pero... nunca las cosas son tan sencillas como parecen. El domingo que vinieron unos primos del pueblo a comer a casa la rana Ana pasó de ser un simple recipiente en el que depositar los huesos de oliva, a convertirse en un lugar donde encestarlos, y claro, el gilipollas de mi primo Javier (un primo al que por fortuna, solo he visto en un par de ocasiones en mi vida), no era precisamente muy diestro en el deporte de la canasta, así que los huesos que hasta entonces me habían torturado cerca del plato, pasaron a hacerlo en el interior del mismo.

Una lamentable tragedia. Cabizbajo contemplaba como ese hueso de oliva flotaba en mi sopa. Por debajo de mis cejas mis ojos miraban a mi primo Javier a la vez que enrojecían, pero no por estar inyectados en sangre como producto de la ira, sino enrojecidos de contener lágrimas y de estar a punto de romper a llorar. Las comisuras de mis labios se arqueaban hacia abajo y comenzaban a temblar por más que yo trataba de contenerlas, y acto seguido los lagrimones se esparramaban por mis mejillas y ya no había nada que hacer. Mis padres contaban lo de mi manía y las carcajadas daban paso a que aquel primo idiota juguetease con los huesos de aceituna acercándolos a mi cara, poniéndolos por debajo de mis narices, arrimándolos a mi plato, y adivinando, como si gracias a una especie de poder telepático se tratase, todas aquellas cosas que me daban un asco superior para ponerlas en práctica. Maldito hijo de puta por más que parte de mi sangre fuese la misma que la suya.

Ante el fracaso, la rana Ana pasó a convertirse en una rana palillero y a albergar en su cuerpo de cerámica los mondadientes de madera, función para la que al parecer, fue inventada también, y que al igual que los huesos de oliva, los palillos... me dan un asco infinito.

A día de hoy las comidas o cenas con parientes y amigos siguen siendo de gran fiesta con esa manía mía. Digamos que con el tiempo he logrado contener las lágrimas, pero me siguen produciendo un auténtico pavor los huesos de oliva. En el caso de que una pizza contenga olivas no me conformo con retirarlas y necesito que una mano amiga las quite de la pizza, y ya de paso, que corte delicadamente la porción de pizza que se halle un centímetro a la redonda de donde se hallaba la jodida aceituna. Hasta que no la veo desaparecer no me quedo tranquilo.

La verdad es que he recuperado la alegría de esos domingos, la paz, la tranquilidad, y disfruto como nunca de ir a pasear por las Ramblas, o por los jardines de Montjuic, o de ir al Mercat de Sant Antoni para husmear por los puestecitos de los libreros de antiguo y de nuevo, y de ver como mis hijos cambian sus cromos “repes”, y consiguen siempre arrancarnos a su madre y a mi algún tebeo. Y es que en mi casa, los domingos... ya no se comen aceitunas.

Fotografía de Ana la rana procedente de mi colección particular.

lunes, 4 de octubre de 2010

A matar marcianos!

Esta mañana, el Facebook, me hacía saber que mi amiga Maria había encontrado finalmente su consola PSP tras buscarla durante algunos días por entre las cajas de algún que otro armario, o por entre medio de los almohadones del sofá que siempre fagocitan cosas como mandos a distancia, paquetes de tabaco, encendedores, etc. No sólo me he alegrado de que por fin Maria recupere su PSP y pueda añadirla al resto de consolas que colecciona desde los ochenta, sino que además, la noticia me ha dado el empujoncito necesario para publicar esta entrada que ya hace algún tiempo tenía en mente.

En casa de cualquiera de nosotros –y no es absolutamente necesario que tengamos hijos- seguro que debajo del televisor del salón hay una buena consola en la que poder echar una partida a casi cualquier cosa; participar como soldado de la 101 Airborne en un de las brutales contiendas que tuvieron lugar durante la II Guerra Mundial, practicar todo tipo de deportes sentados desde nuestro sofá, o a lo sumo blandiendo un mando con nuestras manos mientras tenemos la boca llena de sándwich de jamón york y queso; es más, seguro que realizamos algún trayecto de metro o de autobús con nuestro teléfono móvil en mano y participando de alguna partidita del Prince of Persia o similar. Y bueno... Qué me dicen de los días de oficina jugando al busca minas de Windows, al solitario, o bien accediendo a cualquier página web que nos permita descargarnos juegos online y aprovechando esas aburridas horas de trabajo para echar un buen rato durante parte de la mañana o de la tarde?


Sea como sea, el caso es que a día de hoy podemos jugar a cualquier cosa, a todas horas, en cualquier lugar y disfrutar de unos gráficos espectaculares y de una jugabilidad formidable en la que, ni tan siquiera es necesario llevar una moneda de cinco duros para introducir en la rendija de una máquina de marcianos ubicada en algún bar o salón recreativo. Recuerdan el “Insert Coin”? fatídico mensaje que además de que reducía al mínimo nuestra paga, nos proporcionaba sólo tres vidas que no daban ni para media hora de juego, ni a los más expertos.

En aquellos años 70’s los videojuegos irrumpieron por primera vez en nuestras vidas y algunos tuvimos el gran privilegio de poder jugar, en vivo y en directo, con los juegos pioneros de lo que, a día de hoy se ha convertido en un mercado que mueve cifras millonarias superiores a las de las más importantes productoras cinematográficas Hollywoodienses. Quién nos iba a decir a nosotros que aquellas máquinas que se hallaban en todos los bares, con sus joysticks, sus botones, las rendijitas en las que introducir las monedas, y esas pantallas que nos mostraban unos gráficos de lo más simple, iban a formar parte de una de las mayores formas de ocio de la actualidad.

La media hora del bocata a media mañana se convertía en el momento más deseado del día. Salíamos de clase y nos apresurábamos para llegar al bar de siempre y empezar con la excitante labor de “matar marcianos”. Consumíamos un Cacaolat o una Coca-Cola, pero nunca, ningún dueño de ningún bar nos exigió consumir más o comprar el bocata en su establecimiento en lugar de traerlo de casa. Para qué? Dejábamos una fortuna en las máquinas mientras que el camarero podía repanchingarse a leer el periódico o a prepararle un café a algún que otro cliente ocasional.

Hay que reconocer que los videojuegos, esos valientes pioneros que nos deslumbraron en aquellos años, nada tenían que ver con la espectacularidad de los juegos actuales. Realmente eran la más mínima expresión en casi todo: músicas simples que apenas superaban las cuatro o cinco notas, graficos de una estética minimalista, pantallas sin interminables scrolls, sino más bien estáticas y con pocas posibilidades más de lo que a simple vista se observaba, pero su poder adictivo era tremendo.

Seguidamente les muestro algunos de los videojuegos más importantes de la época:

El Pong (Atari-1972): Se trató de uno de los primeros en alcanzar un gran éxito recreando una partida de Ping-Pong. Cabe destacar que el mundo del videojuego nació esencialmente para la creación de consolas caseras fabricadas de la mano de la empresa Atari en los 70’s, y que acto seguido se implementó el sistema en salones recreativos y en las populares máquinas de marcianos. Personalmente jamás tuve ninguna de esas consolas, pero si recuerdo haber jugado al Pong en casa de algún amigo, y en su máquina... que parece que se me quiere dibujar en la memoria como un artefacto bastante grande y de un diseño no demasiado atractivo.


Space Invadres (Taito Corporation-1978): Diseñado por el japonés Toshihiro Nishikado y que supuso la revolución de los videojuegos y el inicio de lo que actualmente se trata de una floreciente industria. El Space Invaders que yo recuerdo nos presentaba sus gráficos en dos colores: blanco y verde, pero también llegué a jugar con otro que iba haciendo que los marcianos cambiasen de color a medida que descendían hacia nuestra nave. El truco, no obstante, no estaba en el juego en sí, se trataba de la pantalla de la máquina recreativa que estaba tintada de diferentes colores creando un efecto... revolucionario en aquellos tiempos!


Gunfight (Midway-1975): Un juego que emulaba los duelos entre dos pistoleros del lejano Oeste, pero que entre medio de ambos oponentes interfería la presencia de algún que otro cactus en las primeras pantallas, y luego, la acción se iba complicando con la aparición de carretas y otros elementos que hacían complicada la labor de acabar con el maldito forastero. Recuerdo que quizá no era el más popular comparándolo con Space Invaders, pero concretamente en este yo me dejé una buena pasta, y como no... un montón de horas.



Asteroids (Atari-1979): También se hizo muy popular, y actualmente sigue desarrollándose su tecnología en muchos de los juegos que podemos encontrar online y creados a través de Flash. La virguería fue concebida y diseñada por Lyle Rains y programada por Ed Logg. La sensación de ingravidez y de inercia que se sentía al “pilotar” la nave en el intento de ir destruyendo los asteroides, le convertía en un juego especialmente adictivo.




Pac-Man (Namco-1980): El popular juego de los “comecocos” y el primero en separarse de las temáticas de deporte y acción para presentarnos un nuevo género más metido en lo humorístico, y acaparando la atención también de los más pequeños y del sector femenino. Pac-Man desbancó la supremacía mantenida hasta entonces por Space Invaders y se llegó a convertir en el videojuego más popular a nivel mundial, con la nada despreciable cifra de 193.822 máquinas vendidas entre 1981 y 1987. además... este ya era en color!, pero es que claro... estábamos ya en los 80's.


A estas alturas es imposible negar que la industria del videojuego se halla en un estado de salud formidable, y que cada nuevo juego sorprende por su calidad gráfica y por la complejidad en la trama de algunas de sus elaboradísimas historias. No obstante... algo se ha perdido con la manera de “matar marcianos” de hoy en día con respecto a la manera de matarlos en los 70’s. Se trata del sentido de dos simples palabras que por entonces eran de una importancia vital. Me refiero al lapidario “GAME OVER”; nos dejaba helados, con la miel en los labios. A punto de liquidar al terrible enemigo que nos daría acceso al nivel superior, pero no... para seguir intentándolo había que meter cinco duros más o dejarlo para el día siguiente. El Game Over era frustrante y demoledor, tanto que incluso nos sabía a derrota, y no eran pocas las ocasiones en las que esas dos palabras nos servían para ver la hora que era y percatarnos de que ya se nos había pasado la hora de matemáticas, y que encima... llegábamos tarde a la clase de latín.

Quieran que no, hoy en día esto de tener vidas ilimitadas... como que no mola.

Así que: GAME OVER ;-)

viernes, 1 de octubre de 2010

El ventilador, Triana, y el lago

Recuerdo los sudores de aquel caluroso verano de 1976 recién cumplidos los 12 años. Mi yaya Lola bajó a la tienda de electrodomésticos de la esquina a comprar uno de esos ventiladores que ningún año resistía a la llegada del verano siguiente. Confiábamos en que como mínimo pudiese darnos un ligero alivio durante esa época estival; para la próxima , y si el parné lo permitía, ya compraríamos otro, de lo contrario... a pasar calor, total, ya estábamos acostumbrados. Además... tampoco se estaba mal tomando el fresco en el balcón o saliendo a dar una vuelta por la calle.

A la que el ventilador llegaba a casa yo dejaba de hacer vida en mi habitación; lugar en el que habitualmente me recluía y me empleaba a fondo en la lectura de tebeos y en llenar hojas de papel con dibujos. Directamente me iba allí donde el ventilador se encontrase; bien fuese la cocina, el comedor... e incluso si mi yaya Lola se encerraba en su cuarto a coser, allí estaba yo, pegado al ventilador y contemplando como zurcía medias y calcetines utilizando un huevo de madera.

En aquel verano del 76, alguien, no recuerdo quien, me regaló el álbum de Triana titulado “El Patio” y que la banda había sacado justo durante el año anterior.

No sé si fue la frescura de lo que sin duda era una nueva forma de hacer música, o si fue el tema de “El lago” incluido en ese primer álbum, pero a partir de Triana el verano del 76... dejó de parecerme tan caluroso, empecé a respirar y a sentir incluso un escalofrío en el cogote.

Luego, ya más tarde, llegó el frío. Estábamos ya en los 80’s y a pesar de estar en medio de una auténtica revolución hormonal que zarandeaba mi cuerpo, un nuevo escalofrío se me instaló en el cogote cuando me enteré de la muerte de Jesús de la Rosa, el alma de Triana, vocalista y autor de la mayoría de las canciones del grupo. Un trágico accidente de carretera se lo arrebató absolutamente todo.

Creo que esa mezcla de flamenco y Rock progresivo nació y lamentablemente murió con él.

Lamento la jodida publicidad que Goear pone al inicio de las canciones. He intentado hackear el tema, pero... no han habido güevos.


sábado, 25 de septiembre de 2010

Desde el 78... otra Huelga General

Desde el año 1978 el gobierno español reconoce el derecho a la huelga, y así lo recoge el texto del artículo 28.2 de la Constitución española; esa constitución que se hizo para salir del paso y para iniciar una etapa de transición, pero a la que no hay quien le haga modificación alguna o le añada enmiendas.

Así pues, desde el 78, nos encontramos en un Estado de Derecho que, entre otros derechos fundamentales, recoge el de todo trabajador a sindicarse y a declararse en huelga con la limitación de respetar unos servicios mínimos y esenciales para la comunidad.

De modo que la que se prepara para el próximo día 29, en la esperada por unos y temida por otros Huelga General, se trata, sin duda, de un derecho natural recogido por la citada Constitución española y de la cual ya se echó mano en diversas ocasiones con anterioridad, como por ejemplo la del 1985 contra la reforma de las pensiones; aunque la más sonada fue la del año 1988 en contra de una importante reforma en el mercado laboral que impulsó el gobierno de Felipe González, amén de otras huelgas generales convocadas durante el 1992, 1994, 2002 y 2003 en contra de la reforma del subsidio de desempleo, contra la reforma laboral o en contra de la participación de España en la guerra de Irak.

No considero al actual gobierno español culpable de la situación de crisis económica que está zarandeando al mundo entero, pero sí considero que las decisiones tomadas por los responsables políticos no han sido, quizá, las más adecuadas para hacer frente a un problema que aún está lejos de tener una solución, y que en cuanto a lo que a trabajo y empleo se refiere, anuncia mayores desastres para el próximo año.

En esta línea secundo, en esencia, el sentir de los trabajadores en su necesidad de declararse en huelga para exigirle a un gobierno que se hace llamar “socialista y obrero”, que preserve unas garantías laborales y salariales plenas, absolutamente justas y que deberían prevalecer por encima de las épocas de “vacas flacas”. Los recortes, en caso de que sean necesarios, no deberían afectar jamás a personas que dependen de que alguien les de un empleo, y que... vamos a decir que en la mayoría de los casos... se esfuerzan por la buena productividad de las empresas en las que trabajan.

Ahora bien, entiendo que ese derecho que tienen los trabajadores debe ser un derecho con la naturaleza que debería tener todo derecho; es decir... un derecho recíproco, multilateral y que respete las decisiones que pueda tomar cada individuo de un modo legítimo para hacer frente a sus diferentes situaciones ante la vida; o bien para no secundar la huelga y mantenerse en su puesto de trabajo por la razón que sea y sin coacciones por parte de piquetes sindicales, o para participar... activamente (¿) de la huelga sin ser coaccionado o amenazado con sanciones o despidos por parte de ningún empresario.

A estas alturas, pocas cosas hay que me den especialmente miedo, pero me disgustan las coacciones vengan de donde vengan.

En mi caso particular –y permítanme que me exprese en términos personales-, no temo que ningún empresario me coaccione o amenace, ya que como muchos profesionales autónomos, me rijo por el libre albedrío y actúo en función de lo que considero más oportuno en todo momento para el buen funcionamiento de mi actividad laboral. Tampoco les temo a los piquetes... “informativos” ni a su contundente y no pocas veces violenta manera de “informar”, ya que difícilmente subirán a mi ático para obligarme a dejar mi puesto de trabajo y unirme a “la lucha obrera”.

No obstante, me disgusta pensar que el propietario de la pequeña tienda de ultramarinos de la esquina, se vea obligado a cerrar su comercio el día de la huelga por culpa de un grupo de piquetes, que por más que los sindicatos se empeñen en negar la evidencia, no se limitan a su tarea informativa, sino que actúan de modo expeditivo ante la negativa del comerciante que bastante tiene con hacerle frente a las grandes superficies, a los comercios de chinos que proliferan como setas, a los impuestos que paga por mantener su chiringuito, y a los proveedores que cada vez dejan menor margen de beneficio comercial. El pequeño propietario de una tienda, el taxista, o cualquier profesional autónomo necesita tener su negocio abierto ya que no habrá sindicato ni asociación alguna que cubra las pérdidas de ese día, ni los desperfectos que puedan ocasionar en su local comercial esos piquetes armados con bates de béisbol, pese a la presunta intención de informar.

Los profesionales autónomos, freelances, o trabajadores por cuenta propia siempre hemos supuesto un pequeño lío para las asociaciones sindicales que no saben aún si considerarnos pequeños empresarios o trabajadores, y como consecuencia de ello... no saben si deben representarnos de algún modo o echar a correr ante nuestro grito de guerra a lo Braveheart de: “Podrán quitarnos la vida, pero jamás nos quitarán la libertad!!”. Algunos sindicatos ven como muchos de estos profesionales se alían con la patronal clásica, otros construyen sus propias organizaciones representativas, y otros, que no nos sentimos representados más que por nosotros mismos, seguimos a nuestra bola para mayor ira de los mencionados sindicatos que no logran convencernos de que el Estatuto de los Autónomos firmado en el 2006, e impulsado por la UPTA (Unión de profesionales trabajadores autónomos) es la solución para nosotros, una solución encabezada por la UGT que aún no se ha enterado de que los intereses de un empleado, poco o nada tienen que ver con los de un profesional.

Así que del mismo modo que entiendo y respeto la Huelga General como medida (equivocada o no) para defender los derechos de los trabajadores, me gustaría pedirle a los piquetes informativos y a los sindicatos, que respeten y entiendan que un empleado que quiera pensar por sí mismo, un profesional o pequeño empresario no tiene porque secundar sus huelgas, o que en cualquier caso, tiene derecho a ejercer lo que libremente le demande su conciencia.

Espero y deseo que la Huelga General de este, cada vez más próximo 29-S, sea en beneficio de una mayoría. Aún y así, yo estaré en mi ático trabajando, y que sepan los piquetes que también tengo un bate de béisbol... para informarles de lo que no entiendan ;-)

viernes, 17 de septiembre de 2010

Cabalgando bajo la lluvia

Esta mañana, mientras acompañaba a mi hija al colegio, la lluvia que ha caído durante toda la noche seguía en su empeño de no estar dispuesta a cesar.

Ambos íbamos protegidos bajo nuestros paraguas. Yo pensando en mis cosas, en fechas de entregas de trabajo y en cómo me las compondría para llegar a tiempo con todos los encargos. Ella andaba canturreando bajo su paraguas. Observada desde mi punto de vista parecía un champiñón tarareando no sé qué melodía.

—Qué cantas cielo? —le he preguntado.
—... No lo sé papá. Me la estoy inventando.

Hemos seguido nuestro camino y atravesado el parque que cada día cruzamos en dirección a la escuela. La tierra olía a mojado, la hierba, llena de gotas de lluvia, emitía diminutos destellos de brillo según por donde le daban los tímidos rayos de sol. Hemos pisado charcos y me he unido a ella en eso de entonar una melodía inventada.

—No la cantas bien —me decía—. No es así.
—Qué no es así?...
—Aisss papá... no te la sabes.

Me he despedido de ella con un beso a la puerta del colegio, pero hubiese preferido mil veces más montarla a la grupa de un caballo, llevármela a galopar bajo la lluvia y cabalgar sobre la tierra mojada al ritmo de algún viejo tema de Waylon jennings sintiendo su pequeño cuerpo pegado a mi espalda, y ambos, juntos y sin ninguna prisa por nada, entonar a dúo su canción. la suya... la inventada.

Waylon Jennings tenía que tomar un avión en una fría noche de febrero de 1959 junto con otros músicos, pero se indispuso y cedió su puesto en el vuelo a J. P. Richarson. Waylon se marcharía en autobús para tomar un descanso y recuperar su salud. El avión en el que finalmente viajaron Jessi Colter, Buddy Holly , Ritchie Valens, y J.P. Richardson se estrelló a las afueras de Mason City, Iowa, causando la muerte de todos sus ocupantes.

Waylon jamás pudo olvidar ese incidente, ni dejó de sentirse culpable por haberle cedido su puesto a un colega, ya que cuando se despidieron entre bromas, Ritchie valens le comentó “ojalá se estropee ese maldito autobús”. La respuesta de Waylon fue “Ah si?... Pues ojalá se estrelle vuestro jodido avión”.

Cuento mejor les hubiese ido yendo a caballo.

Waylon Jennings interpretó por primera vez el tema “I’m a Ramblin’ Man” en 1974. A disfrutarlo toca... que estamos a viernes.


martes, 14 de septiembre de 2010

De Felipe V al Tribunal Constitucional. La Diada del 11 de Septiembre

El pasado día 11 de este mes tuvo lugar la Diada, fiesta que gran parte de Catalunya celebra con fervor, mientras que en gran parte de España se toma con cierto recelo y cierta sorna por eso de celebrar lo que haríamos bien en llamar... una clamorosa derrota.

De las victorias se recogen los laureles, cierta popularidad, y unos nada despreciables beneficios que generalmente acostumbran a ser materiales. La derrota en cambio, no es plato de buen gusto, deja un sabor amargo, y no parece ser nada deseable. No obstante, los que de un modo u otro hemos combatido alguna vez, sabemos que las victorias y las derrotas se suceden las unas a las otras de forma natural; no se puede ganar siempre, y de igual manera es imposible resultar constantemente derrotado. De modo que nos tomamos las victorias como una justa recompensa a nuestros esfuerzos, pero no les damos mayor importancia. Las derrotas, por el contrario, son las que ponen los límites a nuestras capacidades y las que suponen un reto que hay que superar, pero por encima de todo, las que nos hacen tomar conciencia de nuestro derecho a existir.

Catalunya conmemora con la Diada la caída de su soberanía a manos del rey borbónico Felipe V, que tras un largo asedio entró con sus tropas en Barcelona el 11 de septiembre de 1714. En su contienda Felipe V recibió el apoyo de los reinos de Castilla, Navarra y las provincias vascongadas, venciendo a la Corona de Aragón y aboliendo sus fueros con los Decretos de Nueva Planta en Aragón, Valencia, Mallorca y Catalunya. Dichos decretos se crearon con el fin de castigar a todos aquellos que se alinearon en su contra y suponían la abolición de sus antiguos fueros. Las medidas fueron especialmente duras en Catalunya por tratarse del lugar donde mayor resistencia se produjo, y como consecuencia se suprimieron las Constituciones catalanas de 1535, se abolieron la Generalitat, las Corts y el Cosell de Cent y se impuso el castellano en las escuelas e instituciones públicas siguiendo el modelo centralista de la monarquía francesa, a la vez que se instauraba el catastro y demás impuestos a través de los cuales la monarquía conseguía ejercer todo el control económico.

Felipe V, conocido en su Francia natal como Philippe de Bourbon, duque de Anjou, era un joven depresivo, con el ánimo decaído, y con una lucidez que habitualmente perdía encontrándose sumido en largos periodos de demencia y melancolía , y a quien al parecer, ni tocándole las pelotas a la Corona de Aragón, ni sometiendo a los catalanes a una severa castellanización, le volvió jamás la alegría. La victoria no le otorgó un equilibrio emocional, y sus episodios de melancolía le siguieron acompañando y debilitando a lo largo de toda su vida.

Personalmente esta última Diada del pasado sábado me recordó especialmente a la que se celebró en 1977 y que se trató de la segunda celebrada tras la muerte del general Francisco Franco, y que según fuentes de la época contó con la participación de cerca de un millón de personas reivindicando el autogobierno para Catalunya. En esa Diada, el por entonces presidente del gobierno español Adolfo Suarez, legitimó a Josep Tarradellas como presidente del gobierno catalán, cargo por el cual fue elegido en 1954 mientras se hallaba aún en el exilio.

Sí digo que esta última Diada del 11 de septiembre del presente año, me recordó a la de 1977, fue precisamente por ese marcado carácter reivindicativo suscitado por la triste actualidad que ha consistido en el recorte constitucional de la autonomía de Catalunya y en la negación constante del Estado español a la mayoritaria voluntad del pueblo catalán en restablecer unos derechos y una soberanía que ostentó durante cerca de ocho siglos hasta su caída en la Guerra de Sucesión, y en aquel 11 de septiembre de 1714, fecha que se seguirá conmemorando en Catalunya, ya que de lo que en realidad se trata, es de recordar a los caídos y de celebrar la lucha posterior que movió y mueve al pueblo catalán a seguir reivindicando la legitimidad propia pese a la pérdida de libertades que significó una derrota, que por encima de todo... hizo tomar conciencia del derecho a existir.

martes, 7 de septiembre de 2010

La Pizarra (In Memoriam)

En algunas partes de la geografía española hoy ha sido el día de “la vuelta al cole”. Otras comunidades empezaron antes; mejor... esos niños de mayores serán más listos, aunque teniendo en cuenta cómo está el sistema educativo... no sé yo, la verdad.

Recuerdo mis vueltas al cole. Ese primer día en el que llegábamos a clase con los uniformes impolutos, las carteras colgando, y en su interior los plumieres repletos de lápices de colores de la marca Festival con las puntas recién afiladas como para vaciarle un ojo a alguien.

Todo olía a nuevo. Sin duda que generaciones anteriores habían asistido a esas mismas aulas, pero la luz de la mañana que entraba por los ventanales, los pupitres vacíos, los libros recién forrados, y todo cuanto podíamos encontrar en el interior de aquellas cuatro paredes, parecía que estaba aún por estrenar.

Casi siempre había un mensaje de bienvenida escrito en la pizarra “Bienvenidos alumnos del 5º curso de E.G.B 1974 – 1975”. En el caso de que el mensaje hubiese sido escrito por el director del centro o el profe de mates aparecía en tiza blanca y letra mayúscula; si por el contrario, el mensaje estaba escrito con tizas de colores, filigranas en todas y cada una de las letras y alguna cenefa o marco churrigueresco que envolviese el texto, sin duda era obra de la profesora de ciencias, que como nadie, era capaz de dibujarnos una célula en la pizarra y describirnos todas sus partes a través de flechitas.

La pizarra era un mundo, se trataba de una ventana que nos llevaba directos al conocimiento. Una ventana de color verde oscuro en el que acompañadas de un, a veces molesto ñic, ñic, ñic, ocasionado por el roce la tiza con el encerado, aparecían una infinidad de números, de letras, y las maravillosas ilustraciones a todo color de la seño de ciencias. A través de la pizarra conoceríamos un montón de cosas que iríamos aprendiendo, y otras, como las fórmulas matemáticas, que algunos no llegaríamos a entender jamás.

La pizarra simbolizaba también el único refugio a nuestra libertad de expresión. No hay que olvidar que una pizarra como Dios manda, debía estar siempre encabezada por un retrato en blanco y negro del Generalísimo Francisco Franco, pero aún y así, nosotros le hacíamos un corte de mangas al caudillo y dábamos rienda suelta a nuestras reivindicaciones repletas de todo el escarnio del que éramos capaces y con eslóganes del estilo de: “El profe de mates es un hueso”, “La seño de inglés está buena”, “El Mateo es marica”, o el archipopular “Tonto quien lo lea”. Las paredes y puertas de los lavabos eran una extensión de la pizarra y un lugar donde también se escribían todo tipo de tendenciosas oraciones, pero... no era lo mismo, las paredes de los lavabos eran ciudad sin ley, pero había que tener un par de huevos para escribir algo en la pizarra y alzar la mano en medio de la clase cuando el profesor de mates, con los ojos ofuscados por un monumental cabreo, preguntaba: “Quién ha escrito eso?!”.

No había pizarra que, en alguna ocasión, no luciese un magnífico retrato compuesto a base de un seis y un cuatro. Tampoco faltaba la caricatura de algún profe o la de alguno de aquellos compañeros de clase a los que machacábamos día tras día; eso que a día de hoy se denomina “Bullying”, pero que en aquellos tiempos se trataba de pura selección natural. Memorables eran aquellas pollas erectas que dibujábamos a lo largo de toda la pizarra. Jamás vi a una compañera de clase dibujando una vagina, pero la idea que teníamos nosotros del tamaño de las vergas era constantemente plasmada entre clase y clase y en sus más dispares formas: con venas, sin venas, con pelitos, sin ellos, con gotitas salpicando del glande, sin gotitas... y el retrato del dictador allí, impasible, contemplando todo aquello y sin poder mandar a fusilar a ninguno de aquellos pequeños rebeldes que desafiábamos su autoridad.

Aquellas pizarras sólo se convertían en nuestras enemigas el día que el profesor de turno nombraba a un encargado para que apuntase en ella a los compañeros que se portaban mal durante su ausencia, y además, en el caso de que fuesen reincidentes en su mala actitud, se les ponía una cruz al lado del nombre; a tantas cruces, tantos golpes de palmeta, ese era el castigo para los infractores de lo que debía ser un silencio sepulcral. Incomparable, eso sí, al castigo que luego recibiría el encargado, el chivato, el comepingas que se prestaba a semejante acto de traición en contra de los suyos.

Y qué decir de los complementos de una pizarra, de las tizas y de los borradores. Admirable era la puntería que algún profesor demostraba cuando lanzaba, desde su sitio, alguno de esos proyectiles que impactaba de lleno en la cabeza de algún insurgente. Las tizas vale... hacían su daño y sin duda significaban un toque de atención a todo aquel que osaba charlar o andar distraído contemplando las musarañas, pero el borrador... El borrador era un arma de destrucción masiva ya que no sólo te impactaba y te dolía cuando te daba con su parte de madera, si no que además, esparcía su polvillo blanco ensuciándote la cara, el pelo, el jersey, e incluso en el peor de los casos afectaba a los compañeros de tu entorno más cercano convirtiéndoles en auténticas víctimas colaterales.

Desgraciadamente los días de nuestras viejas pizarras han pasado a mejor vida. Hoy, muchos niños se han reincorporado a sus centros escolares y se han encontrado con que el viejo encerado de madera verde ha sido sustituido por una pizarra digital. Posiblemente la bienvenida a las aulas no la han visto escrita en tiza de colores con esos dibujos y adornos magníficos de la seño de ciencias, y es incluso probable que hayan sido recibidos con algún audiovisual, que desde sus nuevas pizarras, les haya sorprendido con música, animaciones, y más efectos especiales que la trilogía Matrix. Seguro que les ha gustado, no digo que no, pero... Cómo escribirán en ella sus reivindicaciones? Con el lápiz óptico? Se pueden dibujar grandes pollas con ese cachivache? Y el ñic, ñic, ñic que nos producía dentera?... Y el profe?... Les tirará el lápiz óptico desde su mesa haciendo puntería en sus cabezas? Me temo que la vieja escuela, tal y como la conocimos los de nuestra generación ya es historia. Indudablemente el nuevo sistema terminará siendo mejor y más cómodo, pero... valga esta entrada a modo de “In Memoriam” a las escuelas de nuestra infancia, y como no... a las pizarras.

Les dejo con el cortometraje del año 2008 titulado “El encargado”. Basado en una idea original de Nacho Vigalondo, dirigido por Sergio Barrejón y producido por Arsénico Producciones. A mi juicio se trata de una formidable historia tratada con una gran sensibilidad. Una historia de las buenas, de las que se cuentan con cuatro elementos perfectamente puestos en su sitio. Así que espero que la disfruten y coincidan conmigo de lo merecedora que es del premio Goya que ganó. (desde el face o suscripción al blog pueden clicar este enlace: http://www.youtube.com/watch?v=Y7qwcELSJXw)

viernes, 3 de septiembre de 2010

El toro

El diseñador gráfico Manolo Prieto expresó en más de una ocasión su decepción por el hecho de que después de muchos años de labor artística, y desarrollándose en numerosos ámbitos y estilos, fuese finalmente conocido como el autor del toro de las carreteras.

Fue en 1956 cuando el Grupo Osborne encargó a la agencia publicitaria Azor el diseño de un símbolo que sirviera para anunciar el brandy Veterano en vallas publicitarias, y que inicialmente consistió en una silueta de 4 metros de altura, con los cuernos pintados en blanco, y un rótulo con letras rojas que anunciaba la bebida.

El año 1962 supuso para el toro de Osborne la consagración a nivel nacional, ya que una nueva normativa acerca de los carteles publicitarios en carretera, permitió la instalación de vallas de hasta 14 metros de altura, de manera que la silueta del toro luciría en todo su esplendor recortando el horizonte sobre numerosos cerros de toda la geografía española.

Así fue como le conocimos los niños de los 70's. Así fue como desde los asientos traseros de los turismos que conducían nuestros padres, veíamos las hechuras del toro bravo que se exhibía desafiante, soberbio y convencido de que se trataba de un auténtico emblema nacional... y así era.

Los entendidos en eso de la crianza de reses bravas afirman que el toro español de ley, está concebido única y exclusivamente para ser lidiado en plazas. Quizá por eso, y después de esos victoriosos años 60's, 70's y gran parte de los 80's en los que el toro estaba allí, luciendo su aguerrida figura, empezó a sufrir alguna que otra estocada por parte de grupos nacionalistas en Catalunya y Galicia, y en acciones en contra de la simbología española. En dichas acciones numerosos toros fueron derribados o pintados, aunque hay que decir que la primera estocada la recibió en 1994 cuando la Ley General de Carreteras obligó a retirar la publicidad de cualquier lugar visible desde cualquier carretera estatal. No fueron pocas las comunidades autónomas, municipios y diversas asociaciones culturales, e incluso personajes públicos los que se pronunciaron a favor del mantenimiento del ibérico toro, hasta el punto de que La Junta de Andalucía pidió su catalogación como “bien cultural”, y finalmente, en 1997 el Tribunal Supremo dictó sentencia en favor del mantenimiento de los toros de Osborne debido a su “interés estético y cultural”. Con esto, la emblemática figura dejó de ser un símbolo estrictamente comercial y en la actualidad cerca de 90 toros siguen formando parte del paisaje español.

Personalmente no me desagrada la presencia del toro de Osborne en las carreteras; al contrario, para mi se trata de uno más de los muchos recuerdos que conservo de mi infancia y que me gusta volver a ver de vez en cuando. Además, simboliza un toro en libertad y no deja de tratarse de un montón de tablas de madera contrachapadas en metal.

Al hilo del toro y de su significado en este país, esta semana pudimos conocer el altercado acontecido en Sacedón, Guadalajara, donde un grupo de 3 activistas de la agrupación Igualdad Animal, fueron brutalmente agredidos al colgar una pancarta antitaurina en el puente de dicha localidad en plenas fiestas patronales, y en el momento en el que se estaba celebrando un encierro. Del mismo modo una reportera y un cámara de los servicios informativos de Tele 5 fueron agredidos también por encontrarse en el lugar de los hechos realizando su trabajo. Tras la colgada de la pancarta los activistas recibieron pedradas de una treintena de vecinos a los que poco más tarde se unió la muchedumbre que se despacharon a gusto a patadas y a puñetazos por el mero hecho de que alguien ejercía su derecho a la libertad de expresión. Los vecinos que apoyan la tradición siguen defendiendo la fiesta tras la agresión y declaran que “Ellos se lo han buscado” o que los activistas “Son los mismos tontos de siempre”.

Sin duda que la decisión tomada en Catalunya de abolir las corridas de toros ha dejado el ambiente calentito, y así que en diversas partes de la geografía española se sucedan actos similares a los de Sacedón.

En mi opinión, la abolición era necesaria en contra de lo que puedan decir los ya citados entendidos en la crianza de reses bravas o aficionados que esgrimen argumentos tales como que si las corridas de toros desapareciesen, desaparecería con ellas la raza de toros de ley. Pues que quieren que les diga; ahí los entendidos criadores pasan a ser interesados y obviamente velan por sus intereses más que por los del propio toro, que tampoco entiendo yo qué necesidad hay de criar una... “raza” cuyo único destino es el de ser sacrificada en una plaza. Recordemos que cuando hablamos del toro, del auténtico, ya no nos estamos refiriendo a tablas de madera contrachapadas en metal, y no es necesario ser ningún activista en defensa de los animales para darse cuenta de que –ni a un morlaco “criado para tal fin”-, le deben hacer la menor gracia todas las tropelías a las que se le somete en una plaza.

En lo referente a la tradición, el folklore y lo que tiene de “cultura” me sucede algo similar a lo que le pasaba al diseñador Manolo Prieto; no me gustaría que un país con tantas tradiciones y riqueza cultural fuese conocido a nivel internacional por una fiesta que no me representa en absoluto. Creo que ya pasaron los tiempos en los que servía eso de dar la imagen de una España unida y patria sobrevalorando determinados símbolos y festejos en detrimento de valores más importantes como idiomas propios, que no sólo son claros elementos de identidad, de tradición y de cultura sino que además, transmiten una mejor imagen de lo que debería ser un país plural a nivel social y cultural. Por el contrario, dichos elementos de identidad eran, y aunque parezca increíble, siguen siendo eclipsados por la “Fiesta Nacional” y demás polémicas rancias, anacrónicas y cañís. Prueba de ello es la airada reacción del Partido Popular que, una vez más, tratará de llevar al constitucional algo que en Catalunya lleva moviéndose desde hace muchos años y que finalmente se decidió con el apoyo de una mayoría que siguieron todos los cauces políticos adecuados y democráticos.

Mariano Rajoy, en su blog, se despidió de nosotros estas vacaciones desde su automóvil, poco sensibilizado con las campañas de seguridad vial ya que no llevaba puesto su cinturón de seguridad, pero dándonos una visión del toro de Osborne en carretera y de lo sensibilizado que sí estaba ante la decisión tomada en Catalunya.

Desgraciadamente las vacaciones del señor Rajoy terminaron ya. Desearía sinceramente que las decisiones que el Partido Popular tomase a partir de este mes de Septiembre tuviesen mucho que ver con la defensa seria de todas las diversas identidades que conforman este país. Que entendiese que la abolición de las corridas de toros en Canarias o en Catalunya no significa la abolición de las mismas en el resto de España. Que una decisión tomada democráticamente en una comunidad autónoma no significa una imposición en todo el país, y que del mismo modo, y una vez la decisión ha sido aprobada, no se nos debe imponer tampoco nada.

Así pues, menos toros... y más corridas.

Siguiendo la vieja tradición de terminar la semana con un tema musical, les dejo esta bonita canción, que sin duda gustará a los nostálgicos, y que está interpretada por el incombustible Manolo Escobar. Va por ustedes!... y Olé!

lunes, 30 de agosto de 2010

Va de retro

Ya sé que en mi anterior entrada -durante la reforma de mi entorno laboral, y previa al período vacacional- les prometí que el kiosko se abriría en breves días tras la susodicha reforma de mi lugar de trabajo. Bien... no deben ustedes de creerme siempre, e incluso harían bien si no me creyesen nunca ya que a las personas que nos gustan las historias, lo que nos gusta precisamente son eso... las historias. El caso es que la reforma empalmó con las vacaciones y el breve período de tiempo ha terminado convirtiéndose en un dilatado espacio de dos meses.

Sea como sea... ya estamos de nuevo aquí. Bien hallados.

Está a punto de finalizar el mes de agosto, y para la mayoría, se supone que este pequeño detalle es el que da paso a la cotidiana “normalidad”. Ya saben... se terminan las vacaciones y algunos afortunados se reincorporarán a sus puestos de trabajo; sí, vale... con depresión post-vacacional y demás malos rollos, pero afortunados al fin teniendo en cuenta que a día de hoy, poder decir que se tiene trabajo es un gran privilegio. Otros, más afortunados aún, iniciarán sus vacaciones en Septiembre, así que esos deben estar frotándose las manos esperando el ansiado momento. Y luego están los pijos que son los que se largan de la cotidianidad en Noviembre, cuando no hay guiris en casi ninguna parte y uno puede hacerse fotos junto a cualquier monumento sin necesidad de compartir la instantánea rodeado de señoras con pamelas, señores con shorts y cámaras fotográficas colgando, o niños que se cruzan en el momento de hacer la foto y aparecen en ella, movidos, desenfocados y con apariencia de espíritu fantasmal.

Recuerdo una época en la que fui pijo-progre y me largaba de viaje en Noviembre. Me iba a la India, a Nepal, o a lugares así en los que ya habían pasado las épocas de los monzones, el clima era cálido y el único ser con aspecto de guiri era yo, el resto, eran autóctonos y auténticos, pero de eso... hace ya mucho tiempo.

Ser pijo a secas es un coñazo, los pijos viajan a sitios en los que hay hoteles de lujo y visten sus mejores galas para asistir a fiestas y a eventos con sus magníficos descapotables, pero en los que siempre se ven obligados a mantener... “la pose”. Por otra parte, ser progre es una mierda, ya que se supone que hay que andar por el mundo de mochilero y pernoctar en albergues acompañado de chicas que no se depilan las piernas. Lo mejor, sin duda... lo mejor de lo mejor, era eso de ser pijo-progre y “vagabundear” por ahí con aspecto de surfero desgreñado, permitiéndose el lujo de escoger, y unos días pernoctar en albergues y otros en buenos hoteles, pero como digo, eso pertenece a una época que ya pasó.

La actualidad manda e incluso los que hemos sido pijos-progres de pro, hemos vivido un recorte en nuestros ingresos, y conscientes de que tenemos hijos, gastos, negocios que mantener, gastos, responsabilidades ineludibles y... gastos, ya nos habíamos visto obligados a tomar la decisión de que las ansiadas vacaciones de este año, las dejaríamos para el próximo. No obstante, ese destino en el que no creo, que nunca es casual, pero que tiene la cosa esa de sorprendernos siempre, nos ha llevado a mi familia y a mi a pasar unas vacaciones más que agradables en compañía de esos pocos, pero buenos amigos que todos tenemos por ahí.

Quiero que esta entrada sirva, entre otras cosas, para agradecer a José Luís y a Cristina los agradables días que pasamos con ellos en su casa en All, un pequeño pueblo situado entre Puigcerdà y Bellver de Cerdanya, y en el que hicimos barbacoas, senderismo, fiestas de la espuma con los niños, refrescantes baños en ríos de frías aguas, etc. También le agradezco a Meritxell que nos invitase a pasar unos días estupendos en el apartamento que alquiló en Platja d'Aro para pasar los días de verano con sus hijos (mis ahijados) y donde disfrutamos del sol, de la playa y de buenas caipiriñas. También agradezco a Bego y a Antonio que planificasen pasar parte de sus vacaciones con nosotros en el apartamento que alquilaron en la playa de Sant pol y en el que también pudimos gozar del sol, de la playa, de una agradable noche de pesca y del citado apartamento que, como más adelante explicaré, es parte del motivo de esta entrada. Pero antes, mis agradecimientos no estarían completos si olvidase citar a Susanna y a Manel que nos invitaron también a su casa de Alcover, y a Elena y Joan que nos propusieron pasar con ellos las vacaciones en Grecia. Desafortunadamente no pudimos culminar con estos dos últimos compromisos debido a que tarde o temprano toca incorporarse al trabajo para hacer frente a todo lo que conlleva una crisis, y es que ya se sabe... estas etapas de cambio, de inestabilidad y de poca seguridad en las cosas, aunque se trate de etapas necesarias que nos obligan a estrujarnos las neuronas y a reactivarnos, lo que en realidad conllevan -a priori- no son más que menos ingresos, pero más gastos.

Ahora, me gustaría que diesen un vistazo a las fotografías que he ido escampando a lo largo de esta entrada. Muchos recordarán esos azulejos en los cuartos de baño, las lámparas de estilo pop que adornaban los muebles, las estanterias repletas de las ediciones mensuales del “Reader's Digest” en su versión española, las casitas de madera en las que se amontonaban innumerables objetos con el texto ese de “recuerdo de...”, así como de barquitos en miniatura, caracolas marinas, etc. Los armarios de fórmica de las cocinas, los platos, vasos, y demás elementos de cristalería de la marca Duralex, el mortero y la mano de madera para realizar espléndidos aliolis, así como las muchísimas leyendas que corrían al respecto de lo que podía suceder o no, cuando el ajo y el aceite no emulsionaban; es decir... cuando “se cortaba”, leyendas, en la mayoría de casos espeluznantes.

En estas fotografías les muestro lo que fue un apartamento “corriente” en la década de los setenta y que bien podría estar situado en cualquier zona costera de la geografía española.

Cuando Bego y Antonio nos propusieron a mi familia y a mi pasar unos días con ellos en el apartamento de Sant pol, lo último que imaginé fue, que a la vez, nos invitasen a realizar un viaje a través del tiempo. No me esperaba nada en particular del apartamento que ellos habían alquilado para pasar sus vacaciones, a decir verdad, en lo único que pensé fue en descansar en agradable compañía y en bañarme en la playa de día, algo que no hacía desde esos tiempos en los que mis padres me llevaban en esas salidas de domingos veraniegos que ya describí en esta entrada; una de las primeras de este blog.

El caso es que mis hijos, mi mujer y yo llegamos a Sant pol y nos topamos con un apartamento que su legítima dueña adquirió a principios de los setenta, que en su día decoró y llenó de diversos enseres domésticos para pasar las vacaciones y fines de semana con su familia, hasta que un día, decidió ponerlo en alquiler para que diversas familias pasasen allí sus días de asueto.

El apartamento en cuestión conservaba absolutamente todo el espíritu genuino de la década setentera. Mis ojos se abrieron como platos. La bolsa de playa que contenía las toallas y bañadores se soltó de mi mano y cayó al suelo, así como mi mandíbula que no llegó a caer del todo por alguna extraña razón, pero a la que sin duda, le faltó poco.

Una televisión de plasma y un aparato de DVD eran los únicos elementos que me devolvían a la actualidad, pero por el resto... ese jodido apartamento, mirase por donde mirase, me devolvía un montón de recuerdos de mi niñez, de mi infancia con mis padres, de los calurosos días de playa, de las caravanas de coches que colapsaban las salidas de la ciudad. Me inundó el aroma de la tortilla de patatas, de las paellas, de los libritos de lomo fríos y metidos en las fiambreras del Tupperware, de las sangrías, del gazpacho y de las enormes copas de helado que a la puesta de sol nos tomábamos en alguna terraza situada frente al paseo marítimo.

Antonio, una de las noches en el apartamento, me condujo hasta un armario que estaba sellado por un fleje de aluminio atornillado a la madera de sus puertas. "Ahora vas a flipar" -me dijo. Al parecer, la dueña no quería que nadie metiese las narices en ese armario ya que posiblemente contenía objetos que deseaba mantener fuera del alcance de sus diversos inquilinos. Irresistible era la tentación, así que Antonio y yo, armados con un destornillador, nos propusimos profanar algo que para mi tenía mucho más valor que una tumba egipcia. Con extremo cuidado soltamos los tornillos y abrimos aquellas puertas de madera procurando que no se torciese el fleje y pudiese delatar nuestro delito.

Olor a cerrado y a humedad inundó nuestras narices. La tenue luz de la luna llena que entraba por las rendijas de una ventana empezó a permitirnos ver parte de lo que en aquel armario se ocultaba de un modo tan celoso. Mi linterna enfocó el interior impacientemente... yo ya no podía con tanta ansiedad! Y allí empezaron a aparecer innumerables bultos que para Antonio no eran más que puros objetos del recuerdo, pero que alucinado me miraba a mí y veía el modo en el que yo los contemplaba como auténticos tesoros: una caja enorme de los Juegos Reunidos Geyper, objetos de playa tales como cubos, palas, y rastrillos de plástico, plumieres setenteros con rotuladores Carioca y gomas Milán, etc. En ese armario sellado se hallaban un buen montón de juguetes que en su día fueron propiedad de los niños que habitaron esa casa y que para un coleccionista como yo eran la excusa más que suficiente para cometer un verdadero acto de expolio. No obstante... un no sé qué de mí venció a mi lado oscuro y decidí dejar todo aquello tal y como lo habíamos encontrado Antonio y yo. Cuidadosamente devolvimos los objetos a su lugar, cerramos las puertas del “pasado” y atornillamos de nuevo el fleje de aluminio sobre la madera del armario.

El resto de la noche la pasé leyendo una edición de Agosto de 1973 del Reader's Digest que trataba de la “actualidad” de la sociedad española en la década de los setenta.

Por eso, por todos esos recuerdos que me han sido devueltos, por esa relación tan entrañable que he vivido con muy pocos amigos, pero buenos, y por un montón de cosas más... las vacaciones de este verano que no iban a ser vacaciones, se han convertido en algo verdaderamente entrañable.

Les dejo con esta imagen mística que la cámara de mi hijo captó en la playa en una noche de pesca. Si ese cabronazo no hubiese aparecido ante mí la noche en la que Antonio y yo abrimos ese armario, ahora yo tendría una colección de objetos setenteros impresionante. Cagüen la leche!

Nota de última hora: Estoy tratando de convencer a mi esposa para alquilar ese mismo apartamento para el verano próximo. En mi bolsa de playa, junto a las toallas y bañadores... no faltará un buen destornillador.

Créditos de las imágenes: Tomadas por el Kioskero del Antifaz.